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8 min
El contenedor azul
Suspense |
11.03.20
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Sinopsis

Aquí les dejo el comienzo de esta historia, que espero les guste. Saludos

Cuando llegamos al apartamento encontramos al hombre con una cuerda en el cuello. Debajo de él una silla y un montón de papeles esparcidos por el suelo. Aún conservaba entre sus dedos una pluma estilográfica.

Momentos antes habíamos entrado utilizando una tarjeta de crédito.

Y aún mucho antes, a primeras horas de la mañana y según mi costumbre de sábado, previa al desayuno, le estaba dando un repaso al contenedor de papel que me corresponde por vivir donde vivo. Y es que Diógenes me enseñó que era bueno mirar de vez en cuando, puesto que en ellos se encontraban sorpresas agradables y gratuitas. Extraigo alguna revista, me entero de los cotilleos y luego me tomo mi café con tostada y jamón. Lo que no me podía imaginar es que aquel 9 de julio, el cotilleo iba a subir de tono y me iba a implicar a mi mismo  por mi afición a meter la mano en semejante sitio. Las cosas fueron como siguen:

Ese sábado al abrir la revista me encontré con una nota, escrita a pluma, en su interior, que más o menos venía a decir: “Tengo la intención de abandonar el sufrimiento que me ahoga de la manera más rápida posible, que este papel lo lea alguien es fundamental para que pueda evitar mi desaparición”, ¡cuánto loco ⸺me dije⸺, y le hinqué el diente a la sabrosa tostada, pero al tiempo que pasaba las hojas encontraba anotaciones hechas en los márgenes que fueron creándome cierta inquietud; se trataba de frases sueltas, al parecer inconexas que remataban siempre con “mi tiempo se agota”. No sé si era por la temperatura tan alta, a pesar de la hora, o porque el café estaba liberando mis neuronas, lo cierto es que notaba que el jamón me costaba trabajo digerirlo. Me di más prisa de lo habitual en terminar el desayuno, pagué y me senté en un banco de la plaza cercana, a la sombra de un limpiatubos. Al levantar la vista y comprobar la especie arbórea que me protegía de los rayos solares, me di cuenta que una parte de las notas escritas en la revista hablaban de este mismo sitio…"Yo estaba sentado en un banco aspirando el frescor de la mañana a la sombra de un limpiatubos cuando llegó el señor de la limpieza y dejó en mitad de la plaza sus herramientas de trabajo.”

O se había pasado el camarero en la dosis de café o mi imaginación estaba descontrolada. La mía o la del autor de aquellas anotaciones. Me dieron ganas de replantearme la lectura y optar por el periódico, aunque dudé sobre cuál de las dos situaciones era más sensata, en vista de los titulares del día. Seguí dándole vueltas al hallazgo, aunque cada vez que pasaba una página me daba miedo leer las anotaciones al margen: “Antes yo era capaz de hacer que esa escoba limpiase todos los rincones y obligase a la gente que estaba en los bancos a levantar los pies del suelo, sin brujerías, sin malas artes, tan solo con la fuerza de la palabra…ahora vago perdido…anhelo el final…”, ¡la madre que a mí me parió!, ¿qué fecha tiene esta revista?, ¡siete de julio! ¡joder! Me levanté, me volví al bar y le pregunté al camarero:

—¿Antonio, tú sabes si se ha matado alguien en el barrio?

—Que yo sepa no, mi arma, ¿viene algo en el periódico.

Con la inquietud en el cuerpo me volví a la plaza y le pregunté lo mismo a una señora que entraba en la capilla:

—¡Ay, no quiera Dios!, estos calores son muy malos, mire usted, pero por lo menos en mi calle no se ha escuchado nada.

Volví al bar, pedí los periódicos de los últimos días y me los empapé de arriba abajo, centrándome en las páginas de los sucesos. No encontré ningún dato de muertes violentas cercanas. De otros sitios sí, por eso no quería abrir la prensa. Tuve que pedir otro café, “¿sería capaz el muy cabrón, o la muy cabrona, de pegarse un tiro o cortarse el cuello con una cuchilla de afeitar?”

Conforme iba pasando las páginas de la revista descubría datos más temibles: “El sábado nueve de julio, en torno a las once, dejaré un sobre pegado en la parte interior derecha del contenedor. Encuéntralo. Ahí están mis esperanzas de vida”, “¡hijo de puta!, me está comiendo la moral por momentos”. Se me ocurrió presentarme en la comisaría de policía, entregar la revista y olvidarme de aquello, pero por no sé qué relación, me acordé de Ramón García, viejo amigo, sabueso retirado, que vivía a dos pasos de mi casa. Lo llamé.

—Oye Ramón, este asunto puede despertar tu dormido olfato.

—No me interesa.

—Tiene tintes melodramáticos. Deja la tele un momento y escúchame. Se trata de alguien próximo a ti.

—¿A mí?

—Hombre, alguien del barrio quiero decir. Lo que aquí cuenta y lo que pretende hacer así lo indica.

Se puso duro, así que consulté mi reloj, “¡las doce!”, me fui de nuevo para el contenedor, metí la mano dentro según las indicaciones manuscritas y palpé un sobre pegado con cinta adhesiva, ¡la hostia, aquí está! Me hice con él y me volví a la plaza, al mismo banco en el que había estado sentado. En mitad de la plaza había un carrito individual del servicio de limpieza. La escoba no se veía ni el operario tampoco, “se lo tengo que contar a Ramón, ya son demasiadas coincidencias”. En el asiento de al lado un señor con la jubilación a cuestas, extraía pan rallado de una bolsa de plástico y se lo ofrecía a los gorriones y las tórtolas. Abrí el sobre. Una hoja, escrita con la misma tinta y el mismo tipo de letra, decía: “Las horas muertas son tantas en mi vida que si no puedo hacer bailar a la escoba ¿para qué quiero vivir? Sólo el contenedor tiene la llave”.

En ese momento me sentí más que superado. Si Ramón no me echaba cuenta, mandaba la revista a tomar por culo y le pegaba fuego a la carta, “¿Qué necesidad tengo yo de meterme en este embrollo, si lo más seguro es que me están tomando el pelo? Un loco, una majara o algún cabrón que no tiene mejor cosa que hacer que tocarle la fibra sensible a las personas honradas, para que el jamón me sepa a rayos y en lugar de enterarme del partido que televisan esta noche, esté aquí con este sin vivir. ¡A tomar por culo Diógenes! ¡No piso más un contenedor!”. Me levanté y sin saber por qué me fui hacia la puerta de la capilla que aún estaba abierta. Fui a entrar y me tropecé con la misma señora a la que había abordado a primeras horas.

—¡Ah, perdone, usted primero!  ⸺le dije.

—¡Ay, es usted!, pues sabe lo que le digo, le he preguntado a la señora por lo que usted me consultó.

—¿De qué señora me habla usted, señora?

—De Mercedes.

—¿Mercedes?

—Nuestra Señora de las Mercedes.

—¡Acabáramos! ¿No me irá usted a decir que le ha dicho algún secreto?

—En el pecho traigo el pálpito, mire usted. Yo tengo mucha fe en ella. Tal y como usted me lo dijo, se lo conté y ¿sabe lo que me ha dicho?

—No.

—Que es usted un santo. Un salvador de almas perdidas.

Ahí fue cuando me derrumbé. Enmudecí. La señora siguió su camino y yo me quedé con un pie dentro y otro fuera de la capilla. Si entraba, dada mi poca afición a los credos religiosos, podía terminar a malas con la señora y si no lo hacía igual estaba dejando pasar la oportunidad de llevar a cabo mi obra buena del día.

Una voz vino en mi ayuda:

—¡De la Guarda!

—¡Hombre, Ramón!

.../...

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