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6 min
El contenedor azul (2)
Suspense |
10.04.20
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Sinopsis

Ahí va la segunda parte de este relato. Que les guste...

.../...

—¡De la Guarda!

—¡Hombre, Ramón!

Su conciencia despierta, o la necesidad de la cerveza de la una, le habían llevado hasta la plaza. Ahora no tenía excusa para acompañarme hasta el lugar donde se encontraba aquel receptáculo de papeles, origen de toda mi intranquilidad. Le expliqué de nuevo cual era la situación, tratando de interesarlo en el asunto, más que nada por descargar parte de mi penitencia y que además él era un profesional de la cosa, jubilado, pero profesional. Así que poco a poco fue compadeciéndose de mí y comenzó a fijarse en los alrededores: las ventanas, los balcones, las azoteas, el muro con sus escalinatas y hasta la frecuencia de paso de los vehículos. Ramón García en sus buenos tiempos dejó bien alto el pabellón de la investigación policial, así que confié en él. Me descargué de responsabilidad. Respiré. Nos fuimos al bar, pedimos unas cervezas con altramuces y repasamos de pe a pa toda la puñetera revista; igualmente miramos la nota y el sobre por delante y por detrás. Cuando ya creíamos que lo teníamos todo repasado, apareció el hombre de la escoba con su uniforme reglamentario, dispuesto a quitarse el sofoco con una buena caña de cerveza. Le hice ver a mi amigo que convendría preguntarle algo, ya que la escoba era un elemento a tener en cuenta en todo este misterio, que no lo olvidase. Se lo pensó, aunque desde luego el hombre no parecía ser el autor de la misiva, puesto que su tez rojiza y su manera dicharachera de hablar lo situaban bastante lejos de alguien que contara para atrás.

Ramón no quiso plantearle nada de forma directa, se dedicó a observarlo; mientras tanto me propuso que volviese al contenedor para que le diera tiempo a él a escudriñar todos los posibles oteaderos del sujeto que nos tenía ocupados. Me explicó basado en no sé qué tratado básico de investigación que al protagonista le gusta manejar el tempo y contemplar como si estuviese en el cine las idas y venidas de su elegido. Esto ya me pareció preocupante, “así que mi amigo considera adecuado que yo sirva de carnaza”. Nos fuimos mientras que el señor de la escoba continuó acodado en la barra, charlando con unos y con otros. Me puse a rebuscar en el contenedor, pero claro, dos sorpresas en una mañana, ya estaba bien: propaganda, periódicos gratuitos, dominicales, el cultural del ABC y poco más. Extraje alguno y lo ojeé para disimular, pero al mirar el reloj me percaté que era la hora del telediario y hoy teníamos arroz en casa, así que me llevé un periódico, dejé los demás y me fui para San Vicente sin tener ni idea  de donde se había metido el sabueso García, con el que estaba compinchado.

En casa no estaba tranquilo, la tele me aburría, mi mujer salió de compras y el libro que ocupaba parte de mi tiempo me resultaba una losa que en ese momento no conseguía distraerme. Sonó el teléfono, “tiene que ser él, el buenazo de Ramón no podía dejarme tirado de esa manera, porque él seguro que ha sido atrapado por la misma telaraña que yo, tiene que ser él”.

—¡De la Guarda al habla, dígamelo!

—¿Cuánto tiempo estuviste en la plaza, antes de llamarme?  ⸺me preguntó Ramón.

—¡Yo que sé!

—Piensa.

—La tostada sería sobre las diez…luego me senté…

—¿Ya tenías la revista en tus manos?

—Sí, siempre lo hago.

—Mira en el móvil a la hora que me llamaste.

—¡Ramón!

—¡Hazlo, joder!¿Quieres dar con ese hijoputa o no?

—Pues claro, coño, aunque sea por no enemistarme con Diógenes. Espera que lo miro.

—Es cuestión de vida o muerte.

—¡Eso! Tú encima échale leña al asunto, bastante nervioso…

—¡Venga, joder, que te ahogas en un vaso de agua! ¡Dime la hora!

—Once cincuenta.

—Más de dos horas. Me lo temía.

—¿Qué quieres decir?

—Nada, cosas mías.

—Ramón, dime algo.

—Mucho tiempo, Ángel. Nuestro hombre tuvo tiempo de seguir tus pasos, pero hay algo que no me cuadra.

—Oye Ramón, dos preguntas.

—Dime.

—Primero ¿por qué no puede ser una mujer?

—Por la letra, angelito. Ni siquiera te fijaste en eso ¿y la segunda?

—¿La segunda qué?

—¡La segunda pregunta, leche!

—¡Ah, bien, perdona! Digo yo: ¿tú tienes tarifa plana?

—Ahora sí que me has pillado, angelote.

—¡¡Hombre, por el gasto de teléfono! Más vale que nos…

Como él solía decir “¡no me toques los cojones!”. Me colgó, aunque aquella conversación telefónica me sirvió de relax, así que decidí acomodarme en mi asiento, dejarme llevar por las imágenes de la tele y despreocuparme un momento del suicida anónimo o del gracioso que jugaba a no se sabe qué. Me dormí.

Recuerdo que soñaba con un estanco, un señor que llegaba a su puerta, dejaba un puro a medio fumar en el saliente de la pared, entraba y salía con una revista en sus manos. Luego hablaba con el barrendero de camisa anaranjada y se intercambiaban el puro y la revista. El fumador cogía una escoba, barría la ceniza que caía del cigarro, mientras que el otro se dirigía a un contenedor azul con intención de tirar la revista. En ese momento sale el estanquero con un sobre en las manos y un silbato en la boca. Sopla. Se le hinchan los mofletes, pero no se oye nada, hasta que por fin se escucha el sonido acompasado de un timbre…

Era mi señora, que no tenía llaves y a base de presionar el botón del portero automático consiguió devolverme al mundo de los vivos. Me corría el sudor por la espalda como si acabase de salir de la ducha y no encontrara la toalla en el lugar de costumbre. Me abofeteé a mi mismo.

Casi con lo puesto volví a la calle y como un zombi seguí la senda del contenedor, ansioso por averiguar algún cambio que me quitase de la cabeza mi obsesión por esa persona con ideas tan funestas. Me puse a rebuscar, apartando cartones de forma desesperada, pero no encontraba nada que me llamara la atención. Me tocaron el hombro.

—¡Aaahh, socorro!

—¡Tranquilo, angelote, que soy yo!

—¡Me cago en la leche, Ramón! ¡Qué susto me has dado! ¿Qué haces aquí?

—Lo mismo que tú, y mira lo que tengo aquí.

—¡Una revista!  ⸺grité.

—Yes.

—Igual que la otra ⸺respondí.

—Ahí va.

—Del mismo tipo ⸺volví a responder.

—Mejor te lo cuento en el bar.

.../...

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