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12 min
El disidente
Fantasía |
05.04.13
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Sinopsis

El inoportuno balanceo del traslado diario despierta a Jerry. Estira sus músculos, se siente totalmente desubicado. Hasta que no abre bien los ojos y mira a su alrededor, no se percata de que está en la habitación. Qué hambre, me zamparía ahora mismo una bolsa de pipas entera, piensa.

El inoportuno balanceo del traslado diario despierta a Jerry. Apenas han aflorado los primeros rayos de sol. Jerry estira sus músculos, se siente totalmente desubicado. Hasta que no abre bien los ojos y mira a su alrededor, no se percata de que está en la habitación. Qué hambre, me zamparía ahora mismo una bolsa de pipas entera, piensa. A Jerry le enloquecen las pipas de girasol aunque, a menos que las reclame, entiende que el desayuno de hoy se reducirá a un poco de pan reblandecido con agua. Efectivamente, descubre que ya le han introducido en su celda la ración matutina.

Come, bebe, orina, defeca, se lava un poco, vuelve a comer. Jerry se ha levantado con las pilas cargadas, tiene ganas de correr, de trepar, de jugar con su pelota, pero lo que más ansía ahora mismo es un puñado de pipas. Con una sola se daría por satisfecho. Ha desayunado, pero se propone conseguirla, ya que augura una jornada sin grandes emociones. Así al menos consumirá energía. Se aproxima cautelosamente a uno de los barrotes de su jaula y comienza a roer. El rechinar de sus dientes al contactar con la varilla de hierro provoca un estruendo audible a varios metros.

-¡Ya está el puto ratón armando jaleo! -oye en voz de su padre, cuyas zapatillas deportivas ve acercándose rápidamente hacia su casa-. ¿Qué quieres, no te he dado ya el pan de los cojones?.

Jerry salta, trepa por los barrotes, royéndolos cada vez con más ahínco, orina, defeca. En un intento furibundo porque su padre comprenda el idioma ratonil (él si entiende el suyo) grita: "¡Quiero pipas, quiero muchas pipas!, ¡Me gustan mucho las pipas!". Jerry no recibe respuesta. Observa cómo su papá coge la mochila y abandona la habitación, cerrando de un portazo. Siente sus pisadas escaleras abajo y otras vibraciones que su mente no está capacitada para descifrar. La misión pipa de girasol mañanera ha fracasado y el ratón se queda sólo en el cuarto. Una soledad que más que animarle le apena, pues su movilidad está limitada al espacio del calabozo.

Hace tiempo que Jerry se cansó de la rutinaria existencia que lleva, que no varía ni un ápice de un día para otro: traslado del baño al cuarto de su padre, desayuno de pan aguado, carrera en la rueda y, ya con la luz anaranjada encendida, la pipa del día, siempre y cuando el repertorio de movimientos, gestos y gemidos, sea del agrado de su progenitor.

La situación, no obstante, está a punto de llegar a su fin gracias al plan que Jerry comenzó a ejecutar anoche. La idea consiste en agujerear el colorido tubo de plástico que comunica externamente la cocina (el bebedero y el comedero) de su cárcel particular con su propio lecho (construido con serrín y restos de papel higiénico). Apenas faltan unos centímetros para poder deslizar su flexible cuerpo de roedor a través del boquete y huir.

Antes de iniciar la labor roedora con el tubo brinca un poco, corre en la rueda, bebe, orina, defeca. Lo primero que hará una vez salga será buscar la bolsa gigante de pipas de su padre, cuyo crujido asocia instintivamente a un gran momento de felicidad.  Desconoce dónde puede encontrarse, pero tiene claro que la localizará y acabará con ella en un santiamén. Bajando de la nube, Jerry comienza a roer a toda velocidad. Nota que el plástico está más blando de lo que esperaba, pero tiene un regusto amargo, menos dulce que el de los infranqueables barrotes de la celda. La minúscula perforación queda finalizada en un pequeño espacio de tiempo. Jerry mira a través del orificio, saca sus patas delanteras para comprobar que puede salir sin problemas. Olisquea el entorno. Se orina de la emoción. "¡Es el camino a la libertad!" grita, se lava, defeca. No lo tiene claro.

Jerry anhela conocer el mundo más allá de su jaula, quiere contemplar más paisajes que el de aquella habitación y aquel baño, adonde lo trasladan por las noches. Entiende que su papá es un tirano, pues le grita y le trata cual si fuera un pez, al que se puede tener de adorno y alimentar cada mucho tiempo (detesta a esos seres tan pasivos). Pero a diferencia del animal acuático, él sí tiene memoria y aún recuerda el momento en el que su menú de galletitas de colores fue sustituido por un pienso agrio que le provoca náuseas. Un gesto que no perdonará jamás, como tampoco la habitual limpieza de la jaula, tras la cual ha de rehacer su lecho desde el principio. "¡Así no hay quien viva!", refunfuña. Además, Jerry quiere comer pipas, muchas pipas, cuando a él se la apetezcan y sin necesidad de montar un show para conseguirlas. Quiere, en definitiva, romper con el régimen establecido.

Pero Jerry también cree, sin embargo, que si huye disgustará a su padre. Lo tiene por un déspota, que lo separó de sus hermanos al extraerlo de aquella urna de cristal cuando era una cría, pero también es cierto que su vida es más confortable que la que llevaría en la ratonera: tiene una cama para él solito, comida gratis, pelotas con las que jugar y tubos para roer. Sin olvidar que fue aquella cara humana la que le mostró por primera vez una pipa. ¿Y si afuera no encontrara más pipas?, se pregunta. Es consciente de que en las actuales condiciones nunca será un ratón libre. Aunque, por otro lado, bajo el acecho de su padre tampoco correrá ningún peligro. Al fin y al cabo, piensa, es su líder, su único líder.

Jerry sopesa las ventajas e inconvenientes de la fuga durante unos segundos, pero su instinto animal le impulsa finalmente a abandonar la jaula de un salto. El pequeño ratón aterriza en el mundo real, el universo de los humanos, donde se halla la bolsa de pipas gigante. "¡Soy un animal libre!, ¡Soy un animal libre!", repite eufórico, aunque si un humano lo estuviera observando, sería incapaz de percibir ninguna mueca de emoción en su rostro. El suelo está frío, piensa. Orina para marcar su territorio. No es algo que suelan hacer los de su especie, pero de pequeño, antes de ser vendido, vio cómo lo hacía un perro que había en la tienda. Siempre ha deseado imitar ese acto revolucionario en plena superficie humana.

Al principio cada loza de cerámica se hace un mundo para Jerry, poco acostumbrado a paseos tan largos en prisión. Sus patitas se van afianzando lentamente, incrementando el ritmo con precaución para evitar resbalar. Con su hocico va explorando los diferentes rincones de la habitación. En uno de ellos, justo tras una suerte de tela que Jerry ve correr y descorrer cada día, se topa con una cucaracha. El porte de aquel bicho le es familiar, pues anteriormente ya ha intentado atacarlo a través de los barrotes de su trena.

-Hola, me he escapado, vengo buscando la bolsa de pipas, ¿Sabes dónde está? -. Jerry no termina de acercarse al insecto.

-Jhfff, trsss, crocckkk -responde la cucaracha, que parece estar furiosa.

"Vaya, pensé que entendería mi idioma, será mejor que me vaya", medita Jerry, que se aleja atemorizado. Pone rumbo entonces hacia un túnel oscuro, que se abre bajo del artificio en el que su padre, el tirano, se tumba en ocasiones. Medio en penumbra, Jerry descubre una bola de pelo anudado enrome, que gira y gira en cuanto sopla un poco de viento. Orina sobre él, lo roe, comienza a jugar. Se acuerda de su pelota. Y de las pipas, "¡Cómo me gustaría encontrar esa bolsa de pipas gigante!", vocifera.

Por más que corretea, por más rincones que olisquea, en cambio, Jerry no encuentra la dichosa bolsa. El único alimento que halla es una cáscara vacía, que desprende un olor fétido. Las tripas de Jerry comienzan a rugir. "Tengo hambre, tengo sed, me duelen las patas y tengo frío", lamenta el ratón. Ya no es un animal oprimido, y Jerry lo sabe, pero se pregunta de qué sirve ser libre si en la inmensa habitación sólo hay lozas y pelos anudados. "¿Dónde está el agua, dónde la comida?. ¿Se han llevado las pipas?".

Decepcionado con el mundo exterior y arrepentido de haber escapado, Jerry emprende la marcha de regreso a su casa de hierro. Allí lo despertarán cada mañana y dedicará su tiempo a roer barrotes, pero al menos no pasará hambre ni frío, recapacita. Camina, corre, olisquea, orina, defeca. "¿Dónde está la jaula?", grita. Jerry cree haberla dejado a la derecha cuando tomó el túnel oscuro, pero ahora está totalmente desorientado. El ratón disidente se ha convertido en un ratón perdido. Corretea en círculos desesperado. "¡Qué hambre tengo, necesito comer ya!", comenta consigo mismo. Para colmo, Jerry acaba de sentir a sus espaldas el crujido de los pasos de la cucaracha. Se dirige hacia él.

-Shjjrr, criccckk -balbucea el insecto, que es más rápido de lo que Jerry imaginaba. El roedor brinca, corre hacia la izquierda, pero sus fuerzas flaquean, tiene mucha sed, y finalmente desfallece. La cucaracha le alcanza en seguida y le arrea un bocado seco en la cola. Jerry gime de dolor, cree que aquel inmundo animal lo va a devorar si no aligera. Con un último reducto de energía, trepa por la tela desde la que avistó por vez primera a la cucaracha, y salta hacia una superficie plana.

Jerry se encuentra aturdido, tiene hambre y mucha sed. Cree al menos estar seguro en aquel lugar, donde se apilan numerosos fragmentos del material que papá le suele arrojar para construir el lecho. Papel, si no recuerda mal. Ahora que piensa en su padre, parece haber oído su voz. "Sí, es papá, ¡viene para salvarme!, será un tirano, pero siempre aparece cuando lo necesito", exclama Jerry recobrando el ánimo. El humano abre entonces la puerta de la habitación con la misma brusquedad con que la cerró al salir.

 - Pero, ¿y el jodido ratón?. Mamá, ¿dónde coño está Jerry? -. El padre de Jerry remueve violentamente todo lo que hay en su cuarto.

-Estoy aquí papá. Tengo hambre, ¡quiero pipas! -. El roedor ve perfectamente a su líder desde su posición.

-Joder, lo que me faltaba. En el recreo le tengo que partir la cara al idiota ese, y ahora se escapa el cabrón del bicho. Jerry ¿dónde te has metido? -. Jerry lo oye todo, quiere seguir gritando, pero sus fuerzas no dan para más. Tiene muchísima hambre, y sed. Llega a la conclusión de que va a morir allí, rodeado de papeles en lugar de pipas. La libertad es una mierda, piensa. El ratón disidente se dispone para su fin, comienza a cerrar los ojos en su último aliento, pero un fuerte haz de luz se lo impide. Es su padre, que le apunta con algo muy brillante, como la luz anaranjada del techo, pero mucho más potente.

-Aquí estás mamón. Te vas a enterar, de ahora en adelante tendrás que hacerme malabarismos para que te de una pipa. Ya aprenderás a no desobedecer a tu dueño -. El padre coge a Jerry por la cola, éste gime (aún le duele el bocado de la cucaracha), y lo lanza a una caja cerrada casi herméticamente.

El nuevo hogar de Jerry es diminuto y está muy oscuro, apenas entra ventilación. Jerry encuentra varias porciones de pienso dispersas por aquella mazmorra, y un trocito de pan ablandado con agua. Lo devora todo de una tacada, aunque intuye que tardarán mucho tiempo en reponerle el alimento. Rasca la caja en busca de auxilio, pues ya no hay barrotes para roer. Quiere que su padre lo saque de allí. Orina, defeca. Reflexiona: hoy ha roto su jaula y se ha escapado, cabreando a su papá. Durante un tiempo, ha sido un ratón libre, aunque esa maldita cucaracha casi lo mata. Jerry reconoce que ha incumplido las normas del día a día, es un disidente y ahora tendrá que amoldarse a las nuevas condiciones del régimen. "Nunca debí marcharme, tengo el castigo más que merecido", concluye con resignación.

El ratón oprimido, liberado, perdido y de nuevo encarcelado asume que se han acabado las pipas para él. Sin embargo, le trae sin cuidado este detalle. Ahora le basta con la protección que le brindará su líder. Está seguro de que nunca más le faltará el agua ni la comida. Además, ninguna insecto carroñero podrá hacerle daño.

La oscuridad de la nueva morada impide a Jerry reconocer si ya se ha encendido la luz anaranjada. Si está en la habitación o en el baño. Poco le importa eso ya. Se lava, orina, defeca y, recordando cómo el héroe de su papá le ha salvado la vida, se duerme feliz.

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Soy Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Ahora curso el Master de Escritura Creativa en dicha Universidad. Mi objetivo no es ser escritor, sino escribir.

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