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4 min
El encargo
Fantasía |
20.09.10
  • 4
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Sinopsis

Si he estado tanto tiempo sin publicar es quizás porque he estado haciendo algunos encargos.

Cada mañana realizo el mismo trayecto para trasladarme al trabajo, se podría decir que soy un hombre de costumbres. Para ello utilizo el vehículo privado, un viejo utilitario que todavía no da excesivos problemas y que me permite suplir la crónica deficiencia de transporte público en esta ciudad; un recorrido de apenas tres kilómetros entre las calles más concurridas de Barcelona hasta el almacén del puerto donde trabajo como contable. Mi vida no ha sido precisamente exitosa, ni tan siquiera excitante; una existencia vulgar como la de millones de personas anónimas que transitan por este mundo sin más pretensiones que cumplir con su instinto de supervivencia.

Uds. se preguntarán como puede ser posible que haya llegado a esta situación; yo también. Quizás cada uno de nosotros no descubrimos nuestra misión en este mundo hasta que esta se nos revela por alguna extraña circunstancia, de forma sorpresiva, como un requerimiento súbito de la Agencia Tributaria. Les puedo asegurar que en ningún momento me había planteado la posibilidad de que mi existencia trascendiese a la cotidiana rutina. Nunca he sido una persona de imaginación desbordante; aprecio el orden y la meticulosidad. Estoy casado con una mujer que me ama, soy padre de dos hijos a los que adoro, y si me permiten la autocomplacencia, disponía de una vida organizada y sin excesivos deseos de cambiarla. Era en definitiva un hombre relativamente feliz.

Esta mañana al disponerme a utilizar el coche, una idea ha empezado a rondar mi pensamiento como la letra de una extraña y repetitiva letanía. Mis manos acariciaban el volante como se acaricia a una amante clandestina, recorriendo con las yemas de los dedos el cuero que lo envolvía con una pasión extrema. Arranqué el motor y escuche por unos instantes el suave ronroneo, giré por la primera esquina de la calle cambiando el trayecto habitual hacia el trabajo y dirigí el auto hacía una concurrida avenida del centro de la ciudad. Parecía como si el recorrido de mi viejo utilitario se hubiera sincronizado con los pasos de aquel niño que en ese instante se disponía a cruzar por el paso escolar. Aceleré. Créanme si les digo que fue un acto reflejo, producto de aquella voz que se repetía en mi mente al compás de la extraña melodía que no cesaba de canturrear. Escuché el golpe en el capó; me pareció observar por un segundo las caras de horror de algunos viandantes, y por el retrovisor la imagen ensangrentada del chico en el asfalto.

Intenté acercarme rápidamente con el vehículo hacia el almacén donde trabajo y aparqué en la puerta. Subí las escaleras de forma pausada, como cada mañana, mientras saludaba a uno de los mozos que acarreaba unas cajas con una carretilla. Me senté en la mesa de mi despacho y como hago habitualmente me dispuse a tomar el primer café.

Hace años que ya no nos vestimos con túnicas medievales, ni utilizamos aquella farragosa guadaña. Las muertes, en sus múltiples formas, adoptamos la personalidad que nos es más propicia para nuestro fin. Una ingrata tarea, cierto, pero necesaria. Alguien ha de verificar la inexorable caducidad de nuestras existencias. Siempre es lamentable tener que ir a buscar una vida incipiente como la de este niño, pero cuando llega la orden, se activa nuestra naturaleza y la ejecutamos, como un mecanismo de precisión consuma todos los movimientos de forma automática. No hay vuelta atrás.

Pienso en mi familia; no lo hubieran entendido. Por ello tuve que matarles antes de salir de casa. No quería condenarles a una existencia de remordimientos y vergüenza. Solo yo debo ser responsable de mi trabajo y de las consecuencias desagradables que estas obligaciones conllevan; antes como contable, ahora como encomendado del ser supremo. Oigo las sirenas de policía, no tardarán más de unos minutos en llegar. Debo apresurarme con el café. Parece que por fin han cesado las voces.
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Comentarios
Valoraciones
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  • Muy interesante.
    Triste tarea, alguien tiene que hacerla
    esta muy bien,el echo de mate a su familia me desconcerto un poco,no se si actua realmente por un "encargo" o sufre una locura pasejera.con mi interpretacion me decanto por la segunda
    Casisito me encanta.
    Qué bien este relato tuyo entre la sicosis y lo paranormal. La señora de la guadaña mutiplicada de tal manera que se hace real, verosímil. Es como si Papá Noël se desdoblase en millones de pequenos y ordinarios papas noeles: eso explicaría su gran alcance, su universal lacance. Por otra parte, me haces pensar si no seremos todos -da alguna forma- mensajeros de la Parca. UN gusto leerte de nuevo, Capi. Un saludete.
    Está bien que hayas regresado. Un saludo
    Me alegro que andes de vuelta por aquí y con un relato tan original. Me he sentido totalmente identificado con el protagonista.
    Me gusta verte por aquí entre encargo y encargo.Muy buena la frase final. Hay que ver cuánto loco anda suelto...
  • Siguiendo las instrucciones de Ender, y sin esperar a normas que pongan en evidencia mi indisciplina, escribo este relato sobre la temática que Stavros y Ender de forma magnífica han propuesto. Si os sirve para empezar estaré satisfecho, de otro modo, espero que paséis un buen rato. Toda aproximación histórica es producto de las dichosas coincidencias, o no.

    Sí, ya sé que no es Navidad, pero... ¿solo se pueden leer cuentos de Navidad en esas fechas?

    Otra vuelta de tuerca

    Este es un relato escrito en catalán y traducido posteriormente al castellano. Soy consciente de que esta es una página de relatos en español, espero que nadie se moleste, publico las dos versiones únicamente por una razón, dado que quien pueda leerlo en la lengua original creo que podrá percibir algunos matices de la ambientación y los lugares geográficos que quizás se han quedado en el tintero de la traducción. Muchas gracias.

    Si he estado tanto tiempo sin publicar es quizás porque he estado haciendo algunos encargos.

    Ahora que se acercan estas fechas tan entrañables, y sin que sirva de precedente, me gustaría publicar otro cuento; esta vez de Navidad. Un beso a todas, y un abrazo a los muchachotes. Hasta las uvas.

    Escenas de la depresión.

    Lo que no les conté en el hiperbreve

    Sí, dije que me iba... pero la inspiración ha venido y nadie sabe como ha sido. ¡ De aquí no se va ni Dios!

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