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12 min
El Cuadro.
Terror |
10.11.15
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Sinopsis

Este es uno de los relatos que propongo para formar parte de la Antología, siempre que el Jurado Soberano considere oportuno seleccionarlo. El otro es "Ciclo Lunar", sugerido por varios compañeros. Yo, particularmente, me inclino por "El Cuadro" pero vosotros tenéis la última palabra. Así que, ya me contaréis.

 

Lo había descubierto por casualidad en casa de su tía paterna colgado  en la pared del salón. Se trataba de una fotografía enmarcada, 60x40, de su pueblo, realizada a principios del siglo XX. Argul lucía pletórico de vigor juvenil a pesar de contar con varios siglos de existencia.
Su casa natal destacaba, situada casi en primer plano. No podía ser de otra manera, su tía había nacido y vivido allí hasta cumplir los 25 años. Era la mayor de 10 hermanos. Desde luego eran otros tiempos. Entonces también había crisis, pero nadie la llamaba así, estaban demasiado ocupados en sobrevivir.
El sol de aquella lejana mañana agudizaba el contraste entre los blancos muros encalados de la amplia fachada y la oscura pizarra de la techumbre a cuatro aguas. Una densa columna de humo negro emergía de la imponente chimenea de piedra construida con cinco grandes losas y rematada por un diminuto y blanco menhir.
Las dos casas contiguas, pared con pared, a izquierda y derecha, también tenían sus fachadas pintadas de blanco e incluso, como sucedía con la vivienda de nuestro protagonista, las contraventanas y las balaustradas de hierro de los balcones aparecían revestidas de la misma nívea y uniforme tonalidad. Se ve que la pintura era cara en aquel entonces y había que aprovechar la ocasión aunque fuera en detrimento de la estética.
El resto de la veintena de edificaciones lucía sus paredes desnudas, recubiertas por la tenue pátina rojiza de las piedras y el barro, mortero barato y eficaz. La excepción era una casa pequeña y pobre con un balcón de madera desvencijado y de la que hoy apenas si quedaba rastro.
El pueblo de casas apiñadas y empedradas calellas se desperezaba lánguidamente al sol de la mañana de primavera, plácidamente tendido al pie de la ladera, a ambos lados del  arroyo que descendía desde los montes. Argul miraba al Este y el astro rey lo visitaba temprano. Ateridos bajo las crudas heladas, los vecinos de enfrente lo contemplaban con envidia en las duras mañanas de enero.
Por detrás del pueblo, ladera arriba, descubríanse sembrados de trigo aún verde pero ya crecido, maíz que apenas alzaba un palmo y viñas en los terrenos más pobres con cepas de incipiente ramaje. Hoy en día, toda esa parte son terrenos baldíos y cubiertos de maleza. En aquel entonces en Argul vivían 160 almas, según rezan los diccionarios de la época, y se aprovechaba hasta el último centímetro cuadrado de tierra.
Todo el primer plano delante de las tres fornidas casas de blancas fachadas era acaparado por un patatal de surcos rectos y espaciados con plantas floridas y anémicas. Asomados al balcón central de la casa de nuestro amigo, una mujer sostenía en brazos a un niño de corta edad. Eran las únicas figuras humanas que aparecían en todo el cuadro.
El resto de ventanas y balcones simulaban colosales ojos de pirata, más negros que la sombra de la noche, como bocas de túneles o pozos insondables abiertos entre el blanco nuclear de las paredes.
A la muerte de su tía consiguió hacerse con el cuadro, sin reparar en gastos ni esfuerzos, y lo colgó en la pared del salón comedor. Le gustaba contemplarlo mientras comía. Día tras día, noche tras noche, rastreaba las transformaciones evidentes que se habían producido, en el pueblo y alrededores, durante el siglo largo transcurrido desde que su tía hiciera la foto, estratégicamente situada sobre el montículo conocido como “Pico del Castro” que se erguía delante del pueblo a partir del linde de la finca sembrada de patatas.
Entre los múltiples elementos que le fascinaban del cuadro hay que destacar una presencia misteriosa: la mísera casita blanca situada en medio del pueblo, al lado de la plaza donde se celebraban públicas y festivas asambleas, y de la que hoy sólo quedaba una pared semiderruida;  y dos ausencias clamorosas: una edificación bastante notable, situada a escasos metros de aquella, que él siempre había tenido por muy antigua y de la cual no había ni rastro en la foto; y, sobre todo, la pujante y extensa parra, que hoy crecía delante de su casa abrazando una edificación anexa de paredes rojizas y ocultando por completo su pétrea fachada. Las cepas de vino blanco del país, gruesas como patas de elefante, contaban con más de medio siglo de existencia. El edificio colorado aparecía en el cuadro visible en su totalidad y en el suelo de la parra actual crecían los rectilíneos y floridos surcos de patatas.
Comparándolo con una foto actual sacada desde la misma perspectiva producía un efecto sorprendente y un punto inquietante. Talmente, como si un entusiasta del Photoshop se hubiera entretenido haciendo retoques, quitando y poniendo a su antojo.
Sí, le gustaba mirarlo y jugaba a imaginar lo que estarían haciendo, en el preciso instante en que su tía inmortalizaba el momento y lo hacía eterno, el centenar y medio de personas ocultas, dentro de los límites del marco y aun fuera de él. Aguzaba la vista escudriñando, intentando penetrar en vano por entre las geométricas tinieblas de los balcones, más allá de su mirada vieja, oscura y vacía. Entre todos, sentía especial predilección por uno con baranda maciza de madera, también pintada, como no, de blanco inmaculado. A diferencia de los otros, carecía de contraventanas por lo que el hueco negro era el mayor y mejor perfilado de todos. El gigantesco ojo ciego lo atraía irremisiblemente mientras recordaba cuando era muy pequeño,  cómo se asomaba de puntillas y mordía la sobada baranda situada a la altura justa de su boca. 
Recreaba el resto del paisaje circundante sobre los 6 metros cuadrados de la pared que sostenía la foto enmarcada, lamentando que no abarcara una panorámica más amplia. Otras veces le daba por imaginar que el cuadro era una ventana por la que asomarse a un mundo perdido, en un espacio singular, a la vez extraño y familiar, y con el tiempo perpetuamente detenido.
Por la posición de las sombras y el aspecto de los árboles, cepas y sembrados, dedujo que la foto había sido hecha hacia principios del mes de junio. Sobre la mujer y el niño asomados al balcón de su casa supuso que, por lógica, serían antepasados suyos y, aparentemente, los únicos habitantes del pueblo a los que el fotógrafo había avisado de sus intenciones. Sus rasgos poco definidos por su lejanía al objetivo le impidieron aventurar su identidad más allá de muy vagas conjeturas.
Parecía ser una mujer joven y delgada sosteniendo en brazos a un niño o niña de corta edad, seguramente 7 u 8 años. Sus ropas eran dos borrones grises y sus caras dos manchas pálidas vueltas hacia la cámara.
El cuadro llevaba más de un año colgado en la pared del comedor y cada día seguía descubriendo algún pequeño detalle que anteriormente se le había pasado por alto. Una extraña chimenea arrimada al borde izquierdo, una especie de tela blanca enganchada en las zarzas en el derecho; un pequeño animal, posiblemente una oveja, en el extremo norte, en el punto más alejado del enfoque; y en el extremo opuesto el arco suave de una flor situada a escasos metros del fotógrafo.
Una semana más tarde, terminó de cenar y volvió a estudiarlo atentamente. Sufrió un violento sobresalto. Se restregó los ojos creyendo ver visiones, pero al abrirlos de nuevo constató que los cambios seguían allí.
La imagen del borde izquierdo había crecido, definiendo sus contornos. Lo que había tomado por una especie de chimenea era un hombre encorvado reparando el tejado. La tela blanca de la derecha había aumentado de tamaño como si se hubiera desenrollado y extendido. En la parte superior, más allá de la parcela de trigo, tres ovejas blancas y dos negras pastaban tranquilamente. En primer plano, cerca del vértice inferior derecho,  aparecían varias cabezas de margaritas mostrando todos los pétalos y parte del fino tallo.
El cuadro estaba creciendo. Aquello era absurdo e imposible pero también real e irrefutable.
Comentó el insólito suceso con la familia y los vecinos pero nadie lo tomó en serio. Su fama de excéntrico y bromista no le ayudó demasiado. Algunos menearon la cabeza con gesto de franco escepticismo y otros se rieron a carcajadas. Aun así, siguió insistiendo. Nadie le creyó. Todos se burlaron. Al final, la gente terminó hartándose de la historia y, en general, le pidieron que se dejara de tonterías, que la cosa no tenía ninguna gracia. Era lógico, pensó resignado, nadie había prestado suficiente atención al cuadro para detectar los cambios evidentes que en él se estaban produciendo.
Unos días más tarde, recién levantado, miro distraídamente hacia el cuadro y casi se desmaya de la impresión. El corazón se le paró, dio un brinco y comenzó a galopar desbocado. Sintió un vacío helado como si lo succionaran por dentro. Con la piel de gallina y temblando, agitado por violentísima emoción, se sentó y volvió a mirar.
Sobre la blanca fachada de su casa sólo había huecos negros. Todos los balcones estaban vacíos. Había desaparecido la mujer con el niño en brazos.
Se acercó, lo miró de cerca. Nada, ni rastro. Sintió frío y después calor. Pensó que se estaba volviendo loco, algún tumor cerebral o algo por el estilo. Había leído en algún sitio que esas cosas provocan alucinaciones. Estaba solo en casa. No tenía a quien contárselo. Y además, ¿para qué?, sabía que sería inútil. No verían nada, o mejor dicho, si verían. Lo que él era incapaz de ver. Ellos no sufrían alucinaciones. Ellos no se estaban volviendo locos.
Salió afuera y comenzó a caminar sin rumbo para espantar los demonios que lo acosaban. Anduvo varios kilómetros hacia los pinares del norte. Regresó y se encaminó a la ermita situada hacia el suroeste, en dirección opuesta. Marchaba a paso vivo, saturando el cerebro y los pulmones con el aire y los colores del otoño, tratando de sepultar sus miedos, buscando huir del aliento de aquella insólita pesadilla.
Cuando al fin volvió a casa era más del mediodía. El resto de la familia seguía fuera, de viaje. No había probado bocado pero no tenía hambre. Armándose de valor, se plantó delante del cuadro.
La mujer y la niña habían regresado.
Sus figuras se habían enfocado y se perfilaban nítidas. Sus rasgos estaban ahora claramente definidos. La mujer, efectivamente, era muy joven. Su larga melena trigueña enmarcada un rostro de exótica belleza. Su hija, o quizás hermana pequeña, era su perfecta copia a escala aunque en vez de melena lucía dos largas trenzas. Sus vestidos largos flameaban al viento.
Ambas se encontraban entre los surcos de patatas, la niña ligeramente adelantada, a escasos metros de las margaritas.
Las dos sonreían abiertamente y miraban a la cámara con soltura y desparpajo. Lo miraban a él. Fijamente. Con ademán resuelto y los brazos tendidos, lo llamaban, invitándolo a acercarse.
Tras una semana de búsqueda infructuosa, fue declarado oficialmente desaparecido.
Nadie volvió a verlo jamás, ni vivo ni muerto.
El cuadro siguió colgado durante mucho tiempo aún en la pared del comedor. Nadie le prestaba demasiada atención. Entre los elásticos confines del marco labrado, el sol matutino de junio seguía encendiendo las blancas fachadas y derramando sombras oblicuas. Asomada a uno de los balcones, una mujer joven sostenía un niño, tal vez una niña, en brazos. Sus cuerpos eran dos bultos informes y sus caras dos manchas claras, resaltando contra la negrura del ventanal.
En el balcón de al lado, aquél que tiene una baranda maciza de madera y carece de contraventanas, una figura indefinida se recorta contra el gigantesco ojo cuadrado. Parece aferrarse a la baranda y su cara fantasmal semeja una descomunal pupila, prisionera y aterrada.
Muchos años más tarde se hicieron reformas en la casa. El cuadro fue descolgado y arrojado en el desván. Allí reposó olvidado durante más de una década hasta que la nieta de nuestro infausto protagonista, joven historiadora que investigaba la historia del pueblo, lo recogió y lo colgó en el salón de su casa.
La chica acostumbraba a pasarse largo tiempo contemplando el cuadro, realizando un estudio exhaustivo del mismo como base del libro que pensaba escribir sobre la historia de Argul.
Transcurrió otro año. El libro estaba casi terminado, listo para enviar  a la imprenta. La historiadora novel continuaba con sus prolongadas sesiones de observación de la vieja fotografía, cautivada por su sutil y evocadora fascinación, mientras se interrogaba por la vida y milagros de las cuatro personas que allí aparecían; tres de ellas, asomadas a los balcones, serían, con bastante probabilidad, antepasados suyos.
Y a pesar de todas las horas empleadas en su atenta contemplación, el cuadro nunca dejaba de sorprenderla y de cuando en cuando reparaba en un detalle nuevo que antes se le había pasado por alto.
Ahora, por ejemplo, mientras el sol de mayo también alegraba esta mañana de mediados del siglo XXI, la apasionada investigadora, sentada delante del cuadro, estaría dispuesta a jurar sobre la Biblia que la pequeña cabaña para pastores, que aparecía cerca del vértice superior izquierdo, ayer no se encontraba allí.

                                                                                FIN

 

 

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  • Es el primer relato tuyo que leo y la verdad, la impresión no podía ser mejor. Lo primero, una duda: ese cuadro... ¿no estará en tu desván, no?, porque lo describes con tal precisión que es como si lo estuvieses viendo, no como si lo tuvieses en tu mente. Las descripciones son, como digo, magníficas y evocadoras. No sólo muestran Argul, sino a sus habitantes, creando una trama de fondo que le da cuerpo a la historia que narras, por cierto, con maestría. Llegas al final con un suspense muy logrado, manteniendo, casi tan sólo con esa gran descripción, un tono inquietante que nos atrapa. Me parece un relato excelente Paco, digno, por descontado, de una antología. Ahora me leeré el otro que has mencionado a ver que tal Saludos
    Se echaba de menos el suspense que eres capaz de recrear con tus historias, esta vez alrededor de algo tan inocente y cotidiano como un cuadro, al que has dotado de vida propia para engullir las de esa familia tocada por una extraña maldición. Resulta entrañable además el que la hayas ambientado en tu pueblo, lo cual además lo rodea del aura misteriosa que impregna el rural. Un placer leerte de nuevo Paco. Saludos.
    Estimado Paco: quiero agradecerte la inclusión de "Océano Cósmico" en la selección de relatos propuesta. He pedido la sustitución por otro título, porque considero que para el disfrute de "Océano Cósmico", el lector debe reunir una serie de cualidades, como una imaginación potente, capacidad de abstracción y alma viva. Me consta que tú eres rico en tales dones, pero ésto no se le puede pedir a todo el mundo. Un abrazo, amigo.
    Me gustan los dos, si a ti te gusta mas uno que el otro, que sea ese.
    No te conocía este relato, Paco. Tienes razón, debería figurar en la antología. Es muy bueno, no sólo en la trama, que engancha desde la primera línea, sino por su calidad literaria. Me gusta que, al final, se plantea pregunta si las figuras de la madre y el niño no fueron también víctimas del cuadro.
  • Mi nombre es John McKane y ésta es mi historia. En pleno uso de mis facultades mentales, paso a relatarles los inquietantes acontecimientos que me tocó vivir la última Noche de Difuntos, hace hoy exactamente un año.

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    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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