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21 min
El fruto de una noche de Idumea, I.
Amor |
13.03.14
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Sinopsis

¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

1. Nacimiento.

María Ángeles y Manuel tornaban a juntarse en cada ocasión, cediendo a una instintiva afinidad que se les imponía, desde que eran capaces de caminar por sí solos. Vivían en sendas casas colindantes, antiguas y gastadas, de recias paredes de piedra y tejas rojas sembradas de musgo, con un pequeño jardín en la fachada resguardado tras una pequeña cancela de hierro, y separadas entre sí por un patio estrecho y sombreado, atravesado por una cerca de madera, donde crecían una hilera de cuatro almendros jóvenes.

Él podía recordar los primeros juegos con María Ángeles, cuando solo eran dos niños de corta edad, siempre juntos: las salidas al campo, las aventuras en la escuela y las carreras por las calles, la amistad franca y sin justificaciones. Mientras, Manuel yacía en el talud del cráter abierto por un obús alemán, un agujero grande como un árbol que, con otros miles más, sombreaba un paisaje descarnado de calaveras vacías sobre las suaves colinas de Verdún. Allí agonizaba a causa de haber inhalado gas cuando prestaba servicio de guardia nocturna apostado tras el paramento de la depresión explosiva. Los alemanes habían diseñado balas de obús cargadas de mostaza, y las disparaban por centenares durante la noche cuando el viento les era favorable. El veneno le abrasaba la garganta, le anegaba los pulmones, que no encontraban lugar para tragar aire, asfixiándose; le colapsaba la faringe, siendo incapaz de emitir una voz de socorro, y sentía cómo decenas de gránulos irritantes le reventaban los ojos a alfilerazos. La mañana había amanecido cortada en ráfagas de niebla espesa y enceguecedora, que al empuje del viento del mar del norte se alternaba con el radiante cielo y el sol luminoso y gélido de noviembre. El contraste sin gradaciones de las sucesiones fugaces de telones caídos y horizontes despejados, dificultaba que los conmilitones de Manuel se apercibieran de que agonizaba, atareados como estaban, además, con la atención a otros gaseados que habían caído víctimas del mismo encontronazo nocturno con la mostaza rastrera.

Pero antes de quedar definitivamente ciego y exangüe, pudo ver la cara del hombre que se había introducido a hurtadillas en el pozo donde declinaba, y le hurgaba en los bolsillos de su casaca, extrayendo su cartilla militar que le acreditaba como un soldat de la Légion étrangère de l'armée française, volviéndola a guardar luego en el mismo compartimento, y rebuscando en los demás. Y sin poder dar crédito a sus ojos por lo que veía, con espanto reconoció a Alexandre. Alexandre, el raptor, primero, y después esposo de su adorada María Ángeles, el causante de todos los males de Manuel. La sorpresa que le sobrevino era de tal calibre que amenazaba con darle muerte antes incluso de que se le acabara el tiempo de descuento que ya iba liquidando. Deploró amargamente al Destino la burla tan inmerecida que se le hacía, en sus últimos instantes de vida, postrado del dolor mortal, teniendo que aguantar cómo el sujeto al que odiaba más intensamente le mangoneaba en los bolsillos. Sin duda le habría matado allí mismo si le sostuviera algo más que el hilo de vida que le iba resbalando, pero apenas sí podía levantar una mano. De pronto se dio cuenta de que estaba realizando un complicado intercambio de casacas, colocando a Manuel la propia de Alexandre, que a su vez se ajustaba la de él, sin comprender la razón de aquél tráfago de vestuarios. Pero ya le daba lo mismo. Manuel expiraría vistiendo la casaca de su odiado adversario, portando los galones y la documentación personal y oficial de Alexandre Kolb, lieutenant d'ingénieurs de l'armée de la France.

-¡Qué extraña es la vida, Manuel! La fortuna me sirve ahora la ocasión para compensarte por el mal que te causé cuando arrastré a María Ángeles hasta París conmigo; porque maquino, aunque no lo puedas comprender, para que tu alma sea por siempre dichosa y, de paso, para abrirme una oportunidad de desaparecer de aquí… ¡y de allá!- con una risa encantadora, complacido de su suerte, le ajustaba los botones y le alisaba la casaca. -Es posible que ignores que Francia cuenta muy mal sus muertos propios; siempre peca por defecto-, francamente divertido, le golpeó en el hombro con la mano, a modo de despedida, y se marchó, fundiéndose con la niebla.

Embelesados y suspensos quedaron María Ángeles y Manuel, así lo recordaba él como si hubiese sucedido ayer, aunque en aquél tiempo para los dos infantes todo era novedad, cuando una mañana se descubrieron recíprocamente a través de los ventanales de sus cocinas respectivas, que se abrían sobre el patio divisorio, sentados en sus tronas frente a la mesa, dejándose llenar las bocas, ajenos, con cucharadas de papilla. Enseguida pasaron a las muecas y las bromas, lanzándose miradas cómplices y sonrisas que se revelarían como la expresión más veces compartida de sus vidas.

Siempre al alimón, el cariño que se profesaban fue cimentándose sin sobresaltos, de modo que el velo del secreto les era desconocido, y así crecieron alegres y horros de servidumbres a caballo de los siglos diecinueve y veinte, tiempo que transcurrió como un suspiro, en un lugar entre montes, con mercado, convento de concepcionistas franciscanas, médico, boticario, juez y escuela, y que era cabecera administrativa de una comarca a la que apenas sí le alcanzaban los ecos dolientes de la capital, donde se gestionaba la decadencia de una nación que inadvertidamente se descubrió desnuda y flaca, aunque harta de honra.

Pasados algunos años, durante una memorable noche de final de primavera entre los chirriantes grillos y las luciérnagas de luminiscente cortejo, cuando caminaban descalzos por una secreta pradera ceñida por fresnos y saúcos, María Ángeles emergió de su capullo de niña metamorfoseada en una criatura adorable y en extremo deleitosa: una trémula doncella, una mujer en sus primeros andares que fabricaba música con las caderas, bruñida su larga cabellera por los tibios reflejos lunares,  y en la que los senos concertaban un manso mecer de olas en torno a los pezones, enhiestos como las rocas bravas del rompeolas, anunciando al mundo su sed inmoderada de vida.

Manuel se mantenía estático, sin perder detalle del maravilloso renacimiento que afloraba ante él, espiando los movimientos de la ninfa al tiempo que desentumecía lentamente los brazos y las piernas, y luego giraba el blanco cuello mirando las estrellas con sus ojillos de gacela, espléndidamente desnuda, y finalmente se iba guarneciendo con su gracia natural. Acertó a relacionarla como un trasunto de la Venus de Botticelli que emergía del mar en andas sobre una concha, una reproducción que había contemplado tantas veces en la Biblioteca de las Familias del Mundo Ilustrado, que guardaba su abuelo en el despacho.

Nunca hablaron de aquella noche mágica, pero a partir de entonces Manuel se hizo a la idea de que los papeles habían cambiado. La relación se tornó asimétrica, no imposible pero frustrante, dependiente de la voluntad de ella, de manera que escenarios que eran cotidianos cuando niños dejaron de tener interés y se olvidaron, mientras que nuevos paisajes humanos, tal que la interpretación del mundo irracional de los adultos, confuso como el corazón de un bosque enmarañado, la absorbían ahora totalmente. María Ángeles había dejado de ser transparente, y se tornó en una damisela veleidosa y soñadora, asaz hermosa, que continuamente fabulaba complicadas aventuras arrebatadas de pasión, en las que ella era una involuntaria protagonista, una inocente muñeca a merced de las fuerzas indomables del destino.

Temiendo perderla, Manuel evolucionó para colocarse a la altura de la nueva María Ángeles, y se esforzó con coraje para alcanzarla lo más rápidamente posible. Así, renunció para siempre a los arrumacos secretos de su madre y a los besos de buenas noches, imponiendo límites intransigentes para salvaguardar su desnudez frente a la sirvienta que le rellenaba la bañera con palanganas de agua caliente, y a los hermanos con los que poco antes había compartido la espuma y la esponja. Se acostumbró a cerrar la puerta detrás de sí, aprendiendo a desenvolverse en solitario con tareas que poco antes le venían dadas de suyo, trabajó en la exploración de las zonas más ocultas de su cuerpo para ser capaz de mostrárselas a María Ángeles cuando ella se lo pidiera, que lo haría, que lo hizo. Asimiló el arte de mantener la boca cerrada, de guardar secretos, de identificar y respetar los velos. Se sobrecogía contemplando el nuevo escenario que lo desafiaba: de María Ángeles pura, a María Ángeles inescrutable; la misma María Ángeles, pero tan distinta.

Cuando advirtió que ya la igualaba en altura, lo consignó para sí como un objetivo cumplido; y aparte de más alto, se dio cuenta de que también era más fibroso y fuerte, de que le había crecido vello púbico y que le cambió la voz; su carácter también se había transformado, era más retraído, y ahora se mostraba como una persona reservada, de ademanes pausados y discretos. Pero, en contraste absoluto, dando bandazos entre el fluir de los pensamientos, en la inteligencia de Manuel se desataba una incesante tormenta cuyos furiosos truenos, venidos de lo más hondo del alma, le martilleaban el amor propio y provocaban la histeria de las alarmas desatadas de su conciencia, reprochándole que, a pesar de sus afanes, María Ángeles pronto se marcharía de su lado, que él no sabría impedir que le rezagara, como si ella ahora tuviese alas. En su desesperación, Manuel a veces vivía una pesadilla en la que creía verla muy alto en el cielo sobre él, aunque al momento estaba seguro de haberla reconocido, sobrevolándole con la melena tan revuelta de sacudidas que parecía una llamarada al viento, y el vestido rojo encolado a su cuerpo como una segunda piel por la fuerza de las corrientes de aire, y de pronto juntaba las manos por delante de la cabeza y se zambullía en otro mundo igual que si lo hiciera en un lago espejado, mientras él, angustiado, le lanzaba su mano para que la asiera y le llevara, pero ella, sonriente y feliz, sin reparar en él, se alejaba cada vez más; o en otras ocasiones soñaba que escuchaba rumores llegados hasta él por las vías más grotescas, sobre conciliábulos de sociedades secretas donde acordaban por aclamación declarar a María Ángeles sin par, y franquearla accesos a instancias más elevadas, restringidas a elegidos, perdiéndola de vista para siempre. Manuel no dudaba que ella era especial, y bien sabía que él no era sino un anónimo muchacho, lo que le llevaba a concluir que el desenlace temido era inevitable. Y lo que le desolaba era que aquélla era una impresión que los dos compartían, aunque tampoco nunca la comentaron.

María Ángeles adoraba practicar juegos sexuales con Manuel. Siempre era ella la que decidía el momento y el lugar, y qué tipo de retozo tenía cabida en cada ocasión. Al principio ella le señalaba: ‘aquí’, ‘así’, ‘ven’, le tomaba la mano para guiarla, o le colocaba el cuerpo en determinada posición que ella precisaba en el concreto momento, como un muñeco articulado, y hacía y disponía; y él obediente, callado, esclavo. Nunca se enredaban en intercambios espontáneos de caricias y lengüetazos lúbricos. El juego que interesaba a María Ángeles no perseguía deliberadamente la satisfacción de deleite sexual de ninguno de los dos, sino que se concentraba en la repetición con variaciones de un repertorio que poco a poco iban ampliando. En realidad, María Ángeles no quería que Manuel se ilusionara con esos pasatiempos, y extrajera conclusiones equivocadas; ella estaba aprendiendo el manejo de las técnicas del arte amatorio, y utilizaba a Manuel para experimentar y practicar. No se trataba de holgarse con él como con un amante, puesto que la hora de los amantes aún estaba próxima, y Manuel ya estaba descartado; eran solamente ensayos con un amigo de confianza, a los que Manuel se prestaba con sufrida paciencia y la secreta esperanza de que ella terminara fijándose en que él era un hombre.

María Ángeles traveseaba con sus proyectos de escapar del pueblo, donde sentía que se asfixiaba. Los planes los ideaba en solitario, fabulando intrigas que surgían a partir de sueños náufragos que rescataba en mitad de la noche, y otras historias que se añadían de su imaginación desbordante. Sus intenciones se las guardaba secretamente y no las comentaba con nadie, tampoco con Manuel, sobre el que no podía evitar identificarle con la inanidad de la vida del pueblo. Manuel personificaba el millar de razones lapidarias que a ella la empujaban a huir de aquél lugar. La familia de él sí tenía alguna relevancia local, y asentados intereses que la ligaban a aquella sierra, y Manuel era un buen hijo que ayudaba en los negocios familiares, haciéndose cargo de la llevanza de las cuentas del hotel. Invariablemente, él aparecía a su lado en cada una de las mañanas que, una tras otra sin excepción, se desmoronaban por previsibles a la manera de una tramoya remendada; y también la acompañaba en los atardeceres que en su moroso discurrir acrecían la desazón de María Ángeles como si fueran amarga levadura, testimoniando la decaída de otra jornada perdida, descomponiéndose en la melancolía. Las cuatro mismas caras rígidas al doblar cada esquina, de las que no se despegaba el frío del severo invierno pasado y el del por pasar, como una marca de identidad, la nada estimulante vida social alternativa a las fiestas religiosas; Riaza era un pueblo angostado entre quebradas, y las estrechuras se veían dibujadas en el carácter de los vecinos, todos ellos enfermos de agorafobia. Mientras tanto, ella volaba incansablemente: un día no muy lejano, un familiar al que no conocía vendría a sacarla de la casa de su madre, cansada de los años, vaticinaba, y juntos se pasarían la vida viajando por el mundo; o bien, un apuesto multimillonario acierta a pasar por Riaza y, cuando la descubre caminando por la plazuela de la torre del campanario, entre las acacias, enmudece de admiración y queda perdidamente enamorado de ella, no cejando en su empeño de proponerla matrimonio hasta que consiente. Se daba cuenta de que en sus fabulaciones imaginarias ella siempre era un sujeto pasivo; su atrevimiento innato todavía no iba más allá de las relaciones que mantenía con Manuel, comprendía que le faltaban experiencia y tablas en el trato con otras personas, y que por eso carecía de la audacia que retrataba a las mujeres de una pieza que, según había visto en los libros, se bebían la vida de una vez, como su admirada Helena de Troya. María Ángeles, pues, esperaba la llegada de su ángel salvador con silencioso pesar, lamentándose cuando contemplaba cómo de rápido pasaba el tiempo por su lado. Y para cuando consiguiera verse bien lejos de Riaza, los planes de ella se difuminaban. Se enamoraría y se entregaría en cuerpo y alma para ser dichosa con su amado. Y no deseaba nada más.

El dos de agosto de mil novecientos catorce, festividad de nuestra señora de los ángeles, María Ángeles cumplió diecisiete años. Ese mismo día, tropas del ejército imperial alemán comandadas por el coronel Richard Karl von Tessmar, invadieron el territorio del Gran Ducado de Luxemburgo, lo que supuso el primer acto de agresión militar de la Gran guerra. El día anterior Alemania ya había declarado la guerra a Rusia, y el siguiente día tres de agosto daría principio a la ocupación de Bélgica, seguida pocas jornadas después por el ataque a Francia, que pronto les llevaría hasta los arrabales de París.

A la hora de la media tarde en punto de aquél día señalado, Manuel salió de su casa vestido con traje claro de lino, camisa blanca de algodón y un sombrero jipijapa, de moda entonces. Después de colocarse un pequeño capullo de rosa en el ojal de la chaqueta, atravesó la cancela de la finca colindante y golpeó la aldaba del umbral de la manera acostumbrada: los tres golpes rápidos y picados que le identificaban. Le recibió María Ángeles, a la que allí mismo felicitó y besó las mejillas, trayéndoselas a los labios con un leve abrazo, al tiempo que le hacía entrega de un pequeño ramo de rosas. María Ángeles llevaba una falda recta y sencilla que dejaba ver los zapatos hasta los tobillos, rodeada por un cinturón de cuero oscuro en el que refulgía la hebilla cuadrangular, y lucía una blusa de seda de color azul marino con las mangas hasta los hombros, entallada alrededor de la cintura, retorciendo la melena alrededor de un moño improvisado. Colocó las flores dentro de un jarrón oportunamente vacío que estaba colocado sobre el aparador del zaguán, tomó una rebeca en su mano y se despidió de su madre de dos voces, saliendo luego la pareja a dar un paseo por el parque mientras se terminaba de espesar el chocolate y se horneaba el bizcocho que estaban preparando en la casa de ella para celebrar una merienda en honor de la afortunada.

Manuel estaba nervioso y no podía evitar mostrarse un poco atolondrado, porque había decidido que ése sería el día, al fin, en el que le declararía a María Ángeles solemnemente su amor por ella, y su deseo de que se comprometieran formalmente. Buscando argumentos que lo calmaran, vencieran su timidez y al tiempo revistieran de prestancia a su empresa, de modo que el discurso resultara coherente y su iniciativa no pareciera la del atrevimiento de un impetuoso, quería interpretar su gesto como un acontecimiento que necesariamente había de suceder algún día, una lógica deriva de la vida de camaradas en la que habían crecido desde niños. Tenía previsto regalarla un anillo de compromiso que había hecho traer de la capital dos semanas atrás. Se desviaron tomando el sendero que conducía hacia los prados que contorneaban el río, flanqueado por árboles altos y copudos, de agradables sombras.

–María Ángeles, espera, quiero decirte algo-. Parados frente a frente, ella le aguardaba con los ojos bien abiertos y las pupilas encendidas que siempre mostraba cuando quería parecer interesada. –Tú cumples años, y yo ya tengo diecinueve; creo que estamos en edad de tomar decisiones importantes-. Él quería paralizarla con la mirada más intensa de que era capaz, secuestrar su voluntad y que no hubiera ocasión a la duda, como si porfiara en someterla a un encantamiento para ahuyentar cualquier geniecillo aciago.

Pero aquella tarde parecía que ella estuviera en la luna, y no pudo hacerla bajar, aunque lo intentó. –Espera Manuel, no me obligues ahora a pensar en esas cosas, no te precipites. Sé bien lo que quieres decirme. Espera, por favor, ahora no vamos a tomar decisiones de ninguna clase. No te enojes- le besó en la mejilla, le tomó la mano y tiró alegremente de él para continuar el paseo un poco más allá por la vereda. Manuel dejó caer el anillo en el fondo del bolsillo del pantalón, y permaneció en silencio hasta que llegaron de vuelta a casa de ella, donde adoptó una actitud animada y jovial durante la fiesta familiar, en la que la madre y la muchacha del servicio sólo hablaban de la preciosa mujer en que se estaba convirtiendo María Ángeles. Aunque sobre el asunto Manuel no dio su opinión, más allá de asentir cortésmente.

Una tarde de finales de septiembre, henchida de calor espeso propicio para cargar nubes de tormenta, con el sol todavía bien lejos del horizonte, y mientras la humanidad dormía la siesta, María Ángeles se tendió boca arriba sobre la hierba. Se había librado del vestido para no ensuciarlo, y sólo llevaba puesta una camisola de algodón con unas bombachas hasta los muslos. Bajo la sombra de un venerable sauce llorón que picaba con sus ramas más airosas la lámina sosegada del arroyo, luego de haberse mojado el pecho y la nuca con un cuenco de mano de agua fresca, hizo un gesto a Manuel para que se acercara, y lo tomó sobre ella. Tendido boca abajo, su musculado pecho desnudo parecía resbalarse hacia el regazo mollar de María Ángeles, por lo que le aherrojó el torso con sus piernas enroscadas a cada cadera. ‘Despacio’, Manuel comenzó a presionar con un movimiento de vaivén apenas insinuado, una delicadeza que no obedecía a la voluntad deliberada de prolongar el instante placentero, sino que era reflejo de la turbación que le constreñía, tímido, indeciso y tanteador. De súbito, a través de las palpaciones de su miembro vigoroso y perspicuamente sensible, notó que podía reconocer, al otro lado de las ropas que todavía trababan el campo, la geografía montuosa del sexo que se le ofrecía, el contraste de rincones duros y blandos, y percibía nítidamente, entre el fragor de las piernas y brazos, el estremecimiento compartido del retumbar de los corazones de los dos jóvenes, como tamtanes que se interrogaban. Envueltos en la música de sus cuerpos nuevos y radiantes, los amantes se rozaban cada vez con más fruición, acompasando las respiraciones y el arqueo de los troncos, repitiendo los movimientos más armoniosamente, lo que causó violentas recrecidas de excitación, pieles enrojecidas y rostros encendidos. Se descolocaban las ropas, deslizándose hacia afuera de sus ajustes, igual que las conciencias, arrinconadas, los planes y las intenciones, olvidados; así enfebrecidos, se abandonaron apasionadamente en el vértigo. Manuel se sorprendió cuando, en un instante de clarividencia, advirtió que en realidad no reconocía a aquella mujer con la que estaba forcejeando ciegamente, hiriéndose con desusada violencia, y se preguntaba a quién fornicaba hasta más allá del resuello. Desnudos peleaban fieramente, revolviéndose sin despegarse, huyendo para de nuevo encararse con más rabia. Se comían las bocas mutuamente, mordían las lenguas los labios, los pezones retorcían los colmillos, dedos pelando glandes y clítoris. Aunque borracho de placer y dolor, se asustó al pensar que si María Ángeles se había transformado hasta volverse una extraña, cuánto no había cambiado él. Quién era, preguntaba Manuel. Saliva y hierba, el son deleitoso del regato, la confusión de sobacos, codos y nalgas, el sudor que engomaba muslos y vientres entrechocados. ‘Quién soy’. Una efusión de semen fulgente sale disparado de la boca del meato, una bala de obús abrasadora como un meteorito dibuja la delicada línea de una parábola en el cielo con un ángulo de caída muy alto, descendiendo perpendicularmente al horizonte para estrellarse de pleno contra la tierra y hundir el suelo en una depresión, devastándolo todo en su cercanía.

Durante el resto de sus vidas, Manuel y María Ángeles recordarían aquella tarde de enajenados, en la que se regocijaron con abandonada inconsciencia por primera y última vez, revestida con todos los matices de la tristeza.

 

 

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  • Por referencias, y sin dudar de su magistralidad, me he lanzado a leer esta primera entrega. Y, sin hacer exageradas alabanzas, lo considero magistral, prácticamente como todo lo que escribes. En esta historia te recreas con placer en narrar el paso de los niños a adultos, en sus primeras experiencias y, finalmente, en la consumación del amor que se profesan mutuamente. El entorno rural, la indumentaria de la época, su comienzo con la jornada de guerra,.. todo lo has tejido y preparado concienzudamente para dar lugar a esta genialidad. Lo siento, pero no puedo darte menos de cinco estrellas. Saludos.
    Lo tuyo muy bueno como siempre. Pero a Ramiro que te califica mal le digo que miré en su muro y por eso le digo: Tenes que aprender antes de valorar y comentar mal a los que escriben con el alma.
    La narración es lo suficientemente atractiva como para no dejar el hilo de los acontecimientos.- Buena pluma con las descripciones respirando una atmósfera poética durante todo el recorrido.- Ya veremos qué ocurre con los dos protagonistas que ahora disfrutan de día felices.- Saludos
    Relato de muy alta calidad, que como dice Paco, deja el listón muy alto para la continuación. Narrativa ágil y con un ritmo adecuado a la historia. Magnífico J.M. No sabría decirte si es de lo mejor que has escrito pero sin duda todo lo que sale de tu pluma no defrauda. Estaré atento a la continuación. Un abrazo
    Madre mia que escrito tan pedante
    Estoy de acuerdo con Sergei. Una prosa de alta escuela y una narración magistral forjan un relato de categoría, sin duda, uno de los mejores que te he leído, y eso es mucho decir. El ritmo absorbente y fluido atrapa desde el principio y mantiene el tono hasta el final, sin decaer en ningún momento. La apasionante historia, soberbiamente ambientada en un escenario prebélico y rural, avanza con paso poderoso entre fascinantes imágenes y descripciones, con escenas inolvidables nacidas de una pluma que desborda talento e inspiración. La historia promete, y mucho, y el listón está muy arriba. Sólo espero que no demores mucho la continuación. Saludos.
    Gracias por tu comentario, sergei. En realidad, se trataba de una errata. Saludos.
    Una prosa excelente. Realmente se disfruta con su lectura. Me llamó la atención la siguiente frase: “De pronto se dio cuenta de que estaba realizando un complicado intercambiando las casacas”. Tuve que echar mano de los sinónimos de “complicado” para ajustar el matiz. Espero la continuación.
  • Son animales de otro mundo.

    Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

    Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

    ¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

    “Código de error” es una expresión del ámbito de la informática. Aparece en los lenguajes de programación más populares cuando surge un fallo de hardware, software, o una entrada de datos incorrecta del usuario, que pueden dar lugar al colapso del sistema. Habitualmente se manifiesta sobre una pantalla de color azul o negro, en la que tras un texto de cifras y letras se descubre la expresión “CÓDIGO DE ERROR” (o “STOP”), seguido de letras mayúsculas, guiones y números, que son las que se corresponden con el concreto mensaje de error en una aplicación específica; aunque no suelen identificar exactamente el fallo en cada supuesto, sí orientan sobre la parte de la estructura donde debe buscarse para dar con él. Lógicamente, el concepto de código de error es extensible a cualquier sistema de lenguaje que pretenda proporcionar satisfacción al usuario, y que contenga, al menos, un codificador, un emisor, y un receptor. En cada sistema de lenguaje el código de error se expresará, cuando aparezca, no con series de números y letras, sino con los elementos propios de su naturaleza y conforme a sus previsiones. El texto del Requerimiento, que era leído a los indios por las tropas españolas poco antes del inicio de cada enfrentamiento, ha sido transcrito en cursiva en el presente relato, y está tomado de las notas complementarias (concretamente la número 31-111) redactadas por José Miguel Martínez Torrejón a la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destruición de las Indias”, publicada en la edición del año dos mil trece de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española de la Lengua, junto con la Editorial Galaxia-Gutenberg, SL, y Círculo de Lectores, SA.

    El título es elocuente, así que aprovecho para felicitar el año próximo a ellas y ellos, deseándoos muchos relatos afortunados (y yo que los lea). Saludos.

    Un homenaje de los butroneros neoyorquinos a su artista y su cuadro más celebrados.

    El amor todo lo puede, a su manera.

    Excusas gloriosas para ocultar pecados horribles; y a veces no nos gusta cómo salimos retratados.

    porque humanos hermanos, y aunque Caín le mató, Abel le acompaña en el infierno y abrazados lamentan su suerte; trata de cómo, en un momento de flaqueza hija de la frustración, los hombres trastornan su vida y fugaces asomos de sensatez no bastan para revertir la tragedia que se abalanza sobre ellos; y enseña también que quien comete una injusticia contra otro aflige a su hermano y deja ver la podredumbre de su alma insolidaria, aviesa y fratricida; pero no vacilen y adéntrense, apresten todos sus cinco sentidos y disfruten de esta obrita que les ofrezco para su complacencia, y acomódense porque la función va a comenzar…¡ya!

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