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4 min
El desfloramiento trasero de Ana
Reales |
11.02.16
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Sinopsis

Ana por fuera, era una chica muy atractiva, tanto de rostro como de cuerpo, por dentro también lo era, pues irradiaba carisma por doquier...

Ana por fuera, era una chica muy atractiva, tanto de rostro como de cuerpo, por dentro también lo era, pues irradiaba carisma por doquier, pero en lo que a su salud tocaba, no se podía decir lo mismo, y es que desde pequeña siempre aquejaba cuadros continuos de estreñimiento que solo remitían con el laxante adecuado. 
Tenía un novio que andaba últimamente muy mortificado por el tema de jactarse de ostentar la novia con el trasero más perfecto, pero no haber podido hasta la fecha alzarse con el trofeo. Se lo había propuesto más de una vez; desde que, sintiéndose soberano pleno de su primer dominio, ya no creyó conseguir nuevas conquistas por ese lado y se decidió a explorar nuevos territorios. Pero en la desnudez del momento, sea por escrúpulos, por miedo o por lo que fuere, Ana siempre sabía decir no, y a él no le quedaba más que seguir conformándose con lo otro.
Hasta que un día ocurrió lo que nadie se esperaba. Ana tenía muy alarmados a sus padres por unos cólicos violentos que desde hacía unas horas le sobrevenían a intervalos cada vez más cortos. Sentía una imperiosa necesidad de evacuar que no podía satisfacer por más esfuerzos que hiciese; ni siquiera el bendito laxante, otrora tan eficaz, podía menguarle en algo su problema. Ella solo atinaba a maldecir su mala suerte entre desgarradores gritos de dolor.
Ya en el hospital, el doctor, una bata blanca enorme y corpulenta, de veteranos rasgos y sereno semblante, después de un dirigido y eficacísimo interrogatorio, creyó dar finalmente con la causa del problema.
--- Te has atascado hija ---le dijo con un tono paternal, delante de sus padres y de su novio, que avisado del percance presto había llegado. 
---Tenemos que desobstruir señores. Esto es una emergencia. Esperen afuera por favor --- concluyó grave, dirigiéndose a los familiares.
Ya solos, el doctor se puso un par de guantes, los más grandes, tal como lo exigían sus descomunales dedos; y empapándose el medio y el índice derechos con el adecuado gel, no sin antes prevenir a la paciente e indicándole lo que tenía que hacer, puso manos a la obra.
Afuera, desde la banca de espera, los quejidos de Ana cobraban una nueva expresión. El novio, ya imaginándose lo que podía estar pasando allí adentro, era presa de unos celos que le ofuscaban la razón y que le hacían oír en esos quejidos, que no eran sino de dolor, vivos gemidos de placer. Disimuladamente se separó de los padres de su novia y, desobedeciendo la orden que diera el doctor, regresó al tópico para ver lo que allí ocurría.
El doctor estaba de espaldas, por lo que no se percató de su presencia. Ana también lo estaba. Pero todo eso perdía cuidado ante el insólito cuadro que se le presentaba. En verdad era algo de no verse todos los días. El faculto hacía y deshacía en el trasero de su novia; la mutilaba por dentro, con esos dedos impulsados por un brazo y una mano que no parecían ser los suyos, sino los de un poseído; escarbaba y escarbaba, como si de eso dependiera su vida, y solo se detenía para sacar, de vez en vez, compactos trozos de heces que caían cual piedras sobre una riñonera. El hedor a mierda que ya empezaba a cundir por todo el ambiente lo obligó a retirarse, muy desconcertado por lo que acababa de presenciar.
El tránsito intestinal de Ana quedó restablecido, y ella más hermosa y jovial que nunca. Su hermoso trasero tampoco sufrió deterioro ninguno, y seguía siendo el centro de atención entre las miradas exigentes de los caballeros. Su novio seguía considerándose el novio más orgulloso del mundo; y, aunque finalmente consiguiera lo que tanto había estado buscando, nunca se le pasó por la mente considerarse el primero. Ni con mucho. No después de lo que presenciara aquella vez.

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Me considero una chica liberal, con una mente abierta al mundo, acorde con lo que exige una sociedad de estos tiempos.

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