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12 min
El escalón veintesís
Amor |
05.09.16
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Sinopsis

Zas!

Pude sacarme un peso de encima. Me dieron el alta. El licenciado me dijo: “Hombre, usted no tiene nada. Lo de la escalera, le puede pasar a cualquiera. Tome, un chupetín, de manzana. Figurita difícil”. Me guiñó un ojo, morado, y se fue. Quedé solo en el consultorio, no conforme, esperando que volviera. Pero después de unas horas preferí irme.

El recuerdo de lo pasado unos días antes me perturbaba. Pero debía sostenerme, ser fuerte.

Fueron muchas horas las que estuve parado sobre el escalón. Muchas. Según algunos, más de doce. Todo comenzó de madrugada, yendo a trabajar. Allá, lejos, el sol estaba a punto, queriendo asomar, apenas avisando con un brillo tenue en el cielo.

Y fue entonces que, subiendo las escaleras del puente, el mismo que subía todos los días, y que bajaba, claro, del otro lado, sobre la avenida de la Intendencia, fue así, subiendo, que no pude avanzar más que de ese escalón maldito, el veintiséis, el que me tuvo atrapado durante más de doce horas, según algunos, perdiendo el tiempo, mi vida, mi dignidad.

¿Por qué mi dignidad? Porque fui motivo de burlas, súplicas, llantos, rezos, malentendidos, etc.

No poder avanzar, quedar atrapado en un espacio tan reducido, sentir que el cuerpo no responde, que ninguna de las dos piernas se animaba a hacer ese movimiento pequeño, porque, la verdad, entre escalón y escalón cuántos centímetros puede haber. Mis piernas no respondían. Mi cuerpo tampoco. Quise agacharme y avanzar con las manos. Apoyar las manos en el escalón veintisiete y dar el paso (si es que avanzar con las manos es dar un paso). No pude, mi cuerpo no se movía.

Respiré hondo. Volví a intentarlo, pero nada. Desistí. Me entregué. El sol ya se ubicaba en su lugar. Comenzaba a dar sus primeros calores. Hasta ese momento era el único testigo. Al rato se sumarían otros más.

Pasado un momento, y luego de ser ignorado por todos los que pasaban, en su apuro lógico para comenzar el día sin el reto del jefe o del maestro por llegar tarde, hubo una señora que se preocupó por mí.

Se llamaba Eva, y ya había pasado llevando a su hijo al colegio. Al regresar, me vio parado en el mismo lugar que antes. En medio del escalón (tampoco podía moverme a los costados), interrumpiendo el paso de los que subían y bajaban. Eva, pasó de largo, pero titubeó y se dio vuelta para observarme. Tímida, me preguntó si estaba bien. A esa altura estaba transpirado. El sol más la situación me contrariaba. “No puedo”, le dije. “No puede qué”, me preguntó. “No puedo avanzar”, le contesté. “A todos nos pasa, es cuestión de decidirse”, filosofó Eva. “No”, le dije, “no puedo avanzar de escalón”.” Vamos hombre”, me dijo, “cómo no va a poder avanzar”. “Levante la pierna y ya está”. “Ahí quieto, con cara de asustado, sin moverse, nunca va a poder avanzar”. “Mi cuerpo no responde”, le expliqué. “Me parece que usted es un bromista”. “No, le juro que no es una broma”. En ese momento, Eva puso cara seria, se dio vuelta y se fue. La llamé: “espere, no se vaya”. Me miró con desconfianza. Estaba asustada. “Usted me está cargando o está loco, me voy”. “No, por favor. Podría ayudarme”. Le estiré la mano. Ella me miró con recelo. “Por favor”, insistí. “No le voy a hacer nada, créame, no la estoy cargando ni estoy loco. No puedo avanzar”. Se apiadó. Se acercó, sigilosa. Estiró su mano. Rozó la mía, y como si ese contacto le hubiera dado confianza, apretó mi mano y tiró hacia arriba. No pudo ser. No pude moverme. “Vamos”, me decía, “téngase confianza, levante la pierna. Yo lo ayudo”. A esa altura, al ver la escena, se sumaba público para entender lo qué pasaba. Eva les contaba a todos los interesados, que yo no podía avanzar de escalón. Algunos se reían, otros le decían que me estaba burlando de ella, otros que tuviera cuidado y unos cuantos, se quedaron un rato dándome ánimo para que pasara al escalón veintisiete o que bajara al veinticinco. Los que se cansaban de esperar se iban y otros se quedaban preguntando si convenía buscar ayuda.

Alguien pidió ayuda. Vino un policía. Le preguntó a Eva qué pasaba. Eva le contó. Yo prefería no hablar, la situación me daba vergüenza y a esa altura, Eva era mi vocera. Igual, nadie me dirigía la palabra, todos me miraban pero no me hablaban, buscaban en ella la explicación del absurdo.

El policía le dijo a Eva que habría que empujarme. Obligarme a moverme, que no podía quedarme ahí parado. Fue entonces que intentó usar la fuerza tomando mi cuerpo con sus brazos y apenas hecho esto, con mis gritos, logré que me soltara. “¡No!”, fue mi defensa. “¡Así no!”, le grité en la cara al policía que por primera vez miraba mi rostro. “No sea bruto”, le dijo Eva. “Tiene que lograrlo solo”. El policía me miró con cara de estar entendiendo, de haberse iluminado y me dijo: “Yo sé lo que quiere usted. Se quiere suicidar”. Al escuchar esto muchos pusieron el grito en el cielo despejado y soleado, y comenzaron a convencerme de que no lo hiciera. En vano resultó explicarles que no era así.

Alguien, el policía quizás, llamó a los bomberos que se apostaron bajo el puente cortando la calle. Al rato, llegó un bombero acompañado de un hombre que se presentó como licenciado. Entre ellos comentaron la situación, al lado mío, como si yo no estuviera ahí o como si fuera un ser de otro planeta que no entendía el idioma de los terrícolas.

A esa altura, por la cantidad de gente que había alrededor mío, le perdí el rastro a Eva. No la encontraba entre el público. El policía, que había recibido refuerzos de otros compañeros suyos, comenzó a despejar la zona. Quedamos el licenciado y yo solos.

El licenciado comenzó a interrogarme. Sobre mi familia, mi trabajo, mi situación sentimental, mi sexualidad y muchas cosas más. Intentaba explicarle, que me sentía atorado (esa palabra usé) y que no podía moverme. El licenciado me contó de casos similares pero que no era necesario llegar a una situación tan extrema como el suicidio. Intenté explicarle que no me quería matar. No era mi intención, que lo único que me pasaba era que sentía algo, inexplicable, que me impedía dar un paso más.

Me preguntó si quería algo. “Agua”, le dije. “Tengo sed”. Trajeron agua. Una botella de casi dos litros que tomé, apresurado. No dejé ni una gota.

“¿Se siente mejor?”, me preguntó el licenciado. Le respondí con un movimiento de cabeza. Y no era mentira, estaba mejor. Lo que me dio impulso para intentar moverme. El licenciado me observó mientras intentaba mover el cuerpo. El esfuerzo en mi rostro lo sorprendió. E incluso amagó con darme su mano, para ayudarme. Pero pareció arrepentirse. Me dejó que lo intentara solo. Pero no pude. Eso me generó tal angustia que comencé a llorar. “Descargue hombre”, me decía el licenciado.  “Venga, un abrazo”, y se me acercó para arroparme. Traidor, quiso, por la fuerza, moverme de escalón, pero heroico, resistí el embute y me sostuve, a duras penas, en mi lugar, rechazando al hombre que, con tono hipnótico, intentaba convencerme de que no me matara.

Lo miré con odio y él a mí. “Qué se cree”, me dijo. “Qué se cree usted”, le reproché. El público de alrededor comenzó a defenderme. “Déjenlo tranquilo”, le decían a la policía y a los bomberos. Algunos se le pusieron cara a cara al licenciado, que para nada temeroso, los enfrentó con insultos y hasta con algunos empujones. Vi a uno rodar escaleras abajo. El licenciado seguía hecho una furia y fue entonces que la policía actuó reprimiendo a los presentes.

Por un momento la situación fue caótica. Actuaron los bomberos, que dispersaron con agua fría. Hubo corridas. Por un momento perdí la visión. Se había formado un ambiente brumoso.

Al rato, silencio y bruma. Ni las sirenas policiales, que durante un momento estuvieron activas, chirriantes, pude escuchar.

Mojado, tiritando, abrazado a mi cuerpo, con frío, a pesar del calor, intenté mirar alrededor. Apenas comenzó a despejarse la bruma, observé a una mujer al lado mío que rezaba. Ella, mojada como yo, con sus ropas andrajosas, apoyada en sus rodillas y con la cabeza gacha, en un susurro constante, pedía por mí. 

En ese momento, me sentía derrotado. Y cansado. Seguía inmóvil. La mujer rezaba al lado mío. Había muy poca gente en la calle. El sol lo dominaba todo. Había logrado que nadie quisiera exponerse a su calor.

Durante un rato largo no pasó nadie junto a mí. Estábamos la mujer del rezo y yo. Ella, tenía la frente apoyada en mi pierna. Susurraba. Sonidos ininteligibles. No veía su cara. La cabeza tapada con un pañuelo negro. Llevaba una pollera larga, arruinada. Tomé una postura errática. Clavé mi mirada en un punto fijo. Respiré por la nariz, reteniendo cada tanto la respiración. Me abandoné.

Al abrir los ojos, me di cuenta de que había dormido parado. El sol se estaba despidiendo. El calor no cesaba. El aire, aunque caliente, mitigaba los cuerpos. Miré hacia abajo. La señora del rezo estaba acostada al lado mío. Se quedó dormida, pensé. O quizás estaba muerta. Con esa ropa, no era difícil morir a causa del calor. Igual, me daba lo mismo. No entendía su presencia a mi lado. Qué creía, ¿que era un Dios?  ¿O rezaba para que no me matara, esa creencia que se hicieron todos y que generó tanta violencia?

En ese momento comencé a pensar que tal vez me quedaría para siempre ahí. Sería un fenómeno que todos vendrían a visitar. Lo único que me preocupaba era el invierno. Siempre lo odié. El invierno, por más que consiguiera abrigo, iba a ser muy duro.

Mientras cavilaba, una sombra se acercó a mí. Ya estaba entrada la noche. Si pasaba alguien a mi lado, no podía verle el rostro porque no había ninguna luz en ese puente. La sombra era Eva. Me preguntó cómo estaba. “Bien”, le dije. “¿Intentó moverse?”, me preguntó. “A la tarde, antes de la represión”, le respondí. “¿Quiere intentarlo de nuevo?”, me sugirió. “No sé, estaba pensando en quedarme a vivir acá”. Me miró triste. Le comenté de mi nueva preocupación: el invierno. Dijo que antes del invierno iba a poder avanzar, o retroceder, pero que iba a poder irme de ahí. Miró el cuerpo de la mujer de los rezos. “¿Quién es?”. “No sé, igual creo que está muerta. Pensé que se había dormido pero ya pasaron muchas horas. Sin dudas, está muerta”, le comenté. “Pobre, habría que ir a buscar a alguien para que se lleve el cuerpo”, dijo Eva. “No, deje que se pudra acá, quizás el olor me obligue a moverme”. “No es mala idea”, dijo Eva, esperanzada de que esa podría ser una solución a mi problema.

Durante un rato me hizo compañía. En silencio. No había mucho de qué hablar y yo no tenía nada para decir. Lo último que dijo Eva fue que tenía que ir a su casa a cocinarle al hijo. Me preguntó si tenía hambre, que podría traerme algo. “Podría ser”, le dije. “¿Qué va a cocinar?”, le pregunté. “Pescado”, me respondió. “No me gusta, nunca lo pude pasar”, le comenté. “Si quiere le traigo otra cosa”, insistió. “No, dijo pescado y se me fue el hambre. Igual, gracias”, le dije. “Como quiera. Hasta mañana. Seguro lo veo cuando traiga a mi hijo al colegio”. “Hasta mañana”, la despedí.

Al otro día, cuando llevó al hijo al colegio no me vio. Porque ya no estaba ahí. El licenciado pasó esa misma noche. Vino con un  perro, un ovejero alemán. Me dijo que ahora sí me iba a mover. Soltó al perro para que me atacara, pero en vez de morderme a mí se fue directo al cuerpo de la mujer de los rezos. Lo destrozó en poco tiempo y se comió algunas de sus partes. El licenciado, aprovechando mi distracción, al quedarme viendo cómo el perro se devoraba a la mujer, se tiró sobre mí y volamos juntos por las escaleras. Rodamos, abrazados y luego, el desmayo, la oscuridad.

Hasta el otro día, en que amanecí en el consultorio del licenciado. A partir de entonces, luego del alta, no volví a pasar por el puente. Preferí cruzar por las vías que pasan por debajo, es menos peligroso.

 

 

 

 

         

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