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9 min
EL CUCO
Suspense |
13.04.20
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  • 288
Sinopsis

La nena mira al nene.

La nena mira al nene.

 

El nene es el hermano mayor, pero es como si fuera su hermano pequeño. La nena tiene que cuidar al nene mientras mamá y papá hablan con el médico. El nene va en carrito, como cuando la nena era pequeña. La nena nunca había visto al nene fuera de la cama o del carrito. A veces mamá cogía al hermano y lo acunaba en el sofá cuando lloraba. El nene va muy tapadito para no coger frío. Lleva un gorro de lana que le hizo la abuela, azul, con un borlón amarillo. También lleva bufanda y guantes, rojos. Una mantita a cuadros le cubre las piernas arqueadas hacia adentro, calzadas con unos zapatones ortopédicos enormes. La nena no entiende por qué el nene lleva zapatos, si no puede andar. El nene lleva también un babero, como el de los bebés cuando van a tomar papilla. El hermano toma papilla, pero se mancha mucho cuando come, se ahoga, y grita y llora cada vez que eso ocurre. Mamá nunca regaña al hermano cuando grita. Papá tampoco.

 

El nene empieza a respirar muy fuerte y mira fijamente a la hermana. Al hermano se le caen los mocos y la baba. La hermana tiene un pañuelito que le ha dado mamá para que le seque la cara al hermano, porque es una nena mayor y tiene que cuidar al nene. La nena saca el pañuelo, muy bonito, bordado, con letras rojas que ponen el nombre de la nena y una mariposa. Su pañuelo de niña mayor para cuidar al hermano mayor. Es muy bonito. Lo mira con pena antes de secarle un poquito la baba al hermano, para que no manche mucho el pañuelo. El nene tiene muchos mocos, por el frío. La nena le limpia, le da toquecitos como le ha enseñado mamá. Mira el pañuelo húmedo, duda, lo guarda dentro del bolso de mamá. El hermano sigue respirando muy fuerte, como si fuera a gritar, gorgorea con la garganta llena de burbujas. Si empieza a toser tiene que llamar a mamá y a papá. El nene mira a la nena con los ojos muy abiertos, casi no pestañea, como si no tuviera párpados. La mira como si estuviera asustado de la nena. La hermana mira hacia los cristales, buscando a papá y a mamá. Están de espaldas, hablando. No la ven, el hermano la ve. La nena alza la vista hacia el ficus bajo el que están.

 

Hay pajaritos entre las ramas, cantan y se acicalan las alas. Están gorditos y se esconden entre sus plumas. A ella le gusta darles de comer en el parque, y correr entre las palomas para ver cómo vuelan. Le gusta el sonido que hacen al batir las alas y cómo vuelan hacia el sol, pero luego vuelven al suelo. Le gusta también verlos en las fuentes refrescándose, con los piquitos goteantes de agua clara. Le gusta el ficus, siempre le pide a mamá y a papá que le dejen ir a echarles pan a los pajaritos allí mientras hablan con el médico. Se trata de un jardín interior donde puede jugar con otros niños cuando los hay, y saltar y correr y esconderse detrás de los arbustos o del ficus. A veces se recuesta sobre sus raíces, que son enormes, como si fuera una gran cuna donde puede dormir tranquila. Le gusta plegarse bien la falda, ponerse el pelo detrás de las orejas, y cruzar las manos sobre el pecho, como si fuera la Bella Durmiente. Le gusta entreabrir los ojos para ver quién la mira, seguro que piensan que es muy guapa. Aunque hace frío, hay sol, y es maravilloso sentir cómo el calor se cuela entre las ramas y le acaricia la cara. Entonces mira hacia el cielo y juega a desafiar al sol, para ver si la deja ciega, los rayos se cuelan entre sus pestañas y entonces puede ver la circunferencia del astro.

 

La nena quiere ir a pasear, papá y mamá están tardando mucho en terminar, y el hermano hace mucho ruido. Quiere correr. Pero tiene que cuidar al hermano. Entonces se le ocurre que puede llevárselo a pasear a él también, como las mamás con sus bebés, y la gente vería cuán responsable era, que no dejaba solo al hermano, y además podría pasear. Se pone detrás del carro que es más alto que ella e intenta empujarlo hacia adelante, pero no puede. Está bloqueado, eso significa que mamá no quiere que lo mueva. Además, el hermano pesa mucho. Se le han descolgado las piernas y tiene que ponérselas en su sitio. Se acerca, se le ha caído un zapato. La nena lo recoge e intenta metérselo en el pie, pero no le cabe. Tiene calcetines del pájaro Emilio, el amigo de Snoopy. A la nena no le gusta Emilio porque no parece un pájaro. Dudosa, le coge el pie al hermano, enorme, tan grande que lo tiene que coger con las dos manos. No puede empujar el zapato dentro, aprieta un poco, el hermano se queja, lo vuelve a intentar, no le entran los dedos, aprieta un poco más, el hermano hace un sonido grave que acaba en un pequeño gritito burbujeante que resuena como un látigo en el oído de la hermana. La hermana quiere meterle el zapato en la pierna que le cuelga al hermano como una enorme trompa de elefante, el hermano que se escurre en el carro como una cría de cuco en un nido ajeno sigue quejándose y babeando, la hermana intenta meterle los dedos del pie dentro del zapato y el nene grita más, entonces la nena aprieta más, y el nene sigue gruñendo con ese gritito de látigo y la nena le coge el dedo gordo al hermano y le clava las uñas fuerte por gritar, para que se calle ya y deje de hacer tanto ruido de una vez.

 

-¡Qué niña más mayor, cuidando del hermanito!, ¿verdad?

 

La nena mira a la señora que se aleja sonriente y satisfecha con otro cuco en otro nido.

 

La hermana mira al hermano, quien a su vez la mira con los ojos más abiertos que antes, acusadores. Sobre la pelusilla de bigote púber húmedo se ha formado una especie de costra blanquecina que le llega hasta la comisura de la boca abierta, húmeda, de la que asoma la gruesa y babosa lengua, como un caracol asomando de su concha. La cabeza reposada sobre el hombro, también descolgada. El hermano cuelga como una marioneta de unos hilos invisibles, que lo protegen de desplomarse contra el suelo. Sigue gimiendo, bramando agónicamente, como estertores, quejas contra la hermana porque le ha hecho daño.

 

La hermana sabe que no está bien, que ella es una niña mayor que cuida muy bien del nene. Pero cada ruidito que hace el nene le retumba en la cabeza como un tambor profundo y resonante, siente como en su pecho algo se estruja y se extiende hasta sus manos, sabe que quiere liberar esa fuerza pero no sabe hacia dónde. La nena sabe que el nene lleva pañales, como si fuera un bebé, aunque no es un bebé. La nena sabe que el nene puede haberse hecho caca. Una vez la olió al entrar en la habitación del hermano, y desde entonces no se acerca, sólo cuando mamá o papá le piden que le de un besito al hermano. Entonces se acerca, pero no respira, y cuando nadie mira, se limpia el olor de los labios. La hermana a veces se despierta cuando el hermano grita o tose por la noche. Piensa que si tuviera una mano gigante cogería al nene descolgado y lo apretaría por el tronco hasta que se le salieran todos los mocos, la lengua, los ojos sin párpados y toda la caca de los intestinos, hasta que dejara de hacer esos ruiditos burbujeantes que hacía ahora. Mientras, la miraba. La miraba sabiéndolo, y la nena lo sabía también, sabía por qué lo miraba así.

 

De repente, el hermano empezó a toser. Puso los ojos en blanco y sacó la lengua hacia arriba. La cara se le puso roja y las babas le salían como esputos de los labios inertes. Las burbujas de la garganta se habían convertido en una masa húmeda y elástica que le impedía tragar o coger aire. La nena sabía que tenía que llamar a papá y a mamá, porque el hermano se podía ahogar. La hermana miró el suelo, donde, al lado de una papelera de camino al interior del edificio yacía una lombriz de tierra. Habría salido con la lluvia y alguien la había pisado al intentar cruzar. Su cuerpo aún parecía húmedo, incluso podría decir que tenía sangre, o al menos eso pensaba al ver la masa aplastada y roja en la que se había convertido su cuerpo de lombriz. El hermano contraía los músculos de la cara, el pecho convulsionaba hacia dentro y hacia afuera violentamente con cada tos, las manos, agarrotadas, de dedos largos y pálidos, se levantaban en el aire, como intentando agarrar algo, o como pidiéndole a la hermana que parara. La nena sabía que tenía que llamar a mamá y a papá, porque el hermano se podía ahogar. El hermano boqueaba como un pez, la cabeza completamente descolgada hacia atrás, como si fuera a romperse, tosía cada vez más roncamente. La hermana sintió aquello que se estrujaba en su pecho y se extendía hasta sus manos mientras se preguntaba cuánto tiempo podía aguantar el hermano sin aire. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece...La nena sabía que tenía que llamar a papá y a mamá, porque el hermano se podía ahogar.

 

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