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36 min
El destino de los Elegidos (Capitulo 4: La Villa de Tense)
Fantasía |
09.07.22
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Sinopsis

Sara lleva toda su vida cumpliendo expectativas. El último paso en su camino hacia la independencia es ir a la universidad. Sin embargo, su perfectamente planificada vida se tuerce cuando atraviesa sin querer un portal hacia otro mundo. Allí descubre que es la Elegida, la encargada de averiguar cómo evitar el fin del mundo al que ha caído. En su trayecto encontrará peligros, amistades e incluso el amor.

Desperté con el sonido de alguien llamando a la puerta. Me incorporé de golpe y acomodé la bata que estaba toda abierta. Al ver que no entraba nadie les di permiso para pasar. Ahí estaba de nuevo la doncella que trató de bañarme. Miraba al suelo con las manos entrelazadas sobre su regazo.

    – Buen día, mi señora. Si está de acuerdo la ayudaré a vestirse –dijo sin mirarme.

    Me sonrojé de vergüenza al pensar en lo que opinaría de mí. Esperaba no haberla ofendido gravemente. Asentí rápido sin saber si podía verlo. Ella hizo una reverencia, de nuevo, para después coger un vestido del armario que se hallaba en un rincón de la habitación. Era largo, de color rojo, con preciosos bordados dorados en la parte superior, que descendían hasta la cintura en un entramado de hojas. Junto a él sacó un corsé color carne. No esperaba que pensara ponérmelo por supuesto. Yo no había llevado nada más ajustado que una camiseta elástica en mi vida. Sabía de sobra que los corsé no te dejaban respirar. Para que pretendía que yo me lo pusiera.

    Dejé que hiciera cuanto quisiera, temiendo meterme en líos si me negaba. Ella por su parte dejó que yo fuera la que me desvistiera, quedándome nada más que con la ropa interior. Un sujetador blanco y unas bragas simples que llevaba por su comodidad más que por su estética.

    – Eso también – dijo señalando al sujetador. Debió de notar mi incomodidad porque se dio media vuelta para dejarme algo de privacidad. Lo quité y me cubrí como pude con los brazos. Ella procedió a extender el corsé alrededor de mi torso. Era más flexible de lo que creía y los cordones estaban por delante, lo cual me facilitaba el quitármelo yo sola. Aún así apretaba, bastante. Inconscientemente me erguía, evitando la postura encorvada que muchas veces mantenía. Deslizó el vestido por mi cabeza, acomodándolo a la perfección. Era espectacular. Una tela sofisticada, llena de detalles, con un color tan vivo que parecía recién teñido. Ajustó los cordones del vestido que se encontraban en el lateral, prácticamente ocultos a la vista. Me guió hasta el tocador, para coger un peine de plata y cerdas gruesas. Sentada yo, comenzó a peinar con delicadeza mi pelo, deteniéndose cuando los enredos le impedían avanzar. Por suerte mi pelo apenas me llegaba por encima de los hombros, de no haber sido así hubiéramos tardado horas. Cuando hubo acabado de cepillarme cogió una pequeña peineta que se encontraba encima de la mesa y sujetó los mechones que enmarcaban mi rostro hacia atrás. Me hubiera gustado ver como lo hacía porque trenzó y enrolló los mechones de tal manera que se sujetaban perfectamente en la parte de atrás de mi cabeza sin nada más que aquella peineta. Giré la cabeza hacia ambos lados admirando el peinado en el espejo. Con aquel vestido y aquel recogido parecía una persona totalmente diferente. Me asemejaba a una doncella del renacimiento, como las que aparecían en los cuadros de los museos. Mi tono de piel, bastante pálido para mi gusto, resaltaba de manera positiva en contraste con el rojo. La atención en mi rostro se desviaba hacia mis ojos, debido al pelo rubio (fruto de las mechas que llevaba) que se unificaba con la piel clara. En ocasiones algunas personas habían hecho cumplidos al color de mis ojos, de un verde pardo que dependiendo de la luz parecían esmeralda. Desde luego el atuendo me favorecía.

    – Os veis hermosa, mi señora –dijo sonriendo la doncella. Puso sus manos sobre mis hombros en una muestra de simpatía.

    – Por favor, no me llames así –le dije con la mayor delicadeza que pude. No quería volver a ofenderla– Me hace sentir…vieja. Mi nombre es Sara. ¿Tú cómo te llamas?

– Es obligación de las doncellas dirigirse con respeto hacía las damas. Podéis llamarme Gadiana, mi señora.

    – Encantada de conocerte, Gadiana. Gracias por ayudarme con la ropa y el pelo. – contesté. No podía hacer mucho más para conseguir que me llamara por mi nombre. Estaba claro que de así hacerlo podía meterse en problemas. Así que dejé que siguiera llamándome “mi señora” por muy anticuado que me sonara.

    – Es un honor, Elegida –contestó Gadiana. Esa palabra la había escuchado otras veces desde que llegué. Aún no sabía con certeza por qué me llamaban así. Supuse que tenía que ver con la secta que formaban, en la cual se incluían todos los empleados y hasta el propio Condestable que vivía en el castillo. Si se referían a mí como “la Elegida” suponía que era porque me necesitaban para algo y me habían elegido para llevarlo a cabo. Aún así no me quedaba claro.

    – ¿Por que me llamáis “Elegida”? ¿Quién me ha elegido? ¿y para qué?– me atreví a preguntarle. En seguida noté su inquietud. Las preguntas hicieron que se revolviera mirando para todos lados en busca de la respuesta adecuada. Finalmente se limitó a responder brevemente.

    – No puedo deciros nada aún, mi señora. Pronto lo averiguareis –pude ver en sus ojos lo mucho que le había costado no contarme nada. Estaba segura que más adelante conseguiría que respondiera todas mis preguntas. Preferí no insistir a la pobre muchacha, que ya bastante esfuerzo hacía por cumplir con el protocolo impuesto.

    Salimos de la habitación mientras otras doncellas entraban a hacer la cama y acomodar las cosas. El servicio de habitaciones era excelente, de eso no cabía duda. Yo seguí a Gadiana hasta la planta de abajo. Al moverme me costaba acostumbrarme al vestido, que a veces me entorpecía el paso de lo largo que era. El corsé no me oprimía tanto como esperaba, si bien resultaba incómodo sentirlo presionando contra mi pecho. Pasamos el gran comedor de la noche anterior para adentrarnos en varias salas. Yo estaba totalmente perdida de lo grande que me resultaba el castillo. Andaba pegada a la doncella sin perderla de vista.

    Pronto llegamos a un patio más pequeño que el que ya había visto, el cual tenía una variedad inmensa de plantas, árboles y flores. Se hacía más pequeño de lo que en realidad era debido a la cantidad de vegetación que se encontraba. Todos los arbustos estaban perfectamente recortados gracias a las habilidosas manos de los jardineros que andaban por allí. A lo lejos pude ver una figura que reconocí al instante. La Alta Hechicera. Nos esperaba de pie, impasible como siempre, junto a unos rosales al final del camino central del jardín.

    Gadiana se despidió, como no, con una reverencia, y se marchó dejándome sola con la mujer del pelo de plata. Ella me miró de arriba abajo, conforme con lo que veía.

    – Veo que te ha sentado bien tu llegada al castillo – me rodeó los hombros con el brazo, invitándome a pasear – Espero que hayas descansado bien. ¿Cómo te encuentras?

    – Confundida, aún no se que hago aquí. Me gustaría que alguien me lo explicara – dije siendo lo más directa que pude. La Alta Hechicera me inspiraba perturbación más que miedo. Yo intentaba mantener la calma para no dar la sensación de que estaba asustada.

    – Comprendo y lamento tu preocupación. Hemos querido esperar a que pudieras asentarte antes de contarte nada. No debes temer, como ya te dije no pretendemos hacerte daño. Tan solo queremos que nos ayudes, nuestro mundo corre un grave peligro.

    – ¿Qué mundo? ¿Te refieres al pueblo o ciudad…Tense o como se llame?

    – Tense pertenece a un territorio mucho más grande. Es una de las muchas ciudades que forman parte del estado de Castevedraa. Nuestro mundo, no es el tuyo. Aquí todos los seres humanos que habitan nos denominamos comúnmente Balianos. Tu provienes de otro mundo, el cual su nombre desconozco. Gracias a un portal conseguimos traerte hasta aquí, la Orden de Hechiceros lleva haciéndolo desde hace milenios. No eres la primera.

    Me quedé de piedra. Aquella señora había perdido la cabeza. De verdad creía que yo venía de otro mundo. Le seguí la corriente esperando encontrar alguna respuesta que fuera real.

    – ¿Y por qué yo?¿Por qué no otra persona?

    – Contamos con una Vidente, la anciana Mildred. Ella nos muestra las profecías que auguran sucesos de gran relevancia.     Conocíamos de la existencia de una joven que estaría en la cueva justo en la noche de luna llena. Desde hace meses esperábamos en la cueva durante toda la noche a que tú aparecieras. Hasta que, al fin, llegaste hace dos noches, justo cuando salía la luna en el cielo. No dudábamos de la profecía pero verte en persona nos impactó enormemente. Nuestra misión más importante era traer sano y salvo al Elegido.

    – Sigo sin comprender por qué me habéis traído. ¿Para qué necesitáis a un Elegido? – pregunté. Ella se detuvo para poder hablar mirándome a los ojos. La oscuridad de estos seguía inquietándome.

    – Nuestro mundo está llegando a su fin. No sabemos cuándo ni cómo pero toda la civilización conocida desaparecerá y solo tú puedes saber como detenerlo. Ganaríamos más tiempo para vivir.

    Sentí un vació en el estómago. Me vino a la mente el Apocalipsis narrado en la Biblia. Pude imaginar los cielos teñidos de rojo de los cuales emergían jinetes a caballo con espadas de fuego y calaveras como cara. Sacudí la cabeza, tratando de centrarme. No podía creer que este fuera el caso.

    – Yo no sé nada. No conozco como va a acabar el mundo. Hasta hace poco no sabía ni donde estaba. Lo siento, pero no puedo ayudaros. Os habéis equivocado de persona.

    De manera inesperada una sonrisa asomó en sus labios. Era la primera vez que veía semejante gesto viniendo de ella. No sabía que le hacía tanta gracia. Por lo que me contaba el tema parecía serio.

    – No te inquietes, sabemos que desconoces completamente todo lo relacionado con nuestro mundo. De ahí que tú seas la encargada de hallar la razón de nuestra extinción. Si lográramos saber como acaba, alteraríamos el orden de los eventos y ocurriría de otra forma diferente. Así que no podríamos evitarlo. Por eso es esencial que sea alguien ajeno a nosotros, proveniente de otro mundo, el encargado de averiguar esta información. Cuando llegue el momento adecuado, serás tú quien lo impida. Es tu destino; es así como debe suceder.

    – Pero… esto no puede estar sucediendo –dije perdiendo la poca paciencia que me quedaba – es imposible que yo averigüe nada. ¡¿Que pretendéis, que me quede aquí esperando de brazos cruzados a que me venga la inspiración?! Si vuestra Vidente no ha sido capaz de verlo, ¿como diantres voy a ser capaz yo de saberlo? – Me movía de un lado para otro, soltando todo lo que me venía a la cabeza. No podía ser cierto que aquella gente pensara que alguien completamente ajeno a su situación averiguara tal cosa. Realmente habían perdido todos la cabeza. Mi mente alterada trató de encontrar una solución. Tan solo me quedaba calmarme y buscar una forma de comunicarme con el exterior. Seguía sin creer que pudiera estar en otro mundo diferente al planeta Tierra. Me negaba en rotundo a tragarme esa historia.

    – Sé que es difícil de asimilar. Si hubiera otra salida te aseguro que no te hubiéramos traído hasta aquí, alejando de tus seres queridos. Pero puedo asegurarte que cuando todo esto termine, regresarás a tu hogar. Nos encargaremos de borrar tu memoria para que no recuerdes nada.

    – Vaya, que considerados. No hay forma de que yo pueda averiguar lo que queréis. ¿Podéis devolverme ahora y traer a otra persona en mi lugar? – se me ocurrió decir.

    – No es posible – negó la Alta Hechicera – El portal sólo se abrirá cuando cumplas con tu destino. Ahora formas parte de nuestro mundo. Debes habituarte a él y buscar la respuesta.

    –¿Y si nunca encuentro la respuesta?– pregunté. La sola idea de que me retuvieran allí para siempre me aterró. Solo si les seguía el juego lograría poder escapar.

    – Nadie lo puede saber con certeza, ni siquiera la Vidente. Sin embargo, si has llegado aquí es porque el momento está cerca. Ya sean días, meses o años.

    Años. La palabra hizo que mi visión se nublara. Mis piernas me temblaron haciéndome caer sobre mis rodillas. De repente el aroma floral me resultó empalagoso. Casi diría que me daba náuseas. La Alta Hechicera me sujetó evitando que mi cabeza tocara el suelo. Después de eso mis ojos se cerraron sumiéndome en la oscuridad.

    Desperté en la habitación, tumbada boca arriba en la cama. Gadiana sujetaba mi mano, observándome preocupada cómo me despertaba. Me incorporé lentamente para evitar marearme. Ya podía notar los moretones que salían en mis rodillas. Menos mal que mi cabeza no corrió la misma suerte.

    – Que vergüenza –dije en confesión– ahora parece que ando desmayándome por cualquier cosa. ¿He dormido mucho?

    – Para nada, mi señora. Habéis estado inconsciente apenas unos minutos. Vuestro viaje os ha dejado débil. Tomad, el curandero os ha preparado este brebaje –me tendió una taza de barro con un contenido líquido de aspecto dudoso. Tapé mi nariz antes de tragarlo. No podía hacerme sentir peor de lo que estaba. Su sabor me dio arcadas. Aún sin oler notaba el amargor que bajaba por mi garganta. Sabía asqueroso. Debí de hacer varias muecas porque Gadiana comenzó a reírse a su manera tan peculiar, muy bajito y tapándose la boca.

    – No se lo recomendaré a nadie. Ahora tendré este sabor el resto del día – me enjuagué la boca con el agua que habían dejado en una de las mesillas junto a la ventana. Ni con eso conseguí quitar del todo el sabor.

    – Estoy segura que el desayuno que le tenemos preparado será de gran ayuda. Si gusta puede acompañarme al comedor – me indicó con una sonrisa. Me alegró notarla más relajada. Intuía que mi conversación con la Alta Hechicera había influido en su actitud hacia mí. Ahora que sabía porque estaba allí, un peso de sus hombros se había descargado.

    – Estoy hambrienta – contesté mientras saltaba fuera de la cama. Continuamos hacia el comedor, sin embargo no entramos en su interior, sino que atravesamos uno de los pasillos anexos que contenían unas escaleras en forma de caracol. A juzgar por el olor a pan recién hecho hubiera jurado que conducía a la cocina. En efecto, así era. Al bajar pude ver un espacio lleno de fogones, mesas y armarios repletos de alimentos. Una despensa situada en uno de los laterales almacenaba encurtidos y carnes maceradas. De las estanterías colgaban sartenes, cazos y ollas de todos los tamaños. La gran chimenea tenía el fuego prendido, con una gran olla sobre él.

    Las cocineras y ayudantes, vestidas con delantales blancos, se giraron al vernos entrar. Habían preparado un suculento desayuno que me esperaba en la mesa principal. Pan, embutido, huevos, mantequilla y fruta componían un plato que sabía que no podría acabar. Demasiada cantidad de comida para una sola persona.  Me senté a la mesa, esperando a que alguien me acompañara. Al ver como me miraban supe que iba a ser la única comensal.

    –¿No desayuna nadie más?–pregunté mientras me servían té en una taza.

    – El Condestable desayuna en sus aposentos. A estas horas no hay nadie de un rango similar al vuestro en el castillo. La Alta Hechicera nos informó de vuestro malestar e indicó que sería de vuestro agrado el comer en un sitio más cálido y acogedor –respondió Gadiana. Señaló a una de las cocinera – Esta es Doña Lena, cualquier cosa que deseéis probar ella os lo cocinará.

Doña Lena se reclinó hacia delante, tanto como su cuerpo abultado le permitía. Tenía la cara sonrojada, no solo por el calor de la cocina sino también por la sangre que se amontonaba en sus mejillas.

    – A su servicio, mi señora –me dejó comer tranquila en lo que volvía a sus quehaceres. Varios fogones tenían sartenes y ollas con comida cociéndose en ellos. Aunque me hubiera apetecido algo más de comer, que no iba a ser el caso, no me hubiera atrevido a pedírselo a aquella mujer. Se veía que a su humor y su temperamento no le iba a sentar bien.

    Gadiana se despidió con una reverencia, como era de costumbre. Yo comía mientras observaba a las cocineras preparar el almuerzo. Era cierto que estaba hambrienta, ya que terminé sin beber un sorbo del té todo lo que había en el plato. Mi corsé me apretaba demasiado, así que me quedé recostada sobre el respaldo de la silla, incapaz de doblarme hacia delante. No me arrepentía de lo que había comido; había sido el mejor desayuno de mi vida. Ahora tocaba averiguar como haría para levantarme sin que me estallara el vestido. Reposé la comida un rato, esperando a hacer la digestión correctamente. En el tiempo que esperaba me entretenía observando los procedimientos de elaboración de las comidas. A veces ni siquiera era capaz de adivinar que estaban preparando. Con tantas especias y caldos no imaginaba a lo que sabrían al probarlos. Al cabo de media hora me levanté a duras penas. Nadie reparó en que yo marchaba.

    Ascendí por las escaleras por las que habíamos entrado hasta llegar al pasillo y después a la entrada del castillo. Miraba con detenimiento cada detalle de la decoración; me fascinaba lo bien habían conseguido imitar la estética medieval. Parecía realmente sacado de la época. También me fijaba que nadie me descubriera husmeando donde no debía. Tan solo me cruzaba con alguna doncella que me saludaba formalmente al pasar. Decidí salir al patio, que según había escuchado decir de lejos a un empleado, se llamaba Patio de Armas. En él encontré a más gente ocupada en sus tareas. Nadie se fijaba a mí, a pesar de que sabían muy bien quién era. Tan solo un joven se acercó a saludarme.

    – Buen día, mi señora – dijo Zeón sonriéndome. Llevaba el uniforme que tenían los hombres que nos recibieron el día anterior. Su espada faltaba, aunque de su hombro colgaba un arco y llevaba ajustado un carcaj a la espalda sujeto por una correa que cruzaba su pecho – Tenéis buen aspecto. Os sienta bien estar en Tense.

    – Algo tiene que ver el desayuno que acabo de tener. Esas mujeres tienen un talento envidiable para la cocina –dije con sinceridad.

    – Supongo que habréis conocido entonces a doña Lena –acertó al decir. Se acercó a mí para susurrar – yo que vos trataría de no ser muy descortés con ella. En alguna ocasión alguno ha sufrido una indigestión sospechosa.

Reí al escuchar su comentario. No me extrañaba para nada.

    De cerca pude percatarme mejor de su aspecto, que en un principio no me había resultado llamativo. Sin embargo, cualquiera se habría fijado de que se trataba de un joven bastante apuesto. Tenía el pelo castaño con un corte al estilo militar y unos dientes blancos y rectos, enmarcados por un fina barba incipiente que le faltaba poco para estar completa. Sus ojos castaños claros como otros cualquiera, poseían una viveza propia de la juventud. No podía ser mucho mayor que yo.

    – Estoy aprendiendo a moverme por aquí. Todo me resulta fuera de lo común. Casi me pierdo para llegar el patio.

    – Si os place, mi señora, sería un honor haceros de guía. Dejad que os muestre la espléndida ciudad que habitamos – dijo ofreciéndome su brazo. Sonaba tentador teniendo en cuenta que aún no había sido capaz de encontrar un teléfono desde el que llamar. Tal vez en algún bar o tienda podrían prestarme uno. Alguien tenía que tener uno, seguro. Acepté su sugerencia aferrando su brazo con suavidad. Avanzamos hacia el puente levadizo, abriéndose este a nuestro paso. Entonces sentí que algo estaba mal.

    – No sé si a la Alta Hechicera le parecerá bien que salga del castillo. Debería avisarla – dije deteniéndome.

    – No os preocupéis. Me han encargado vuestra seguridad, así que no hay problema en que salgáis a pasear por la ciudad en mi compañía. Prometo cuidaros con mi vida –se arrodilló ante mí con la mano sobre el corazón. Traté de obligarle a ponerse de pie sonrojada por la vergüenza. Miraba de un lado a otro esperando que nadie hubiera visto la escena.

    – No hace falta que te arrodilles. Ya bastante tengo con dejar que me llames "mi señora”. Me siento como mi abuela.

    – Y como deseáis que os llame, mi señora –dijo enfatizando las últimas dos palabras. Ahora se encontraba de pie, con su brazo de nuevo ejerciéndome apoyo. Su tono de voz parecía casi un susurro.

    – Sara – me sorprendió su pregunta. Desde luego a él no le importaba tanto el protocolo como a Gadiana. Seguro que hasta se saltaba alguna que otra norma sin que nadie se enterara – me llamo Sara. Y aún no te he dado las gracias por tu ayuda, Zeón. Así que, gracias.

    – No hay de qué, Sara – respondió sonriendo de soslayo. No añadió nada mas y se limitó a retomar el paso, guiándome por las calles de la ciudad.

Pasado el puente llegamos a la calle principal, por la que discurrían tiendas, casas y puestos. Dejábamos atrás el rió, que al ser de gran tamaño, se convertía en otra vía de transición para pequeños barcos y veleros. Su influencia se apreciaba en la humedad que ascendía hacia las calles, aunque al alejarnos disminuía considerablemente. Me llamó la atención la claridad de sus aguas, teniendo en cuenta que se trataba del rio de una ciudad, a donde van a parar la mayoría de residuos y basura. Aquellas gentes parecían comprometidas con su mantenimiento. Podías apreciarlo en los trabajadores que se encargaban de recoger todo lo que caía al suelo, barriendo con un cepillo grande o regañando a las personas que trataban de tirar algo al agua.

Gracias a los numerosos árboles que adornaban las avenidas podías encontrar bastante sombra, esto también añadía frescura a la ciudad, que a pesar de ser septiembre, aún tenía temperaturas bastante cálidas. Al caminar se veía movimiento por todos lados, los habitantes eran activos y llenaban de vida la ciudad. A esas horas de la mañana todo estaba lleno, tanto los comercios como otros establecimientos, resultando a veces difícil no chocarse con alguien. Nosotros avanzábamos por un lateral, disfrutando de toda la sombra que podíamos. Por el camino, Zeón me contaba cosas acerca de lo que íbamos viendo.

     – La villa de Tense es una gran ciudad, como podéis observar. También es de las más antiguas del Estado, remontándose sus orígenes a la época de los Fardos. El castillo es más nuevo, bueno, tiene ya unos cuantos siglos, pero ha sido el hogar del Condestable desde que cayó el último rey, hará unos 220 años. Mirad, allí se encuentra la plaza de Agualta, es la de mayor tamaño. Debe su nombre a la zona oeste del muro, la que está pegada al rio Caelel. Ahí se celebran con frecuencia la feria de los comerciantes. Podéis adquirir casi cualquier objeto en dicho lugar. A veces se encuentran verdaderas rarezas. Venid, echemos un vistazo.

    Agarró de mi mano con fuerza, arrastrándome hacia la feria.     Sorteábamos a la multitud tratando de no chocar. También había que tener en cuenta que íbamos en dirección contraria. Cuando vimos un puesto que llamó mi atención, Zeón se detuvo mientras que yo lo escrutinaba. Se trataba de unas joyas hechas a mano, muy típico de los artesanos locales que eran itinerantes. Estaban hechos de una piedra que no nunca antes había visto, de un color amarillo que tenía bastante opacidad. Algunas vetas grises se vislumbraban en su interior. Había de todo: pulseras, anillos, colgantes…hasta pisa papeles de un tamaño considerable. No me pareció una piedra que fuera muy cara o difícil de obtener, a juzgar por la abundancia de enseres fabricados con ella. Cogí uno de los colgantes, de aspecto sencillo pero bonito en mi opinión. Apenas era un cordón con una lágrima de la piedra amarilla sujeta por un broche de plata que lo unía a él. Me quedé mirando con centelleaba cuando lo giraba a la luz del sol.

    – ¿Os gusta? –dijo Zeón mirando el colgante – es la piedra típica de la región. Se llama Naqelita, no es de las más valiosas pero se ha convertido en un recuerdo turístico para la gente que nos visita. Tiene la peculiaridad de que en su interior se han quedado retenidos hilos de níquel. Como os dije, una verdadera rareza.

    – A mí me parece preciosa – respondí mientras la suspendía en el aire, contemplando como rotaba sobre sí misma. El joven me miró fijo, aunque yo preferí actual como si no lo supiera. Muchas veces me sentía nerviosa cuando alguien me observaba. Sonreí a la vendedora para dejar el colgante donde estaba. Ella se despidió con una inclinación de cabeza. Di media vuelta para buscar otro puesto y sin querer alguien me empujó tirándome al suelo. Era la segunda vez en ese día que acaba cayéndome. Estaba perdiendo facultades desde luego. Me levanté como pude, tratando de no pisar el vestido. Lo sacudí para quitarle el polvo que me había ensuciado. Entonces me fijé que Zeón ya no estaba a mi lado. Miré hacía varios lados buscándole, sin embargo el me encontró antes, apareciendo detrás de mi de un salto.

    – ¿Estáis bien? Aquí hay que ser precavido. La gente anda sin cuidado – me tendió una pequeña bolsa. La abrí para ver que había dentro – Un pequeño presente. Vi como lo mirabais.

Era el colgante. ¿Como lo había comprado tan rápido? Le miré atónita sin saber que decir.

    – Muchas gracias, pero no era necesario.

    – Permitidme – dijo dándome la vuelta. Pasó el colgante por encima de mi cabeza y lo ató a mi cuello, quedando la piedra por encima de mi canalillo. Giré para mirarle, sonriendo. Aquel muchacho cada vez me estaba cayendo mejor. No tenía muy claro por qué era tan amable conmigo, pero tampoco quería ser malagradecida teniendo en cuenta la atención que estaba recibiendo.

    Seguimos paseando, curioseando la variedad de objetos que se podían encontrar. Los vendedores a veces gritaban, intentando atraer a clientes con ofertas suculentas. Siempre había mas gente en los puestos de comida. El olor te atraía sin el más mínimo esfuerzo. Al haber recorrido toda la plaza, cruzamos a otra de las calles principales. Sin embargo, Zeón quiso desviarse a una más estrecha y menos transitada. Nos detuvimos delante de una puerta que tenía un cartel en la fachada. “Taberna del Maestre” podía leerse; justo debajo había un dibujo con relieve de un brazo sujetando una espada. Por alguna razón entramos.

    La taberna estaba bastante llena, a pesar de las numerosas mesas de madera que ocupaban la mayor parte del espacio. Una barra de la longitud de la pared del fondo tenía a varios clientes sentados en ella. Un hombre, con bigote y delantal, servía bebidas, en su mayoría cerveza de barril, en unas jarras de barro. El nivel de ruido de la gente hablando era alto, casi no escuché al joven cuando me indicó que nos sentáramos. No sabía exactamente que hacíamos allí pero la verdad era que llevaba un rato con bastante sed. Así que acepté beber algo, siempre que no fuera con alcohol.

Zeón se levantó de la mesa para ir a pedir a la barra. Con tanta clientela nos haríamos viejos antes de que nos atendieran. Las mesas eran largas por lo que había que compartirlas con otras personas. Esperé sentada a que él regresara.

    Le vi acercarse a unos hombres que estaban sentados en una mesa junto a la chimenea. Les dijo algo que, obviamente, no pude escuchar pero al ver que se reían y charlaban amistosamente, supe que se conocían. Zeón me señaló y los hombres se levantaron. Eran tres, de edades jóvenes, a cada cual más alto y fornido. Levaban sencillas camisas de lino, pantalones de cuero marrón y botas hasta la rodilla. Quise que me tragara la tierra cuando les vi acercase a mi mesa. Me quedé inmóvil, mirando hacia la puerta. Traté de evitar cruzar miradas con ellos. Como si no supiera absolutamente nada de que hacían allí conmigo.

– ¿Mi señora? – dijo el de la barba más larga – disculpad la intrusión. Venimos de parte de Zeón. Somos amigos, si no os importa nos gustaría invitaros a un refrigerio.

    Los miré confundida. Como se le ocurría a ese maleante enviarme a sus amigos. Acababa de adaptarme a lo extraño de la situación y ya tenía que estar conociendo a más gente nueva. No sabía si debía revelar como había llegado hasta aquella ciudad o si preguntar como salir de ella. Decidí actuar casual, hacer ver que era de lo más normal para mí estar en la taberna.

    – Claro, sentaos. Estoy esperando que regrese con las bebidas. – dije sonriendo con falsedad. Más incómoda no podía sentirme. Ya de por sí me resultaba complicado relacionarme con personas ajenas a mi entorno, más si se trataba de hombres. Deseé que no notaran lo nerviosa que estaba. Por suerte al poco tiempo, regresó Zeón con varias jarras en las manos.

    – Cervezas frescas directas a su mesa – dijo mientras repartía las jarras – Espero que no os incomode, mi señora. Le he dicho a estos jóvenes encantadores que podían hacernos compañía.

    Los cuatro rieron al mismo tiempo. Uno de ellos soltó una fuerte palmada en la espalda de Zeón, haciendo que casi derramara la mitad de su cerveza.

    – Si no te conociera, bribón, diría que intentas alagarnos –comentó el más alto de todos.

    – O que quiere quedar bien delante de la dama – rió el que me había hablado por primera vez.

    – Para nada, mis señores, ante todo valoro nuestra amistad por encima de los intereses –dijo poniendo un mano la mano sobre su corazón y levantando la jarra con la otra. Por un momento pareció que hablaba en serio, debido a la solemnidad que expresó, sin embargo en seguida pudimos ver una media sonrisa que acabó delantándole.

    – Tendrías que haber sido trovador en vez de soldado. Hubieras triunfado allá donde fueras – habló el tercero de ellos, que hasta entonces hacía permanecía en silencio. Era el más bajo de los tres, pero también el más corpulento.

Bebieron entre comentarios, riendo y derramando bebida con sus movimientos enérgicos. Yo miré mi jarra, aún llena hasta arriba. Ni de broma me iba a arriesgar a acabar borracha y menos delante de aquellos personajes.

    – ¿No bebéis, mi señora? –preguntó el soldado. Poca había tardado en fijarse en el detalle.

    – Ya te he dicho que no me llames así – contesté. Por puro despecho le pegué un sorbo a la cerveza. No sabía tan fuerte como esperaba; desde luego no era como las que había probado donde vivía. Era más suave y dulce, sin tanto amargor por el alcohol.

    – Es verdad, mis disculpas. Y hablando de nombres, permitidme que os presente: este hombre tan alto se llama Casneef. Este es Hilón – señaló al que estaba en medio de ambos, que tenía una larga barba castaña –  y a este señor tan serio y malhumorado se le conoce como Gérgores. Bribones, esta es Sara – Me señaló al decir mi nombre. Ellos asintieron como forma de reverencia. Al menos podía llamarles por sus nombres aunque no tuviera ganas de verles nunca más.

    Continuaron bebiendo y hablando sobre cosas que no llegaba a entender del todo. Cuando terminaron con lo que había en sus jarras, pidieron otra ronda que poco les duró. Yo seguía con mi jarra a medias, tomando pequeños sorbos y rezando para que no me subiera el alcohol muy rápido. Estuvimos un rato así, con ellos intercambiando historias y yo callada escuchando. No tenía manera de intervenir. Tampoco quería meter la pata diciendo algo que no debía.

–¿Habéis visto a Hilón del Herrero? Dicen que perdió un ojo cazando en el Andado. Y no precisamente por culpa de un ciervo – susurró Casneef.

– Eso son chismes. No creo que se adentrara tanto. Seguro que por vergüenza a que descubrieran que se había enganchado con alguna rama, contó esa historia para salir del apuro. El hombre no es capaz de acertar ni a un metro de distancia. – respondió uno de sus amigos.

–¿Hilón? – me atreví a preguntar –Pero, ¿ese no era tu nombre?

    Hilón terminó de beber lo que le quedaba en la jarra. Miró el fondo, como si esperara a que se llenara solo. Puso una mueca de disconformidad.

    – Es otro Hilón. De ahí que detrás de su nombre digamos “del Herrero”. Mi nombre es común en la región. ¿De que tan lejos provenís que no sabéis que es un sobrenombre? – parecía extrañado. Yo no sabía lo que era un sobrenombre, como mucho podía adivinar que servía para distinguir personas que tenían el mismo nombre.

    – Querrás decir apellido. De donde vengo todo el mundo tiene uno. Da igual que no haya más personas que se llamen como tú – traté de sonar convincente. No podía decirle que, según la secta que dominaba aquel pueblo-ciudad, yo provenía de otro mundo completamente diferente al suyo. Cuanto tiempo llevaría esa gente encerrada sin saber del exterior. Desde luego les tenían absorbidos del todo.

    – ¿Apellido? Solo los antiguos nobles usan apellidos, ya que provienen de familia con un gran linaje. Y solo lo utilizan cuando quieren hacerse los importantes. Los plebeyos como nosotros hacemos uso de sobrenombres, normalmente haciendo referencia a nuestro origen – explicó Gérgores. Evitaba mirarme a la cara y su ceño permanecía fruncido. Sí que parecía estar de mal humor – En el caso de Hilón lleva el sobrenombre “del Herrero” por el oficio de su padre. Que clase de Baliano no conoce eso.

Zeón intervino tratando de restarle importancia.

    – Alguien que lleva mucho tiempo bajo tierra – bromeó – Sara ha viajado desde muy lejos, su familia era minera. Casi no ha tenido tiempo de relacionarse con nadie. Pero ahora permaneceréis aquí ¿cierto? Poco a poco os iréis haciendo a nuestras costumbres.

    Acabó la oración dirigiéndose a mí. En sus ojos pude ver que buscaba desesperadamente mi confirmación, así resultaría más verosímil su historia. Asentí dejando la cabeza agachada, simulando pesar.

    – Perdonadme, no quería ser descortés. –se disculpó Gérgores. Sonreí para hacer que no se sintiera culpable. No es que el joven fuera precisamente simpático pero no creía que su intención fuera herirme.

    – No te preocupes, es normal que te extrañe mi ignorancia –de repente me vino a la cabeza una idea urgente – Si no os importa, voy a refrescarme al lavabo.

    – Adelante – me indicó uno de ellos.

    Con tanta distracción había olvidado por completo la oportunidad que se me presentaba estando en su sitio así. Fijándome en que no miraban en mi dirección me acerqué al hombre de la barra para llamar su atención. Tardó un poco en darse cuenta y sorprendido se acercó. Sin apartar la vista de la mesa de la que venía me dirigí al hombre.

    – ¿No tendrás un teléfono que pueda usar por casualidad?

El propietario me miró extrañado. Parecía como si le estuviera preguntando si había visto un OVNI.

    – ¿Teléfono, decís? Vuestras mercedes, los jóvenes, inventáis palabras con demasiada frecuencia.– resopló fastidiado. Se fue alejando hacia el otro extremo de la barra, farfullando en su recorrido – No volveré a caer en vuestras bromas a los ancianos.

    No podía ser verdad. Si me detenía a pensarlo, desde que había llegado a Tense no había visto a una sola persona usar un móvil. Ni ningún otro dispositivo electrónico. Las estrictas normas de la secta que les regía debían de prohibirles cualquier forma de comunicación, eso incluía ordenadores y teléfonos. Estaba atrapada, sin poder pedir ayuda a nadie del exterior. Volví a la mesa, conmocionada. Fingí recomponerme cuando vieron que me sentaba y permanecía callada.

    Finalizamos nuestra pequeña reunión al despedirnos en la puerta. La cuenta fue saldada por Casneef que, según entendí, había perdido una apuesta. Cada uno tomó un camino distinto, mientras que Zeón y yo retomábamos la vuelta al castillo. Casi era ya la hora de comer; podía intuirlo por la cantidad de gente que entraba en sus casas y abandonaba las calles. Caminamos en silencio, sin atreverme a decir nada inconveniente. Mi acompañante tampoco soltó palabra, hasta que llegamos a la puerta del castillo.

    – Si no es mucho pedir, te agradecería que no mencionaras el altercado en la taberna. No es de buen ver que un guardia lleve a una dama como tú a dicho establecimiento. Podría meterme en problemas – Sujetaba mis manos entre nosotros. Su voz sonaba serena, a pesar de que sus palabras denotaban preocupación. No podía dejar que hubiera represalias por algo sin importancia.

    Asentí firmemente y él me sonrió. Sus ojos se movían por mi rostro, pasando por mis ojos, nariz y labios. Sentí cierta inquietud al notar como me observaba. Finalmente se apartó, despidiéndose en su marcha. Yo me quede ahí plantada, viendo como se alejaba. Zeón me resultaba misterioso a ratos, su actitud y personalidad eran directas pero la forma en que te miraba o reaccionaba ante ciertas situaciones me hacían pesar que tenía facetas ocultas que no dejaba ver a nadie. Ante todo era correcto y servicial. Tal vez solo debido a su cargo como soldado, no podía saberlo a ciencia cierta.

    – Mi señora – dijo Gadiana, quien había aparecido a mi lado – Al fin regresáis. Os están esperando: el Condestable quiere veros.

Parecía nerviosa, aunque no quise preocuparme por ello. Si tanta urgencia tenía el asunto, debían haberme avisado antes. Yo levanté la cabeza, en un intento por parecer digna e indiferente. La pobre muchacha me miraba perpleja, estaba segura de que si ella estuviera en mi lugar estaría temblando como un flan. A lo mejor sí que me había metido en problemas por salir del castillo. Solo había una forma de averiguarlo.

    

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    Sara lleva toda su vida cumpliendo expectativas. El último paso en su camino hacia la independencia es ir a la universidad. Sin embargo, su perfectamente planificada vida se tuerce cuando atraviesa sin querer un portal hacia otro mundo. Allí descubre que es la Elegida, la encargada de averiguar cómo evitar el fin del mundo al que ha caído. En su trayecto encontrará peligros, amistades e incluso el amor.

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