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9 min
El despertar VIII
Suspense |
19.06.19
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Sinopsis

Giré el cuello para cerciorarme de que las malas compañías volvían al acecho.

No tenía ni idea de cómo habían logrado encontrarnos tan rápido, pero lo cierto es que estaban allí. Estábamos al descubierto y los dos hombres rebuscaban con la mirada nuestro rastro. Reconocí al colega de Fredy y el otro debía ser un sicario de ambos.

Debíamos salir por piernas de nuevo aunque por donde ellos venían era la única entrada y ya nos barraban el paso. Caminaban con paso firme hacia nosotros. Lisa era difícil de mimetizar debido a su indiscreto vestuario. Quise descubrir si por casualidad el recinto disponía de algún vigilante de seguridad para que nos echara un cable pero no hallé indicios de nadie uniformado. Ingrata suerte que nos empujaba a un destino indeseado.

Brincó de encima mio y se nos ocurrió dirigirnos a las escaleras que conducían a los andenes. Tal vez les pudiéramos despistar abajo. Los dos hombres arrancaron a correr con rabia, pisando con fuerza el marmóreo y reluciente pavimento.

Saltamos las barras de acceso con prisa ante la atónita mirada de algunos usuarios y bajamos las escaleras mecánicas pidiendo paso a gritos. Detrás no tuvieron tanto miramiento y patearon el material que les impedía el paso, apoyándose en él para salvar el obstáculo.

Al aterrizar en el andén había personas apeándose de un convoy que terminaba de entrar. A pesar de que no era el nuestro nos metimos dentro del vagón de cola como dos gacelas huyendo de los lobos. Menos mal que los pocos pasajeros permanecían sentados y los pasillos despejados. Continuamos corriendo por el interior del tren sorprendiendo con nuestra actitud y haciendo que se sobresaltara alguno al abrir atropelladamente las puertas que comunicaban con el siguiente coche. Lisa comandaba la galopada y yo me encargaba de cerrar el paso tras de mi.

No podíamos quedarnos en aquella ratonera mucho más, ya que cuando se cerraran las puertas del tren no habría escapatoria posible y estábamos en desventaja. Tenía que evitar un enfrentamiento directo mientras pudiera con aquellos dos energúmenos. Ganar tiempo, pero se me acababa.

Comenzó a sonar la señal del cierre de puertas.

- ¡Baja ahora! - exclamé instintivamente.

Lisa obedeció con un chillido al traspasar el umbral y asentó los tacones en el pálido cemento. Casi me la llevé por delante al lanzarme desde el vagón sin pisar los escalones. Una de las puertas me rozó al accionarse el mecanismo de cierre y rodé por el suelo. Los hombres llegaron segundos después y comenzaron a dar puñetazos a las puertas ya cerradas, pero el tren inició su marcha. Los vi vocalizar insultos a través de la ventanilla y mi socia me ayudó a ponerme de pie.

Debieron tirar de la palanca de emergencia con el propósito de detener el convoy porque éste se frenó unos metros más adelante.

No habíamos terminado de correr.

Regresamos rápidamente a las escaleras mecánica sabiendo que en cuestión de segundos reaparecerían en el andén.

Ascendimos de dos en dos ayudándonos con las manos en las cintas de goma y franqueamos las torres de metal nuevamente, sin tregua. Torcí las cervicales y comprobé que les sacábamos ventaja, pues no los divisaba. Recorrimos la sala en un santiamén y tomamos la calle sin desligar el nudo de nuestras manos.

Justo a la salida, un taxi estacionado con el piloto verde sobre su techo nos venía como anillo al dedo.

Alcancé como un proyectil el portón trasero, el cual abrí precipitadamente y apremié a Lisa que se metiera dentro. Me introduje tras ella y después de cerrar le grité al conductor.

- ¡Arranque! ¡Deprisa!

Sin embargo no me obedeció. Se volvió con un movimiento simple y natural, empuñando una arma de fuego que se me antojaba conocida en su mano izquierda. De entre los cabezales delanteros surgió el brillante melón de Fredy, acompañado de su cínica sonrisa sarnosa. Jadeamos un instante, paralizados.

- Bienvenidos al taxi del infierno - rió con descaro.

Me bastaron solo unas décimas para lograr encadenar la muñeca de aquel bastardo y retorcerla hacía arriba, quitando de su alcance nuestras vidas. El estruendo de la pólvora al reventar dentro del arma ensordeció, provocando que la trayectoria del proyectil atravesara el forro del techo. Lisa profirió un chillido y se arrinconó contra la puerta. Forcejeamos pero yo estaba mejor posicionado y con ambas manos tiré de su brazo y se lo curvé haciéndolo pasar por encima de mi hombro, para provocar que soltara el arma y lo que ocasioné fue un rugido de mi adversario y una segunda detonación que agujereó y quebrantó la luneta trasera.

Tenía los oídos pitando pero aguanté con todas mis fuerzas las embestidas de Fredy que trataba de zafarse del placaje al que sometía su brazo. Conseguí que su cara quedara al descubierto encajando su pecho entre los dos respaldos delanteros y acto seguido me levanté para propinarle un rodillazo en la misma.

Mientras tanto, Lisa estaba con medio cuerpo fuera de vehículo. En el segundo golpeo la perdí de vista pero logré dejar medio grogui al carroñero. Sus músculos se desconectaron y soltó la pistola, que cayó al asfalto rebotando antes en el mullido del asiento. Sin perder tiempo salí del taxi, abrí su puerta, lo agarré de la ropa y lo saqué volando del vehículo. Su cuerpo inmóvil no rechistó después de besar el frío suelo y me lancé al volante. No tenía tiempo para pensar en otra cosa que no fuera salir acelerando de allí. Paralelamente, Lisa montó en el lugar del copiloto.

- ¡Arranca ya, que vienen! - impuso cerrando la puerta.

Acertó en prevenirme. Por el retrovisor exterior, percibí como nuestros hambrientos depredadores se aproximaban deprisa franqueando la salida de la estación. Encendí el motor que ahogó mi azarosa respiración, las luces del cuadro lo iluminaron, engrané primera y tras un brusco acelerón nos alejamos dejando reiteradamente a aquellos capullos con el amargo sabor del fracaso. Había faltado bien poco para darnos caza porque oí golpear el portón trasero antes de perderlos de vista. Nos metimos entre los carriles sorteando coches y semáforos a toda mecha, sin un rumbo concreto, lo único que deseaba era alejarme y llevarla lejos de su carcelero.

A lo lejos, por detrás nuestro dos faros zigzagueaban, anunciando su proximidad.

Eché una mirada al rostro de Lisa que había dejado de hablar y leí en su expresión que el temor se apoderaba de ella al saber que nos perseguían. Inconscientemente me dejé guiar por el destino y éste me llevó a la embocadura de la calle donde había dejado aparcada mi "princesa". Era el momento de cambiar de vehículo. Con el motor rabioso frené a escasos metros de la kawa, reluciente y plateada bajo la cálida lumbre de la farola que la custodiaba.

- ¿Qué haces? - estalló Lisa desconcertada - ¿por qué paras?

- Sal del taxi - contesté con apremio - mi moto nos espera.

Apagué el contacto y salí sin perder ni un segundo, rebuscando las llaves en el bolsillo del pantalón. Lisa me secundó con la duda rondando sobre su cabeza. Sus ojos eran el espejo de su pesar.

Actué con seguridad y rapidez, sacando el candado y el casco, que entregué a la bella fugitiva.

- Póntelo - le dije colocándome en el asiento. Solo tenía uno. Acató mi orden sin rechistar. - No he montado nunca - me confesó a través de la abertura del casco.

El rugido hambriento de velocidad estremeció la calle al despertar el motor.

- Sube - contesté - tu solo abrázame fuerte y pégate a mi. Yo haré el resto.

Cuando noté sus zapatos encajados en las estriberas y su pecho en mi espalda retorcí la empuñadura conduciendo por la acera sin transito, vigilando los espejos y pensé que no tardarían en aparecer.

La calma de la noche se rompió al entrar derrapando un vehículo negro en la calle con un mensaje no precisamente de paz y amor para nosotros. Encontré un hueco entre dos coches estacionados y tomamos contacto con el firme asfalto, donde mi "princesa" destacaba por su voracidad y flexibilidad en comparación con el pesado auto que venía por detrás. Lisa lanzó un grito al notar la patada de aceleración de la montura, sorprendida y aterrada por ir de paquete en esas condiciones extremas de conducción. No era la mejor manera de empezar para ella pero no había otra. El frío entró a través de mi agujereado escudo de lana y el aire hizo que comenzara a verter lágrimas para los ojos. Doblé la esquina y mi compañera se agarró con toda su alma a mi cintura al inclinarnos. Casi me cortó la respiración pero ganamos unos metros más. Por suerte el tráfico estaba flojo en aquellas horas y los obstáculos que debía esquivar eran escasos.

En cuanto recuperamos la verticalidad tiré de caballaje y rápidamente los empezamos a dejar rezagados.

Las manos sin protección comenzaban a dolerme con el viento helado pero tuve que aguantarme.

Con la confianza de despistarlos, pensé que no sería buena idea pasar por casa, coger el otro casco y una chaqueta para mi y transportar personalmente a la mujer que llevaba de paquete a Valencia. No podía arriesgarme a perder tiempo y que Fredy nos encontrara por allí.

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