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49 min
"EL CRIMEN VERGONZOSO" (1ª Parte)
Históricos |
15.08.19
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Sinopsis

Un nuevo caso criminal del teniente Domínguez, de la Guardia Civil, (Tiempos de Odio y Venganza), que transcurre en el año 1941, durante la durísima posguerra madrileña.

El suceso corrió de boca en boca por el barrio de Delicias y, a las pocas horas, ya no se hablaba de otra cosa en todo Madrid: ¡Un doble crimen en la calle Bustamante!

            Ante un persistente olor dulzón y nauseabundo, que emana de uno de los pisos, sobre todo en las horas de mayor calor del duro mes de julio madrileño de ese año de 1941, los vecinos alertaron a la Policía que, después de forzar la puerta de la vivienda, halló en un dormitorio, desnudos y echados en la cama, a un hombre y a una mujer. Llevan muertos más de una semana y él tiene clavado en el pecho, junto al corazón, un cuchillo de monte, y ella muestra numerosas puñaladas por casi todo su cuerpo: cara, cuello, pecho, vientre y ambos muslos.

            El comisario del distrito mandó llamar al “jefe de casa” pero como no está, requiere la presencia del vecino más antigüo del edificio, que esté disponible. Se persona un anciano que declara que el inquilino del piso segundo derecha se llamaba Santiago Rupérez y vivían allí él y su hija Henar, desde hace más de un año. El padre trabajaba en el taller “Vulcano”, de metalurgia, que está en la calle Batalla del Salado, junto al lavadero de San Dámaso; la hija hacia faenas de limpieza de dos de la tarde a diez de la noche, en el bar Chicote. El vecino terminó su información recomendando al comisario que no dejen de hablar con el “jefe de casa”, pues el inquilino tuvo algún lio con el carné de paro y, al parecer, es “un rojo, traidor de los suyos”, del que se dice que antes era maestro escuela.

Santiago Rupérez Mañares, tenía sesenta años; nacido en Sepúlveda, viudo, y de profesión maestro, su primer destino fue Segovia, en donde pasó veinte años. Se trasladó a Valladolid y allí, durante doce años, hasta el mismo día que comenzó la guerra civil, ejerció en el Grupo escolar del barrio Canal Victoria, de la capital castellana. De ideas liberales y republicanas nunca militó en partido alguno, si bien colaboraba dando clases nocturnas para adultos en la Casa del Pueblo de la ciudad.

 A finales de julio de 1936, Santiago fue encarcelado, y gracias a la intervención del teniente coronel, amigo y paisano, Martínez López, fue puesto en libertad, pero se le expedientó y tuvo un proceso de depuración profesional que considerando sus faltas muy graves dispuso su expulsión del Cuerpo de maestros. Su hija Henar, que trabajaba de costurera en un taller de la plaza de San Juan, fue despedida meses antes de la guerra por a travesar un mal momento de salud, nervioso, en razón a un noviazgo frustrado, por el rechazo de ambas familias, que mantenía con un estudiante de Derecho, de una prominente familia de la ciudad.   

          Para atajar su extrema miseria, el teniente coronel Martínez López, le aconsejó a Santiago, que no habiendo pertenecido a la masonería ni a ningún partido se aviniera a firmar, siguiendo los cauces previstos, el Acta de Retractación declarando expresamente “su total disconformidad, entre otros extremos, con la política del llamado Frente Popular”, cuyo trámite podría allanarle el camino en la búsqueda de algún empleo Con el Acta por delante consiguió el teniente coronel colocarle en la Electra Popular Vallisoletana, para leer contadores de luz. Santiago y su hija no solo pasaron hambre durante la guerra, sino también el rechazo y desprecio de muchos de sus vecinos y conocidos. A los pocos meses de terminada la contienda, Santiago y Henar se trasladaron a Madrid, atendiendo el ofrecimiento de un trabajo en la oficina de un taller metalúrgico, en Delicias, propiedad de un amigo y paisano. Durante algunos meses vivieron en una habitación alquilada compartiendo la cocina y el retrete con otros tres inquilinos. Pasado ese tiempo y con gran sacrificio, ya trabajando Henar como limpiadora en el bar Chicote, Santiago alquiló un pequeño piso, de dos habitaciones, en la calle Bustamante, en donde padre e hija encontraron la muerte.

            La misma tarde del hallazgo de los cadáveres, el diario vespertino Nuestro Imperio, en una edición especial, titulaba en primera página: “El crimen vergonzoso”, y subtitulaba: “incesto rojo y sangriento, en Madrid”. “El padre incestuoso apuñaló a su hija y amante, suicidándose después con la misma arma. El fratricida rojo era un maestro de escuela depurado y expulsado del magisterio, y quedó viudo hace más de quince años. Fuentes policiales indican que se investigará la muerte de la madre de la familia, por si pudiera guardar algún vínculo con esta relación antinatural”.

            —Sí, teniente Domínguez, conozco muchos de los datos que me cuenta, tanto por la prensa, como también porque hace unos días el juzgado instructor de Madrid, solicitó a Ciudad Real, y éstos a la Comandancia, indagaciones y declaración de un hermano de la mujer de Santiago, que vive en Socuéllamos. Dado que la investigación interesa a diferentes localidades de varias provincias, el juez encargó la investigación a la Guardia Civil —informó el comandante Iglesias.

            —La investigación principal recae en el Grupo de homicidios de Madrid y, como parte de las prácticas de mi curso de investigación criminal, formo parte del equipo, junto al sargento Alonso y el guardia Ruiz—señaló el teniente.

            —Sí, lo sé. Me llamó el comandante Herrera, para hablarme de usted y de la queja que le expuso, no reglamentariamente, el capitán Lanuza., su jefe inmediato. A pesar de todo, el comandante y el director del curso están muy satisfechos de sus cualidades y su capacidad para la investigación criminal. Y, por si había alguna duda insistí a Herrera que el mismo día que finalicen sus prácticas usted vuelve a Ciudad Real y se incorpora en el Grupo de homicidios de la Comandancia. Allí su trabajo cuenta ya con un alto reconocimiento: su jefatura del cuartel de Rumiera; su magnífica investigación y resolución del crimen del cura de Monteros del Campo, que libró de una muerte segura al pobre Ricardo Quijano, acusado injustamente. Sí, confirmar su destino en Ciudad Real es una de las razones, aparte de ver cómo le va, de mi visita, aprovechando que esta tarde hay una a reunión de Comandancias en la Dirección General. Y, ahora, cuénteme qué pasa con su capitán —invitó el comandante Iglesias

            —Señor, el capitán…

            —Su capitán, teniente —interrumpió el comandante.

            —Mi capitán, señor, está al frente del caso del crimen de la calle Bustamante, pero desde el primer día la investigación está ralentizada, pues para él, dice mi capitán, “no merece la pena perder el tiempo”, pues hubiese o no incesto, el padre, “un rojo salvaje”, mató brutalmente a su hija y luego se suicidó. “Punto final”—expuso, quejoso, el teniente.

            —Puede ser una posibilidad, quizás la más plausible, ¿no le parece, teniente? —sugirió el comandante.

            —Puede, mi comandante, pero en este caso, como en todos sin testigos, no se debe descartar nada. Entre los vecinos de la calle Bustamante, algunos en voz baja, dicen que ha sido una venganza política, pues el muerto eran un rojazo que traicionó a los suyos. Por otro lado, el dueño del taller metalúrgico, su jefe, amigo de muchos años, Arsenio de Baldomero, llegó a enfrentarse, alzando la voz, a mi capitán, diciéndole: “todo lo que dicen los periódicos y algunos vecinos del barrio son puras patrañas. Mi amigo Santiago era un hombre equilibrado, muy decente y honrado. Y si lo creen necesario a mí no me da reparo alguno decir esto mismo ante el señor juez. Investiguen y, al final, verán que nada de política ni de vicio está por medio de este horrible crimen”—y prosiguió el teniente—:

Además, una de esas vecinas que siempre hay en todos los edificios, que duermen mal y acechan desde sus ventanas, contó al sargento Alonso, que una semana antes de encontrar los cadáveres, vio entrar en el portal, a eso de las once, a Henar, la hija, acompañada de un tal Luis, que al parecer vive en el barrio de Legazpi. No escuchó voces ni ruidos ni nada. Pero, a eso de la medianoche un taxi paró y se bajó de él un señor que llevaba una americana sobre los hombros y entró también en el portal. Le pareció que dijo algo, como si alguien le esperara allí, en la misma puerta. Y nada de esto interesa a mi capitán, que tampoco ha dispuesto citar a declarar al “jefe de casa”, fervoroso falangista voluntario, ni a la Brigada de costumbres del distrito, celosos vigilantes, en pro de la moral pública y “las normas de decencia cristiana”. ¿Y quién es ese tal Luis? ¿Y el hombre de la americana que llegó en un taxi, muy probablemente, la misma noche de la muerte de padre e hija? — expuso, en algunos momentos vehementemente, el teniente.

            —¿Y las conclusiones del forense que apuntan? —se interesó el comandante, al tiempo que prendía un nuevo cigarrillo.

            —El forense estima que las muertes pudieron tener lugar entre siete u ocho días antes del hallazgo de los cadáveres, y cifra que las muertes tuvieron lugar el día dos o día tres de julio. Señala respecto a la mujer que esta recibió una puñalada mortal en el corazón, claramente infringida por un diestro, y también muestra diversos cortes de diferentes profundidades y hasta cuatro puñaladas más, realizadas post morten, con la misma arma, pero, destaca, infringidas por un zurdo. En cuanto al varón, recibió una sola puñalada, mortal, en el corazón efectuada por un diestro. Santiago, también diestro, señala el forense que difícilmente pudo apuñalarse a si mismo, pues el ángulo de entrada de la hoja, un cuchillo de monte fue de abajo hacia arriba. Una puñalada firme y profesional—informó el teniente.

            —¡Vaya!, parece que su olfato innato lo ha agudizado aún más con este curso; escuche teniente, no entre en pelea alguna con su capitán y obedezca todas sus órdenes. Hablaré con el comandante Herrera, y con mi coronel. Aunque dudo que la disciplina militar pueda impedir que usted continúe dándole vueltas a la resolución de este crimen, le pido, y esto es una orden que de no cumplirla le puede llevar a la prisión militar, que no mueva un dedo por su cuenta hasta que yo vuelva a hablar con usted sobre el asunto. ¿Entendido, teniente? —advirtió el comandante Iglesias.

            —A sus órdenes, mi comandante—dijo el teniente al tiempo que se ponía en pie y se cuadraba.

 

            El Sábado es un semanario que comienza a publicarse en Madrid, en enero de 1941. Dirigido a un público popular que encuentra en sus páginas crónicas de sucesos, deportes y toros, la cartelera de cines de barrio y, para el lector infantil, ofrece las hazañas y aventuras de El Capitán Requeté; es una publicación barata que brinda lectura para toda la familia. Su fundador y director, Ramiro Lecumberri, militar retirado, carlista y furibundo enemigo de la unificación impuesta de Falange con los Tradicionalistas, es también puntal y alma de un semiclandestino Centro Carlista de Madrid.

Es su breve trayectoria, El sábado, en cierto modo, ésta ha sido más que accidentada, pues a los tres meses de su aparición ya había sido dos veces apercibido de cierre por las continuas referencias propagandistas en favor de su Alteza don Francisco Javier de Borbón, Príncipe Regente de la Comunión Tradicionalista Carlista, así como por sus veladas críticas a La Falange. A los seis meses de su aparición llegó el cierre de la publicación, al titular en primera página, con grandes caracteres: “La División Azul, como su nombre indica, es solo cosa de falangistas”, y en páginas interiores refería que “significados e ilustres carlistas proyectan la creación de una División Anticomunista”; así como, en un recuadro destacado, recogía una crónica de un tal Pepe Estella, corresponsal en Bruselas, que daba cuenta del día a día de su Alteza Don Javier de Borbón y Parma, en su lucha contra los nazis como coronel del ejército belga. Pero a los pocos días del cierre este quedó en una simple sanción económica gracias a los contactos de Lecumberri y a la discreta pero efectiva reacción de algunos prestigiosos militares y cargos públicos Tradicionalistas. Y ya nuevamente con las máquinas en funcionamiento el semanario volvió a la calle con un suceso escalofriante: “Incesto sangriento en Delicias”.

            Los siguientes números de El Sábado recogen extensas informaciones sobre el crimen de la calle Bustamante. Entrevistas con los vecinos del barrio y crónicas desde Sepúlveda y Valladolid, referidas al padre “el depravado asesino rojo”. También ofrecían informaciones firmadas por un tal “Observador”, que recogían, casi textualmente, las declaraciones de testigos ante la Guardia Civil o el juzgado, y la marcha de las investigaciones. Incluso en un número especial El Sábado, reproduce fragmentos del informe forense, así como los textos completos del Acta de Retractación y las conclusiones del expediente de expulsión del cuerpo de maestros de Santiago Rupérez. El asunto explotó y la Guardia Civil y el juez instructor del crimen pidieron el cierre inmediato de El Sábado y la apertura con carácter de máxima urgencia de diligencias judiciales.

 

            El comandante Herrera, citó en la Comandancia de la guardia civil a Ramiro Lecumberri, quien había procurado la intervención de correligionarios y amigos influyentes para salir indemne de este nuevo trance, pero no lo consiguió; una cosa es escribir sobre principios carlistas o colar su anti-falangismo y otra, muy distinta, entrometerse en asuntos propios de la judicatura y de la Guardia Civil.

            —Siéntese, Señor Lecumberri—pidió el comandante Herrera, sin levantarse de su silla ni tenderle la mano—. Sabe perfectamente la razón por la que se le ha citado a esta declaración y, por tanto, ruego que sea conciso y franco en sus respuestas. Además, siguiendo instrucciones del señor juez, una vez terminemos está diligencia le acompañaremos al juzgado—Lecumberri, contrajo el rostro—; no, no se preocupe señor Lecumberri, no está detenido, ni espero que pueda estarlo, de momento, es por abreviar y concluir de inmediato este asunto. Un momento, por favor —el comandante descolgó el teléfono y ordenó que entrara el cabo mecanógrafo —. Pues bien, vamos a ello señor Lecumberri: ¿Como obtuvieron el informe forense o, al menos, párrafos textuales del mismo? y quién…

            —Es secreto profesional, no voy a revelar nada de esto—interrumpió Lecumberri.

            —¿Secreto profesional? ¿Qué tiene que ver lo que alega con el uso y publicación de documentos oficiales sobre un crimen sujeto a secreto sumarial dictado por un juez? No se equivoque señor Lecumberri. Corrija su palabrería y entre en razón, pues puedo encerrarle unos días en el calabozo para que medite que es lo más conveniente para usted. Le repito la pregunta: ¿Como obtuvieron el informe forense o, al menos, párrafos textuales del mismo? y ¿quién es ese ya famoso “observador”? —expuso el comandante.

            —Compramos el documento al “observador”, que lo obtuvo porque es…es guardia civil —declaró titubeante el director de El Sábado.

            —Póngamelo más fácil, pues somos miles de guardias civiles y si no concreta lo voy a tomar por una mera falsedad que solo busca ofenderme—expuso el comandante.

            —Antonio Lanuza… el capitán Lanuza—señaló, pesaroso, Lecumberri.

            —Y los otros documentos oficiales ¿también se los facilitó el capitán?

            —Sí, y nos aseguró que si le dábamos más dinero podría ralentizar la investigación para explotar más tiempo la historia sobre “el crimen vergonzoso” y, de paso, criticar al régimen por su incompetencia para resolver un simple asesinato de rojos.

            —¿Cuánto le pagaron a Lanuza?

            —Seis mil pesetas por los documentos y fijamos dos mil por semana en tanto El Sábado llevará en portada el asunto del crimen.

            —El… negocio ¿fue idea de él o de usted?

            —Surgió sin más. Conozco a Lanuza desde antes de la guerra. Ambos somos buenos carlistas; ustedes saben que es carlista ¿no? —preguntó Lecumberri y durante unos segundos miró fijamente al comandante en espera de una respuesta, o un gesto, que no llegó—.  Ustedes, estarán también al tanto de que Lanuza es un jugador empedernido y con escasa suerte. Tiene deudas considerables. Ya vive solo por y para el juego; su mujer y sus tres hijos hace más de un año regresaron a Pamplona. La última vez que visitó el Centro Carlista al que acudimos, me contó, una vez más, sus problemas económicos y familiares. Le pregunté si llevaba el caso del crimen acaecido en el barrio de Delicias y, créame, surgió —explicó sin reparo alguno Lecumberri.

            —¡Ya! Quizás también pueda surgir, muy pronto, que le interroguemos, señor Lecumberri. Es usted un hombre de palabra fácil, sobre todo, si se trata de hablar sobre amigos y correligionarios. He confirmado con este encuentro que no estaba descaminado al considerar que debía ser usted un individuo despreciable. Salga inmediatamente de mi despacho y acompañe al cabo para firmar la declaración y para que le conduzcan al juzgado —exigió el comandante.       

            Una vez salió Lecumberri, Herrera fue a informar a su coronel. Después telefoneo al juez instructor y le dio cuenta de su encuentro con el director de El Sábado. Acto seguido fue en busca del comandante Revilla y del capitán Zaragoza, y les refirió la declaración de Lecumberri y la participación directa del Capitán Lanuza. También les notificó las órdenes expresas del coronel. Terminada la conversación, Revilla y Zaragoza se personaron en el Grupo de homicidios y condujeron al capitán Lanuza hasta el despacho del comandante.

 

            —Siéntense señores. Usted no, capitán, y cuádrese—ordenó el coman-dante Herrera, y prosiguió—:

            “Capitán, su amigo Lecumberri ha declarado ante mí que usted le vendió para su publicación documentos relacionados con el crimen de la calle Bustamante y que le pasaba información de la investigación del juzgado y de su Grupo ¿Es así, capitán? — preguntó el comandante Herrera.

            —Señor, tengo serios problemas económicos. Mi familia hace ya un año regresó a Pamplona. Mantengo dos casas y…

            —Capitán conteste a mi pregunta—insistió con tono grave el comandante.

            —Estoy desesperado, Comandante. Juego un poco y he tenido una mala racha. Ha sido un error, lo reconozco, pero hoy mismo iba a hablar con Ramiro para acabar con todo esto. Este crimen no tiene nada que rascar: el padre mató a la hija y luego se suicidó. No hay más. Siempre he sido fiel al Ejército, a la Guardia Civil y a la Causa —argumentó el capitán Lanuza, que cayó de rodillas gimoteando.

            —¡En pie, y cuádrese! —gritó Herrera, levantándose de su sillón y colocándose, cara a cara, a unos centímetros de Lanuza—. Capitán, es usted un canalla. ¿Fiel a la Guardia Civil? No deseamos, ni mucho menos mantenemos, sujetos de su calaña dentro de este Cuerpo. Ha incurrido con toda consciencia, por mero lucro personal, en múltiples y muy graves faltas disciplinarias, que constituyen delito, y sobre las que deberá responder. Por su mediación se han publicado y utilizado indebidamente secretos oficiales y ha perjudicado premeditadamente las labores de investigación policial y judicial.

            —Mi comandante, ¡por Dios!, dejémonos de historias. Van por mi porque soy carlista. Si fuera falangista todo acabaría con una bronca del mando. Nos arrinconan a los auténticos tradicionalistas y pronto los guardias civiles cantaremos, uniformados de color azul, no el himno de nuestro Benemérito Instituto, sino el “Cara al sol” —reprochó el capitán Lanuza.

            —No sabe lo que dice, capitán. Por individuos como usted la Guardia Civil volvería a dividirse en dos como ya sucedió a causa de la guerra. Nuestro fundamento y misión es solo una: España. Hay que reconstruir nuestro país, todos, y mucho más como guardias civiles, dejando a un lado las luchas políticas y de banderías. Pero, ya está bien. Le comunicó que el coronel ha dispuesto, Capitán Lanuza, el cese inmediato de su servicio en el Grupo de homicidios, sin fijar asignación de nuevas funciones ni destino, y ha ordenado la incoación urgente de un expediente disciplinario por faltas muy graves que, como bien sabe, pueden suponer su expulsión de la Guardia Civil. Ahora el comandante Revilla y el Capitán Zaragoza le acompañarán a su despacho para que retire sus efectos personales. No salga de Madrid, por ninguna circunstancia, y todos los días, incluidos sábados y domingos, en tanto se tramite su expediente se presentará a las siete de la mañana ante la Unidad de mando.

           

 

—Mi teniente, le paso una llamada de la Comandancia de Ciudad Real—le anunció el sargento Alonso al teniente Domínguez.

            —Sí… a sus órdenes mi comandante —respondió el teniente.

            —Está visto que si yo no le llamo nada se sabe de usted—recriminó el comandante Iglesias—. Bien, teniente, primero el trabajo: ayer por la tarde prestó declaración el cuñado de Santiago Rupérez. Hoy se ha enviado la documentación al juzgado. A grandes rasgos le adelanto que el declarante quedó asombrado ante la idea de que su cuñado hubiera podido deshacerse de su hermana, que murió a causa de un cáncer de pecho. Y se indignó cuando le plantearon las sospechas sobre la relación incestuosa entre padre e hija y que aquél mató a Henar y después se suicidó. Un poco alterado rechazó esa posibilidad y aseguró que, aun cuando estaban distanciados, él y su cuñado, pues tuvieron una gorda por una pequeña tierra heredada, Santiago era un buen hombre y su sobrina muy decente. Ya sabe, teniente, lo de “el crimen vergonzoso” es solo un asqueroso titular de periódico—relató el comandante, que sin darse respiro continuó—:

Dicho esto, por otro lado, debe saber que tanto el coronel como yo hemos seguido muy de cerca el asunto del capitán Lanuza; para quien de no haberse suicidado el resultado de su expediente, sin duda, hubiera supuesto su expulsión de la guardia civil. También sabemos de su nueva responsabilidad, teniente, pero eso cuéntemelo usted—sugirió el comandante Iglesias.

            —A los pocos días de cesar en su destino al capitán Lanuza, el comandante Herrera, se hizo cargo de la dirección del caso. Nos reunió a todos en su despacho y dispuso crear dos equipos, uno al frente del teniente Nalón para trabajo de oficina y de apoyo, y el otro de investigación compuesto por el sargento Alonso, el guardia Ruiz y yo mismo. Y…

            —No sea tan humilde teniente—interrumpió el comandante— dígalo, y usted como…

            —Sí, señor, como coordinador de los dos equipos. Pero no es nada extraordinario somos dos tenientes, y yo soy unos meses más antigüo en el cuerpo.

            —Quite, quite. No se minusvalore. El otro teniente puede que tenga menos antigüedad, pero es de estirpe: abuelo y padre coronel. El comandante Herrera, también con estirpe, ha sabido elegir e imponer su nombre con el apoyo de su coronel y…un poco de nuestro coronel. Ya sabe, Domínguez, un coronel más otro coronel suman más que un solo coronel—le señaló jocoso Iglesias.

            —Lo que me cuenta añade una responsabilidad inmensa a la que ya supone para mí la resolución del caso. Gracias, señor. A cada paso tengo más claro que padre e hija fueron asesinados y que tuvieron que cometer el crimen al menos dos personas. Y nada de incesto, ni venganza política. La pasada semana, aprovechando que el teniente coronel de artillería, Martínez López, ya sabe, paisano y amigo de Santiago Rupérez, estaba en Madrid, nos vimos en el café Gijón y charlamos. Maldijo al capitán Lanuza, “aunque esté ya muerto”, y   a la prensa canalla y su “crimen vergonzoso”. “Santiago, era un santo como los de antes, como los primeros, sin suerte. Sufrió mucho con la enfermedad de su mujer y luego también, ya en Valladolid, por el noviazgo de su hija con el nieto, Benito, de un notario terrateniente de la ciudad, López de López y López. Santiago se opuso a esta relación, pues sabía que, tarde o temprano, traería la infelicidad de Henar, pues la familia del novio, como un bloque de puros lópeces, la rechazaban. El noviazgo se rompió y Benito entró en una profunda depresión. Una semana antes de empezar la guerra, el chico desapareció y a los pocos días lo encontraron flotando en el río Pisuerga, junto al puente Mayor. La familia afirmó vehementemente que debió sufrir un accidente, pero ¡quitarse la vida, no!  pues era muy creyente. Pero, es innegable que Germán, hermano mayor de Benito, el mismo día del hallazgo del cadáver, fuera de sí se presentó en la casa de Henar, blandiendo un revolver para “acabar con esta familia que ha matado a mi hermano”. Un vecino de Santiago, guardia de Asalto, desarmó a Germán y le condujo detenido a la comisaria. Esa misma noche estalló la guerra y a los dos días Germán se unió a una columna falangista, de las de Onésimo Redondo, para defender el Alto de los leones”.  El teniente coronel no supo nada más de él, de Germán, salvo que escuchó, no hace mucho, que era funcionario y ya no vivía en Valladolid. Pero, pronto sabremos más pues precisamente, el lunes de la próxima semana, la madre de Benito, una López de López, nos recibe en su casa vallisoletana. Me acompañará el sargento Alonso para hacer otras indagaciones y hablar con vecinos del barrio de Santiago y de su hija.

            —Muy bien, teniente, hay que tirar de todos los hilos. Le deseamos todo el éxito que, sin duda merece, pero no olvide que en unas semanas debe reincorporarse a esta comandancia de Ciudad Real. Aquí, aunque quizás no tan vistosos y populares a nivel nacional, también hay crímenes. Y ya sabe, llámeme cuando desee, para saber como está—se despidió el comandante.

 

            Evaristo Segura Montero, el “jefe de casa” de la finca de la calle Bustamante 27, es alto y muy delgado. Los ojos saltones, de un verde muy claro, parece, a veces, que se salen de su estrecho y alargado rostro. De profesión solador, al poco de llegar la República, sufrió un aparatoso accidente laboral al caerle sobre la pierna izquierda un carretón de baldosas de granito. Las secuelas del aplastamiento dejaron su pierna deforme y al andar la arrastra acusadamente. Un amigo, Santoña, de la CNT le consiguió un puesto de guarda nocturno en el cine Pavón. Evaristo esperaba mucho de la República en favor de los obreros, pero su pobreza no se aliviaba y el nuevo régimen, como el anterior, poco se ocupaba del bienestar de la gente como él, de los obreros. Estaba lleno de resentimiento y el fracaso político y social de la República era ya incuestionable. Su amigo Santoña, que había abandonado el sindicato anarquista, y militaba en Falange, le ofreció, trabajar por las tardes y complementar sus ingresos del Pavón, como vigilante en el garaje de un camarada. En 1936, unos meses antes de la guerra, Evaristo se afilió a la Central Obrera Nacional Sindicalista (CONS). Durante la guerra formó parte de la quinta columna —¿quién iba a sospechar de un lisiado? — y una vez finalizó la contienda, su amigo Santoña, consiguió que entrara como funcionario subalterno en los Sindicatos del Movimiento. Creía en la Falange y estaba convencido de que pronto se realizaría la revolución pendiente.

            —Mi teniente, fuera espera el “jefe de casa” de la calle Bustamante, Evaristo Segura, y también ha llegado un tal Emiliano Pons, de la bisoña Brigada de costumbres —informó el sargento Alonso.

            —Usted, Alonso, ocúpese de Pons. Sí tiene alguna información relevante sobre padre e hija, bien, que la suelte y firme la declaración. No nos interesan para nada los largos de falda, ni el escote, ni nada parecido. Antes, dígale a Segura que pase—dispuso el teniente.

            —Adelante. Pase señor Segura y siéntese, por favor—dijo el teniente señalando una silla—. No queremos robarle mucho tiempo, pero entienda que para nosotros es importante su informe sobre sus vecinos, Santiago Rupérez y su hija, Henar. Si es tan amable, cuénteme — solicitó el teniente Domínguez.

            —Antes de nada, señor teniente, quiero asegurarle que soy muy concienzudo al cumplir con mis obligaciones y, por tanto, la información con la que cuento es cierta y está confirmada.

“Santiago, viudo, y su hija Henar, vivían en la casa, como inquilinos, desde el día 15 de abril de 1940. Ambos eran nacidos en la provincia de Segovia, pero llegaron a Madrid procedentes de Valladolid, en septiembre de 1939, y ocuparon una habitación con derecho a cocina en la calle Áncora número 13. El mes siguiente comenzó a trabajar en la oficina del taller “Vulcano”, pues era amigo de don Arsenio, su propietario. A finales, de septiembre de 1936, fue depurado, siendo expulsado del cuerpo de Maestros nacionales. Nunca perteneció a ningún partido y…

—Disculpe, señor Segura —interrumpió el teniente, con tono suave y amable— su información es muy precisa pero esos detalles ya los conocemos. Nos interesan más los aspectos de convivencia de Santiago y su hija con el resto de los vecinos y, muy especialmente, con usted como “jefe de casa”. Por ejemplo, nos comentaron que hubo algún problema con su carnet de paro —indagó Domínguez.

—Bueno, tanto como un problema, no. Simplemente que al poco de instalarse una familia en la finca es mi obligación pedir información y ciertos documentos a los recién llegados. En su caso obtuve cuanto requerí, salvo, solo en el caso de Santiago, que no poseía el carnet de paro de obligada presentación para acceder a un trabajo. Me explicó que su jefe no lo exigió y por eso no lo tenía. Fui a hablar con el propietario del taller, don Arsenio, y me confirmó que nunca lo pedía, que en su taller solo él fijaba las normas para trabajar, pero que si quería me hacía un documento certificando que Santiago trabajaba allí, su puesto y la fecha de entrada en la empresa. A los pocos días me hizo llegar el certificado y lo entregué al “jefe de distrito”, que me indicó que dejáramos así el asunto, pues don Arsenio era todo un carácter. Fíjese, me contó mi responsable, que él, a los pocos días de terminar la guerra fue a comentar a don Arsenio de Baldomero que sería conveniente que cambiara el nombre de Vulcano, un dios lejos del catolicismo, por otro más español. Don Arsenio, al pronto, dijo no: “mi padre fundó el taller con este nombre y no lo cambio, salvo que ustedes, primero, erradiquen del callejero y tiren abajo los bellos monumentos erigidos a Neptuno y Cibeles”; y dicho esto de un tirón, apostilló —declamando—: “¡Ha vencido la ignorancia! Incultos burócratas de aluvión violento, beneficiados de partido o de compañía guerrera, capaces de reglamentar y dictar tontuna tras tontuna, con el solo fin de adular a sus amos políticos”. Y así quedó la cosa; todo un carácter, don Arsenio. Por lo demás —continuo Evaristo— ningún problema con padre o hija. Nada de escándalos ni mala conducta política o social —calló, sin más, el “jefe de casa” dirigiendo su mirada al techo del despacho, en tanto palmoteaba sus rodillas.

—¿Le consta que Henar tuviera novio?, quizás un tal Luis que la acompañaba a menudo—preguntó el teniente.

—Algo me contó una vecina. Pero, no. Ese tal Luis la acompañaba, y no siempre, desde hacía poco tiempo, pero porque la chica salía de su trabajo, en Chicote, a las diez de la noche. El acompañante, comprobé, vive en Legazpi, y la dejaba de camino a su casa. Además, un día que revisaba la luz del portal, ella y su padre, bajaban por la escalera, y Henar decía que no, que Luis no era su novio, que sólo le hacía el favor de acompañarla, y el padre dijo que bien, que mejor, porque ese hombre no terminaba de gustarle y no quería que tuviera un mal noviazgo como el anterior —respondió Evaristo y volvió a su palmoteo—.

—Le agradecería que nos facilitase el nombre completo y el domicilio de ese Luis. Y si sabe algo más sobre él nos lo comunique. Si no estoy yo o el sargento Alonso, pregunte por el guardia Ruiz

—Bien, hablaré también con el jefe de su casa. Vive en una corrala de la calle del Mazo de Santa Catalina, junto al mercado de Legazpi.

—Una pregunta más, señor Segura ¿cree usted lo que dice la prensa sobre el incesto?

—¡En absoluto! Es una invención de los periódicos. Ustedes, seguro, saben que al hallar los cadáveres estaban echados en la cama y como cogidos de la mano. ¡Na! una escena preparada, sin duda—y captando el “jefe de casa” en los ojos del teniente un destello de asombro dio un triple palmoteo en la mesa y se levantó.

            —Un momento, por favor ¿cómo conoce ese detalle de la escena del crimen, lo de las manos? —preguntó el teniente.

            —Me lo contó Mariano, mi vecino, que los vio. El comisario, allí mismo, en la alcoba, estuvo preguntándole sobre Santiago y su hija. Yo no estaba en ese momento en la finca—contestó, con cierta preocupación, Evaristo.

            —Bien, esta bien. Muchas gracias, señor Segura.

El teniente y el sargento Alonso intercambiaron la información obtenida en las declaraciones. La Brigada de buenas costumbres no tenía nada que aportar y en cuanto a la del “jefe de casa” sí había algunos detalles muy interesantes, incluido lo de las manos, que sí comentó el comisario, pero no se recoge en el informe de la Policía. Además, también iban a poder poner nombre y apellidos al acompañante de Henar. En cuanto regresaran de Valladolid se pondrían a ello.

—Alonso hable con Ruiz, para que cuando venga nuevamente el “jefe de casa”, si no estamos nosotros, tome él declaración y de inmediato investigue antecedentes de ese Luis; fotografías si las hay, y que discretamente se entere si es cliente del Bar Chicote o locales próximos. También, que haga una aproximación a la casa y anote los detalles reseñables y, por ninguna circunstancia, hable con nadie del asunto, no sea que vuele el pajarraco. Ese individuo es la última persona a la que se vio con Henar. Y usted, Alonso, mañana, no se retrase, a las ocho y cuarto sale el tren de la estación del Norte para Valladolid. Vamos de paisano —dispuso el teniente Domínguez.

 

Casi seis horas de trayecto, con paradas en Ávila y Medina del Campo hasta llegar a Valladolid, permitieron que el teniente y el sargento continuaran hablando del caso e, incluso, de otras cosas. El teniente, soltero, preguntó a Alonso cuántos hijos tenía. El sargento contó que sus tres hijos eran lo más importante para él. Aún eran pequeños pero su empeño, ya ahora, era que estudiaran y si era posible llegaran a la universidad. Su mujer, Emilia, era leonesa, maragata como él, del mismo pueblo, Val de San Lorenzo. Y ya puesto, con entusiasmo, Alonso le habló del monte Teleno y de su comarca maragata; de la casi mítica dedicación de sus hombres a la arriería con carros y animales, siendo muy reconocidos por su honradez y el valor de su palabra. Por su lado, Domínguez le contó que su padre era militar. Él nació en Toledo y, por ejemplo, su hermano mayor, Damián, en Medina del Campo, en donde iba a parar el tren. Las chicas, una en Sevilla y la otra en Salamanca. Por eso, como punto común y raíz, se consideraban todos burgaleses, en donde nacieron su padre y su madre. Su padre murió en Burgos en 1938 y allí vive su madre en casa de una hermana, Jimena. Era inevitable que hablaran de la guerra. El teniente al estallar la guerra estaba destinado en La Coruña, pero al poco fue enviado al Ejército del Sur, y estando en Cádiz terminó el conflicto y, porque siempre lo deseo, solicitó entrar en la guardia civil, y se lo concedieron manteniéndole el grado, y le destinaron a la Comandancia de Ciudad Real. El sargento se incorporó a la guardia civil en 1929. Su primer destino fue Sevilla y dos años antes de la guerra al ascender a cabo primero lo trasladaron a Zamora, y en 1937 a Salamanca, principalmente en funciones de información. Allí tuvo ocasión de conocer a varios alemanes. Uno de ellos, Otto, sargento de la Wehrmacht, poco antes de acabar la guerra, le regaló un disco para gramófono, con la canción que siempre estaba canturreando y que a él. también le gusta mucho: Lili Marleen, de la cantante Lale Andersen. “La sé de memoria y en mi alemán” —dijo el sargento.

El tren disminuyó velocidad. Estaban entrando en Valladolid y, a penas en unos minutos, llegaron a la estación del Norte. En el andén les esperaba el teniente Gamazo, quien los acompañó hasta la residencia de la Comandancia, y una vez instalados, los tres comieron el menú del día. Gamazo, vallisoletano, les estuvo hablando de la familia López de López; de los antecedentes existentes y las indagaciones realizadas recientemente sobre Santiago Rupérez y su hija Henar. Quedaron a las ocho de esa tarde en la plaza Mayor, pues Gamazo quería mostrarles el centro de la ciudad y tomar juntos unos vinos.

 

Valladolid, cuenta con un notable patrimonio monumental. Iglesias, conventos, monasterios, palacios, algunos de ellos levantados cuando fue capital de España. El teniente Gamazo en su improvisado recorrido turístico, salpicado de paradas en tabernas para probar los vinos castellanos, mostró a sus compañeros una bella ciudad, aún con trágicas señales de los numerosos bombardeos que sufrió durante la guerra su población civil; incluso les guio, partiendo desde la plaza Mayor, hasta donde viven los López de López, en el edificio residencial llamado Casa del Príncipe, en la avenida del General Franco, y que fue construido a principios de siglo. El teniente Gamazo, mientras tomaban unos blancos de Rueda, les informó con detalle de la familia, conocida popularmente como los tri-lópez, y su encumbramiento económico y social gracias al abuelo, don Afrodísio, notario y terrateniente ultracatólico y carlista. Murió el año pasado. Con él vivía en la “Casa del Príncipe” su hija Remedios, y sus dos hijos, desde que su marido, Gilberto Bombín, un par de años antes de la guerra, decidió no pasar un minuto más con los tri-lópez y, previo un pequeño desfalco a su suegro, salió corriendo hasta Vigo y se embarcó para Sudamérica. Si murió o vive nada se sabe. Se habló de que se fugó con la doncella, pues ésta dejó la casa una semana antes, y salió de la ciudad. Pero no está claro, pues el mismo día de la marcha de Gilberto, un auxiliar escribiente, Jerónimo, de la notaría de don Afrodísio, se despidió y también salió de la ciudad, para no volver. Doña Remedios no levantó cabeza y volcó todo su amor o desamor, y, seguramente, toda su frustración, en sus dos hijos, principalmente en Benito, el pequeño; un chico enclenque y retraído, muy diferente a su hermano Germán, fortachón, engreído y pendenciero” —contó Gamazo, con un desparpajo y gracia no habitual en la Castilla profunda—.  Regresaron a la plaza Mayor por la calle Santiago y picaron algunas raciones antes de volver a la Comandancia.

 

La fachada y el torreón de la Casa del Príncipe son sus señas constructivas más representativas. La vivienda de doña Remedios está en el piso principal de la finca. La puerta de acceso a la vivienda es muy amplia, de roble con manilla, manillón, mirilla ovalada enrejada y una aldaba, todo de latón labrado y reluciente. Eran las once en punto de la mañana. El sargento Alonso llamó a la puerta. Ésta se abrió de inmediato. Una sirvienta, ya entrada en años, vestida con un largo traje negro y delantal bordado, prolongado hasta debajo de las rodillas, y su pelo cano recogido con un lazo katyusha, les saludó:

—Buenos días, ¿que desean? —preguntó la sirvienta con su caduco uniforme de principios de siglo.

—Soy el teniente Domínguez, me acompaña el sargento Alonso, y tenemos una cita con la señora, con doña Remedios—respondió el teniente.

Pasen y acompáñenme—dijo secamente la sirvienta— y les condujo a través de un largo pasillo hasta una sala y, antes de salir y cerrar la puerta, la sirvienta les indicó que en seguida les recibiría la señora.

Entretanto el teniente y el sargento curiosearon lo que parecía un gabinete de trabajo, con gruesas estanterías, repletas de libros, cubriendo uno de los lados del cuarto. Enfrente un conjunto de despacho de estilo renacimiento español, muy probablemente del siglo XVI, con su mesa, armario librero, y un sillón y dos sillas confidente, todo de madera de castaño. En el lado frente a la puerta señorea un magnífico bargueño, sin duda del siglo XVIII; y centrada en medio de la sala una amplía mesa redonda de nogal con cuatro sillones fraileros. Sobre la mesa, como colocados para su exposición, tres libros vistosamente encuadernados: El problema nacional: hechos, causas y remedios, de Ricardo Macías Picavea, y los otros dos volúmenes de Juan Ortega Rubio, Historia de Valladolid e Historia de España. El teniente Domínguez estaba escudriñando el nombre de la firma de un cuadro de tema religioso cuando se abrió la puerta de la sala y entró doña Remedios que, ceremoniosa, se volvió y la cerró cuidadosamente. La dueña de la casa era de poca estatura y menuda. Vestía un discreto vestido gris perla con un fino rayado en tono rosa pálido. Recogía su pelo entintado de un negro maté con un sencillo moño.

—Buenos días, señores. Pensé que vendrían de uniforme; así de paisano, nadie diría que son autoridades. Si les parece nos sentamos alrededor de la mesa redonda—los tres tomaron asiento y doña Remedios, prosiguió—: antes nada, como ya les dije por teléfono creo que muy poco puedo ayudarles en su investigación y, además, les soy sincera, no me agrada nada hablar de esa gentuza, del padre y la hija muertos —especifico doña Remedios.

—Primero, permítame que me presente, soy el teniente Domínguez, quien habló con usted por teléfono, y me acompaña el sargento Alonso, quien, si usted no tiene inconveniente, tomará algunas notas de nuestra entrevista. Le agradecemos mucho que nos reciba y dada su sinceridad estamos seguros de que nuestra conversación será provechosa para la investigación —expuso el teniente.

—Perdón, señora —intervino el sargento— su primer apellido es López de López, y ¿su segundo apellido es Velasco?

—No. Mi primer apellido es López de López y López, ya antes de la guerra, mi hermana y yo, legalmente, unimos a nuestro primer apellido el segundo de mi querido padre, López. Mi segundo apellido es el que ha señalado, Velasco—aclaró doña Remedios.

—Doña Remedios, tenemos fundadas razones para creer que las muertes de Santiago Rupérez y su hija fueron causadas por terceras personas. Por tanto, debemos abrir nuevas vías de investigación, sin descartar ninguna hipótesis. ¿Usted conoció personalmente a Santiago y a Henar? —preguntó el teniente.

—En absoluto. Mi padre no lo hubiera permitido. Él sí mantuvo una conversación, en la notaría, con el padre de la muchacha. Y le puso las cosas muy claras: esa relación, ese tonteo, era improcedente y en absoluto podría cuajar. Benito, mi hijo, era algo alocado y romanticón, era muy joven y, pronto descubriría que su posición y su mundo en nada encajaba con el de esa muchacha. Además, mi padre se lo dijo claro a Benito: “tu verás, si sigues viéndote un día más con esa chica, dejas de ser un López de López y López, para todo. Ni estudios, ni dinero, ni herencia: ¡nada! Y, seguro, que convertido en un pelagatos, como ellos, esa chica te dará la patada” —relató doña Remedios, no sin cierta combinación de odio y satisfacción.

—Y Santiago Rupérez, en la conversación con su padre, ¿pudo expresar qué opinión tenía él sobre esa relación? — se interesó el teniente.

—Mi padre me contó, con cierta incredulidad, que el maestrillo le aseguró que él pensaba lo mismo respecto a que esa relación no era deseable para ninguno de los dos. Y ahora, pienso que podía ser sincero al decirlo, pues los celos le mandaban —respondió doña Remedios, mirando fijamente al teniente.

—No llego a comprender, señora, su comentario sobre los celos del padre, a no ser que usted crea también, como mucha gente del pueblo, la infamia, la mentira comercial interesada, de cierta prensa que titula el hecho como “el crimen vergonzoso”, lo que han sido dos asesinatos cobardes y alevosos—argumentó con disgusto el teniente, quien prosiguió—:

 Si le parece pasamos a otra cuestión, pues no queremos robarle mucho tiempo. Unas pocas semanas después de terminar esa relación, su hijo Benito acusó una fuerte depresión sobre la que sabemos no quiso tratarse. Abandonó la universidad y a penas salía a la calle. Conocemos que, al cabo de unos pocos meses, mejoró algo su ánimo, pero en medio de esa bonanza, una mañana salió de casa y no volvió. Unos días más tarde fue hallado, sin signos de violencia, ahogado en el río Pisuerga. No piense que soy brusco, pero son los hechos y es imprescindible que le haga esta pregunta: ¿cree usted que su hijo se suicidó? —dijo de corrido Domínguez.

—¡No! no se suicidó—saltó alzando la voz— Mi hijo era un católico convencido. Fue un accidente. Le gustaba pasear por la ribera del río y pudo marearse, a penas comía… se desmayaría y cayó al río. No les da reparo venir a hablar a una madre de su hijo muerto, después de cinco años, que son, día a día, los que llevo sufriendo un gran vacío por su pérdida —inquirió doña Remedios gimoteando sus últimas palabras.

—Lo sentimos mucho, pero estamos cumpliendo con nuestro deber. Tranquilícese, enseguida nos vamos señora; usted tiene otro hijo ¿verdad? —doña Remedios asintió—. ¿Sabe usted que el mismo día que encontraron el cadáver de Benito, su hijo Germán fue a casa de Henar y de su padre y les acusó de matar a su hermano y amenazó con un revolver a Santiago? Fue detenido. Esa misma noche estalló la guerra —inquirió el teniente.

—No se ni una palabra sobre lo que dice. Mi hijo Germán es impulsivo y vehemente, pero ese mismo día solo tenía en su cabeza luchar por su patria y acabar con los rojos que la estaban hundiendo. Germán fue alférez provisional y luchó como un héroe durante casi toda la guerra. Es caballero mutilado —dijo con orgullo Remedios.

—¿Vive en Valladolid? —indagó Domínguez

—No, vive en Segovia, es funcionario. Bien, ya les dije que tenía un compromiso y debo irme. Rita los acompañara a la salida—y con rapidez, sin tan siquiera mirarlos, salió de la sala doña Remedios.

 

“Luis Morales García, alias El Guapito, nacido en Melilla, en 1912; hijo de un sargento de Intendencia destinado en la Comandancia de Melilla, retirado en 1932, y que actualmente reside en la ciudad de Tetuán, en el Marruecos español.

Con quince años, Luis frecuentaba malas compañías, no estudiaba ni trabajaba ni aceptó ingresar en el ejército como deseaba su padre. A los diecisiete años ya contaba con antecedentes policiales y a consecuencia de su último “trabajo” en tierra africana, fue detenido por cometer hurto en un bazar y enviado tres quincenas a la cárcel. Cumplida la condena su padre lo metió en un barco con destino a la península y lo envío a Laguna de Duero, en Valladolid, a casa de un hermano de la madre, para apartarle del submundo en que estaba inmerso.

En Laguna, parece que se enderezó un poco y trabajaba ayudando a su tío en la huerta y las tierras. Pero al año desapareció y se instaló en Valladolid, en un barrio del extrarradio, La Pilarica, convirtiéndose en protector de una madura prostituta, La Jamones. Proxenetismo y delitos diversos contra las personas y la propiedad le convirtieron en un huésped habitual de la cárcel, teniendo el dudoso honor de haber sido el primer detenido registrado en la Cárcel Nueva de la ciudad, inaugurada en 1935. Allí conoció, unos meses antes de estallar la guerra, a algunos falangistas a los que ayudó, en más de una ocasión, en sus enfrentamientos violentos con funcionarios u otros presos. La madrugada del 19 de julio salió de prisión junto a un grupo de falangistas y otros presos, y participó, junto a una centuria de Falange y un escuadrón del cuartel Farnesio, en la toma del Ayuntamiento vallisoletano.

El historial militar de Luis Morales recoge como primera entrada que el día 22 de julio de 1936 formó parte, como voluntario, de la columna enviada para ocupar Madrid, al mando del Coronel Serrador, y en la que estaba integrada una centuria de falangistas y un pequeño grupo de voluntarios. Nuestro hombre participó en los combates del Alto de los Leones, siendo herido y evacuado a Valladolid. Ya recuperado y en espera de destino, según parece, participó con entusiasmo y extrema ferocidad en una de las Patrullas del Amanecer, “paseando” paisanos que serían de inmediato ejecutados, sin juicio, cerca de la carretera de Madrid o en El Prado de la Magdalena.

Con el empleo de cabo fue destinado a Ávila. Allí ya retoma sus antigüas costumbres delictivas y su historial militar recoge dos anotaciones, una de ellas de una prostituta que le acusa de agresión y robo, y la otra de un soldado por hurto. Los dos denunciantes retiraron la denuncia y no se llegó a incoar expediente disciplinario alguno. Participó junto a su columna en las batallas de Brunete y de Santander. Destinado a Segovia se le incoan dos expedientes disciplinarios por denuncias de paisanos con motivo de hurto, que finalmente no son estimadas, y un tercer expediente, también por hurto de víveres y efectos militares, que no prospera, aún cuando por el instructor se recomienda el licenciamiento obligatorio una vez concluida la guerra. Y así sucede con fecha uno de julio de 1939” —deja de leer su informe el guardia Ruiz, y bebe un sorbo de agua.

—Excelente. Toda esta información nos ayuda a trazar mejor su perfil. Continúe, Ruiz—ordenó el teniente Domínguez.

—Con su petate, y el mismo día de la licencia, llega a Madrid y se aloja en la pensión “Mari Paz”, en la calle del Almendro, en La Latina. Y lo sabemos porque la propietaria de la pensión lo denunció el cinco de agosto por haberse ido sin pagar. Desconocemos su paradero de agosto de 1939 hasta el quince de enero de 1940, día en que se instala en una minúscula vivienda de la corrala de Legazpi, calle de Vado de Santa Catalina, número cinco, en la que aún vive. El “jefe de casa” nos informa que allí no se le conoce ni fechoría ni escándalo alguno; eso sí, sale todos los días a media tarde y regresa siempre a altas horas de la madrugada. Dice que es panadero. Pero este panadero es un visitante diario del café Barceló y del Bar Chicote, en dónde trafica con morfina, cocaína y, a veces, hasta con medicamentos extranjeros. Sus clientes, la mayoría fijos, son de alto copete: artistas, aristócratas y gente de poder. Pasé esta información a la Comandancia y el inspector Rivero, de la policía armada, me contó que ya es un conocido de su Brigada, pero es un mero vendedor que, aunque seguro está bien pagado, no es nadie y si le pillaran ahora con su mercancía, los que mueven y ponen en el mercado las drogas y medicamentos se irían de rositas y seguirían vendiendo a través de otro pardillo. Además —me apuntó el inspector, bajando el tono—los jefes del negocio tienen amigos muy poderosos a los que también, de una u otra forma les llegan beneficios. Hay que esperar a que todo sea propicio.

En cuanto a su relación con Henar, el limpiabotas de Chicote, antigüo confidente de los guardias de Asalto, me contó que Luis nunca se fijó en ella, hasta hace unos pocos meses que, por todos los medios, quiso hacer notar a la chica que le interesaba y siempre, antes de las diez de la noche, hora de salida de Henar, se marchaba Luis y volvía a la hora u hora y media, no siempre, pero casi siempre—explicó el guardia Ruiz.

—Con permiso mi teniente, oye Ruiz ¿esta joya es o fue de Falange o de algún partido? —preguntó el sargento Alonso

—No, a pesar de colaborar en algún momento con Falange, nunca ha pertenecido al partido. El teniente Nalón lo confirmó con un amigo falangista—respondió Ruiz.

—Bien, señores. Me voy a hablar con el Comandante y luego también con el teniente Nalón. Si no recibo orden en contra, en la madrugada de mañana, dispondremos un operativo en las proximidades de la casa de Luis Morales y después que se meta el pajarito en su nido, le detenemos allí mismo y registramos la casa. Nada de tocar la droga o medicamentos que pueda haber allí, es asunto abierto de la Policía; buscamos algún objeto o joya que pueda estar relacionada con nuestro caso. Desde el principio me resulta extraño que en la casa del crimen hubiera dinero, casi a la vista, y ni una sola joya ni del padre ni de la hija. Bueno, esta tarde lo preparamos todo. Excelente trabajo Ruiz, le encargó uno nuevo, también urgente. Tome nota: Germán Bombín López de López y López.

 

 

 

 

(continua en 2ª parte)

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  • Muy interesante, voy por la segunda parte...
    Creo que tienes material para una buena novela. Desde mi punto de vista, algunos diálogos son un poco largos y quizá le falte algún párrafo que describa el ambiente. En cualquier caso, me ha gustado. Ya te diré algo cuando lea la segunda parte ¿Hay más?
  • Un nuevo caso criminal del teniente Domínguez, de la Guardia Civil, (Tiempos de Odio y Venganza), que transcurre en el año 1941, durante la durísima posguerra madrileña.

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    En el año 1819, en un humilde pueblo de un pequeño valle, en España, se produce un “crimen necesario” que supondría el detonante del proceso revolucionario de 1820, en el país. La historia oficial, como casi siempre sucede, nada recoge de estos hechos. Y a este silencio le acompaña y nutre el general desistimiento español a conocer su pasado, por inmediato que este sea, y que por el que estamos condenados, por ignorancia de lo propio, a cometer una y otra vez los mismos errores. No se extrañe el lector, pues, que en razón a esta ignorancia, también orgullosa, pueril que en ocasiones lamentables de nuestra historia ha llegado incluso a la irracional violencia, los nombres geográficos no sean los reales en los que transcurrieron los hechos.

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    La última guerra civil española, también su preludio y su posguerra, mostraron lo peor de los españoles: el odio y el desquite generalizado que, casi siempre, para disimular su bajeza, se justifica con ideales y una actitud puramente maniquea que impide, aún hoy, nuestra normal convivencia y que nos regeneremos como sociedad.

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