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5 min
El duelo
Terror |
10.06.19
  • 4
  • 2
  • 352
Sinopsis

La tenue luz de la lamparita parpadeó un par de veces y se apagó, al igual que el televisor.
- Vaya por Dios, - dijo él al quedar el salón a oscuras - ahora que estaba la película interesante...
- Pues será para tí, porque a mí me pone los pelos de punta - alegó ella sentada a su lado en el sofá - y parece que el la calle tampoco hay luz. Anda, ve a buscar al menos una vela.
Se lo pide sin demasiada convicción de quedarse sola.
- ¿No te basta con la mía? - bromea él con voz mimosa.
- ¡Quita pesado! - pretesta al sentir su mano en la entrepierna.
- Vale, vale, oido cocina. - responde burlón incorporándose con lentitud - Joder, no veo nada.
El sonido del tropiezo con un mueble y la inmediata caida de un cuerpo golpeando con su peso el suelo llegó a los oidos de la mujer.
- ¿Mario? - clamó ella conteniendo la respiración.
Silencio.
Esbocé una sonrisa en su pecho y atenazó sus músculos al precibirme.
- ¿Te has echo daño? - volvió a preguntar angustiada.
El silencio volvió a responderle, ataviado de la absoluta negrura que la rodeaba.
Su corazón aumentó de ritmo progresivamente, retumbando en su cabeza.
- Mario, contesta por favor.- suplicó a punto de sollozar.
Su boca sabía a hiel.
Una risa maliciosa y continuada acalló la incertidumbre.
- ¡Eres un idiota! - le reprochó ella reconociendo la broma.
La risa de Mario se convirtió en carcajadas.
- Anormal. - define ella - No sé donde le ves la gracia. Casi me da un infarto.
- Voy a por la vela - contestó sin poder dejar de reir.

Ella lo escucha alejarse, dando cortos pasos por el estrecho y alargado pasillo, a la vez que un pensamiento gris nubló durante unos segundos su mente. Deseó que Mario escarmentara algún día y que probara de sus propia medicina, pues era muy prolífico a realizar tales gracias sin reparar en el mal rato que a veces ello comportaba.

El hombre llegó al mueble que escondía en su interior el contador y el cuadro eléctrico general de la casa. Abrió la portezuela y palpó su interior, procurando encontrar el objeto de cera y un mechero que recordaba haber dejado allí.
Mientras tanto la impaciencia se aliaba con el temor sobre la piel de ella, erizándola.
Mario por fín consiguió hacer saltar la chispa para encender la llama. Al hacerlo sintió una brisa extraña chocar en su espalda, apagando la llama. Mi mano acarició su ser.
Escupió una maldición con un susurro, pero dudó en volver a encender el mechero.
Tal vez pensó que el miedo quería jugar con él.
Aceptó esa posibilidad y me sonrió con descaro, provocándome.
Hizo resonar el chispero y coloreó de nuevo el pasillo. Encendió la vela que tenía en la otra mano.
- ¿Vienes ya o qué? - sonó la voz intranquila de su mujer.
- Ya voy Lucía. - respondió sis prisas.
Al pasar por delante del espejo que decoraba la entrada, se le antojó que la imagen que le devolvía se distorsionaba. Aguas de un lago se mecían en su interior.
Acercó el vástago de cera y sin dar crédito a lo que veía aproximó su mano para conocer si aquello eran imagimnaciones suyas. Metió sus dedos de lo que parecían aguas estancadas y una extraña sensación recorrió su cuerpo erizándole el vello.
Los sacó de inmediato, pero la curiosidad le llevó otra vez a estudiar el misterioso efecto. Hizo desaparecer la mano entre la tibia bruma que arropaba el espejismo. Fué cuando notó que le agarraba desde el otro lado con tal fuerza que no podía sacarla. Sintió un segundo tirón y vió como su antebrazo era engullido tambien. Soltó la vela de su mano instintivamente para intentar un mayor apoyo con ella, pero la presión era demasiado fuerte y pude acercar su mirada hasta rozar la superficie ondulante.
El continuaba resistiendo desesperadamente, mientras bombeaba sangre al galope. Entonces, a través de las sombras que se desvanecían, nos miramos frente a frente. Sus ojos se desorbitaron. Su garganta quería gritar pero no lo lograba y un calor doloroso envolvía sus piernas. Luego me esfumé, superado por el pánico. Un pánico que le paralizaba por completo. Un pánico que deseaba sentir su último aliento. Quizás percibiera como reía a su costa.
Mario ya no alcanzaba escuchar los gritos de horror que su mujer emitía ante la impotencia de verlo arder como una antorcha, con la vela sobre una de sus zapatillas. Estaba allí de pie, estático, con los brazos extendidos frente al espejo, la boca abierta de par en par y el rostro impresionantemente descompuesto.
Un olor entremezclado entre cabellos y carne quemada se esparcía por todos los rincones de la casa. El hombre envuelto en llamas se derrumbó imitando un rígido árbol talado, mientras Lucía con el terror atenazando su voluntad, observaba con incredulidad y espanto el dantesco espectáculo.

Ya era mayorcito para no saber que quien juega con fuego acaba quemándose.
Lástima que no llegara a entender que el miedo pudiera ser tan real como su propia ignorancia.
Bueno, y ahora ¿quien quiere jugar conmigo?
Vamos, sorprendedme...

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