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23 min
El Duelo.
Fantasía |
06.03.18
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Sinopsis

Este fue uno de los pocos relatos del 2017. Por favor, ni estrellas ni buena onda, un comentario sincero es lo que más ayuda. Saludos a todos.

El duelo.

 

Yûki era una pequeña  aldea al norte de Iga. Antaño reconocida a nivel mundial por la calidad de su hierro y sus famosas minas de materiales preciosos.  Emplazado entre dos grandes montañas y solo accesibles vía caballo. Un hermoso oasis solo conocido por aquellos que habían nacido ahí, o habían llegado por accidente y se enamoraron de una vida calmada y tranquila. Yûki contaba con exactos 200 habitantes, de los cuales, ciento dos eran adultos mayores de noventa años.

Randa era la más joven del aldea, con apenas dieciséis años. Niña curiosa, servicial, de cara angelical y muy buenos modales; aunque más que por su juventud y belleza, era conocida por ser nieta del último herrero de la aldea.

Una tarde, la niña fue al rio a lavar la ropa que su abuelo usaba en la forja. Siempre se preguntó por qué el hombre usaba ropa blanca, si el carbón nunca le permitía mantenerse limpio. Mientras fregaba la manga izquierda, sintió que alguien se acercaba.

Un hombre blanco, rubio, de complexión atlética, con una barba perfectamente definida, sobre un gran caballo blanco, se acercó al estero. Descendió ante la atenta mirada de la niña que nunca había visto a alguien como él. Tan joven, tan alto, tan fornido, tan desconocido. Cuando lo vio, lo primero que pensó, es que se trataría de un dios que venía a reclamar sus tributos aún pendientes desde la última cosecha. Pero no.

Edward Roên era un ingeniero de treinta y cinco años. Famoso por su vida nocturna y sus empresas que siempre terminaban en millonarias estafas a sus inversionistas. Ed, como gustaba hacerse llamar, miró a la joven y en un perfecto japonés le preguntó cómo llegar a la aldea.

La niña no supo cómo responder y simplemente señaló en dirección al norte. El hombre descendió del caballo, pasó frente a ella y metió las manos al agua para refrescarse mojándose el cabello.

La niña se vio tentada a salir corriendo tras el hombre y sus dos acompañantes, pero sabía que debía terminar de lavar la ropa de su abuelo, o el anciano se vería obligado a trabajar en ropa interior. Una leve mueca de risa se instaló en su juvenil y armonioso rostro, al imaginar a su pobre y delgado abuelo trabajando en calzoncillos.

Cuando llegó, el octogenario líder del aldea, ya les había dado la bienvenida y aclarado sus dudas respecto de su visita.

Randa no podía soportar la curiosidad, pero su abuelo no se preocupaba por nada más que su forja. Aquella noche la niña no pudo pegar ojo entre tanta interrogante, no se imaginaba que existiese algo más allá del aldea, ni que existieran personas como aquel hombre. Durmió imaginando lo que sería una vida de aventuras fuera de aquella tranquila y calmada aldea.

El abuelo de la niña era un artista enfocado y metódico, por lo que cada mañana despertaba antes que el sol tocara la cima de la montaña sur, y lo primero que hacía era avivar el fuego de su fragua; que tenía la fama de llevar prendida más de doscientos años. Luego se disponía a calentar agua para beber té verde y elevar una oración.

Si bien el hombre era considerado oficialmente  el último herrero, era más reconocido por la dedicación y la calidad de sus trabajos. Existían leyendas acerca de que dioses y deidades lo buscaban en sueños para que confeccionara espadas, sables, escudos y todo tipo de armas celestiales. Algunos decían que cada pieza forjada por sus manos, poseía alma propia. Y que los caballos podían volar cuando usaban sus herraduras talladas.

Poco importó la gran tradición y cultura de la aldea, cuando Ed y su grupo de maleantes llegaron. Tres occidentales dispuestos a convertirse en los dueños de todo lo que alcanzaran a ver sus ojos.

Ed, era conocido en el bajo mundo por sus habilidades para la confección de armas de fuego, y por su gran interés por el dinero. A pesar de haber estado en casi todo el mundo, abusando de manera sistemática de aldeas olvidados de la mano de Dios. No pudo sorprenderse de la actitud de las personas de Yûki, y más aún, de su completo desinterés.

En Yûki el dinero no existía, ni el dinero ni los intereses económicos. Al llegar, si tenías hambre, no comprabas comida, simplemente, la pedías y dabas las gracias al terminar. Si querías comer y beber, los habitantes te darían comida y bebida.

Cada persona hacia su trabajo, si estabas enfermo, el doctor te curaba; si necesitabas herraduras, el herrero te las hacia; si necesitabas ropa, el sastre te la confeccionaba; si querías verduras, frutas u hortalizas, el granjero te las entregaba sin hacer preguntas; Si querías carne, el cazador te preguntaba de que animal, y la tendrías en tu cocina para hacer el almuerzo. Lo mismo hacia el pescador, los mineros, los constructores, los profesores y todo quien pudiera ayudar a sus vecinos. Todo lo que era extraído de la tierra, superando el número de peticiones, era llevado a grandes almacenes donde esperaban que alguien los reclamara.

Si deseabas riquezas sin precedentes, podías ir donde el bodeguero y pedirle los lingotes de oro u platino que quisieras. En la aldea no eran más que bloques de metal sin valor. Si a cualquier habitante de Yûki le hubieras ofrecido una manzana a cambio de tres kilos de oro, te hubiera entregado el metal sin pensarlo dos veces, y si no tenía hambre, no te hubiera recibido la manzana.

Aun así, la codicia y la propia naturaleza humana, había llevado a incontables hombres a encontrar su fin de forma trágica, luego de intentar llevarse todo las riquezas posibles y terminar siendo atacados por la naturaleza.

 

Una de las más pintorescas de las leyendas, hablaba acerca de un samurái, que perdió su grado de general y su honor, por dar marcha atrás en un campo de batalla.  La noche previa a su ejecución, donde aún se le había dado la posibilidad de practicar un Harakiri y morir con honor, el hombre robó un caballo y escapó.

Cuando llegó a Yûki, estaba medio muerto, llevaba varios días sin comer y colgaba del caballo. El animal se acercó al rio para beber y menguar el agotamiento. Fue entonces que el Ronin cayó desmayado sobre el estero del rio.  

Al despertar estaba siendo cuidado por la enfermera de la aldea. Su recuperación fue rápida y pronto se adaptó al ritmo de vida. Iba de un lado a otro, comiendo y bebiendo sin miramientos, hasta que un día se enteró de lo fácil que era sacar oro del almacén. A pesar de vivir como un rey, donde tenía todo lo que deseaba, sin hacer nada a cambio, quiso más. Fue donde el criador y pidió sus tres mejores caballos, el hombre se los dio junto con una gran sonrisa. Luego fue donde el talabartero y le pidió que confeccionara alforjas para los caballos y que al terminarlas confeccionara cincuenta más, puesto que volvería con hombres y caballos suficientes para llevarse todo el oro de la aldea.

Todos hicieron lo que, el antaño hombre de honor, pidió. La mañana de su partida todos los habitantes de la aldea salieron a desearle suerte en su viaje. El hombre vestía con una armadura hecha completamente de oro y platino. Se erguía orgulloso  montado sobre su caballo y  con uno más a cada lado,. El hombre simplemente los miró y no pudo pensar en cuanto oro sería capaz de llevarse. Pudo pedir que le acompañaran, y hubiera encontrado muchos voluntarios dispuestos, pero no quería que supieran cuanto valía el oro fuera del pueblo.

Aquella tarde, el sol fue cubierto por nubes negras. El hombre, que pensaba que gracias a todos aquellos ilusos, se convertiría en el nuevo emperador de Japón, no alcanzó a reaccionar cuando el caballo se levantó de manera violenta al escuchar un trueno. Estuvo un rato inconsciente hasta que la lluvia lo despertó. Los tres caballos estaban aún junto a él. Volvió a montar y alcanzó a cabalgar quinientos metros entre la montaña sur hasta encontrarse con un puente colgante. Sabía que podía rodear la montaña, pero se demoraría tres días, mientras que cruzando el puente, solo se demoraría en pasar los caballos.

Se bajó y amarró los caballos a unos árboles. Con un largo lazo hecho a mano, amarró su cintura a las riendas de su caballo y cruzó el puente. Luego, desde el otro lado, jaló al animal para que cruzara, pero el caballo no se movió un centímetro.

Comenzó a desesperarse, volvió hacia el caballo y lo amenazó con su katana, pero el caballo no cedió. Maldijo al criador por las malas bestias que le había facilitado.

Estuvo un par de horas pensando en su predicamento, hasta que el hambre lo atacó. Muchas personas le ofrecieron comida, pero cada kilo de comida era un kilo menos de oro, así que no la había aceptado.

Sin querer perder más tiempo, se quitó la armadura, quitó las alforjas de los caballos y cruzó el puente con veinte kilos de oro en cada ocasión. Lo hizo hasta completar los doscientos sesenta kilos que llevaba entre los tres caballos.

Cuando volvía a buscar los caballos, su katana, que aun permanecía en su cintura, atrajo un rayo y le hizo perder el equilibrio y caer del puente. Veinte metros de altura que terminaron en un rio de gran caudal.

Golpeó y golpeó sobre las piedras y troncos caídos. El rio le arrastró quebrándole las piernas y el brazo izquierdo. Como pudo, se sostuvo de una rama y salió usando solo su mano derecha. Desorientado y gravemente herido miró hacia el puente. Su perfecto montón oro de veinticuatro quilates, brillaba junto a su armadura.  

Se arrastró ignorando sus heridas y su dolor, hasta que un pequeño sapo de colores brillantes se puso frente a él. El hombre no dudó en darle un manotazo al diminuto animal, lanzándolo al rio. De inmediato su mano comenzó a hincharse, y todo su cuerpo se petrificó. Permaneció ahí durante tres días, hasta que el cuarto día los pájaros le sacaron los ojos.

Algunos dicen que murió de hambre, otros dicen que lo mataron los carroñeros, incluso hay quienes dicen que fue el veneno del sapo. Aun así, las personas de la aldea se entristecieron al enterarse de que el hombre había muerto. Todos cooperaron con lo que pudieron y organizaron un hermoso funeral,  porque estaban seguros de que su amigo viajero hubiera hecho exactamente lo mismo por ellos.

 

 Ed escuchó todo tipo de historias: Los fantasmas de la mina, los espíritus del pozo de agua, los demonios del rio y una larga e interminable lista de mitos y leyendas acerca de la aldea. Hizo caso omiso de todo, como lo hizo con cada aldea a la que había saqueado y dejado en la ruina.

Al noveno día, llegaron veinte personas tras recibir las coordenadas del GPS. El plan de Ed y sus mercenarios, era confeccionar un nivel superior de armas, por lo que necesitaba mucha mano de obra. En primera instancia, su plan era someter al pueblo entero a esclavitud, mandándolos trabajar a las minas hasta desfallecer. Pero cuando vio lo fácil que podía ser todo en la aldea, pensó que sería mejor ser diplomático y pedir ayuda. Sus hombres habían traído todo tipo de implementos, principalmente para producir electricidad solar trifásica. Ya con eso poder alimentar las gigantescas máquinas de corte láser, tornos, soldadoras y muchas otras que solo quienes las manejaban comprendían.  

Ed ordenó que cada hombre se comportarse, no quería arruinar la operación en la aldea por algún borracho o violador.

Muchos aldeanos se ofrecieron amablemente a ayudar, les intrigaba ver tanta tecnología, y no se imaginaban lo que Ed podría llegar a ser. Algunos decían que todas su maquinas eran para hacer magia. Otros argumentaban que con algunas máquinas podían comunicarse con los muertos, y otros simplemente continuaban con su rutina normal.

Finalmente, luego de dos meses de trabajo, las primeras subametralladoras estuvieron listas. Todo era más fácil de lo esperado, el almacén de Yûki estaba lleno de todo tipo de materiales y solo bastaba con pedirlos.

Cuando el líder del pueblo escuchó que Ed y sus hombres tenían listo lo que estaban haciendo, se impacientó por ir a ver que era. Uno de los mercenarios sostenía un arma en sus manos, mientras Ed le explicaba a la multitud qué era, para qué serbia y cómo se usaba, invitándolos a cooperar más activamente de la producción.

Las caras comenzaron a pasar de sonrientes a furiosas. Algunos sabían perfectamente para qué eran las armas, las habían visto antes y no les encontraban ninguna utilidad. Otros se sintieron molestos, porque el producto del trabajo de Ed, se veía idéntico al trabajo que podía hacer el abuelo de Randa, cosa que no les parecía correcta.

Entre la multitud el cazador de la aldea alzó la voz preguntando, por qué una de esas armas sería mejor que su arco. Ed le hizo un gesto al hombre que sostenía el arma, quien disparó a una bandada de pájaros, de los cuales dos cayeron moderadamente cerca. Algunos se sorprendieron, otros se molestaron. El ruido había sido exagerado, los pájaros eran muy pequeños para ser comidos y habían quedado destrozados por el impacto.

La cooperación de la aldea terminó aquella tarde, a nadie le parecía interesante producir aquellas atrocidades.

Esa noche, la pequeña Randa le llevó pequeños panes de arroz a Ed. El hombre no perdió el tiempo y le pidió que lo acompañara con una taza de té. La niña se sintió alagada, quería preguntarle muchas cosas, pero terminó respondiendo las dudas del hombre acerca de la cooperación del pueblo.

Ella, de manera inocente, le dijo que nadie lo ayudaría, porque su abuelo era el mejor herrero que conocían, y lo que correcto era que él buscara algo en lo que fuera destacado y se dispusiera a hacerlo para ser respetado en el pueblo.

Entonces el hombre permaneció en silencio unos minutos, y luego arremetió preguntando, “si desafió a tu abuelo a un duelo para saber quién es el mejor herrero, ¿la gente me apoyaría?”

La niña permaneció en silencio, recordó que exactamente así había conseguido su abuelo el puesto de herrero, y le dijo que sí.

Se sintió culpable, de inmediato. Se disculpó, despidió y salió rumbo a su casa. Cuando llegó, casi se ahogaba reprimiendo el llanto. Le dijo a su abuelo que el viajero pensaba retarlo para quitarle el puesto de herrero. Que ella había podido mentirle para que no lo hiciera, pero de manera egoísta, pensó en cuanto estaba comenzando a odiar lavar la ropa en el rio y se lo dijo.

El hombre le regaló una sonrisa, le sirvió una taza de té verde y le alborotó el cabello. La niña bebió su té y el hombre la acompañó hasta su cama. La arropó y besó su frente con la delicadeza y ternura que solo un abuelo puede entregar.

Al día siguiente, tal como su nieta había dicho, un mensajero le avisó que estaba siendo retado a un duelo por el viajero. El anciano tomó un par de cosas desde su taller y lo acompañó hasta el centro de la aldea, donde el Ed y sus hombres habían establecido su centro de operaciones.

Ed estaba sobre una caja de manera en las que habían transportado un torno, y al ver al anciano le gritó, “yo, Edward Roên, el viajero de occidente, junto a mis discípulos, te desafío a ti, Miyamoto Fujiwara, y a tus discípulos, a un duelo para elegir al último herrero de la aldea de Yûki”.

El anciano sonrió agachando los hombros, y cuando estaba a punto de aceptar, el líder de la aldea alzó la voz para aclarar que la tradición en un duelo no incluye discípulos, porque el perdedor podría excusarse culpando a alguien más de sus errores. El anciano herrero sonreía como no lo había hecho en años, y le dijo que si el viajero se arriesgaba, él no tenía problema, aunque él no tenía discípulos.

Un antiguo pergamino, fue desenvuelto ante los ojos de todos los presentes. Varios aldeanos llegaron con flautas y tambores taiko, y el duelo comenzó. El pergamino decía que el herrero que presentara la mejor Katana ganaba sin derecho a reclamo.

El anciano herrero se arrodilló frente a los tres jueces, agachó la cabeza en señal de humildad y sin levantarla presentó la más perfecta katana jamás vista. Un dragón volador tallado a mano ornamentaba más de la mitad de la hoja de la espada. Los jueces quedaron sorprendidos, en especial el líder, puesto que precisamente a él, le había ganado el duelo para convertirse en el último herrero de la aldea.

Ed no se dejó intimidar, pero si comprendió que ganarle al anciano no sería fácil. Ya tenía diseñada la katana, un breve paseo entre máquina y maquina se convirtió en dos horas de espera en las que los aldeanos miraban asombrados la forma en la que Ed y su equipo trabajaban.

Cuando el hombre terminó, presentó una espada perfecta. Ni la más mínima milésima de imperfección cabía en aquella espada. Y lo que más sorprendía a la aldea entera, era que solo se hubiera demorado dos horas.

Ambas espadas fueron sometidas a la prueba de cortar bamboo, y la pasaron sin problemas. Ambas eran perfectas, pero todos sentían que Ed había hecho un trabajo perfecto en un tiempo record. No pudieron evitar el preguntarle al anciano herrero, cuánto se había demorado en fabricar la katana con la que se presentaba. Y él no pudo evitar responder con una sonrisa imborrable, veinte años. Todos quedaron sorprendidos. El anciano dijo que sin duda era su tercera mejor espada.

La comparación llegó a tal punto que enfrentaron ambas espadas. Un octogenario maestro Kendo tomó la katana del herrero, mientras que uno de los mercenarios tomó la de Ed.

Los tambores sonaron sin descanso ante la atenta mirada de la aldea completa. El grito de ambos contendientes fue al unísono y su ataque fue simultáneo. Cuando ambas espadas se encontraron a mitad de camino, la bella espada diseñada por Ed fue cortada como otro trozo de bamboo. Los vítores a favor del anciano herreno no se hicieron esperar, mientras que Ed suponía que era el mejor momento para alzarse en armas y esclavizar a todos los presentes.

El anciano herrero se acercó al líder antes de que diera el veredicto, y le susurró al oído. El líder de la aldea hizo que todos callaran y anunció el ganador. Sin perder el tiempo ni dejarse acallar entre los vítores de los aldeanos, anunció que el herrero quería darle la revancha al viajero.

Ed hizo una señal a sus hombres para que esperaran un segundo antes de comenzar una masacre. Miró a todos lados pensando cual sería el mejor desafío para acabar de una vez con el viejo.

Mirando la katana vencedora anunció “Yo, Edward Roên, el viajero de occidente, y mis discípulos, te desafío a ti y a tus discípulos, a confeccionar un dragón”. El desafió iluminó la cara del anciano, quien anunció que en cinco días el dragón estaría listo.

Todos volvieron a sus respectivas labores, mientras Ed le pedía a su mejor diseñador, que hiciera una escultura perfecta.

Ed sabía, que esa aldea era literal y metafóricamente una mina de oro. Podía pedir lo que deseara y los aldeanos no se lo negarían. Y si se convertían en parte del poblado, podrían ir y venir a su antojo. Dejando que los aldeanos hicieran todo el trabajo mientras él y sus hombres disfrutaban de bebidas alcohólicas recostados en la arena en cualquier playa del mundo.

El anciano herrero, se arrodilló frente a su fragua y dirigió una oración a al cielo. Comprendiendo que había llegado el momento que tanto había esperado. Su fragua nunca había sido apagada porque dentro se fundía el más precioso de los metales, la combinación más perfecta jamás creada. Siempre pensó que aquel preciado tesoro sería para confeccionar un arma, pero se alegró de saber que lo que confeccionaría sería una escultura.

Pasó los siguientes cinco días avivando las llamas de su fragua, orando, martillando, forjando y tallando aquella pequeña escultura que cabía en sus manos sin problema.

La tarde del quinto día, Ed y sus mercenarios esperaban al anciano, que sin apuro caminaba preguntándose qué era lo que habían hecho sus contrincantes.

Un gran bulto de unos tres metros de alto y ocho de largo se escondía bajo una manta. El líder de la aldea agradeció y dió por recibido el trabajo del anciano herrero. Entre los tambores sonando se dispuso a descubrir la inmensa escultura de Ed. La aldea entera quedó impactada por su belleza. Un cuerpo ondulado y escamoso, garras afiladas y una impresionante cabeza de oro y platino amenazaban con darle a Ed el puesto de herrero.

El líder tuvo que obligarse a dejar de mirar la gran y hermosa escultura para dar paso a la pequeña y modesta, del ultimo herrero. Cuando el anciano herrero se dio cuenta que era su turno, dejó de esconder la escultura detrás de su espalda, y con una sonrisa la exhibió sobre sus arrugadas y dañadas manos, ante el líder de la aldea. La cara del líder de la aldea fue indescifrable. Ante la mirada de todos, guardó silencio un minuto, y mientras todos permanecían expectantes, dejó caer una lágrima. Intentó romper su silencio, pero su voz cortada y melancólica no pudo alzarse, aun así fue audible “No hay duda alguna de quien gana este duelo”. Uno a uno, fueron pasando los aldeanos para ver la escultura que el último herrero exhibía sobre sus manos.

Todos enmudecieron.

Ed comprendió que había perdido, puesto que tras una hora, la atención se seguía centrando en la dichosa escultura del anciano. Hizo una señal en la que más de la mitad de sus hombres se alzaron en armas, ubicándose en posiciones estratégicas para someter a la mayor cantidad de personas posibles.

Aun así, nadie prestó atención a lo que los viajeros hacían.

Ed comprendió que debía hacer entender al pueblo que la cosa iba enserio, pensó en matar al herrero, pero la verdad es que podría ser muy útil. Sin perder el tiempo, se acercó y disparó a quemarropa al líder de la aldea.

La gente salió del pequeño transe en el que se encontraba y se dieron cuenta de que los viajeros se habían vuelto subversivos. Ed comenzó a hablar entre los gritos de los presentes. Dio unos cuantos tiros al aire para que guardaran silencio. Todos prestaron atención de lo que el viajero tenía que decir.

Ed les explicó cómo serían las cosas, pero los más ancianos no le prestaron atención. El doctor estaba curando al líder que parecía estar con un pie dentro y un pie fuera del ataúd. Bastó con que un anciano dijera que tenía mejores cosas que hacer y se marchara, para que todos los demás intentaran imitarlo. Entonces Ed perdió la paciencia.

Tomó a la pequeña Randa de un brazo y apuntó el arma contra su cabeza.

Todos le dieron su inmediata atención.

Absolutamente todos.

Hasta que Ed se dio cuenta que lo que miraban no era a él, sino al dragón dorado que había abandonado las manos del último herrero y se volvía cada vez más grande. Todos los mercenarios comenzaron a dispararle. La criatura no se dejó amedrentar y de un mordisco le cortó la cabeza a Ed.

Comenzó a volar en círculos y uno por uno fue sacando a los mercenarios de la aldea. Una gran polvareda se levantó impidiendo que todos vieran lo que ocurría.

Algunos dicen que aquel dragón siempre vivió en la fragua del último herrero de Yûki. Otros creen que los dioses admiraban tanto al último herrero, que le dieron vida a su escultura para agradecerle toda una vida de devoción.

Al disiparse el polvo, todas las armas habían desaparecido junto con las máquinas y la escultura hecha por los viajeros. Los habitantes no podían creer la suerte de haber sido bendecidos con la visita de un dragón.

Randa buscó a su abuelo y no lo encontró por ninguna parte, hasta que levantó la mirada y vio que el hombre se despedía sobre el lomo del dragón.

Seis de los mercenarios quedaron intactos tras el ataque del dragón. Despues de un tiempo, uno de los seis, se convirtió en el nuevo líder de la aldea y desposó a Randa, la ultimo herrero de Yûki.

 

 

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