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8 min
El director de orquesta
Varios |
26.07.13
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Sinopsis

Todos podemos afrontar dificultades que a veces parecen imposiblesde superar. Sin embargo siempre existe alguna forma de enfrentarnos a ellas. Y a veces se obtienen excelentes resultados, dependiendo del camino que elijamos para hacerlo.

Santiago era un hombre directo, simple, de ideas claras. Por esos días dirigía el ensayo de la orquesta que pronto tocaría Die Zauberflöte, La Flauta Mágica, de Mozart, en un teatro importante de la ciudad. No era el teatro más grande, pero a las funciones asistía un gran número de gente. Iban a hacer cuatro presentaciones.

No podría decirse solamente que le gustaba la obra. Lo fascinaba, lo enloquecía. Los misterios de su libreto, su historia enigmática, todo eso no importaba cuando comenzaba a sonar la música. Director de orquesta desde hacía ya más de treinta años, había ejecutado varias veces todas las obras famosas del gran autor. Pero había dos que lo deslumbraban. Die Entführung aus dem Serail, El Rapto en el Serrallo, era una ópera muy cómica, cuya música era cautivante, graciosa, ocurrente. Y la Flauta Mágica, obra que Mozart estrenó como director apenas dos meses antes de morir. Siempre opinaba que era una obra maestra inigualable. Solía decir que Mozart debía haber estado bajo el efecto de un potente alucinógeno para imaginar semejante arquitectura musical. Su ánimo se entristeció al pensar que tan enorme genio compuso  la obra más importante de su carrera para hacer algo de dinero. Porque Emanuel Schikaneder, empresario teatral y autor del libreto, y el gran Mozart, en esa época estaban completamente arruinados.

Pero volviendo al presente pensó que tenía un grave problema. La orquesta no respondía bien a su conducción. Había peleas entre sus miembros y los delegados gremiales protestaban ante las autoridades por los bajos sueldos, cada vez que ensayaban. No tocaban sus instrumentos con buena actitud. Los ensayos eran desastrosos y lo estaban enloqueciendo. Y por si eso fuera poco, uno de los cantantes, el que iba a hacer el muy importante y cómico rol de Papageno, siempre protestaba porque no le gustaba que la orquesta tocara tan fuerte. Necesito mi espacio, solía decirle al director. Éste le contestaba que cantara más alto. No puedo, decía el barítono, no soy un tenor de aguda voz, y según la partitura no debo gritar, solamente cantar suaves melodías, las que compuso Mozart para mi papel, para un barítono.

El director estuvo a punto de renunciar un par de veces, pero eso no hubiera sido visto de buena manera por el circuito de los teatros. Una renuncia podía costarle muy caro. Debía pensar en su carrera, y demostrar que él podía domar ese monstruo desbocado. Por eso montó un plan. Esperaba que ese plan le diese resultado para así poder encauzar todos los esfuerzos de forma positiva.

Habló con cada uno de los músicos, habló con las autoridades del teatro, y poco a poco los convenció de trabajar juntos con mayor armonía. Apeló a la carrera de cada músico, a ese bien tan preciado por ellos mismos. Con cada frase trató de hacerles entender que si se esforzaban serían mucho mejor valorados en el futuro. A los músicos les aconsejó con sabiduría cómo ejecutar su instrumento. Le mostró a cada uno los pequeños secretos de la ejecución. En cada uno de los ensayos explicó el porqué de cada orden, de cada cosa que les pidió. Le tomó muchas horas de trabajo extra, incluso visitó a algunos músicos y a algunas de las autoridades en sus casas. No declinó ninguna invitación, ni siquiera a tomar una taza de café en algún bar luego de los ensayos, cuando más cansado estaba. Finalmente consiguió lo que parecía imposible: que los directivos del teatro prometieran estudiar un aumento importante para los músicos.

Poco a poco los músicos le respondieron mejor. La orquesta se escuchaba cada vez más afinada y concentrada. Una mañana llegó al ensayo y varios de los músicos lo llamaron maestro. Él no se relajó. Quería que la obra fuera extraordinaria. No iba a tocar en la Scala de Milán, el teatro estaba lejos de ser el Metropolitan de Nueva York y tampoco era el Colón. Sin embargo, su deseo era que esta obra tuviera lo que se merecía: una interpretación brillante. No la quería perfecta, estaba seguro de que no iba a estar exenta de errores, pero pretendía que la interpretaran con cerebro y el corazón en sintonía. Su deseo era que la tocaran con pasión, con la fuerza, el talento y la alegría que siempre fueron las características principales del autor.

Los cantantes también comenzaron a demostrarle afecto. Salvo el barítono. El director le habló en repetidas oportunidades. Lo elogió, le dijo que  su voz era maravillosa y admirable. Todo eso era absolutamente cierto. Pero el barítono no dio el brazo a torcer. Al menos notó que las críticas del cantante a la orquesta y hacia él mismo eran cada vez menos frecuentes.

Llegó el día del debut. Santiago estaba convencido de haber hecho todo lo que estaba a su alcance para poder conseguir una buena actuación. Cuando salió a escena miró desde el foso hacia los palcos y la platea y observó con satisfacción que el teatro estaba colmado. La gente le dedicó un breve y casi indiferente aplauso de bienvenida. Recién lo estaban conociendo, no esperaba otra cosa.

Comenzó la obertura con brío y afinación perfecta. El director miraba y sonreía a sus músicos, porque se daba cuenta de que estaban dando lo mejor de sí mismos en el foso, allí donde de manera casi anónima formaban parte de un equipo único e irrepetible. En el escenario,  el barítono mostró una voz más profunda y con mayor volumen que en los ensayos. Todos los cantantes se lucieron y la orquesta pudo tocar a todo volumen, como a él le gustaba, sin miedo de obstruir sus voces.

Al salir para tocar el segundo y último acto, el público lo ovacionó. Santiago bajó la cabeza en señal de humildad. Pero ya tenía una amplia sonrisa en los labios.

Luego vino la sorpresa. Fue una actitud que no esperaba. En una de las escenas del segundo acto, Papageno tiene en la mano una botella de vino y está triste porque no consigue una mujer para casarse y tener muchos hijitos. Estaba cantando muy bien, es decir, no era Simon Keenlyside pero no tenía mucho que envidiarle. El director conocía la marcación del actor perfectamente, por los ensayos. El barítono debía dar media vuelta hacia el centro del escenario mientras cantaba su aria, Ein Mädchen oder Weibchen. Pero no lo hizo, sino que se acercó al foso de la orquesta, y se sentó allí, al borde del escenario, frente al él. Santiago lo miró, un poco asustado. El barítono, sin dejar de cantar esa dulce melodía que ideó Mozart, estiró su mano por sobre los músicos y le ofreció al director un trago de ese vino. Era un foso relativamente angosto, no tuvo inconvenientes en llegar con su mano muy cerca de él. En el teatro se escuchaba sólo la música y el canto dulce y melodioso de Papageno. El director aceptó la botellita y tomó un pequeño sorbo (¡era vino de verdad!). Finalmente le devolvió el vaso a Papageno. El teatro estalló en aplausos y risas por la ocurrencia.

La función fue un éxito absoluto. Si hubiera sido un grupo de rock, por los aplausos y los gritos de bravo que recibieron hubieran tenido que salir a hacer al menos tres temas más. 

Al salir del teatro, ya pasada la medianoche, el director y el barítono se encontraron brevemente en la calle. Santiago le preguntó muy serio:

-¿Cómo se te ocurrió lo del vino?

El barítono rió con todas sus fuerzas y lo miró, divertido.

-Usted sabe, los artistas somos así. Nos cuesta aceptar que nos equivocamos, pero cuando lo hacemos tenemos muchas distintas formas de decirlo. Esa fue la mía.

El director le sonrió y se dieron la mano. Luego, cada cual siguió su camino.

Faltaban tres funciones más, pero se sentía satisfecho con su labor. Le había costado mucho, pero había demostrado que servía para hacer su tarea en las condiciones más difíciles. Mientras caminaba decidió que le pediría al barítono que repitiera la escena para las próximas funciones. Si Mozart hubiese sido el director, se hubiera reído tanto o más que el público de esa noche. Y tal vez se hubiese tomado todo el vino.

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  • Una narración con la maestría que te caracteriza,me encanta leerte.Un saludo
    Me ha gustado leerte. Ha sido una delicia, me despido.
    No me a gustadoh. Lo e leido entre cabezeos, la forma d narrar es mui lemta
    Excelente Rolando. Inspirado como siempre. Saludos
    Muchas gracias Paco, Javier, Mayte, J.M. y La Maga, por sus valoraciones, por su tiempo, por leerme y por tanta buena onda. Por supuesto, sigo leyéndolos, el placer es mío por haberlos encontrado. Abrazos!
    Tu maestría narrativa logró que me identificara con el amigo Santiago, con su entusiasmo, sus nervios, su ansiedad y la enorme alegría por el éxito apoteósico. La historia se lee impaciencia, buscando el final feliz, esperando que el pobre Santiago se relaje al fin. Por lo demás, es el perfecto paradigma de lo que un hombre es capaz de hacer cuando pone el alma en una empresa y Mozart lo merece, sin duda. Me alegró mucho tu último comentario. Para mí también es un placer leerte. Saludos.
    Muy bien orquestada narración. Se nota la batuta del autor ordenando palabras, frases y párrafos, haciendo fluir el relato con brío y con humor.
    ¡Seguro que habría ido a por más! Es un relato de los buenos buenos tuyos, y un homenaje al director de orquesta, alguien totalmente incomprendido por los legos, que le ridiculizan con la batuta; por cierto que ahora recuerdo que éste no es el primer personaje tuyo que es director de orquesta (o primer violín, a lo mejor me equivoco). Y la Flauta mágica... ahora mismo me recorre un escalofrío de emoción que me vuelve la piel como carne de gallina (pero yo claudico como un perro ante las bodas de Fígaro). Saludos.
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    La envidia, uno de los sentimientos humanos más potentes, pocas veces favorece la claridad del pensamiento. Esto sucedió hace muchos siglos en un territorio muy lejano, pero hoy pasan las mismas cosas.

    Cuando elijas qué hacer debes hacerlo bien. Si eliges un trabajo equivocado, o para el que no estás preparado, te pueden pasar estas cosas como ésta.

Soy escritor, básicamente. Historiador, fotógrafo, empleado para sobrevivir, pero escritor ante todo.

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