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12 min
El cuadro
Suspense |
02.02.14
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Sinopsis

El cuadro estaba colgado en la pared del salón-comedor. Era una fotografía enmarcada de su pueblo, Argul, realizada a principios del siglo XX. Le gustaba mirarlo mientras comía, estudiándolo al detalle, jugando a imaginar...

~~Lo había descubierto por casualidad en casa de su tía paterna, colgado  en la pared del salón. Se trataba de una fotografía enmarcada, 60x40, de su pueblo, realizada a principios del siglo XX. Argul lucía pletórico de vigor juvenil a pesar de contar con varios siglos de existencia.
Su casa natal destacaba, situada casi en primer plano. No podía ser de otra manera, su tía había nacido y vivido allí hasta cumplir los 25 años. Era la mayor de 10 hermanos. Desde luego eran otros tiempos. Entonces también había crisis, pero nadie la llamaba así, estaban demasiado ocupados en sobrevivir.
El sol de aquella lejana mañana agudizaba el contraste entre los blancos muros encalados de la amplia fachada y la oscura pizarra de la techumbre a cuatro aguas. Una densa columna de humo negro emergía de la imponente chimenea de piedra, construida con cinco grandes losas y rematada por un diminuto y blanco menhir.
Las dos casas contiguas, pared con pared, a izquierda y derecha, también tenían sus fachadas pintadas de blanco e incluso, como sucedía con la vivienda de nuestro protagonista, las contraventanas y las balaustradas de hierro de los balcones aparecían revestidos de la misma nívea y uniforme tonalidad. Se ve que la pintura era cara en aquel entonces y había que aprovechar la ocasión aunque fuera en detrimento de la estética.
El resto de la veintena de edificaciones lucía sus paredes desnudas, recubiertas por la tenue pátina rojiza de las piedras y el barro, mortero barato y eficaz. La excepción era una casa pequeña y pobre, con un balcón de madera desvencijado, y de la que hoy apenas si quedaba rastro.
El pueblo de casas apiñadas y estrechas calellas se desperezaba lánguidamente al sol de la mañana de primavera, plácidamente tendido al pie de la ladera, a ambos lados del  arroyo que descendía desde los montes. Argul miraba al Este y el sol lo visitaba temprano. Ateridos bajo las crudas heladas, los vecinos de enfrente lo contemplaban con envidia en las duras mañanas de invierno.
Por detrás del pueblo, ladera arriba, descubríanse sembrados de trigo, aún verde pero ya crecido, maíz que apenas alzaba un palmo y viñas en los terrenos más pobres con cepas de incipiente ramaje. Hoy en día, toda esa parte son terrenos baldíos y cubiertos de maleza. En aquel entonces en Argul vivían 160 almas, según rezaban los diccionarios de la época, y se aprovechaba hasta el último centímetro cuadrado de tierra.
Todo el primer plano delante de las tres fornidas casas de blancas fachadas era acaparado por un patatal de surcos rectos y separados con plantas floridas y anémicas. Asomados al balcón central de la casa de nuestro amigo, una mujer sostenía en brazos a un niño de corta edad. Eran las únicas figuras humanas que aparecían en todo el cuadro.
El resto de ventanas y balcones simulaban colosales ojos de pirata, más negros que la sombra de la noche, como bocas de túneles o pozos insondables abiertos entre el blanco nuclear de las paredes.
A la muerte de su tía consiguió hacerse con el cuadro, sin reparar en gastos ni esfuerzos, y lo colgó en la pared del salón comedor. Le gustaba contemplarlo mientras comía. Día tras día, noche tras noche, rastreaba las transformaciones evidentes que se habían producido, en el pueblo y alrededores, durante el siglo largo transcurrido desde que su tía hiciera la foto, estratégicamente situada sobre el montículo conocido como “Pico del Castro” que se erguía delante del pueblo, hacia el Este,  a partir del linde de la finca sembrada de patatas.
Entre los múltiples elementos que le fascinaban del cuadro hay que destacar una presencia misteriosa: la mísera casita blanca situada en medio del pueblo, al lado de la plaza donde se celebraban públicas y festivas asambleas, y de la que hoy sólo quedaba una pared semiderruida;  y dos ausencias clamorosas: una edificación bastante notable, situada a escasos metros de aquella, que él siempre había tenido por muy antigua y de la cual no había ni rastro en la foto; y, sobre todo, la pujante y extensa parra, que hoy crecía delante de su casa abrazando una edificación anexa de paredes rojizas y ocultando por completo su pétrea fachada. Las cepas de vino blanco del país, gruesas como patas de elefante, contaban con más de medio siglo de existencia. El edificio colorado aparecía en el cuadro visible en su totalidad y en el suelo de la parra actual crecían los rectilíneos y floridos surcos de patatas.
Comparándolo con una foto actual sacada desde la misma perspectiva producía un efecto sorprendente y un punto inquietante. Como si un entusiasta del Photoshop se hubiera entretenido haciendo retoques, quitando y poniendo a su antojo.
Sí, le gustaba mirarlo y jugaba a imaginar lo que estarían haciendo, en el preciso instante en que su tía inmortalizaba el momento y lo hacía eterno, el centenar y medio de personas ocultas, dentro de los límites del marco y aun fuera de él. Aguzaba la vista escudriñando, intentando penetrar en vano por entre las geométricas tinieblas de los balcones, más allá de su mirada vieja, oscura y vacía. Entre todos, sentía especial predilección por uno con baranda maciza de madera, también pintada, como no, de blanco inmaculado. A diferencia de los otros, las contraventanas estaban completamente abiertas hacia dentro y no se veían, por lo que el hueco negro era el mayor y mejor perfilado de todos. El gigantesco ojo ciego lo atraía irremisiblemente mientras recordaba cuando era muy pequeño,  cómo se asomaba de puntillas y mordía la sobada baranda situada a la altura justa de su boca. 
Recreaba el resto del paisaje circundante sobre los 6 metros cuadrados de la pared que sostenía el cuadro, lamentando que la foto no abarcara una panorámica más amplia. Otras veces le daba por imaginar que el cuadro era una ventana por la que asomarse a un mundo perdido, en un espacio singular, a la vez extraño y familiar, y con el tiempo perpetuamente detenido.
Por la posición de las sombras y el aspecto de los árboles, cepas y sembrados, había deducido que la foto podría haber sido hecha hacia principios del mes de mayo. Sobre la mujer y el niño asomados al balcón de su casa supuso que, por lógica, serían antepasados suyos y, aparentemente, los únicos habitantes del pueblo a los que el fotógrafo había avisado de sus intenciones. Sus rasgos poco definidos, por su lejanía al objetivo, le impidieron aventurar su identidad más allá de muy vagas conjeturas.
Parecía ser una mujer joven y delgada sosteniendo en brazos a un niño o niña de corta edad, seguramente 7 u 8 años. Sus ropas eran dos borrones grises y sus caras dos manchas pálidas vueltas hacia la cámara.
El cuadro llevaba más de un año colgado en la pared del comedor y cada día seguía descubriendo algún pequeño detalle que anteriormente se le había pasado por alto. Una extraña chimenea arrimada al borde izquierdo, una especie de tela blanca enganchada en las zarzas en el derecho; un pequeño animal, posiblemente una oveja, en el extremo norte, en el punto más alejado del enfoque; y en el extremo opuesto, el arco suave de una flor situada a escasos metros del fotógrafo.
Una semana más tarde, terminó de cenar y volvió a estudiarlo atentamente. Sufrió un violento sobresalto. Se restregó los ojos creyendo ver visiones, pero al abrirlos de nuevo constató que los cambios seguían allí.
La imagen del borde izquierdo había aumentado de tamaño, definiendo sus contornos. Lo que había tomado por una especie de chimenea era un hombre encorvado reparando el tejado. La tela blanca de la derecha había aumentado de tamaño como si se hubiera desenrollado y extendido. En la parte superior, más allá de la parcela de trigo, tres ovejas blancas y dos negras pastaban tranquilamente. En primer plano, cerca del vértice inferior derecho,  aparecían varias cabezas de margaritas mostrando todos los pétalos y parte del fino tallo.
El cuadro estaba creciendo. Aquello era absurdo e imposible pero también real e irrefutable.
Comentó el insólito suceso con la familia y los vecinos pero nadie lo tomó en serio. Su fama de excéntrico y bromista no le ayudó demasiado. Algunos menearon la cabeza con gesto de franco escepticismo y otros se rieron a carcajadas. Aun así, siguió insistiendo. Nadie le creyó. Todos se burlaron. Al final, la gente terminó hartándose de la historia y, en general, le pidieron que se dejara de tonterías, que la cosa no tenía ninguna gracia. Era lógico, pensó resignado, nadie había prestado suficiente atención al cuadro para detectar las mutaciones evidentes que en él se estaban produciendo.
Unos días más tarde, recién levantado, miró distraídamente hacia el cuadro y casi se desmaya de la impresión. El corazón se le paró, dio un brinco y comenzó a galopar desbocado. Sintió un vacío helado como si lo succionaran por dentro. Con la piel de gallina y temblando, agitado por violentísima emoción, se sentó y volvió a mirar.
Sobre la blanca fachada de su casa sólo había huecos negros. Todos los balcones estaban vacíos. Había desaparecido la mujer con el niño en brazos.
Se acercó, lo miró de cerca. Nada, ni rastro. Sintió frío y después calor. Pensó que se estaba volviendo loco, algún tumor cerebral o algo por el estilo. Había leído en algún sitio que esas cosas provocan alucinaciones. Estaba solo en casa. No tenía a quien contárselo. Y además, ¿para qué?, sabía que sería inútil. No verían nada, o mejor dicho, si verían. Lo que él era incapaz de ver. Ellos no sufrían alucinaciones. Ellos no se estaban volviendo locos.
Salió afuera y comenzó a caminar sin rumbo para espantar los demonios que lo acosaban. Anduvo varios kilómetros hacia los pinares del norte. Regresó y se encaminó a la ermita situada hacia el suroeste, en dirección opuesta. Marchaba a paso vivo, saturando el cerebro y los pulmones con el aire y los colores del otoño, tratando de sepultar sus miedos, buscando huir del aliento de aquella insólita pesadilla.
Cuando al fin volvió a casa era más del mediodía. El resto de la familia seguía fuera, de viaje. No había probado bocado pero no tenía hambre. Armándose de valor, se plantó delante del cuadro.
La mujer y la niña habían regresado.
Sus figuras se habían enfocado y se perfilaban nítidas. Sus rasgos estaban ahora claramente definidos. La mujer, efectivamente, era muy joven. Su larga melena trigueña enmarcada un rostro de exótica belleza. Su hija, o quizás hermana pequeña, era su perfecta copia a escala aunque en vez de melena lucía dos hermosas trenzas. Sus vestidos largos flameaban al viento.
Ambas se encontraban entre los surcos de patatas, la niña ligeramente adelantada, a escasos metros de las margaritas.
Las dos sonreían abiertamente y miraban a la cámara con soltura y desparpajo. Lo miraban a él. Fijamente. Con ademán resuelto y los brazos tendidos, lo llamaban, invitándolo a acercarse.
Tras una semana de búsqueda infructuosa, fue declarado oficialmente desaparecido.
Nadie volvió a verlo jamás, ni vivo ni muerto.
El cuadro siguió colgado durante mucho tiempo aún en la pared del comedor. Nadie le prestaba demasiada atención. Entre los elásticos confines del marco labrado, el sol matutino de mayo seguía encendiendo las blancas fachadas y derramando sombras oblicuas. Asomada a uno de los balcones, una mujer joven sostenía un niño, tal vez una niña, en brazos. Sus cuerpos eran dos bultos informes y sus caras dos manchas claras, resaltando contra la negrura del ventanal.
En el balcón de al lado, aquél que tiene una baranda maciza de madera y las contraventanas abiertas del todo, una figura indefinida se recorta contra el gigantesco ojo cuadrado. Parece aferrarse a la baranda y su cara fantasmal semeja una descomunal pupila, prisionera y aterrada.
Muchos años más tarde se hicieron reformas en la casa. El cuadro fue descolgado y arrojado en el desván. Allí reposó olvidado durante varias décadas hasta que la nieta de nuestro infausto protagonista, joven historiadora que investigaba la historia del pueblo, lo recogió y lo colgó en el salón de su casa.
La chica acostumbraba a pasarse largo tiempo contemplando el cuadro, realizando un estudio exhaustivo del mismo como base del libro que pensaba escribir sobre la historia de Argul.
Transcurrió otro año. El libro estaba casi terminado, listo para enviar  a la imprenta. La historiadora novel continuaba con sus prolongadas sesiones de observación de la vieja fotografía, cautivada por su sutil y evocadora fascinación, mientras se interrogaba por la vida y milagros de las cuatro personas que allí aparecían; tres de ellas, asomadas a los balcones, serían, con bastante probabilidad, antepasados suyos.
Y a pesar de todas las horas empleadas en su atenta contemplación, el cuadro nunca dejaba de sorprenderle y de cuando en cuando reparaba en un detalle nuevo que antes se le había pasado por alto.
Ahora, por ejemplo, mientras el sol de mayo también alegraba esta mañana de mediados del siglo XXI, la apasionada investigadora, sentada delante del cuadro, estaría dispuesta a jurar sobre la Biblia que la pequeña cabaña para pastores, que aparecía cerca del vértice superior izquierdo, ayer no se encontraba allí...

                                                            FIN

 

 

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  • Me sumo a la ola colectiva de felicitaciones. Nos has dibujado una buena e inquietante historia a base de finas pinceladas. Muy bien contado, es un placer leerte. Por cierto, llama la atención que entre los 10 relatos más valorados de suspense, cinco lleven tu firma... Un abrazo desde un rincón de Madrid :)
    Tan bueno como siempre, amigo Paco. Me pregunto de nuevo si habrá alguna historia parecida en tu pueblo (que creo recordar que es en el que te has basado); muy buen detalle por cierto el haberlo hecho. Por lo demás, ¡no puedo hacer otra cosa que felicitarte, compañero! Un saludo
    Es fabuloso , inquietante y el tema con lo que amo la pintura me emociona mas aun! Me alegra que te haya gustado mi relato: Quien se suicida no es un cobarde.. aunque mi punto de vista por verlo tan de cerca sea diferente.Un saludo
    buen relato
    No me queda más que felicitarte amigo Paco. Sin duda, como ya te han comentado, eres un auténtico maestro del genero. Narraciones precisas y contundentes. Magnífico cuadro el que nos has mostrado, con un marco, el de tus letras, quizá aún más portentoso que el propio relato. En fin, un verdadero lujo leerte. Espero ponerme pronto al día con tus relatos. Un abrazo
    No es discutible la calidad de la historia y la forma en que se narra, por fin un relato de terror/misterio que no se basa en destripamientos ni descripciones sangrientas
    Lo que da de sí un cuadro! Vaya historia, vaya argumento, me encanta. Embaucador y atrayente como el propio objeto. Eres un maestro del género! Me he perdido en las descripciones tan precisas y visuales, por poco me engulle el relato como al protagonista jajaja. Un saludo!
    Y tampoco creo haberte leído, mi comentario ratifica los que me anteceden. Notable poder descriptivo y narrativo para un relato cuasi surrealista que crece como nuestros recuerdos. Fue un gusto
    No había tenido el placer de leer ningún relato tuyo, y realmente ha sido un agradable descubrimiento. Maravillosas descripciones que te sumergen en una original historia con sorprendente final. Lo dicho, un placer. Saludos.
    Una historia fascinante, muy bien llevada y que me trae muchos recuerdos dado que en más de una ocasión me he sentido tentado de entrar en uno de esos cuadros paisajísticos que encontramos siempre en el mismo lugar.- No tiene desperdicio.- Un saludo.
  • Las guerras dejan muchas heridas; a veces, las peores son aquellas que no se ven...

    Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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