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7 min
El corazón del azteca
Amor |
09.04.13
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Sinopsis

Primer capítulo de lo que, tal vez, podría ser una novela ambientada en el México de la década de los 30 y 40 y protagonizada por un niño español en el exilio. En este primer capítulo se introduce su historia, la suya, tan parecida a la de tantos otros.

 

EL CORAZÓN DEL

AZTECA

 

Capítulo 1. Esa noche

 

El cielo de aquella noche era absolutamente negro. Más de lo habitual. Nada se reflejaba en él, todo lo devoraba. Era un cielo azabache, despejado pero sin estrellas, que no pasaba desapercibido para ninguno de los vecinos de mi comunidad, como un signo, un presagio que inquietaba por dentro. Ni los más ancianos de aquel barrio barcelonés recordaban esas tonalidades agoreras y desesperanzadoras que se cernían sobre ellos sin remisión. En el horizonte esta negrura aumentaba con los nubarrones que venían cargados desde Levante y que amenazaban con descargar hasta la última gota del Mediterráneo sobre sus cabezas.

Mi pobre madre, ya no aguantaba más los dolores, y las contracciones eran cada vez más frecuentes. Ese día, aquel martes, día de Reyes de 1925, lo había pasado en cama. Al lado de aquel lecho, mi vecina, La Fede, una mujer marchita y ajada por los sufrimientos pasados y por una vida azarosa que no le impedía ser el ángel de la guarda de nuestra vecindad. Era una mujer menuda, con un semblante sereno que transmitía esa paz sin ningún tipo de esfuerzo, de la manera más natural. La podías ver siempre con su falda parda plisada y su pañuelito de fieltro morado, ya deshilachado por las puntas. La Luisa, mi hermana pequeña, no quiso separarse de mi madre en todo el día, a pesar de que los Reyes le habían traído aquella muñequita de cartón que tanto había querido, o una que se parecía bastante a la que siempre deseó y que la Fede le había hecho con sus manos huesudas pero capaces de obrar milagros cotidianos con el hilo, la aguja y esa capacidad para hacer todo por la única familia que tenía, la nuestra. Viendo a ambas costaba distinguir cuál de las dos era la muñequita. Esa niña de ojos grandes, de un azul intenso, pelo ensortijado de puro oro era un torrente de expresividad, de pura inocencia y el único rayo de luz que había aparecido por esas callejuelas sin pavimento en los últimos tiempos. Mi hermana, hasta que la Fede le sacó de la habitación, no dejó de acariciarle las manos a mi madre y no paró de observar, con la preocupación que una niña de 6 años puede tener al ver a su madre postrada en cama, con esos sudores que le surcaban las sienes y los dolores más propios de un torero recién empitonado en la femoral que de una parturienta ya curtida en otras tres batallas. Mis otros dos hermanos, el Francisco, el mayor, y el Leopoldo estuvieron todo el día con mi padre en sus reuniones y sus quehaceres que con tanto misterio y secretismo mantenían con aquellos republicanos en aquel bar clandestino a las faldas de Montjuic.

El reloj de pared marcó las cuatro de la madrugada y a todos los que estaban allí se lo recordó con cuatro martilleantes campanillazos que se mezclaron con los jadeos y gritos de esfuerzo de mi madre y con los murmullos de los vecinos que esperaban el alumbramiento en la sala contigua a la habitación.

La habitación de mis padres estaba tenuemente iluminada por una lámpara de tulipa de cristal verde que el señor Montseny le había regalado a mi padre en una de sus reuniones y que sólo Dios puede saber de dónde pudo ser saqueada. Sobre la cómoda, la Fede tenía una palangana de metal blanca, abollada por doquier y desconchada, llena de agua caliente que mi prima Teresa se encargaba de calentar en la chimenea. A su lado, una manta y una fina sábana de hilo blanco se preparaban para cobijar mi cuerpo en aquella madrugada del mes de enero. Unas grandes tijeras de hierro estaban sobre ellas, previamente esterilizadas y desinfectadas por mi prima en el agua que hervía en la chimenea y por baños en cuencos con alcohol de romero, unas tijeras que con casi total seguridad habían conocido más de una cabeza y tripa de pescado.

-"Vamos Lolita, respira hondo, y aprieta, que no he visto criatura que se pueda resistir tanto. Vamos, un último esfuerzo" le espetaba la Fede a mi madre.

Sí, me costaba salir a la vida, lo reconozco, no podía dejar de rebelarme contra mi sino.

-"Esta criatura no sale, nada, que no. Vamos, mi Lola, que le quiero ver la carita, sólo un esfuerzo más".

Me aferraba a mi madre, a mi cobijo, a su calor, aquel calor que un día perdí y jamás recuperé. Tras un grito aterrador, oscuro y frío, al final, mis esfuerzos por permanecer en ella fueron superados por la fuerza de mi madre y por las ansias de terminar con ese calvario de más de 30 horas.

-"Mi Lola, es un niño, un ángel que nos va a llenar de alegría. Ya no sufras más, todo lo peor ha pasado" le dijo la Fede a mi madre con el rostro cansado y los ojos ahogados en lágrimas.

Ese ángel que vació su útero y que se convertiría en el demonio que amargaría su alma eternamente era yo.

Entre la Fede y mi prima Teresa me limpiaron con el agua caliente y unos paños verdes de tela de hospital que el Dr. Prim había entregado a mi familia para el día de mi llegada. El agua caliente hizo que permaneciera en mi piel durante unos minutos más el calor que acababa de perder del cuerpo de mi madre. Una vez limpio y con la sábana y la manta rodeándome, la Fede me acercó a mi exhausta madre.

-"Toma reina, saluda a tu pequeño. ¡Pero si es clavadito a ti, no me digas tú que no!".

Mi madre, aún temblorosa me cobijó entre sus brazos, y me besó la frente con toda delicadeza, con una suavidad extrema, como si aquel tesoro que tenía entre las manos fuera a ser arrebatado, como si presagiara algo que estuviera por venir y que en esos momentos no podía imaginar. Esos minutos que pasé en su regazo teníamos que disfrutarlos como si el tiempo pasara pesado, como si el reloj de arena de nuestras vidas estuviera lleno de piedras, y como si cada segundo tuviera que ser como el último.

-"Enhorabuena Antonio, menudo mocetón que has tenido", le decía la Fede a mi padre.

-"Menuda mujer que tienes, hijo, la vamos a tener que estar dando durante un buen tiempo un poco de ese tónico que anuncia La Vanguardia, sí, hombre, ese de la tal Lydia (1) no sé qué"

(1) Compuesto vegetal de Lydia E. Pinkham "¡Mujeres! Evitad y curad todos los males propios de vuestro sexo con el Tónico de la mujer".

Así vine a este mundo. Esta es mi historia, como la de tantos otros, pero es la mía. La de un alma y un corazón cincelados por el destino, por un destino extraño y truncado. Y esta es la historia de un niño y de un hombre marcado por la pérdida. Soy Manuel Villalobos, me conoceréis por Lolo y por ser un niño de la guerra, un niño del exilio. Esta es la historia. Mi historia.

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Aficionado. Esponja de día y analista de noche. Los engranajes de mi cabeza no dejan de girar y a veces me afecta en mis movimientos...

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