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6 min
El contenedor azul (y 3)
Suspense |
15.05.20
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Sinopsis

Final del suspense. Trabajito ha costado,pero aquí está. Saludos

.../...

Allí nos fuimos, nos pedimos un café y casi me quedo de piedra cuando el perspicaz García comienza a enseñarme la paranoia impresa a pluma de nuestro supuesto hombre suicida: “Dejad de buscar más y encontradme” “Sois una buena pareja de baile pero la escoba sigue sin bailar” “El cíclope que hay en mí ha de ser mi salvación o terminará consumiéndome”.

—Ramón, ahora es el momento.

—¿De qué, angelote?

—De llamar a la policía. Ya tenemos pruebas. Esto va en serio, ese tío sabe de nosotros, puede ser peligroso. ¡Qué necesidad tengo yo!

—Tú ninguna, angelito, pero a mí ya me tiene atrapado esa araña y no estoy dispuesto a dejar que me coma, ¡daremos con él!

—¿Daremos?

—Pues claro, angelote, ¿de qué tienes miedo?

—De meterme en un lío, Ramón.

—Ya estás metido. Esto es como cuando íbamos a las fiestas y no conocíamos a las chavalas; nos podía el pánico al ridículo, pero cuando la música…

—¿Ramón por qué me miras así?

—La música, el baile, la escoba…música, baile, escoba… ⸺dijo Ramón.

—El baile de la escoba  ⸺dije yo.

—¡Paga el café, vigila el contenedor sin que te vean y dentro de media hora te vienes a la puerta de mi casa! ¡de acuerdo!

Eso fue lo que me dijo Ramón. Imbuido como estaba por la manera tan imperativa de hacerme partícipe de sus deseos, extraje dos euros de mi bolsillo y los dejé en el mostrador, crucé la plaza, iluminada ya con luz artificial y me aposté en un portal sin perder detalle de las personas que pasaban cerca del contenedor. Una señora llegó con una bolsa y tiró su contenido dentro: no tenía pinta de suicida. Un señor se asomó: parecía otro pariente de Diógenes; caminaba erguido, despreocupado y charlando por el móvil. Descartado. Un niño soltó el paquete que traía y salió corriendo: aunque fuera él, no tenía pulmones para seguirlo. Unos y otros pasaban, de vez en cuando salía o entraba alguien del portal a los que tenía que saludar por no resultarles sospechoso de algo. Hasta que sonó mi teléfono:

—¡Angelote, dónde estás!

—En mi puesto de vigilancia.

—¡Vamos, angelito, que ha pasado ya una hora!

—¡Anda la hostia!

Abandoné la misión encomendada y a paso ligero me fui en busca de mi amigo, al que se le notaba en la voz, portador de una buena nueva. Me comía la impaciencia. Al llegar a su altura me cogió del brazo y me situó a las puertas de un local próximo a su domicilio.

—Ya tenemos algo, angelote.

—Pues desembucha.

—En este sitio se dan clases de baile y yo conozco a la dueña.

—Ahora me quedo más tranquilo  ⸺le dije mirándole a los ojos.

—¡Joder, angelote! ¿Por qué me miras así?

—Porque estoy a punto de suicidarme.

—¡Venga, coño! ¿No lo entiendes? La escoba, el baile…

—¡Sí, sí, voy entendiendo!

—Angelote, leche, el baile de la escoba me ha traído a este local, yo conozco a la dueña, la dueña tiene un hermano y ese hermano, según me ha dicho ella, trabaja en el Ayuntamiento  en la Jefatura de Tráfico.

—Y ese hermano ⸺dije yo⸺ le gusta, porque tiene ese punto, jugar al baile de la escoba ¿no es así?

—Caliente, caliente.

—Mira Ramón, yo cada vez estoy más liado. A ti este asunto te habrá levantado la libido, pero a mí está a punto de llevarme al manicomio. ¿Por qué no vamos a la policía?

—Sí que vamos a ir, angelote.

—¡Ofú, menos mal!

—Pero a la municipal.

—¡A la municipal! ¿Para qué?

—Para enterarnos bien de qué pie cojea este baranda.

—Me voy a mi casa. Es sábado, está a punto de comenzar el fútbol, mi equipo se juega tres puntos fundamentales y yo discuto con…con…

—¡Dilo, coño, no te cortes! Tú discutes con este jubilado la forma de evitar que alguien abandone este valle de lágrimas. Pues sabes lo que te digo, señor De la Guarda, que aquí me tienes, aún me quedan neuronas activas para dar con ese desgraciado y evitar que mañana venga reflejado su nombre en las últimas páginas del periódico, junto con los que tú siempre dices que han dejado el tabaco.

 

Me dejó. Mi amigo dio media vuelta y me quedé en mitad de la calle sin saber qué dirección tomar. Me fui a la plaza, encontré al señor que cuidaba a los gorriones, arrinconado en mitad de las mesas y sillas que lo inundaban todo, “¿Será él?” volví al contenedor, miré hacia todos los posibles oteaderos desde los cuales me pudiese estar viendo el supuesto suicida y de repente… se produjo el alumbramiento, la señal, la pista necesaria para evitar que llegasen los loqueros y me colocasen la camisa de fuerza. Me entró un estado de excitación tal que no he estado más tieso en todos los días de mi vida. Me salía fuego por los ojos. Era un extraterrestre a las puertas de su casa. Me busqué por los bolsillos, me puse las manos en la cabeza tratando de exprimirla pero nada conseguí, “¡el ojo, un ojo, no sé qué de la vista!, ese mamón hacía mención                    ¿cómo era?, ¿dónde estarán las notas?, las tiene Ramón”. Sonó el móvil. Era él.

—¿Dónde estás, angelote?

—En el contenedor.

—Pues mándale saludos a nuestro amigo, o mejor ¿quieres venir a verlo?

—¡Ramón, Ramón, ya sé a qué ojo se refería!

—Yo también, angelote…

—Al de la cámara, Ramón, nos veía por las cámaras que puso el Ayuntamiento para el trafi…

El viejo sabueso había conseguido la dirección y ahora sí que estábamos convencidos de no tenía que pensarlo dos veces. Tuvimos suerte con el portal que se encontraba abierto. Ramón pretendía ser sigiloso, no hacer ruido. Se metió la mano en el bolsillo, extrajo una tarjeta de crédito y en dos segundos estábamos dentro. Tropezamos con el paragüero, nos precipitamos hacia el salón y al verlo temblar debajo de la lámpara, lo sujetamos por las piernas y a duras penas le quitamos la cuerda del cuello. Respiraba. Entre los dos lo llevamos a una habitación y lo tendimos en la cama. Con las manos en la garganta y casi sin resuello, nos confesó:

—No os podéis imaginar a las pruebas que me someten mis personajes.

Me dieron ganas de volver a ponerle la soga, pero me contuvo Ramón. Al poco llegaron la hermana y los servicios de emergencia. Nosotros nos retiramos, tendríamos que conformarnos con ver la repetición de las jugadas más interesantes.


J.R. Infante

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  • Les dejo este pequeño relato, surgido en una tarde cualquiera de un día cualquiera. Saludos afectuosos

    Les presento a Elvira, una muchacha que vivía en una plaza, en la que además tienen lugar otros acontecimientos.

    Cortito pero sabroso...al menos eso espero. Saludos

    Final del suspense. Trabajito ha costado,pero aquí está. Saludos

    Ahí va la segunda parte de este relato. Que les guste...

    Aquí les dejo el comienzo de esta historia, que espero les guste. Saludos

    Con que nos creamos la mitad de lo leído, habremos ganado mucho.

    Un hombre vestido de negro entra en unos grandes almacenes y se encapricha con una pequeña agenda que guarda en su bolsillo. Antes de salir a la calle es descubierto; se escabulle y termina introduciendose en una escaparate haciéndole compañía a los maniquís...

    Para demostrar las cualidades intrinsecas, a veces, hay que recurrir a estrategias inauditas.

    Un poquito de distracción para los tiempos de corren.

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Tengo a la Literatura por bandera dentro del convulso mundo que nos ha tocado vivir.

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