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44 min
El filo de la catarsis
Terror |
06.12.17
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Sinopsis

Un padre y su hija se encuentra con un fanático de La Barraca de Federico García Lorca, obsesionado con el concepto de la catarsis griega.

Cuando ya no tengamos trajes ni decorados, representaremos con nuestros monos el teatro clásico. Y si no nos dejan levantar el tabladillo, representaremos en plena calle, en las plazuelas de los pueblos, donde sea… Y si tampoco nos dejasen así, representaremos en cuevas y haremos teatro de culto.

Federico García Lorca

Jerez de la Frontera  (1933)                                  

 

Rocío iba a lomos del burro de su padre por una pedregosa pendiente, el animal iba cargado con dos fardos de sal en sus costados, hacía varias horas que habían salido del centro de Jerez y el burro iba dejando espumarajos de saliva por toda la calzada. A pesar de todo, la niña se imaginaba que cabalgaba un purasangre y se mecía orgullosa con su vestido de lunares y un sombrerito de mimbre. Su padre iba caminando cabizbajo y tirando de las riendas. Cada pocos metros los adelantaban un coche e iba memorizando las marcas como distracción: un Tudor Sedán de azul cobalto y su favorito, el Chevrolet escarlata con el techo de cuero.

Rocío siempre reía cuando escuchaba el claxon y los señoritos lo hacían sonar cuando pasaba por su lado. Los demás los miraban como si hubieran visto a un caballero andante y a su escudero, incluso por entonces, ser vendedor de sal a lomos de un animal era un oficio anticuado.

—A mi burro, mi burro le duelen las orejas y el…— había empezado a entonar la niña, pero el padre la miro con la mandíbula apretada y del ceño fruncido le corrían surcos de sudor acre que le desembocaban en la camisa formando amarillentas lagunas a la altura del pecho. Rocío comprendió enseguida que su padre no estaba para cancioncitas, y fijó su atención en un perro bodeguero echado a la sombra de unos olivos. Decidieron parar allí para descansar sobre un tronco hendido. Habían dejado al burro que pastara y mascaba rítmicamente tallos de margaritas.

Tomás había sacado un paquete tortas pardas, cuando sin saber por dónde una gitana ataviada de azabache se presentó ante ellos. Parecía estar cansada, tenía bolsas violáceas en sus ojos como varices a punto de reventar, y de su rostro burbujeaban espinillas sanguinolentas. Cuando se acercó a la niña forzó una sonrisa desencajada y algunos granos de la comisura de los labios se reventaron moteando la barbilla de un pus lechoso. Rocío apartó la mirada de inmediato pero la gitana le pinzó su carita con dos dedos fríos y huesudos, parecían manos de anciana aunque no tendría más de cincuenta años.

—No tenemos un duro hija, llevamos toda la mañana dando vueltas y lo único de provecho que hemos sacado ha sido pasear al burro— dijo Tomás a la gitana apresuradamente aunque con un tono serio.

—Me doy por servida si me das un poco de eso — dijo señalando a las tortas— y me dejas mirar esta cara tan bonita.— Habló sin apartar la vista de la niña, la gitana tenía ojos oscuros como bocas de aljibes, a Rocío le recordó a los ojos de su muñeca. Le hizo levantar la barbilla y los ojos de la niña y la gitana se encontraron.

— ¿Cuántos añitos tiene esta muñequita?— su sonrisa era cada vez más ancha, a Roció le pareció oír el crujir de los maxilares de esa señora como si estuviera mascando gravilla. No tenía más rastros de los dientes que porosos huecos en las encías, lo que dejaba a la vista una lengua agrietada como el cuero viejo y un paladar negro como el de una bamba. Rocío quería que la soltara, buscó de soslayo la mirada a su padre, para zafarse de esos dedos que olían a romero y a algo que le resultaba familiar, a tierra o a…

—Niña, dile cuántos años tienes a la señora. — Rocío levantó todos los dedos de una mano y dos de otra, pero sin decir palabra.

La gitana sacó del delantal un ramillete de romero y se lo engarzó a Rocío en el sombrero, eso hizo que se le pasara un poco el susto.

—Si camináis a una media horita más llegareis a la Finca El torno, puede que vendas algún sacó allí, va mucha gente y si no la niña se puede distraer…hoy están de fiesta— lo decía con la boca llena mientras devoraba tortas con un sonido pastoso.

 Su hija giró la cabeza de repente, con un brillo en los ojos suplicando a su padre.

— Bueno…— refunfuñó Tomás mientras se secaba el sudor de la frente y veía los fardos de sal intacto —un día es un día, total no tengo nada que perder hoy.

La niña lo asió del chaleco de piel que llevaba y le dio un beso que casi lo tira del tronco, fue rápidamente a por el burro que seguía pastando.

— ¿Oiga… y allí que es lo que hacen?

—Un teatrillo para niños— dijo la gitana sin dejar de mirar a Rocío con sus ojos de muñeca muerta mientras retorcía una hoja de romero entre sus dedos huesudos.

En varios puntos del campo había espantapájaros con camisas a cuadro hasta acabar en unos abultados brazos en cruz y unos pantalones raídos embutidos en paja. Sus cabezas eran sacos de arpillera que parecía seguirles con su mirada abotonada. A Roció no le gustaron, y se agarró fuerte a las crines ásperas del burro. Durante todo el trayecto había visto el paisaje desde arriba, pero la entrada de la finca albergaba enormes columnas de cipreses que le hacían sentirse diminuta.

— ¡Papa mira, el espantapájaros se mueve!— dijo la niña con el corazón encogido cuando vio a uno de ellos agitando los brazos alrededor de unas palomas.

Su padre detuvo al burro que se había agitado por el grito de la niña. Al principio él también pensó que era un espantapájaros, había sido fácil confundirlo por la ropa harapienta que llevaba. Pero cuando lo tuvieron de cerca vieron a un anciano regordete con una calva buitrea con apenas unos jirones de un cabello gris sucio en cogote.

—Perdone a mi hija hombre, no quería asustarle. Llevamos toda la mañana en el camino ¿sabe usted? y está cansada, estábamos deseando llegar.

 El anciano apenas asintió con la cabeza, sin prestarle mucha atención al grupo -excepto al burro- al cual le puso la mano en el hocico y le dio un puñado de maíz. Tenía varias palomas bajo sus pies, estaba esparciendo maíz sobre tres montículos de tierra en medio de un huerto. Tomás se fijó que la arena amontonada era más oscura y húmeda que el resto. Había unas cruces hechas con ramas de higueras y atadas con alambre, por las dimensiones de las fosa no podían ser tumbas de animales. Prefirió despedirse del anciano antes de que la niña se diera cuenta, pero aquel hombre, le agarró del brazo y habló con una voz rota como un graznido.

—Echo maíz sobre los muertos, porque cuando las palomas aletean suenan como aplausos, y estos eran artistas. — El anciano que hasta ese momento se había apoyado temblorosamente sobre un bastón -tan barnizado que parecía que rezumaba sabia- dio un garrotazo sobre una tumba y las palomas salieron volando.

— ¿No lo oyen? También ellos tienen derecho a una despedida digna, ya lo creo que si…

 Tomás no sabía cómo interpreta eso Tomás tiró de las riendas de su burro como si le fuera la vida en ello y se alejó del anciano.

Pasaron por un espeso huerto de olivos y tras atravesar un arco que hacía de entrada y se elevó ante ellos la finca. Estaba cubierta de una gruesa capa de cal como escarcha, con un portón sostenido por una imitación de columnas dóricas y un balcón en el centro donde ondeaba una bandera que representaba la fachada de la misma finca. Macetas de jazmín, albahaca y hierbabuena trufaban las paredes del edificio y daban una sensación de frescor. Las tejas, que antaño habrían sido rojas, ahora lucían un ocre oscuro como la sangre seca.  

Entre el edificio y ellos, había una plaza con decenas de personas reunidas en torno a un coro, todos estaban en silencio, pero cuando los vieron entrar varias miradas nerviosas se clavaron en el nuevo grupo. Tomás intentó no prestarles atención y bebió a morro sobre el pitorro de una fuente adosada a una roca. Escupió enseguida, le sabia rancio y fuertemente salada. Del surtidor emanaba un agua turbia y le había dejado un desagradable cosquilleo en la garganta como si se hubiera tragado un pelo.

Dos monjas Hijas de la Caridad se acercaron a recibirlos, vestían un hábito negro desgastado pero desprendían un agradable aroma a incienso. Cuando estaban a la altura de Tomás una de ellas le sirvió una copa de vino templado que bebió de un trago para quitarse el mal sabor de la fuente. Otras cuatro hermanas estaban acariciando al burro y entonando salmos a la oreja del animal. Bajaron a Rocío de su grupa y lo despojaron  del peso de los fardos de sal. Antes de que Tomás dijera palabra, la monja que le había dado la copa, le dejó en el chaleco una bolsita de terciopelo con diez mil pesetas. Antes de que pudiera preocuparse por su bestia una estridente campana repicó por toda la plaza.

— ¡Atención, atención! se hace saber que la fiesta de la Finca El Torno en honor a nuestro señor don Salvador, queda inaugurada por orden y gracia de Dios.— Al tiempo que dejó de entonar, rompió un rioja contra el suelo empedrado y volvió a hacer sonar la campanita mientras se perdía entre los aplausos del gentío.

Tomás buscó con la mirada al señor de la finca, el verdadero anfitrión de todo esto, y lo encontró asomado en un balcón de rejas junto con otros señores. Lucían elegantes trajes de la moda francesa: chaquetilla corta, camisa blanca con un pañuelo turquesa en torno al cuello y unos pantalones enfundados en unas botas de jinetes. Las mujeres iban ceñidas con un vestido de tres partes: una bata color crema, abierta en la parte delantera, cosida con pan de oro y terminaba en una cola bordada con claveles escarlatas y madreselva esmeralda. Desde siempre, la ropa había sido un distintivo social, esta fiesta no era una excepción.

 Allí en el balcón todos reían a desgana, mientras bebían manzanilla en finísimas copas de cristal y exhalaban un humo espeso de sus puros.  A pesar de todo, el señor de la finca se mostraba distraído, no paraba de mirar un reloj de bolsillo plateado y dirigía su vista al ocaso como si esperara algo.

Hizo falta mucho vino para que Tomás se sintiera «a gusto», ya había anochecido y  avivaron el fuego  con hojas secas de almendros. Sin darse cuenta, Tomás tenía a su hija medio dormida sobre su pecho

Estaba solo en el banco, los demás se habían retirado al fuego, comían carrilladas y un guiso que por el olor Tomás supo que era conejo. Cuando intentó incorporarse para partir a Jerez un muchacho vestido como los señores de la finca, le dijo que quería presentarle a don Salvador para darles las gracias por acudir. No podía negarse después de todo, además le habían pagado bien por la sal y no le había faltado de nada durante la fiesta. Una señora regordeta, que estaba tejiendo lo que parecía ser un delantal se ofreció a cuidar de la niña, le daba pena que la despertaran, con el jaleo que habría dentro del edificio. Él accedió aunque de mala gana. El mozo le señaló la puerta del despacho y se retiró.

Tomás abrió las puertas correderas del despacho y entró sin esperar permiso, todo estaba pulcramente ordenado. Tenía una inmensa biblioteca al fondo del escritorio y las cubiertas de los volúmenes formaban siluetas de esculturas clásicas: el Discóbolo, la Venus de Milo y la Victoria alada de Samotracia. El señor no se encontraba allí, pero le daba vergüenza llamarlo así que se quedó quieto en medio de la sala observándolo todo. Tomás se esforzaba por no parecer ebrio, haciendo equilibrio sobre sí mismo, se distraía mirando los cuadros de las paredes. Eran replicas al óleo de clásicos que él no conocía, pero las obras le transmitían angustia y sufrimiento. El que tenía más a su izquierda mostraba a Prometo encadenado en un peñasco del Cáucaso, mientras un águila gigantesca le roía el hígado. La imagen era muy viva, a Tomás le dio repulsión e hizo que él se palpara las costillas. También vio una representación del Atlas de Tiziano, ese dibujo si le sonaba más, lo había visto en carteles publicitarios. Ese pobre hombre sosteniendo el peso del mundo, siempre hacía que él se pusiera en su lugar.

«Si llego a ser yo, mando el mundo al carajo con todo dios dentro». — Pensó mientras reía para sí mismo.

—Espero que le guste el arte, querido— don Salvador había aparecido corriendo las puertas rápidamente, y hablaba a Tomas inclinándose las gafas sosteniendo con los labios un cigarrillo de liar aún apagado.

—Bueno…—Tomás se sobresaltó sonrojado por haberle sorprendido espiando en el despacho— yo no entiendo mucho de estas cosas ¿sabe usted? A mí me gusta más el fútbol.

—No sabe cuánto me disgusta oír eso, espero que al menos le guste el teatro. — don Salvador recorrió la estancia hasta un enorme escritorio caoba y le sirvió a Tomás una ancha copita de jerez bermellón.

—Ese que salen monigotes es gracioso— el afirmar aquello le había subido los colores, o quizás fuese el vino.

—Es un comienzo querido, todos pendemos de hebras de guiñol en esta vida al fin y al cabo.

Tomás no sabía cómo darle las gracias y marcharse, estaba deseando volver a su casa, ya tendría que inventarse una excusa que decirle a su señora. No podía volver sin el burro y no sabía cómo sacarle al señor el tema.

—Usted seguro que ha visto muchas más partes de Andalucía que yo, fíjese bien en esto— dijo don Salvador desenrollando un póster que guardaba en su escritorio — ¿Le suena de algo?

Tomás jamás había visto aquel diseño, aunque supuso que era el cartel de un espectáculo. En él había dos siluetas superpuestas de lo que parecían máscaras de carnaval sobre la rueda plateada de un carromato. El cartel llevaba por título La Barraca - Teatro Universitario, pero su nombre no le decía nada y estaba empezando a pensar que Salvador le estaba tomando el pelo o que quizás quería que comprara una entrada para esa cosa.

—Es normal que no le suene, no se preocupe— don Salvador volvió a enrollar el cartel lentamente y decepcionado—. Esto me lo trajo mi sobrino de Granada, aquel chico que fue a buscarle, dice que es un espectáculo de los republicanos, lo lleva un tal Federico y está haciendo mucho ruido por ahí.

—Perdone usted, me gustaría que nos tomáramos unos copazos cualquier otro día pero la niña tendría que estar ya en casa y mi señora me va matar además— dijo Tomás mientras caminaba hacia la puerta— no quisiera hacerle perder el tiempo con los suyos.

Sonó un agónico rebuzno a lo lejos, Tomás no había vuelto a oír a su burro así desde que lo marcaron con hierro incandescente. Sin embargo, algo le decía que no era momento de preguntar por él.

— ¿Sabe señor mío a que llamaban los trágicos griegos a la catarsis ?— Don Salvador hablaba lentamente pero con un leve tic en el labio superior, veía que aquel paleto tenía la frente perlada de sudor, podía oler su miedo y eso le excitaba. Sostenía sobre sus dedos una réplica en bronce de una máscara griega.

—La catarsis era una emoción que se sentía en la carne y el alma. Veías a los actores con el rostro cubierto y te hacían experimentar el miedo y la agonía como los ojos del ternero en el matadero. El público se deleitaba con el calvario. Cuando Edipo se arrancaba los ojos, todos se cubrían los suyos, y como él exhalaban su último hálito al final de la función. Una vez acababa la representación, todos resurgían como el ave Fénix entre el clamor de los aplausos, pero algo dentro de ti moría con los actores. Dime querido, ¿Has sentido algo así?

Tomás se quedó perplejo, ante la lagrimilla que corría por la mejilla de aquel señor que ya no sabía si era un loco o iba más borracho que él.

— ¿Algo así como lo que hay en los toros no?— dijo Tomás sin saber cuándo acabaría esto.

Don Salvador tiró la máscara encima del escritorio con desgana, aunque hizo un estruendo como si hubiera arrojado al suelo una vajilla.

—Supongo que echará de menos a su burrito y querrá irse— los bramidos de la pobre bestia no habían cesado durante toda la conversación pero no se atrevió a mencionarlo. — Sígame, por favor.

Salieron por un pequeño cobertizo que tenía junto a la biblioteca del escritorio y descendieron por una escalera de caracol que daba al patio. Todos estaban reunidos en el centro de la plaza. A su hija la trajo en brazos el sobrino del señor, ya se había despertado y tenía los ojos en carne viva y el corazón encogido.

— ¿¡Papá dónde estabas, que le están haciendo al burrito!?

Rocío, se liberó de los brazos de aquel desconocido y se aferró a su padre, no paraba de mirar alrededor como si no reconociera donde estaba. También Tomás se sentía como si ahora estuviera descubriendo la verdadera cara de El Torno.

Don Salvador, que iba delante de Tomás aminoró el paso, el tic del labio se hacía cada vez más visible.

 — ¿Sabes por qué no te suena de nada aquel cartel que te mostré querido Tomás? Ese tal Federico del que te hablé, es granadino y él si conocía la catarsis griega y ahora intenta adoctrinar con ella. Deambula por toda Andalucía su farándula pero cómo no, ni se le ha ocurrido pasarse por Cádiz. Cuando se habla de arte…el resto solo nos ven como ganaderos, pescadores -se paró a mirarlo de arriba abajo- o incluso vendedores de sal a lomos de un asno… Mucho me temo querido, que Cádiz sigue siendo la España de la Pandereta.

A medida que hablaba se iba desabrochando el traje de corte francés, Tomás pensó que la hoguera le hacía sudar, él también tenía pegada la camiseta como una segunda piel. Se dirigían al centro de la plaza, donde había un aljibe que estaba cubierto con una tela de terciopelo roja sobre la barandilla, como si fuera la tela de un truco de mágica y se detuvieron en torno a él.

Don Salvador se había desecho completamente de la chaquetilla y los botones de la camisa saltaron como en una boda gitana, se desabrochó los ajustados pantalones lo más elegante que pudo. Sin embargo, debajo de toda esa ropa cara iba ataviado con un mono azul estilo orgüeliano que llevaba cosido en el pecho el símbolo que había visto en el cartel. Sin saber de dónde, empezaron a tocar un redoble con un cajón flamenco.

—Queridos amigos de la finca, con especial dedicación a nuestros nuevos invitados, demos comienzo al decimotercer espectáculo de nuestra particular Barraca, demostremos que nosotros si conocemos las raíces del teatro y del pueblo. Purifiquemos el arte, arranquémonos los  ojos, rasguemos nuestras vestiduras y coloquémonos la máscara en honor a Dioniso. Disfrutemos del espectáculo.

Cada uno de los presentes, se pusieron una máscara sobre el rostro ocultado por el pañuelo ocultó que imitaba a la que don Salvador tenía en el despacho.

—Por cierto, si alguien no mira…le obligaremos a ello. — Fue lo último que dijo don Salvador de espaldas a todo el mundo justo antes de retirar aquel extraño telón escarlata, y Tomás giró suavemente la carita de su hija hacía la boca del pozo.

En el momento que retiró la tela, un hedor nauseabundo trepo por la boca del aljibe como la halitosis de un cadáver. Los vapores calentaron el aire, la gente tosía y regurgitaban flemas -ahora entendía el porqué de los pañuelos-. En cuanto encendieron las linternas y su luz se derramó por el interior, escucharon los estertores roncos de un ser que se asemejaban más al crujir de la madera que a un quejido humano. Los vecinos avanzaban empujando a Tomás a la entrada del pozo, quien se acercó con un puño en la boca e intentando que su hija no mirara demasiado.

Vieron un rostro demacrado, oculto por un cabello enmarañado y húmedo como un matojo de algas. Estaba atado a cadenas clavadas en el interior empedrado. Su cuerpo tenía un color ceniciento, todas las venas azules se le marcaban en los antebrazos y el cuello, en el cual habían anidado hinchadas sanguijuelas en las que se transparentaba la sangre coagulada. Algunas llagas de la piel se habían convertido en úlceras que latían rítmicamente y supuraban borbotones púrpuras. Aquel reo se había intentado liberar a mordiscos, tenía marcas en el hombro que escarbaban hasta el hueso.

«O quizás fuera obra de las ratas»— pensó Tomás, que se sentía mareado.

Hasta entonces no se había dado cuenta de que era una mujer y fue por los pechos. Aunque estaba tan consumida que les colgaba como pellejos de vino estriados. Sobre la clavícula tenía clavado un cartel: «El calvario de Tántalo».

Cuando los ojos de aquella mujer se acostumbraron a la luz miró hacia arriba intentando murmurar algo. Uno de los ojos lo tenía medio cerrado y le lagrimeaba sangre, por lo que pudo reconocer Tomás, tenía una garrapata pinzándole en una de las cuencas. El señor de  la finca se sentó sobre el borde del pozo y comentaba aquella visión con la elegancia pausada de un guía de museo.

 —Tántalo fue uno de los titanes castigados por Zeus, su propio padre fue condenado a pasar hambre y sed, sumergido eternamente en agua y cubierto por un manzano, cada vez que intentaba beber, el agua se retiraba y lo mismo ocurría con la fruta.

Junto a Tomás había aparecido un hombre completamente ebrio con su máscara torcida, caminaba agarrado del hombro de un mozo.

—Aquella que veis ahí abajo fue la mujer de nuestro querido Isidro. Ella comió de nuestra mesa y se aprovechó de nuestra confianza para finalmente acusarnos de fanáticos… Traicionando así nuestra causa y a su fiel marido.

Isidro tenía la vena del cuello hinchada y aún sostenía una botella aceitunada que bebía a morro y le corría por la comisura de los labios.

— ¡Puta mírame…Mírame!— «Su marido» arrojó la botella al interior del pozo pero sorprendentemente no le dio. Cayó sobre el agua pantanosa salpicando a aquella pobre mártir. La botella había removido el fondo y ahora surgía una película grisácea coronada de amarillenta espuma que se aglomeraba entorno a la cintura esquelética de aquella mujer. Don Salvador le masajeo los hombros a Isidro y le susurró al oído algo tranquilizador, que hizo que este sonriera y se relamiera los labios, poco después se perdió entre el público.

Tomás comprendió que las cadenas impedían a aquella mujer beber aunque quisiera de aquella agua pútrida. La luz de las linternas apuntaban hacía la pared del pozo donde de unas tanzas pendían varias manzanas, pero era imposible que aquella pobre las alcanzase. Tallado en las rocas había un contador en el que al parecer la mujer de ese tal Isidro llevaba dos semanas allí, Tomás no sabía cómo había aguantado tanto tiempo sin comida ni bebida.

—No te aflijas querido Tomás, aunque la veas tan desmejorada los niños de la finca son compasivos con ella… para que siempre tenga algo que echarse a la boca han convertido el pozo en el aseo personal de la juventud por eso todavía resiste.

Los niños del público reían mientras los padres les aplaudían por aquello.

—Por cierto…— dijo don Salvador como si supiera lo que Tomás estaba pensando— ahora ya sabes porque te sabía tan rara el agua de la fuente—. Ahora era el propio don Salvador quien dejó escapar una estridente risilla.

—Por favor— comenzó a decir Tomás, buscando con la mirada algún tipo de compasión entre la gente.

—Está bien ya es suficiente, además debo confesarte que este espectáculo no llegó a ofrecerme la más mínima emoción, en cuanto cesaron los llantos resultó ser monótono y aburrido. Mucho me temo que al final acabará como los demás.

Disculpadme, os querréis ir lo entiendo. Por favor ¿alguien puede traerle a su burro?, creo que la bestia está algo inquieta. — Se frotaba la mano sobre el mono azulado y el tic del labio era tan pronunciado que le hacía salivar.

Los quejidos del animal no habían cesado toda la noche, pero cuando varios mozos entraron al establo donde lo tenían, se oían rebuznos de pura agonía, seguido de un sonido a madera muy extraño. A Tomás le sonaba como cuando utilizan cocos en la radio para simular los cascos de los caballos. Los muchachos gruñían al tirar. Su burro nunca había sido desobediente, incluso se guiaba de las riendas como si fuera un caballo, algo no iba bien y los quejidos cada vez iban a más.

—Oiga usted, que está pasando con mi…— Tomás enmudeció al ver a su burro con el que había compartido cinco años de trabajo salir por la puerta del establo. Tenía un cabo atado al cuello y tiraban de él al tiempo que lo estrangulaban, la lengua amoratada le caía flácidamente por el morro. Otras dos cuerdas iban sosteniendo las patas delanteras del animal separadas del suelo para que no intentara frenarse, de manera que lo llevaban casi en volandas. Los cuartos traseros los iba arrastrando contra el suelo en una posición retorcida y desollados por los guijarros de la tierra.

Lo que verdaderamente aterró a Tomas fue ver los tablones de maderas clavados por todo su cuerpo. Tenía láminas en el lomo, las costillas y en derredor de la grupa. Apenas se le reconocía su pelaje plomizo. Entre las hendidura de la madera manaba hileras de sangre que dibujaban dedos negros entre los tablones. El hocico era todo un coagulo, por lo que Tomás dedujo que le habrían partido los dientes.

Subieron al animal medio asfixiado a una tarima cerca de la fachada de la finca que hasta ese momento Tomás creyó que estaba destinada a la banda de música La confeccionaron como un teatro: habían colocado una lona rojiza a modo de telón que se encontraba ya alzado y un enorme cartón piedra al fondo con el diseño del Laocoonte y sus hijos que hacía de atrezo.

 Uno de los jóvenes que había tirado del burro se acercó a un micrófono que habían dispuesto  en medio del escenario.

 —Tuvimos que romperle la cadera, porque el muy hijo de puta no paraba de dar coces.— Se dirigió al público pero en especial al señor de la finca, mientras daba palmaditas a un enorme mazo. Todos le rieron la gracia.

Ahora era el momento de don Salvador, subía al escenario con la barbilla bien alta, era puro orgullo. Cuando estuvo cerca de la bestia le acercó su mano desnuda al hocico y este se la lamió como si de un perrito faldero se tratara, quizás buscando algo de compasión.

 —No se puede negar que es una criatura noble, estúpida…pero noble.

 Los más pequeños se reían y señalaban con el dedo al burro, Tomás seguía con el rostro de su niña cubierto que no había dejado de llorar. Se dio cuenta que el sobrino del señor Salvador era uno de los que habían tirado del burro y estaba sobre el escenario con los demás mozos, pero tenía un semblante descompuesto como el de Tomás. Cuando su tío comenzó a hablar, se escabulló entre el público y salió corriendo de la finca, nadie lo echó en falta.

—El Caballo de Troya no es solo un símbolo de rebeldía o de ingenio, sino también de esperanza— Don Salvador volvía a hablar con el mismo tono pausado de guía de museo—. La tierra gaditana no será ajena a la cultura, extraeremos de los clásicos el valor de la sangre y el castigo. No haremos espectáculo, no seremos una sombra. No olvidaremos… la letra con sangre entra.

Hizo un gesto con la mano y subieron al escenario niños de no más edad que Rocío. Iban vestidos con corazas y yelmos de plástico, túnicas de franela blanca y espadas de maderas que chocaban entre ellos.

— ¡Aquí llegan nuestros fieros soldados!— dijo don Salvador, mientras estos saludaban a sus familiares entre el público.  Rocío se fijó en las sombras alargadas que proyectaba la hoguera sobre la fachada encalada, hacían parecer que eran guerreros de verdad.

Don Salvador sujetaba con manos gentiles un viejo libro con la cubierta de cuero en el que se podía leer con letras doradas La Eneida. A medida que hacía pasar las hojas, habían colocado unos plásticos de colores entre unos focos dispuestos en el balcón principal de la finca. La escena adquirió el tono carmesí del ocaso. Rocío reconoció antes que su padre, a una figura surgida tras el cartón de piedra del fondo, jamás podría borrarse el rostro de aquella gitana picado de granos…ni su sonrisa. Aunque ahora estaba muy diferente, vestía el mismo mono vaquero del señor de la finca.

El foco alumbraba solo a salvador y al burro, la gitana se colocó en la penumbra entre ambos con los brazos cruzados tras la espalda. El burro ni se dio cuenta de ella, solo gemía de dolor a cada bocanada de aire que respiraba y a veces vomitaba una bilis oscura.

Cuando el señor de la finca El Torno, comenzó a leer guiándose con su dedo índice, todos escuchaban en un silencio de ultratumba… parecía una tétrica misa:

—«…Rotos por la guerra y repudiados por los hados, los jefes de las polis griegas idearon construir un enorme caballo de madera por orden del ingenioso Ulises. Colocarían el gigantesco animal en las puertas de Troya y harían creer a todos que se trataba de un obsequio para los dioses de Troya.  Lo que los troyanos no imaginaban que en el oscuro vientre del gigantesco animal se alojaban vigorosos guerreros armados, que harían caer a la ciudad y pasarían a todos los ciudadanos por la espada…»

Don Salvador acabó la sentencia cerrando el libro fuertemente, como si de una señal se tratase. Los mozos que sostenían al burro tiraron fuertemente de las cuerdas y lo obligaron a poner de pie con las patas delanteras temblando. En ese instante, Tomás vio como la gitana sacaba una hoz tras su espalda. El mundo se paralizó en torno al brazo de aquella anciana. Le pareció que la gitana tardó toda una eternidad, aunque apenas duró unos segundos. Abrió una profunda incisión en el vientre del animal a la altura de la vejiga. Un primer chorro de orina y sangre corrieron por la hoja curvada como lágrimas bicolor. La gitana miró a Tomás y sin apartar la vista tiró con todas sus fuerzas abriéndole el vientre al burro hasta que el hueso del esternón detuvo la hoja.

El burro arqueó el cuello y rebuznó por última vez, sus ojos se dilataron del horror y luego se tornaron en un oscuro eclipse, pero rápidamente los músculos del animal se relajaron y se volvieron del revés quedando pálidos. Todos recordarían el alarido del burro como el llanto de un bebé, aunque Rocío sintió un escalofrío gélido como cuando su señorita estrenaba tiza y dibujaba en la pizarra.

El interior de la bestia se abrió como una piñata dejando caer las humeantes entrañas sobre la tarima. Los niños acudieron al animal en estampida empuñando sus espaditas de madera y metiéndose dentro del burro que aún coceaba por espasmos. Aquellos diminutos guerreros disfrazados levantaron el animal desde su interior como cofrades de una procesión, mientras coreaban: «¡¡¡A por Troyaaaa!!!».

El público aplaudía colérico y a los padres se les saltaban las lágrimas por la impresión y el orgullo de que sus hijos formaran parte de eso. Don Salvador seguía estando en el centro del escenario haciendo una alabanza al público. Tenía una prominente erección abultada en su mono mientras veía aquella escena.

Tomás intentó zafarse de aquel mar de gente. Colgaba de su hija en brazos que se mantenía rígida como un peso muerto. Los espectadores no dejaban que se marcharan. Tomás caminaba dando patadas y los brazos en alto, sujetando a su hija al igual que un soldado agarraría su fusil en alta mar.

— ¡Meterlo en el pajar!— chilló don Salvador y la marea de gente arrastró a aquel padre y a la hija como barcazas en la tormenta.

«Aún queda el último acto de mi obra»—pensó  y caminó grácilmente en pos de la multitud, la gitana había desaparecido, su papel había acabado.

La puerta de la granja estaba embarrada, muchos de tropezaron en el lodo, entre ellos Tomás. En ese momento las mujeres se abalanzaron como buitre y atraparon a Rocío que seguía sin moverse con los ojos mirando a la nada, y entre cuatros arrojaron a Tomás dentro del pajar y lo encerraron.

Al intentar derribar la puerta con el hombro cayó y se golpeó en la sien. Se sentía desorientado y la oscuridad del lugar no ayudaba,  golpeaba el aire a tientas pero no conseguía dar con la puerta. Desesperado, se dejó caer en el lodo y lloró de impotencia. Una mano lo agarró del hombro, se sacudió y acto reflejo le dio un revés, sea quien sea lo había derribado.

Se acercó para agarrar a quien fuese por el cuello, pero cuando lo asió por la pechera vio a través de la luz de luna que se filtraba por uno de los ventanales, que se trataba de una joven completamente desnuda. Tomás la agarró de las muñecas hasta que una mueca de dolor de la joven hizo que la soltara. No lograba concentrarse en Tomás ni articular palabras, solo gimoteaba, así que Tomás pensó que sería otra de las víctimas de esos cabrones.

—Lo siento… yo solo… se han llevado a mi niña ¿sabes?— Tomás notó como lágrimas saladas le recorrían el rostro hasta la comisura de los labios. Moqueaba tanto que sus palabras sonaron casi como un gorgoteo, se limpió con el antebrazo y consiguió reponerse un poco.

—Oye muchacha, ¿has visto lo que hacen ahí fuera? ¿Te han hecho algo?— Tomás se acercó a ella y la ayudó a levantarse.

—Esos lunáticos me han partido la camisa y no tengo nada para dejart…

—Me llamo Diana, dijo ella tímidamente mientras se cubría una risita con la palma de la mano.

—Tomás, pero escucha tenemos que salir de aquí, están todos locos y tienen a mi Rocío ayúdame a buscar algo.

A pesar de lo aturdida que veía a la chica se movía ágilmente sobre la sala oscura. Se perdió lejos, a juzgar por el sonido de sus pies descalzos Tomás calculó que el pajar tendría al menos quinientos metros. Cuando volvió con Tomás portaba en sus manos una lámpara de gas sujetada de una argolla, giró la llave y se prendió una débil llama azulada.

Tomás paseó la luz por la estancia, dejó de lado la puerta porque supuso que sería inútil esa salida. Justo detrás de sí tenía una enorme pared decorada con cuadros, como en el despacho del señor de la finca. En este caso, se veía a varias mujeres disfrutando de un baño enjabonándose unas con otras. Había unos tres cuadros diferentes pero en todos se repetía la misma escena: en algunos algunas se encontraban en un lago, en otros en unas termas o bajo cascadas. Sin embargo, había una figura protagonista que era idéntica en cada obra y era un hombre con cuernos de ciervos y parte del cuerpo cubierto de pelaje del mismo animal. Tenía el rostro encogido por el terror y es que estaba siendo perseguidos por una jauría de perros, que le despedazaban justo en el centro del cuadro.

Tomás no entendía el sentido de esas pinturas, estaba harto de tanta mierda artística, necesitaba encontrar una salida. Quizás mediante una escalera pues veía que arriba había un segundo piso, si llegaban allí podrían salir por la ventana que filtraba la luz. Cuando alumbró a Diana esta se había vuelto a tirar al barro, murmuraba cosas sin sentido.

No podía dejarla sola. Al acercarse a ella, vio que no estaba llorando sino gimiendo. Tenía los ojos vueltos, se revolcaba en el lodo restregándoselo por los pechos y acariciándose lentamente el interior de sus muslos. Cuando Tomás la alumbró ella se mordió el labio inferior y volvía a sonreír tapándose la boca torpemente.

Tomás empezó a pensar que el golpe que se había dado en la cabeza cuando intentó abrir la puerta había sido más fuerte de lo que él pensaba. Esto no podía estar pasando realmente. Giró sobre sí para seguir buscando la puerta pero la chica lo hizo caer de espaldas. Se abalanzó sobre él y fue directa a desabrocharle el pantalón de pana.

Cuando Tomás comenzó a apartarla con fuerza le mordió con rabia, y este la arrojó contra la pared aunque ella no paraba de reír.

Se abrochó el pantalón y volvió a levantarse apoyándose sobre una viga, pero en ese instante una lluvia cálida cayó sobre ellos. Le vino el olor a las matanzas y novilladas a las que iba de pequeño con su abuelo, y ese olor penetrante como a hierro viejo de la  sangre fresca.

 Un haz de luz se posó en ellos desde el piso de arriba, estaban cegados por la penumbra del pajar y no podían mirar directamente al foco. Pero se miraron entre sí, estaban envueltos en vísceras, la chica tenía trozos de tripas enredada en el pelo y a Tomás le había golpeado algo gelatinoso. Cuando lo cogió reconoció un hígado hinchado color ocre. El órgano estaba caliente, al apretarlo se exprimió un espumoso jugo oscuro. Comprendió que eran los restos de su burro.

Arriba encendieron una luz y Tomás reconoció al señor de la finca en el primer piso sentado sobre una silla de mimbre como las de un tablao flamenco, junto a él estaban las monjas que vio cuando llegó. Una de ellas sostenía a Roció en su regazo que seguía teniendo una expresión catatónica y no hizo el menor movimiento al ver a su padre.

— ¡Mi niña!— gimió Tomás y las lágrimas volvieron a correrle por el rostro— ¿Qué te han hecho?

Diana estaba partida de risa revolcada en el fango y relamiéndose los dedos de los restos pegajosos del burro.

—Tranquilo querido, tu hija estaba marcada con un indulto— dijo don Salvador mientras apreciaba el romero del sombrerito de la niña.

—Cuando Acteon se internó en los bosques y espió a la diosa Diana y a sus ninfas mientras disfrutaban de un baño—Don salvador comenzó a recitar, mientras agitaba una copa de burbon y aspiraba el perfume de la sangre en el ambiente— la diosa avergonzada lo transformó en ciervo y los propios perros de Acteon lo despedazaron por profanar la desnudez de la diosa.

—Oye tú… ¿cómo carajo dijiste que te llamabas?— Tomás se volvió para aquella lunática que no paraba de reír en el barro.

—La pérdida de un animal querido para una niña es un dolor trágico con el que todo el mundo empatiza, ¿No crees mi gentil Tomás?

 Don Salvador apretaba los dedos sobre el reposabrazos de puro entusiasmo. Tras él varias cabezas se asomaban por los ventanales altos del pajar en silencio.

—Una vez termine esta representación, tú y yo no llegaremos a formar parte de la tragedia, ni comprenderemos todo su significado, pero ella…— dijo acariciando la cabellera de Rocío y besándole en la comisura de los labios—. Ella logrará la catarsis al ver la muerte de su padre. Será como su bautizo de sangre. Crearemos escuela Tomas ¿No te das cuenta?, haremos otra forma de ver el teatro, aflorará un nuevo sentimiento y nadie nos mirará por encima del hombro nunca.

A don Salvador le vino a la mente el nombre de ese Federico, pero en el instante que chasqueó los dedos desapareció de su cabeza. Era la señal para que «Diana»- como él mismo la había bautizado para esta ocasión- abriera las compuertas.

— Una última cosa y espero que me disculpes— dijo incorporándose para ver la expresión de Tomás—.  Siento no tener perros, pero mis mascotas no te decepcionarán ¿Sabes que cuando damos de comer a los puercos tenemos que hacerlo entre dos personas? Porque si alguno se desmayara entre ellos, estos lo devorarían en cuestión de segundos ¿No te parece fascinante…?

Cuando Diana abrió las compuertas una piara de cerdos entraron en tropel derribándola. Todos se arremolinaron entre ella como si fueran palomas picoteando maíz. Hasta que se percataron del olor de las vísceras de su cuerpo desnudo. Diana no paraba de reír con el nerviosismo de una hiena y la mirada perdida, pero cuando uno de los cerdos le lanzó una dentellada en los tendones del tobillo aulló de dolor. La hizo caer con el pie pendiendo de girones de cartílagos.

Se volvió hacia Tomás frunciendo el ceño entre lágrimas, sus ojos eran de desconcierto y pavor, como quien despertara de un mal sueño que no acababa sino de empezar. Hasta entonces, Diana no pareció haber salido de su ensoñación. Aunque ya era demasiado tarde, ahora sus gritos se perdían entre los chillidos de los cerdos.

Tomás estaba paralizado, contemplando como esas bestias mordían la cabeza de esa chica y le arrancaban el cuero cabelludo. Algunos no había acabado de masticarle los ojos cuando ya se revolvían con sus mejillas hasta roerle las orejas -pendientes incluidos- que crujían en la boca de los cerdos como nueces.

Otros le mordían directamente en su boca y terminaron por arrancársela tirando de su barbilla. En el momento que la lengua de la chica quedó descubierta, colgando desde su garganta abierta como una Corbata Colombiana, los cerdos se disputaron entre gruñidos aquel viscoso manjar. Diana aún golpeaba el hocico de los cerdos con el pie que no había sido dañado, hasta que su entrepierna, que hace poco ella misma se había masturbado delicadamente en el barro, se hundió entre los incisivos de uno de esos cerdos al tiempo que dos le desollaban la piel de sus muslos.

Cuando llegaron a la arteria femoral la sangre brotó como un geiser, y eso hizo reaccionar a Tomás con una inyección de adrenalina. Lo último que pensó fue: «Ha estado consciente durante todo el tiempo, la han devorado y ha estado resistiéndose hasta el final».

Fue directo hacía la puerta del principio a intentar derribarla con el hombro otra vez. La madera se astilló, al igual que su clavícula, la cual no tardaría en hinchársele, pero eso poco le importaba ya. Siguió intentándolo, incluso dando cabezazos pero lo único que consiguió es que el señor de la finca y los suyos se rieran de él, mientras su hija permanecía impasible. Eso fue lo que más le preocupaba.

 Intentó buscar algo a la luz de las linternas que giraban en círculos por todo el pajar para desconcertarle. Encontró un rastrillo junto a un cubo de pienso para animales. Intentó hacer mella en la madera con él, pero los hombres de la cornisa al ver que la puerta se iba desquebrajando lanzaron piedras a Tomás para que se apartara de ella. Uno le acertó en la nuca y casi hizo que se desmayara. Podían haber acabado con él, pero Salvador les prohibió quitarles el mérito a los hambrientos cerdos. Cuando Tomás abrió los ojos vio como esos bestias se acercaban a él rápidamente goteando una baba pastosa color mostaza de los morros. Tomás se puso en pie con el rastrillo en ristre a esperar el ataque.

Una de las hembras más grandes cargó sobre él chillando como un cuerno de batalla. Tomás lanzó un golpe cargándolo desde la nuca. Los dientes del rastrillo penetraron en el cuello del animal y casi consiguió levantarlo dos palmos del suelo. La cerda aterrizó en un charco de barro, yacía de lado he intentaba mover las patas pero no podía levantarse, solo se contorsionaba como un pez fuera del agua. Ante esto, los demás corrieron en su dirección; la mayoría hacía Tomás aunque buena parte se quedó devorando a la hembra.

Don Salvador se arañaba el rostro de los nervios, su corazón le latía desbocado viendo a aquel padre luchar empapado en sudor y sangre, sabiendo que estaba destinado a morir. Aquello debía ser lo que hablaban los griegos, a esto se resumía la catarsis. Ese era el precio a pagar. «La letra con sangre entra ¿Qué queda ahora de tu Barraca Federico?»—pensó emocionado.

Cuando todos se erguían para contemplar la matanza una fuerte explosión hizo caer a los hombres apostados en las ventanas de afuera sobre sus escaleras. Hubo gritos pero fueron acallados a la vez que otra explosión tenía lugar en la puerta de madera que cedió entre un fuerte crujido. Los cerdos salieron espantados en estampida por toda la estancia. Hasta ese momento nadie se había percatado que aquellas explosiones eran disparos de carabinas Mauser de 7mm que se abrían paso entre el humo y penetrando las bayonetas en la piel de los puercos.

— ¡Alto a la Guardia Civil!—  gritó alguien enfundado de verde y coronado con un tricornio azabache. Cogieron a Tomás de la pechera y lo sacaron al fondo. Lo último que vio antes de convalecer fue el escudo republicano sobre el torso de un soldado moteado de sangre.

Las monjas fueron las primeras en retirarse cargando con Rocío que dejaron caer como el plomo desde una de las ventanas a un montón de heno. No fue hasta ese momento cuando la niña consiguió cerrar los ojos. Algunos mozos intentaron detener a los asaltantes lanzando palanganas de cal viva, que cayó sobre sobre los cerdos y algunos agentes como lluvia ácida. La Guardia Civil recargó una vez más con el sonido seco del cerrojo y dispararon contra los enmascarados en el piso de arriba. La mayoría de balas perforaron en las espaldas a medida que la gente huía, pero don Salvador seguía en su silla mirando la escena sin inmutarse. Tenía dos impactos en el pecho y uno por el lateral de la cara, aunque eso no había conseguido borrar del todo la sonrisa con la que murió después de sentir-lo que fuera que sintiese- al ver el espectáculo ni perdió aquel brillo en los ojos.

 

Jerez de la frontera (1934)

«Un año después de la terrible masacre producida en la Finca El Torno, el Gobierno Republicano, ha expropiado el señorío y proclamado El Torno, pedanía de Jerez de la frontera. El alcalde y el mismísimo obispo la bendecirán con la imagen de la Virgen de Fátima el día…».

Dolores dejó de leer el periódico, cada tres líneas veía si su hija estaba bien, aunque la había dejado disfrutar del espectáculo con sus amigas ya que el médico le había dicho que eso mejoraría su mutismo. Últimamente ya hablaba con ella pero seguía sin poder articular palabra delante de su padre, y Tomás había preferido quedarse en casa para que ellas disfrutaran de la tarde. Hacía un calor asfixiante en el Parque Hontoria, y se había reunido toda la ciudad para dar la bienvenida a la primavera. Los niños disfrutaban de un espectáculo de títeres que representaba La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón.

Cuando terminó la obra, los niños salían contaban los mejores momentos haciendo burlas entre sí. Todos se habían partido de risa con la parte del rábano y el culo. Rocío iba cogida de la mano de la madre de su amiga. Aún llevaba ese sombrerito con el romero colgado, debajo de él seguía teniendo una mirada perdida y fría. Cuando su madre le preguntó que le había parecido la obra se limitó a decir: «Un poco aburrida mama… le ha faltado sangre».

 

 

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