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8 min
El duelo (o la muerte de Tom Sawyer) (luz)
Varios |
18.05.17
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Sinopsis

Tal vez debió de habe sido así el final de tan legendario personaje.


 

El resplandor de la vela se vuelca sobre el vaso. El líquido brilla de forma extraña, íntimo, entrañable. Será porque es su último Whisky. En breves instantes todo habrá acabado. Sus pupilas disminuyen cuando toma el vaso y contempla su mano, arrugada, oscura, que no tiembla a pesar de haber rebasado los sesenta hace tiempo, además de ser un inseparable compañero del alcohol y sus jaquecas. Saborea el Whisky apoyado en la barra, a espaldas de las sombras que despacio se destiñen. Esta vez no lo apura de un trago como otras veces, deja que se deslice lento por la garganta. Arroja un vistazo hacia la entrada, entre las puertas batientes del Saloon. El amanecer se descuelga remolón sobre el horizonte y la claridad se desborda por un tajo escarlata irreal y lejano. Sabe que lo esperan ahí afuera. Nadie ha tenido el coraje de haber venido a despedirlo por última vez. Sólo el viento con su aullido que ha envejecido junto a sus sueños, lo acompaña hasta el final. El recuerdo tampoco le tiembla. Reconoce que siempre anduvo en conflicto con los que hacen del poder un vicio, un engranaje que ellos dirigen. En sus primeros años se enfrentó hosco y desarrapado, como hijo de mísero granjero que era, a la sonrisa dejada o al rechazo iracundo de los grandes propietarios y sus vástagos intocables. Fueron años de batallas campales, de pedradas, donde el resentimiento fue apagando poco a poco aquel fulgor infantil en su rostro. Ya en el umbral de la hombría, siendo un esbozo de madurez, los puños suplieron a los pellizcos y las patadas; y la navaja a las piedras. Con el tiempo se le enturbió la mirada y sólo se encendía cuando la lujuria animal lo hería al contemplar alguna de aquellas delicadas porcelanas que con la sombrilla en la mano se paseaban entre los maizales. Pasaron los años y tuvo que enterrar a su padre, también a su madre, y a uno que otro de sus hermanos. Luego le tocó ocuparse del estrecho mojón de tierra con el cual la miseria le había bendecido. Incluso encontró una hembra, una compañera con la que poder disponer mejor la supervivencia, pero no fue ella una mañana radiante, sino silenciosa como él, de cuna oscura.
Y vino la guerra. Como rebelde que era, hasta en lo de aceptar la realidad, se fue a ella con los brazos abiertos, a pelear contra el orden y la justicia, contra los que escriben la historia; y conoció en sus actos, el odio que todos llevamos dentro. Regresó enfermo, incurable de la derrota, con el cuerpo remendado y la mente a pedazos. La familia, su mujer y los suyos habían desaparecido o estaban muertos. Se quedó solo, solo con su maizal calcinado, con sus tardes de soles y sus días de viento eterno y con el ligero consuelo del canto de las cigarras. Un día despertó y descubrió que había vuelto a convertirse otra vez en campesino. Subsistió como pudo de lo que rendía su diminuta parcela.

 

Por las tardes, cuando el viento es brisa y refresca, se lo veía pasar por el camino cargado de polvo. Cojeaba por culpa de aquel proyectil yanqui que se había transformado por fin en parte íntegra de su hueso. A su sombra lo acompañaba inseparable un perro tan desaliñado como su amo que soportaba sus castillos de arena y sus monólogos incompletos con el brillo de los ojos. Al anochecer retornaba dando tumbos entre ladridos y el resplandor de la luna a su soledad, la cual era ya su segunda piel.


 

Había abandonado la rabia y el rencor por un sarcasmo carnívoro bañado en alcohol. A nadie le importaba y sin embargo todos se reían de él, hasta que un día, también con sonrisas, unos sujetos con trajes almidonados y buenos modales le conminaron a vender sus tierras lo antes posible por una ínfima suma; porque, según ellos, su maizal era un punto de existencia que se interfería en las vías de la gran ferroviaria. Y él, que jamás habría podido aceptar que lo privasen de su vacío, se negó.


 

Transcurrida una semana se encontró en una zanja con los restos de su perro, tenía más balazos que pellejo. Habían sido dos sheriffs que trabajaban para quienes les pagaban y a los que conocía de manera borrosa por sus reprimendas, cuando en su embriaguez les escupía en la cara a los otros su versión de la realidad. Enterró al amigo y cavó una fosa profunda a su lado. Quemó su maizal y le rogó a un vecino compasivo que había hecho la guerra con él, que se ocupara de su cuerpo cuando ya no estuviese. Le pagó sus deudas y le dijo que se alegrara porque jamás volvería a pedirle un centavo. Por último se vistió la guerrera gris y desgarrada. Se caló el sombrero mugriento de ala ancha y engrasó su antiguo revólver de la guerra que aún guardaba seis balas en la recámara. Cinco le bastaron para dejar tiesos y despatarrados a los dos Sheriffs entre las sillas y mesas del Saloon, y el empachoso olor de su sangre. Allí están los dos, detrás suyo. Sus contornos comienzan a definirse grotescos en la penumbra. Sonríe para sus adentros cuando descubre sus rostros quemados por el asombro en eterna sorpresa. Y allí fuera está también el pistolero, la muerte elegante que han enviado los del poder por alterar el orden habitual. Lo espera, con su traje todo negro, su camisa bordada, sus ojos como pozos y su lacito anudado al cuello como una culebra. Únicamente el nácar de las pistolas y su sonrisa son más claras que el miedo que siente. Se ajusta el revolver; pero para qué, sólo le queda una bala. Sería un milagro, si los hay, de que llegue a dispararla y aún así de acertar al espantapájaros de lujo que lo aguarda en medio del camino. Con un suspiro sale al exterior, a la luz. Escucha cómo la tierra cruje bajo sus suelas y la sombra del héroe plantado delante suyo va creciendo mientras se le aproxima. Todo sucede muy rápido. Aún no se ha detenido a realizar el ilógico ritual de enfrentarse al adversario con la mirada, cuando los estampidos rebotan en sus oídos. Los impactos lo revientan, lo agitan en un frenético baile. Cae al suelo sin orgullo. Tras parpadear un instante descubre en su estupor que todavía sostiene el arma en su mano izquierda. Incluso cree haber oído una última detonación, apagada y tardía en el desconcierto de su muerte. La tierra a su alrededor se rellena de grumos granates. Tiene la cabeza ladeada, apoyada sobre el polvo, y observa desde su ojo derecho al pistolero que si no fuese lo que es, parece más bien un pobre diablo abandonado al que han dejado sólo que otra cosa. Contempla cómo la sonrisa eterna del pistolero se parte, se desnuda. Se llega con una mano donde tendría que tener el corazón y, más curioso que absorto, se queda mirando cómo la sangre se le desliza entre los dedos hasta que sin aviso se derrumba como una torre.


 

Qué suerte la suya, después de todo le metió un balazo.
Con el otro ojo a ras de tierra ve pasar a una oruga a escasos centímetros de su pupila. Percibe el arañar de sus patitas entre el polvo y cuando comienza a pensar extrañado que le recuerda a alguien, vuelve a escuchar el gemido del viento y se convierte en su voz.


Christian Eduardo Nutz de la Calle, "Cuentos de luz y sombra en el Edén"

©Todos los derechos reservados

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