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6 min
El dolor de la esperanza.
Reflexiones |
07.06.14
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Sinopsis

Dolor, angustia, indecisión, consentimiento.

Está anocheciendo. No es una noche cualquiera. Estoy sentada en una de las cuatro esquinas de mi cuarto verde. “Verde” pienso, “como la esperanza”. Esperanza que ya no tengo.

No es una noche cualquiera. Esta noche tengo que decidirme. Eso es algo que me cuesta, que me ha costado siempre. Esta decisión no es como las demás. Esta decisión es importante. De ella dependen los sucesos que ocurrirán en mi próximo mes. Mi padre quiere ir. Mi madre quiere ir. Mi hermana, bueno mi hermana solo quiere estar con mi madre. Me deprime. Alguien que tiene once años menos que yo si se decide, y ha decidido ir donde vaya mi progenitora. Yo únicamente sé que no quiero preocuparme más nunca por nada.

Preocuparse duele. Agarro mis piernas y las estrujo contra mi cuerpo. Quiero hacerme pequeña, invisible, nula. Quiero no pensar, no ser, no sentir. Ser etérea. No existir. Como un espíritu volátil.

“Creo que me han roto el corazón”, pienso. Todos lo piensan, hasta la señora desconocida que había en la cola del supermercado esta mañana. Vaya decisión, importante decisión. ¿Me alejo, me quedo, que hago? Sopeso. Hay muchas ventajas, sí, claro, por supuesto. También muchos inconvenientes, lógico.

Los perros de mi barrio lloran. Mañana morirá alguien. Lo sé. Siempre que lloran dos días después alguien aparece muerto. Me asusto. Esta decisión me está matando. Me cuesta. No puedo respirar, mi propio miedo me aprehende el corazón. Agonizo. ¿Qué quiero? ¿Qué soy? Me abruman, pero no enfurezco. He de decir algo definitivamente mañana. Horas quedan, doce exactamente. Mi condición se descubre. No me gusta aquel país. Jamás me gustó. Quiero complacer a todos, a mi padrastro el primero pero desde el día que supo que no me gustaban.

Nunca me gustaran. Me miran deseosos. Carne fresca pienso que soy para ellos. Pienso que me desnudan con la mirada. Me siento violada, ultrajada. Pero quiero conocer países, cosas nuevas. Fotografiar, descubrir, hallar el tesoro. Quiero alejarme del dolor que me causa verle la cara. Es mi amor platónico ¿le quiero de veras? Todo es confuso.

¿Qué quiero? ¿Qué me pasa? Tan decidida hace días, ¿y ahora? ¿Qué ha pasado en veinticuatro horas? No has razones. Solo silencio. Mi cabeza está embotada. El frío ha abandonado los azulejos del suelo para pasar a mi cuerpo dolorido. Quiero perder la virginidad con él, con mi mejor amigo. Él no me obliga. El sí me quiere ¿verdad? y si me voy no podré hacerlo. Quiero pasar mi primer cumpleaños como adulta con mis amigas. Dieciocho es un logro. Quiero estar con mi madre y mi familia española. No con extranjeros extraños. Ni siquiera hablan mi idioma. Cuando les veo por Skype me siento rara. No sé qué decir. Me incomoda. Me siento segura aquí. Quiero encerrarme en mi cuarto y llorar tranquila. Leer solitariamente, tumbada en el suelo frío. Que nadie me interrumpa. Quiero que me entiendan y entender.

 

Cambio de postura, me tiro en el suelo. De lado. En postura fetal. Lloro. Mi móvil suena. Mi padre biológico me reclama. No quiero hablar con él. No me apetece discutir. Mi móvil muere. Lo envidio.  Me arrastro como gusano debajo de la cama. El recoveco oscuro está lleno de pelusas grises con matices rosas. Soplo. Se disipan. Mientras lloro recuerdo sus palabras.

-No sigas diciéndome más razones. Está empezando a dolerme lo que dices.

Yo no quiero que le duela. Ese es el precio. Si no quiero que me duela a mí, tiene que dolerles a otros. No quiero que le duela a nadie.

Salgo reptando de debajo de la cama. Apoyándome en el lateral de la cama me incorporo. Miro a los cuatro costados. En mi cuarto no hay pistolas. Ni cuchillos. Pero tengo una aguja de coser con una punta afilada y del tamaño apropiado. Lleva un axón de hilo negro. Me encanta coser. Es tranquilizador. Me ayuda a no pensar. Rebusco en el cajón. No hay nada que coser. Ojalá lo hubiera, así me quitaría la idea que tengo en mente.

Clavo la aguja entre la uña en la carne. “Ahora aguja estás en mi posición, entre la espada y la pared”, pienso. La saco. No sale sangre. Ojalá saliera sangre. Así todo el peso que llevo en el corazón se concentraría en el pozo del que emana la sangre.

Me siento encima de la cama. Sigo con el frío de las baldosas del suelo en mis muslos. Empiezo a coserme. El nervio negro de la aguja dibuja en el lateral de mi dedo una línea discontinua. “Parece una carretera”, me dice mi subconsciente. Tampoco me duele. ¿Qué puedo hacer para distraer el dolor que se ha asentado en mi pecho?

Inspiro. Expiro. Nada. Sigo cosiéndome, esta vez el brazo. Nada. Corto el hilo con unas tijeras de empuñadura naranja. Las miro. Ellas me miran a mí. Me sonríen y acto seguido estoy cortándome el brazo, una larga línea continua. Me sorprendo. Es profundo. Me está doliendo. Me ruborizo y paro. Me tumbo en las sábanas blancas de verano que me regaló mi abuela. “Eran de su ajuar” recuerdo. Lentamente mi sangre gotea sobre ellas. “No me desangraré con este corte tan pequeño, ojalá pero no”

El dolor me hace sentir viva pero no quita el dolor de mi pecho. Me encorajino, pero me mantengo tranquila. La rabia que siento solo me hace respirar más fuerte. Hiperventilo y se abre la puerta. Corre hacia mí con una gasa y agua oxigenada. “Ha vuelto a pasar”, me digo, “ya está aquí otra vez, una vez más interrumpe cuando quiero estar sola con mi dolor”

-Ya ha vuelto a pasar. ¿Por qué te haces esto?

-Porque así sólo sufro yo. Si muero nadie sufrirá.

-Esperanza, así es como sufrimos todos. 

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Soy estudiante. Me gusta viajar, los idiomas y la música rock. Escribiendo estos relatos mi intención es desahogarme y mejorar mi técnica de escritura.

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