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5 min
El cuarto de Francisca
Amor |
13.11.18
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Sinopsis

"...un medio de prensa informaba que la casona estaba siendo usada para albergar a menores y que ellos, los chicos, estaban asustados porque dentro del enorme lugar, un cuarto específico, estaba habitado por un fantasma".

La antigua casona está hace tiempo habitada por un grupo de niños y adolescentes.

Cuando la vi, después de tanto tiempo, no creí que fuera la misma. Está pintada con un color diferente. Un color rosa viejo que en nada parece el azul que conocí de niño.

Por los medios me enteré que la casa ahora pertenece al Estado, y, por su estructura, estaba siendo usada para albergar a niños y adolescentes problemáticos. Adolescentes con dificultades con la ley.

Eso me parece bien, pues la vieja casa era muy grande. Antes allí vivían los miembros de una gran familia, con sus sirvientes también viviendo allí.

A esos habitantes no los conocí, pues la casa estaba casi en ruinas cuando la vi por primera vez, al mudarme a eso de los siete años, a una casa a dos cuadras de allí, pero funcionó en ese tiempo un viejo almacén que era propiedad del padre de una chica que me gustaba. Por ella empecé a frecuentar el lugar y compraba todo lo necesario allí. Me ofrecía voluntariamente para hacer todos los mandados y siempre iba al lugar. 

Un día, como siempre iba, el padre de la chica me invitó a buscar algo que mi madre me envió a comprar al fondo del lugar. Allí pude ver a la chica y empezamos a conversar. Pude, entonces, conocer la casa en su total dimensión.

Una tarde de mucho calor, mientras tomábamos un refresco con Laura, la chica con quien pude entablar finalmente una amistad, pero nada más, me contó que en la casa había un lugar al cual no podía entrar. Es decir, sí podía, pero le daba escalofríos cada vez que entraba al cuarto.

Varias veces volví a entrar a la casa después de aquella primera vez. En todo ese tiempo Laura me contó, varias veces, sobre el cuarto a donde había muerto -según supo después, un día que su padre le contó la historia- una chica de nuestra edad.  

Ese cuarto era frío, o uno sentía frío al acercarse a él. Y pude entrar más de una vez al lugar. Sin embargo, jamás vi nada espectacular, nada raro. Pero mi amiga Laura no podía entrar, pues comenzaba a pensar en cosas que la asustaban. Ella decía que veía cosas, nada especifico, pero sí ciertas personas que correteaban dentro del cuarto.

 Ahora, un medio de prensa informaba que la casona estaba siendo usada para albergar a menores y que ellos, los chicos, estaban asustados porque dentro del enorme lugar, un cuarto específico, estaba habitado por un fantasma. Claramente, esos relatos no fueron tenidos en cuenta.

Los chicos eran obligados a ingresar a la habitación y eran encerrados por un tiempo, uno o dos días allí. Luego de eso los dejaban salir, y no volvían a ser los mismos. Pero las autoridades, según el informe del medio, no creían en fantasmas, sin embargo, ante el relato de los chicos, usaban el antiguo cuarto, como celda de castigo.

Al parecer, la historia le gustó al periodista que hizo la nota y empezó a investigar un poco más. Pues la nota estaba pronta, no había un hecho noticioso para escribir algo más. Pero algo le decía que había encerrada una gran historia allí. Un par de meses después dio con mi antigua amiga Laura. Ella le contó que había vivido allí y que muchas veces, innumerables veces, sintió que allí, adentro del cuarto, un grupo de personas corría tras una niña, que finalmente se detenía y gritaba de modo descomunal.

Investigando con los más ancianos habitantes del barrio supo que allí había vivido una familia adinerada que entre sus criados tenía a una niña mulata. La niña, al parecer, había sido producto de la violación del dueño de casa a una de sus criadas. Pero pocos podían asegurar eso. Sin embargo, sabía, el hombre mayor con quién se entrevistó el periodista, que la niña se llamaba Francisca y que era rebelde, nunca la había visto con alguien más que con su madre. Y después de cierta edad, no volvió a verla.

La historia volvió a estar en el escritorio del periodista, pero sus editores consideraron la nota como una bobada y no la publicarían.

Quizás, la niña había muerto trágicamente y buscaba contar su historia, pero de momento no llegaba a ver la luz, y simplemente se manifestaba como unas imágenes, ante algunas personas. En estos días, ante los niños y adolescentes que habitan la casona.

Walter Rotela

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  • Todos, absolutamente todos, estuvimos de acuerdo en que el sonido era de un motor, un motor de Jepp.

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    "...un medio de prensa informaba que la casona estaba siendo usada para albergar a menores y que ellos, los chicos, estaban asustados porque dentro del enorme lugar, un cuarto específico, estaba habitado por un fantasma".

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Me considero un escritor pues parte de mis días están dedicados a esa actividad. Crear o recrear situaciones y personajes es un trabajo que disfruto realizar. Firmo, generalmente, bajo el seudónimo de Pedro Buda.

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