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3 min
El forastero
Suspense |
18.03.17
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Sinopsis

Western. Inspirado en Los siete magníficos.

Su piel era curtida por el sol. En sus labios no faltaba, por supuesto, el pitillo de rigor. Yo le traía menta para fumar, y le cobraba el doble. En realidad, había algo en él que me fascinaba, aunque me cuidaba de no mostrarlo. Al fin y al cabo, él era un forastero, de desconocida procedencia (¿un fugitivo? ¿Un cazarrecompensas? ¿Un cazarrecompensas fugitivo? En fin), y yo era un mozo que presumía de duro y de tener calada a la escoria local.

La menta era lo que había para combatir el mono, a falta de tabaco, que casi monopolizaba el infame y lejano Bartholomew Rogue y vendía a precio de oro. El sujeto, al frente de una feroz milicia, había echado mano a las plantaciones de tabaco, y retenía como esclavos a antiguos propietarios y trabajadores, matando de paso a los díscolos. Los de la milicia, según contaban los bien informados, no eran rebeldes como se declaraban, ni habían batallado en la Guerra, sino meros forajidos que se aprovechaban de la lejanía del gobierno confederado.

Yo dilataba mis transacciones con el forastero, y trataba de sonsacarle, pero, aparte de comentarios sueltos, averigüé poca cosa. Su misteriosa personalidad hacía palidecer las bravuconadas de los pobres diablos de Arid Creek. Y yo confiaba en poder contagiarme por su actitud. Creo que se avino a enseñarme a usar la pistola menos por mi insistencia que por aburrimiento. Me costó un dineral.

El forastero no era tonto: debió de darse cuenta de que estaba siendo tema de conversación en el pueblo. Su presencia suscitó conjeturas y apuestas y apasionadas discusiones. Arid Creek era un pueblo tedioso, perdido en Arizona, al que llegaban las novedades con meses de retraso.

El caso es que nos llegó la exultante noticia de que, meses antes, un grupo de mercenarios "de los buenos" había asaltado al bastión de Bartholomew Rogue y acabaron con su dominio. Lo que significaba que el tabaco empezará a fluir libremente de nuevo. Más valía despachar deprisa mi reserva de menta.

El día en que llegaron las noticias, fui a mis sesiones de tiro habituales. Pero no hubo rastro de mi maestro. El forastero se había esfumado. Nunca me había revelado su nombre, pero sigo convencido de que era el mismo Bartholomew Rogue. El hecho, divulgado posteriormente, de que su cadáver no se había encontardo entre los de la milicia confirmó mi sospecha.

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