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4 min
El día en que mi vida no quiso levantarse de la cama
Fantasía |
18.03.08
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Sinopsis

Mi vida no quiso levantarse aquella mañana.
- No me apetece – decía -, estoy cansada. Y deprimida, y en la cama estoy muy calentita y a gusto. Hoy no me quiero levantar, y no me levantaré.
Se me arrebujaba aún más entre almohadones y cobertores, intentando fundirse con el colchón para que yo no pudiera arrastrarla de un pie fuera de la cama.
Aunque si tan gruñona estaba esa mañana...
Me levanté suspirando y llamándola mimada y consentida entre dientes. Ella sólo se dignó emerger un momento de su escondite para sacarme la lengua y volver a su cobijo.
Abrí el armario. ¿ Y qué vida me ponía yo ahora, diantres? La de músico callejero, que me gustaba porque era vieja y cómoda y olía a libertad y hambre, estaba en el tinte desde que perdí mi armónica y olvidé el motivo de pasar a recogerla. La de actriz dramática... esa se la sugerí a mi gruñona existencia actual, que resopló desde la cama y me mandó a paseo.
Guardia de caballería, astrónomo a tiempo parcial, poeta alcohólico... Ninguna me apetecía.
Acabé poniéndome aquella vida tan empingorotada en que tuve éxito y poder. Hacía mucho que no la usaba, porque siempre me daba la impresión de que si alguien miraba debajo del triunfador, muy, muy por debajo de ese traje carísimo, de esa sonrisa suficiente y de esos dientes perfectos, me vería a mí. Y buena gana de pasar vergüenza.
Lo cierto es que cuando me la puse me sentí otro. El mundo era un menú de cinco tenedores que esperaba a que yo, y solo yo, le hincase el diente y pidiese copa y puro después. Era un tiburón, un tiranosaurus rex, era...
- Eres un imbécil y un creído, y en el fondo sin mí no eres nada – aulló mi vida desde las profundidades de la cama.
Tan celosa siempre, aún cuando a veces no soportaba estar conmigo...
Le lancé un beso desde la puerta, a la vez que le guiñaba el ojo. Aunque no me vio, daba igual. Yo era un triunfador, siempre lo había sido y peor para quien no quisiera reconocerlo.
Ese día todo fue sobre ruedas. El coche que nunca tuve, ese descapotable rojo que no ronroneaba al arrancarlo sino que gemía sólo de sentir mis manos sobre él, me esperaba en el portal. Un portal enorme, lleno de lo que creo debía ser mármol, y rebosando espejos, muchos espejos en los que poder mirarme una y otra vez, tan perfecto, tan falso. Tan.
Las nenas me miraban por la calle, en aquellas ocasiones en que el semáforo se ponía rojo para mí. Bueno, digamos que me encantaban los semáforos en rojo, así la gente podía contemplarme con deseo, envidia y oh dulcísima admiración. Hasta los hombres me miraban, y yo les miraba a ellos e incluso les saludaba con la mano.
Diablos, querían ser como yo, pobres infelices. Hay que mostrar algo de caridad, ¿no? A mi otra vida le hubiese gustado que la saludase un tipo como yo, que alguien tan superior registrase su mediocre e insulsa existencia. Sí, le habría gustado.
La oficina estaba como siempre: mesas de cartón piedra ante las que se sentaban dedicadísimos y brillantes jóvenes, aquellos que trabajaban para mí; que trabajaban por mí y brillaban de satisfacción cuando yo les dedicaba algún elogio. Batallones de curvilíneas secretarias, todas a mi servicio, correteaban para conseguirme un café, un sándwich vegetal, un archivo. Correteando para conseguir algo que les hiciese conseguir una sonrisa mía.
Los ordenadores escupían cifras ininterrumpidamente; los teléfonos no paraban de so
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