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4 min
EL EFECTO MARIPOSA
Humor |
05.10.15
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Sinopsis

FRAGMENTO DE CUENTOS CUANTICOS: EL ALMIREZ DE MADERA

En una soleada tarde primaveral, Juana Farrow miraba la televisión, mientras bordaba el desembarco de Normandía en un babero. De nuevo estaba embarazada, esta vez era una niña. Al menos esto decía el viejo zahorí, quien afirmaba que si el péndulo se estiraba violentamente hacia arriba, a modo de erección, no había duda de que se trataba de una hembra.

Su hijo Pedro, que contaba ya con cuatro años de edad, estaba inclinado bajo su regazo intentando en vano sacar leche de sus agrietados pezones. Juana trataba de quitárselo de encima, zapatilla en mano:

—No vas a dejar nada para cuando nazca tu hermana, quita de ahí ya lechón, que eres un lechón.

El niño se pasaba todo el rato corriendo de un lado a otro con un afán destructivo. Si descubría un jarrón sobre la mesa no dudaba en tirarlo al suelo.

—No lo hecho queriendo —decía.

Si encontraba la plancha apagada sobre la ropa, la encendía en secreto para que oliese a chamusquina. Subía las persianas hasta el tope para bloquearlas, cerraba con violencia la puerta corredera de cristal buscando su estallido, arrancaba de golpe cualquier enchufe que estuviese a su alcance para provocar cortocircuitos y apagones…Y siempre concluía:

—No lo hecho queriendo.

Pedro sintió celos de su hermana Sonia desde el mismo momento en que vino al mundo. La miraba como un lobo observa a su presa y sus padres conscientes de ello y de sus dañinas iniciativas, decidieron colocar la cuna de Sonia encima de un herrumbroso andamio en el dormitorio de matrimonio.

Pero el joven Pedrote que no se rendía fácilmente, trepó por los herrajes del andamio como  una lagartija asustada y logró alcanzar a coger a la niña y sacarla de la cuna.

La tenía agarrada por el lomo, como si fuera un gato, en el momento en que su madre entró en la habitación.

Juana, aterrorizada, le gritó con desesperación:

—No lo hagas, no lo hagas.

Pero lo hizo y aun así exclamó mecánicamente:

 —No lo hecho queriendo.

La niña, que tardó unos tres segundos en alcanzar el suelo, resultó inexplicablemente ilesa y aquel fenómeno fue conocido por siempre en el pueblo como el milagro de la “escasa gravedad”.

A pesar de aquel susto, Pedro no tardó en volver a las andadas y una mañana de otoño ocurrió algo que cambió su vida para siempre.

Al empujar con su dedo índice una figurita de pastor hecha de barro que estaba colocada en la repisa de la chimenea, esta figurita cayó sobre un almirez de madera mal asentado y dicho almirez terminó en la cabeza de Sonia provocándole un coágulo que estuvo a punto de acabar con su vida.

—Esta vez sí que no lo hecho queriendo.

Estas fueron las últimas palabras que Pedro pronunció en mucho tiempo.

De hecho estuvo dos meses sin hablar, hasta que su madre decidió que el muchacho estaba pasándolo muy mal y que debía estar muy arrepentido de lo que le hizo a su hermana, de modo que se acercó a él y le dijo con ternura:

—Ven aquí cariño, no te preocupes más por tu hermana, fue sin querer y además la niña ya está bien. Anda ven y abrázame, ya no hace falta que estés todo el rato callado.

—No es eso mama. Si a mí lo de la Sonia siempre me ha dao igual,... es que desde que pasó aquello no hago más que darle vueltas a una cosa.

Su madre oía perpleja a aquel niño de cinco años recien cumplidos.

—Hay que ve como un pequeño cambio en las condiciones iniciales, en este caso la figurilla del pastor que de está quieta pasó a tambalearse, ha llegado a provocá,  mediante un proceso de amplificación, un efecto final tan considerablemente grande, en este otro caso la niña inconsciente metía en una ambulancia. He estao pensando en esto todo este tiempo y creo, mamá, que de mayó quiero dedicarme al estudio de este tipo de fenómenos.

Setenta y seis años después de pronunciar aquella frase, Pedro Cifuentes Farrow recogía con manos temblorosas el prestigioso premio nobel de Física por su Teoría del Efecto Mariposa. La sala estaba abarrotada y sonaron fervorosos aplausos al final de su discurso. La vieja Sonia no asistió a la entrega, dijo que allí se iba a sentir un poco como la manzana de Newton y se limitó a enviar un escueto telegrama en el que felicitaba a su hermano por tan honrosa distinción.

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