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2 min
El desván de la vieja casona de campo
Amor |
09.08.16
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Sinopsis

La gata Totona ha venido a buscarme. Se estira, levanta las patas, me clava las uñas en la pierna. Hace ese maullido mudo, abriendo un poco la boca sin emitir ningún sonido, que tantas cosas significa.

            Quiere que la siga. Se empeña en enseñarme algo que ha descubierto y que la ha sorprendido.

            Me resisto. No me apetece dejar la lectura, echado en el sofá.

            Se va.

            Frustrada, supongo.

            Al cabo de poco tiempo vuelve.

            Tiene el pelo erizado.

            Me marca cuatro pares de uñas en el brazo y dos de dientes. Está exaltada.

            Voy por la página 100 de una novela de Pierre Lemaitre. Justo cuando suelen decaer sus tramas.

            Así que ahora no me importa tanto ceder.

            Me guía hasta las escaleras que llevan al desván.

            Nunca he subido de adulto. Solo de niño.

            Se mete por la trampilla del falso techo empujándola con la cabeza.

            —¡Totona, no pienso entrar en esa guarida de telarañas!—le grito.

            Pero no me presta atención.

            La espero abajo.

            Pasa un rato. Solo se oyen sus zarpas arañando sobre los cañizos del cielo raso.

            —¡Toty, vuelve aquí!

            De pronto suelta un maullido. Cavernoso. Ese ruido profundo y gutural de los felinos que parecía imposible en mi refinada gata de ciudad.

            Ha encontrado lo que buscaba.

            Por la trampilla entreabierta sale algo que no es Totona. Algo viscoso que se arrastra y corre a la vez, dejando un sucio reguero en el suelo. Sanguinolento.

            La gata sale detrás.

            Eso huye.

            Le va la vida.

            Me aparto tan deprisa como puedo.

            Lo que se arrastra son las vísceras.

            Mi enajenada mascota lo acorrala detrás del sofá.

            Eso palpita.

            Y se defiende con chillidos, retorciéndose.

            Pero va a morir.

            En ese momento llega Marga con una escoba y un recogedor.

            —No me puedo creer que seáis tan asquerosos.

            Juraría que la gata me ha guiñado un ojo.

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