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7 min
El cuñado codicioso
Históricos |
19.09.18
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Sinopsis

Una ficción, sí, que refleja, como en un espejo, multitud de situaciones similares acaecidas durante la guerra.

El cuñado

- ¿Dónde se habrán metido esos malditos cabrones? –refunfuñaba entre dientes Francisco, Pancho le llamaban, cuando entró en la casa tirando, de malas maneras, la escopeta y la cartuchera sobre la mesa, dejándose caer después en la mecedora.

Allí, en Villaverde de Guadalimar, un pequeño pueblo de la Sierra de Alcaraz, todos se conocían, lo que, siendo bueno en general, era malo, muy malo en aquella época de revueltas, porque todos, quisieran o no, portaban su etiqueta o la de la familia, que prácticamente era lo mismo: sindicalista, falangista, católico, ateo,…, y eso hacía que, con un levantamiento como el acaecido, en esta ocasión por parte de los militares, cada uno quedara señalado según sus ideales.

Pancho, afiliado a Falange desde hacía poco –aunque de espíritu lo era desde tiempo atrás-, contaba con un modesto rebaño de ovejas, además de un par de hermosas fincas de olivos, lo que le permitía codearse con los “propietarios” del pueblo, los que se creían no sólo dueños de las tierras, sino también de las almas de los que se ganaban la vida a jornal, cuando les llamaban, aunque él, a decir verdad, no era más que un pobre infeliz que se creía lo que no era: no se trataba con los jornaleros, porque él, según decía, era patrón, pero los patrones, los de verdad, apenas lo consideraban “un destripaterrones con un par de bancales y cuatro corderos”. Incluso la casa, situada en la linde norte del pueblo, entre el arroyo de Vaqueriza y la carretera que va a Collado, la heredó Fermina, su mujer, lo mismo que los bancales; Pancho en realidad sólo aportó al matrimonio unas pocas ovejas y, como no, su mal genio.

- ¡Mujer, mujer! Pero….¿dónde te has metido?
- Ya estoy aquí, escandaloso –respondió Fermina cuando entraba en la cocinilla, con una espuerta repleta de leña  apoyado en la cadera.

Dejó la carga en el suelo, junto al hogar y, acercándose a su marido –reclinado en la mecedora a la espera, con las piernas estiradas- con una jofaina mediada de agua, se agachó para quitarle las botas, disponiéndose a lavarle los pies, como era habitual cuando volvía de la faena.

- ¿De dónde vienes a estas horas?
- ¿Qué de dónde vengo? De hacer una batida por los alrededores; hasta casi Riopar hemos llegado, pero se los ha tenido que tragar la tierra. Es imposible que hayan desaparecido con tanta prisa y sin dejar rastro.
- ¿De quién hablas? ¿A quién buscáis?
- ¿A quién va a ser? A esos malditos rojos saqueadores, ladrones, panda de mal nacidos, asquerosos comunistas,…
- ¡Jesús, no digas esas cosas…!
- ¡Calla mujer! ¡Tú que sabrás de esto! Ahora se van a enterar esos bolcheviques; ahora van a saber quién manda aquí; ya está bien de aguantar la incompetencia de este Gobierno que a cualquiera permite levantar el cogote. Y no creas, que no somos pocos los que queremos verlos colgados de un pino o desangrados junto a una tapia.
- ¡Por Dios, Pancho! Que estás hablando de mi hermano y de otros infelices como él.
- Precisamente por eso sé lo que me digo. Tu hermano es el peor de todos ellos…
- ¿Pero qué dices desgraciado?
- ¿Desgraciado yo? Desgraciado él, que prefiere regalar las tierras a esos muertos de hambre a dejarlas en la familia, como debe ser.
- Él sólo pretendía ayudar a esa gente necesitada.
- ¡Pues se le acabó tanta generosidad!; cuando le den el paseo, las tierras serán nuestras, como siempre debió de ser.
- ¿El paseo? ¿Es que vas a matar a mi hermano?
- Yo no; la Justicia lo hará –dijo Pancho mirado a su mujer, con un esbozo de sonrisa en los labios que delataba la satisfacción que eso le producía.

En el fondo esa sonrisa, esa muestra de satisfacción, no era más que el reflejo de la avaricia de Pancho que desde hacía tiempo quería hacerse con las tierras de su cuñado, porque, según decía “¿para qué quería un rojo tener tierras?”. Todo esto, el levantamiento militar, le había llegado en el mejor momento, antes de que se casara con Angelita, la de los Perala, antes de que tuviera familia, antes de que aparecieran nuevos legatarios y así aquellas tierras, lindantes con las suyas –a decir verdad con las de Fermina-, las heredaría su mujer y, a los efectos, él mismo, convirtiéndolo en algo más “propietario” de lo que lo era entonces. Eso era, y no otra cosa, el motivo de la inquina que le tenía a su cuñado.

Fermina no volvió a abrir la boca; se limitó a remover los gazpachos con perdiz, que aún estaban sobre las ascuas, llenar con una buena ración la escudilla que dejó sobre la mesa, delante de su marido y, sentada en el otro extremo de la mesa, se dispuso a pelar patatas, mientras Pancho, entre mojada y mojada, hablaba entre susurros, como en el cuento de La Lechera, imaginando todo lo que iba  hacer cuando se hiciera con aquellas tierras; ella no sólo no lo escuchaba, sino que maldecía para sus adentros por haberse casado con semejante ser, avaro, despiadado y egoísta como no se había figurado, mientras, una tras otra, las lágrimas rodaban mejilla abajo al imaginar lo que aquel hombre que tenía por marido pretendía hacer con Pepito, su hermano pequeño, cuyo mayor defecto era lo desprendido y generoso que se mostraba con todo el mundo, capaz de quedarse a medio comer por compartir lo poco que tuviera; todo antes que ver a otro mirarlo con desconsuelo.

Pancho, con la tripa llena, volvió a la mecedora, donde la modorra le venció, volviéndole la cabeza hacia un lado, dejándole la boca a medio abrir, generando sonoros ronquidos; todo esto mientras Fermina preparaba el afrecho para las gallinas mezclándolo con un poco de agua y las mondas de las patatas picadas; el sobrante de los gazpachos, ya secos, los vertió en un cuenco y también se los llevó al gallinero. Al entrar, nada más pasar aquella rústica cancela hecha con cuatro palos y unos alambres, las gallinas se arremolinaban a su alrededor, a la espera de que empezara a esparcir el contenido del cubo. Ella hablándoles, como si la entendieran, desparramaba puñados a los lados y rellenaba los comederos, donde las gallinas al final acudían a saciar su infinito apetito; los gazpachos, ya fríos también, los dejó dentro de un ponedero que mantenía trancado. Era así, recogiendo otro cuenco vacío de aquel ponedero, como sabía que Pepito estaba bien, escondido en la poceta del viejo lagar, ahora tapiado por los tableros de los ponederos y que pocos, aparte de ellos, conocía. Además….¿Quién iba a buscar a un rojo en el gallinero de un falangista? Sí, es verdad: los trataban de gallinas, pero…¿para tanto?

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