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30 min
El fruto de una noche de Idumea, II.
Amor |
24.04.14
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Sinopsis

Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

2. Porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie? (Apocalipsis de san Juan, 6:17)

Era una mañana bonancible, levemente ventosa, del mes de septiembre del año mil novecientos dieciocho. En la azotea del edificio, decenas de sábanas soleándose en los tendederos destellaban blancores cuando eran sacudidas por el aire. Las nubes enfilaban veloces hacia el este, abriendo amplios claros en el cielo sobre París (y pronto alcanzarían las líneas del frente, donde miles de balas de obús, gruesas como leños, cortaban el aire con parábolas chisporroteantes). María Ángeles dejó la canasta de la colada en el suelo y, puesta al sol, se desabrochó los primeros botones de la camisa. Después apartó la cabeza, mostrando el pecho a los anémicos rayos que le entibiaban el cuerpo, decidida a no moverse mientras recibiera caricias, y sobre la membrana de sus párpados abatidos pudo sentir la percusión incesante de las partículas solares al estrellarse contra la delgada piel, el hilo vibrante y casi imperceptible de un susurro de fuego.

Bajo sus pies, adivinaba el siempre bullente bulevar de Saint Germain, con el ir y venir de los carromatos que servían género a los colmados y restaurantes, y la renaciente carrera de los transeúntes, que evitaban la acera del lado de la sombra. Si siguiera el curso de la avenida que se prolongaba por su derecha, María Ángeles podría ver, al fondo, el puente de la Concordia, y los Campos Elíseos en la orilla opuesta del río. Oía el rumor de la agitación cotidiana del barrio, el taconeo inseguro de las caballerías sobre los adoquines, le alcanzaban los olores de los vapores que exhalaban patios y ventanas: guisos, hornadas, el agua de javel de la ropa recién lavada. Y hacia la izquierda, hacia el este, podría distinguir la airosa cúpula de la iglesia del hospital, y pensó que cuando más tarde marchara a Val de Grace, antes de incorporarse aprovecharía para pasear por el parque de Luxemburgo. No necesitaba moverse, ni abrir los ojos, para sobrevolar los tejados de la ciudad que tan bien conocía, desde la azotea del edificio al que se trasladó cuando se separó de Alexandre, su esposo, un cuarto con una alta ventana de hojas batientes que se abría a la altura del número doscientos dos del bulevar de Saint Germain, en la casa de Guillaume y Jacqueline  (y en donde en las noches límpidas se veía en el horizonte el resplandor de las explosiones, tal que una colonia de luciérnagas estremeciéndose en su desesperada competencia por hacerse notar de la hembras).

Luego de dejar la ropa a secar, cuando bajara al apartamento, María Ángeles se alegraría al comprobar que Guillaume se había despertado pletórico de animación. Vestido con su uniforme bleu horizon, las botas recién enceradas, ostentando en las bocamangas los galones de teniente de infantería y en su pecho, rutilante, la cruz de guerra, declamaba versos con la voz tronante de antaño, liberada aquella mañana del ronco jadeo que últimamente arrastraba al respirar. Además, la herida de la cabeza parecía no molestarle, por lo que aprovecharía para lavarle el pelo, limpiarle la cicatriz y cambiarle el vendaje, y también abriría de par en par todas las ventanas y balcones del apartamento, aprovechando que el sol se resistía a abandonar la ciudad.

Sin embargo, un reconcomio mal disimulado laceraba el espíritu inquieto de Guillaume como un bajo continuo. Tenía una gana incontenible de comer, se revolvía agitado por el afán de retomar su poemario sobre las trincheras, apremiaba para encararse con un desayuno pantagruélico, la paciencia era abominada como un derroche inatendible, los proyectos literarios inacabados y los encargos de artículos y colaboraciones pendientes le arrollaban como avalanchas que había que despejar sin demora. En ocasiones el ansia se desenmascaraba con súbitas imprecaciones proferidas contra María Ángeles, o contra Jacqueline cuando ella estaba presente, que parecían impelidas por alguna fuente ajena al mismo Guillaume, como caídas del cielo aunque saliesen de su boca, pero que se correspondían con los lamentos de las ásperas hijas del espanto que le ahogaba. Este desasosiego acababa por desnudarle, develando el temor a que su alborozada euforia fuera un efímero espejismo, y verdadera la sorda sospecha de que él no hubiese, en definitiva, recobrado la salud, sino que el mal se retraía con astucia, como una serpiente venenosa, para afrontar el impostergable impulso final que lo haría sucumbir, ‘otro glorioso caído por la patria’, se repetía. Pero su natural genio indómito, que siempre le había distinguido, pugnaba por imponerse, sacudiendo enviones para ahuyentar de sí las sombras, y bromeaba sobre sus posibilidades de vuelta al frente, ‘¡Ah! mon petit Melibea, mañana alquilaré un taxi y regresaré con el regimiento, disputaremos entre los camaradas justas poéticas inspiradas en el amor en las trincheras y después le daremos su merecido a los boches; yo estaré preparado ¡jo, jo!’; sus ojos acaramelados bailaban candorosos, mirándola, pasando por alto la terrible trepanación que le practicaron, olvidando la esquirla del obús que se estrelló contra su sien y estuvo en un tris de matarle, ‘Hay un barco que se ha llevado a mi amada, Hay seis globos en el cielo y cuando llega la noche diríase que son larvas de las cuales nacerán las estrellas, Hay un submarino enemigo que tenía ojeriza a mi amor…’ (Los soldados se mataban entre sí infiriéndose tremendas heridas. Parecía que en aquella contienda la muerte despreciaba la sutileza y se confundía con la aniquilación material del adversario, la reducción a la nada de su cuerpo. El asombro ante semejante falta de amor y compasión agotaba. Y sin embargo, los artilleros no sentían odio a los servidores de las ametralladoras, ni los minadores a los aviadores).

Poco a poco se iba asentando el sol en el cielo, y los rayos caían más decididamente sobre la azotea, arrullando a María Ángeles que, como una oferente diosa ática, se dejaba mecer por la cálida luz que le doraba la piel. Guillaume vigoroso o Guillaume enfermo, tan contrarios como el día y la noche, inclinaban invariablemente cada mañana el estado del humor de María Ángeles para el resto de la jornada, y desde su recaída en el mes de enero pasado, cuando le hospitalizaron porque se le encharcaron los pulmones, los días con él se sucedían adversos, como un agrio castigo. En realidad, Guillaume vigoroso ya solo aparecía esporádicamente, como un recuerdo de la espléndida criatura que brilló en el firmamento de París hasta marchar al frente y caer herido unos meses después por la metralla. Desde aquel día diecisiete de marzo de mil novecientos dieciséis, nunca más volvió a ser el que fue; la inmensa fortuna que le cupo al alojar mollarmente el retorcido metal después de destrozar el hueso temporal derecho, junto a la sorprendente fortaleza que atesoraba bajo su coraza se conjuraron para que conservara la vida, pero del lance quedó abierta una brecha por donde finalmente se coló la agonía (las esquirlas de metralla zumbaban locas dentro de las trincheras). Los numerosos amigos, colegas y admiradores que le visitaban en el hospital de Val de Grace, donde pronto se hizo muy popular, tanto como antes lo fue en la trinchera, sabían que estaba prohibido, delante de Guillaume, pronunciar la palabra ‘milagro’, aunque era la más concorde con los hechos que le tocaban. Cuando estaba alegre, en su carácter aún se reconocía al muchacho impulsivo, libertino y soñador de arrolladora simpatía, ingenio chispeante y ánimo pujante, y se podía rastrear la pista del niño grande y fortachón que se manejaba ducho sobre el París alocado de antes de la guerra, lidiando con una barriga rebosante que le impedía inspeccionar su rabo cuando orinaba. Pero aquel contorno tripudo parecía el único límite aceptado, aunque con resignación, por el poeta auroral del siglo, erudito imbatible, de modo tal que con desatada energía acometió contra los usos sociales que la gazmoña burguesa parisiense imponía sobre los gustos y los criterios de aceptación de las expresiones artísticas, alicortando la libertad creadora en todas sus manifestaciones con la impostura biempensante de una moralina ruin y profundamente falsa sobre la que con rigor incontrastable arramblaba, persiguiendo el escándalo con sus artículos anticlericales, provocando a los acomodadizos retratando a la burguesía hipócrita y decadente en piezas de erotismo desenfrenado como ‘Las once mil vergas’, proponiendo a las mujeres la liberación a través de la práctica del libertinaje como medio de alcanzar la sabiduría platónica, promoviendo los movimientos literarios y pictóricos más vanguardistas y rompedores, que hicieron de Guillaume Apollinaire un poeta de genio, harto renombrado tanto para celebrarle por lectores y artistas como otros tantos para desearle muy sinceramente su perdición en el fuego eterno del infierno. Sin embargo, acabada su convalecencia en el hospital, se sucedieron algunos días felices después de retornado a la vida literaria parisina con un halo de gloria que le orlaba la cabeza vendada, su sempiterno uniforme bleu horizon, y el rango de chef de file de cubistas y surrealistas, cuando volvió a vérsele en los cafés de Montparnasse y en el Café de Flore, cercano a su casa del bulevard de Saint Germain, frecuentar reuniones literarias y artísticas, cenas de homenaje y conferencias, sobre los que se fueron imponiendo otros aciagos, primero discretamente y luego a galopadas retumbantes, en los que la debilidad le podía, y poco después le visitó la gripe que le dejaba molido y que iba y venía sin curarse definitivamente, transformándole un ser frágil, impaciente, malhumorado, cruel, vencido. Y, desde luego, desde que cayó herido terminaron para siempre las furiosas noches de sexo con Jacqueline y María Ángeles, cuando le sobraban fuerzas para dejar a las dos agotadas montándolas sucesivamente mientras las adoctrinaba, era su debilidad, citando párrafos enteros de El Banquete de Platón, donde Sócrates refería sus conversaciones con la legendaria Diotima de Mantinea, 'El amor no es hermoso, pero desea la hermosura, y por eso busca la felicidad en la sabiduría, pues la belleza es una expresión de la sabiduría. Los hombres aspiran a la felicidad y la quieren para siempre; el deseo de belleza, propio del amor, es también deseo de felicidad. Y no de felicidad instantánea, sino perenne, porque los hombres aspiran a la inmortalidad, y por eso buscan las formas eternas, la belleza, el amor, la sabiduría. Y sin duda la hermosura debe empezar a buscarse en la belleza corporal de los jóvenes. Pero si lo que amamos es la hermosura, ¿por qué amarla nada más en un cuerpo y no en muchos?; y si la hermosura está en muchas formas y personas, ¿porqué no amarla en ella misma? ¿Y por qué no ir más allá de las formas y amar aquello que las hace hermosas: la idea? Por eso nosotros, amadas mías, empezamos por el principio, amándonos en comunión, follándonos bonitamente para aspirar al siguiente escalón, que será el gozar de toda la humanidad, la orgía universal, y seguiremos subiendo escalones por el camino que lleva hasta las ideas eternas, hasta la felicidad. Pero, por de pronto, follemos'.

Las gaviotas, unas reidoras y sombrías otras, remontaban el Sena en bandos que figuraban una uve invertida, o bien en pequeñas cuadrillas expedicionarias, y planeaban gallardas sobre la ciudad en cualquier época del año, incluso durante el tramo del invierno más inclemente y severo; se las podía ver ceñidas a la torre Eiffel, o atravesando con las alas bien extendidas los ojos de todos los puentes de la isla de la Cité. María Ángeles las oía graznar, posadas varias de ellas en el mismo reborde de la azotea, donde se aplicaban a su interminable runrún coral, aunque ahora quedo y conformado a la estática disposición heliólatra de la mujer, a la vez que acechando las cestas de ropa.

Conoció a Guillaume Apollinaire el mismo día de su boda con Alexandre Kolb, que se celebró cuatro días después de que la pareja arribara a la estación de Austerlitz, en el tren expreso de Hendaya, a mediados de septiembre de mil novecientos catorce. Madrina fue la hermana de Alexandre, Jacqueline Kolb; y Guillaume, novio de Jacqueline,  inmediatamente se postuló como padrino de la novia, su próxima nueva cuñada alegando, además, que sabía hablar un peu espagnol, que al igual que ella era natural de un país entonces neutral, y que ya ostentaba notorio y público padrinazgo sobre todos les grands artistes espagnols radicados en París, como su querido le petit Napoléon. Madame Amelia Kolb, madre de Alexandre, nunca quiso saber nada de su nuera. Reunidos en el edificio consistorial, donde el alcalde del séptimo distrito de París ofició la ceremonia civil, se congregaron muchos de los amigos de Alexandre que pudieron ser avisados a tiempo. Ella lucía preciosa y radiante, vistiendo un discreto pero muy favorecedor vestido de seda perlada, recorrido por una cinta del mismo color que se enlazaba entallándose a la cintura, un regalo de Alexandre adquirido a toda prisa la víspera de la ceremonia en una boutique del bulevar de Montparnasse; se había colocado una rosa roja de tela entre los senos y llevaba en la mano un gran ramo de gladiolos blancos que componían una primorosa sonaja de cascabeles de néctar. Su felicidad contagiosa provocaba que todos los asistentes se agolparan en la puerta de acceso al salón de actos municipal con el deseo de ser presentados para poder besar a la novia, era tanta su hermosura y tan deslumbrante su dicha. Pero María Ángeles advirtió que aquella ventura tan abundantemente compartida no la causaba únicamente su desposorio. La explosión de patriotismo belicoso que se había desatado después de cuarenta días de guerra se reflejaba en las avenidas arteriales de la ciudad, donde transitaban ahora infinidad de soldados y demás miembros pertenecientes a la casta militar bajo las guirnaldas de banderines de Francia y de sus aliadas británica y rusa con que habían sido engalanadas, aportando una nota festiva al ambiente de general euforia que reinaba en todas las reuniones, bien espontáneas junto a las esquinas de las calles y las puertas de las tabernas, o previa cita en los salones de las mansiones más selectas, donde cualquiera se atrevía a vaticinar que la contienda contra las potencias centrales quedaría liquidada victoriosamente antes de comenzar el invierno. También las estaciones de ferrocarril, los templos, los bailes y los parques, estaban repletas de hombres uniformados, que marchaban a su acuartelamiento con el petate al hombro, o volvían para disfrutar de unos días de permiso; la vida pública y social de la ciudadanía sufrió una transformación en su primigenio carácter civil y femenino, de modo que los uniformes y los continuos desfiles de tropas por los bulevares, sobrepujaron su naturaleza masculina y agresiva, en la que los estados de ánimo se imponían, y no se compartían, como sucedía antaño. Las primeras bajas iban acomodándose discretamente en los hospitales, pero todavía no se veían tullidos en las calles (todos los días los cañones escupían brazos y piernas descuajados, huesos astillados). En la boda, varios de los invitados vestían el uniforme del ejército francés, y muchos otros que justamente se incorporaron a los cuarteles de instrucción no habían tenido tiempo de solicitar una licencia para asistir a la celebración. La efervescencia por el acontecimiento feliz de la guerra se extendía como el lamparón que dibujaba el vino en su avance sobre un mantel, manando caudaloso de la boca de una botella derribada, tiñéndolo enteramente, y alcanzaba a todos los nimios sucesos e incidentes que acaecían por doquier por el mero discurrir de la vida, rebozándolos en aquel optimismo sintomático. Se comentaba que en algunos barrios los vecinos más alterados organizaban excursiones domingueras, abordando taxis que les llevaban hasta la cercana línea de batalla, para embriagarse con la ambrosía embaucadora y dulce que destilaba la victoria cantada a destiempo. Así que la boda de esta deliciosa muchacha, recién llegada a París desde un país neutral de nativos entrañables, con el no menos apuesto galán vernáculo, regocijado por lucir para aquella ocasión el brillante uniforme de gala que correspondía a su próxima inminente graduación como oficial del arma de ingenieros, constituyó un momento relampagueante en el que reverberaron los goces abigarrados de los pintorescos invitados confluyentes en aquel cruce de caminos que les deparó el destino, y que sin embargo muy pronto quedaría olvidado y sobrepasado por los terribles acontecimientos que habrían de imponerse, desbaratando proyectos y esperanzas, cuando los franceses acabaran de comprender que la guerra era un niño insaciable que amontonaba nodrizas exhaustas, una criatura rutilante que no parecía de este mundo, donde la muerte se ejercitaba jugando con sus versiones más feroces, y a la que después hubo de agregarse el surgimiento del espantoso virus de aquella gripe apocalíptica, que vaciaba ciudades enteras en pocas semanas.

Después de la ceremonia, toda la concurrencia se desplazó al nuevo estudio donde se había trasladado le jeune Napoléon, en el número 5-bis de la calle Schoelcher, en el bulevar Raspail, con vistas al cementerio de Montparnasse, que Alexandre y Guillaume aprestaron abundantemente de bebidas y condumios, y en la que pasaron una agradable tarde riendo, cantando y bailando. Avanzada la noche, buscándose mochuelas y mochuelos, en el baile de Gravilliers las figuras se fueron esfumando en las brumas espiritosas del champán, las delicadas cadenas de burbujas cimbreantes que desde el fondo de la copa ascendían a la superficie se arrimaban a los fuertes brazos de los apuestos soldados para salir a bailar a la pista, o a tomar el fresco en el jardín con otra copa de champán, los besos robados en los rincones sombríos consolaban mutuamente a los que lamentaban no haberse conocido antes. María Ángeles y Alexandre pasaron su primera noche de amor parisina como esposos en un recoleto hotel de la calle Delambre, plena de éxtasis y felicidad pero, para sorpresa de ella, no se repetiría. La guerra y los amantes de él, de los que no quiso renunciar ni aún compartir, quedando a la vista el carácter infantil, caprichoso, vulgar, e irresponsable de Alexandre, lo impidieron. El matrimonio, de este modo, duró efectivamente bien poco más allá del día siguiente de su celebración. Y María Ángeles, negando cualquier atisbo a la desesperanza, decidió trasladarse a vivir a la casa de sus cuñados Jacqueline y Guillaume, más generosos, que no solo la ofrecieron una habitación, sino también su amor, tierno y verdadero, con quienes durante unos pocos años fue feliz, amó y fue amada de ellos, y estuvo razonablemente satisfecha con su vida.

Desde los primeros años en que fue consciente, María Ángeles siempre supo de su relación particular con las mariposas. Recordó cuán a menudo se le enredaban en la melena; advirtió que en las ocasiones más señaladas de su vida nunca fallaba la presencia de alguna de aquellas hermosas voladoras, rondándola con extraña complicidad. Así sucedió en la noche en que se convirtió en mujer, donde mariposas nocturnas escoltaban a las luciérnagas en sus danzas de amor; y también en la primera vez que amó a Manuel, aquella tarde calurosa en la pradera, en la que cientos de menudas azules abrevaban sobre la lámina de un pelo de agua que quedaba estancada junto a la orilla del río; o como ahora mismo en la azotea, que de tan estática que se mantenía asemejaba a una estatua, y sintió que una mariposa se había posado sobre su frente, en el borde por donde comienza la melena, dispuesta a mecerse en las arribadas ondosas del sol septembrino, desplegando sus frágiles alas multicolores. Semejante querencia era, ella lo sabía, un signo evidente de que aquel sería un día señalado en su vida, pero todavía ignoraba por qué.

Alexandre Kolb apareció una tarde de mediados del mes de julio de mil novecientos catorce, mientras en las eras del pueblo de Riaza los agricultores estaban terminando de guardar la mies, cuando se apeaba del coche de caballos que le trajo de Madrid. Después de descargar su equipaje, se dirigió junto con los otros hombres que le acompañaban hacia el hotel situado en la plaza mayor, uno de los negocios que regentaba la familia de Manuel donde él mismo colaboraba como contable y mozo para todo, en el que pensaban instalarse por un par de meses. Alexandre encabezaba una cuadrilla de media docena de ingenieros de minas y geólogos, enviados allí por una relevante sociedad minera francesa, que venían con la intención de estudiar las posibilidades de negocio que pudiera brindarles una antigua y vieja mina de oro que el raspado minucioso de siglos había llevado a su práctico agotamiento, cuyos derechos de extracción fueron adquiridos por la compañía para la que trabajaban un día lejano a cambio de una cantidad despreciable, con el pensamiento de que las ocasiones hay que cazarlas al vuelo porque nunca se sabe lo que deparará el futuro, y que ahora decidieron desempolvar, rescatándola del fondo del cajón de los pozos en letargo; estaba situada en lo más profundo de una hondonada al pie de las cumbres que albergaban los neveros perpetuos, oculta por el espeso robledal que se emboscaba en las amplias faldas de la sierra, abandonada desde el siglo anterior a causa de la peligrosidad que evidenciaban los quebradizos techos de sus cámaras, algunas ya completamente derruidas, y otras con los pilares descuajaringados y a punto de ceder bajo el peso de la montaña; se trataba de un agujero descartado, incluso, por los saqueadores más temerarios. Pero el estado de nerviosismo que durante los últimos meses dominaba en el panorama internacional, con continuos roces fronterizos y políticos entre las grandes naciones que se jugaban el liderazgo comercial y financiero mundial, provocó que el dorado metal, que estaba considerado como el refugio por excelencia de los patrimonios acaudalados en los tiempos de mudanza, fuese presa de especuladores poderosos que elevaron su precio en los mercados hasta niveles desconocidos, lo que implicó que cualquier veta de oro, por esquilmada y limpia que pareciese, merecía ser examinada de nuevo con vistas a la posible reapertura de su explotación con criterios de rentabilidad. Así que el plan de los ingenieros franceses era el de contratar a una docena de peones del lugar y trasladarlos a la mina, donde levantarían un tinglado para realizar las prospecciones exploratorias necesarias para su el logro de sus objetivos, y después volver a la matriz sita en París con los resultados obtenidos, para que la junta directiva y los accionistas copropietarios tomaran la decisión que consideraran más conveniente.

En ese preciso momento María Ángeles atravesaba la plaza caminando bajo los soportales que la circundan, acompañada de su madre, charlando de sus cosas, cuando se fijó en la figura esculturalmente conformada que trepaba con ligereza hasta la baca de una diligencia colmada de bagajes para desatar la carga y dejarlos caer con cuidado sobre los brazos de sus compañeros de viaje; los reflejos de los penúltimos rayos del sol vespertino que ya decaía le parecían a ella que incidían con particular donosura sobre la melena rubia enmarañada de rizos con puntas leonadas que se agitaban sobre los fardos manipulados por aquel hombre magnífico. Todo era bello, hermoso y lindo en aquel cuerpo, derrochando una gracia que enviciaba sin nunca cansar; un talle que reunía en sí más primor del que nadie hubiese sido capaz de soñar, y conciliaba a gentes extrañas y de la más variada condición que se demoraban en su admiración complaciente. La primera impresión que le deparó a María Ángeles el descubrimiento de aquella escena se asoció inmediatamente a la idea de belleza, y todas las palabras que conocía para aludirla emergieron del manantial de un monólogo interior que, sin tratar de evitarlo, antes bien procurando que acreciera su torrente, rápidamente acaparó su pensamiento con un ímpetu que ya no la abandonaría, sujetando su voluntad, que no era otra que la de hacerlo suya, porque de un modo natural reconoció en él al hombre que habría de ser su amante, por el que ella estaría dispuesta a dejarlo todo. Y mientras esa ocasión llegaba, arrobada le desnudaba con los ojos, sintiéndose como una mariposa borracha de néctar. Las dos mujeres se acercaban por su camino a la puerta de entrada del hotel, que también se exhibía bajo los soportales y ellas debían pasar de lado, cuando Alexandre, cargado con dos grandes petates y seguido de los demás recién llegados, se disponía a acceder a él. Allí se esquivaron los cuerpos y, por primera vez, se cruzaron las miradas. Fue entonces cuando ella sintió que su corazón se abrasaba vivo en puras llamas, y que sus piernas flaqueaban, sosteniéndose disimuladamente del brazo de su madre; Alexandre les cedió levemente el paso murmurando un ‘bonjour, madame’, que le encendió definitivamente los colores y terminó de desarbolarla, temiendo que en ese instante cayera desfallecida, delante de él.

Después de llegar a su casa, de improviso dejó a su madre con la excusa de que tenía que hablar de un asunto con Manuel, y volvió al hotel. Pero él, que estaba haciendo un recuento de provisiones en la despensa, no supo de la visita de María Ángeles a sus padres sino cuando ellos se lo comentaron durante la cena; se interesaba por los extranjeros que se habían alojado esa tarde y el motivo de su venida, y pretendía ofrecerles sus servicios como intérprete y traductora de francés, que ella dominaba. A la mañana siguiente retornó a primera hora, y encontró a Alexandre y los suyos desayunando en el comedor. Su oferta fue aceptada de inmediato, y se incorporó a la tarea allí mismo, sentándose al lado de Alexandre, que mientras se terminaba el café la miraba sonriente con aquellos ojos almendrados que a ella la volvían loca. Ya no se separarían, y aunque durante los dos meses que pasaron juntos en Riaza ella siguió durmiendo en su casa con su madre, la pasión les transportaba cotidianamente a estados de éxtasis y goce extremos, que luego se traducían en una sensación de ansiedad maravillosa que nunca remitía, mientras aguardaban al siguiente paseo mañanero con los palafrenes. Alexandre quedó prendado de la preciosa mujer y se entregó a ella completamente y sin reservas, de un modo que nadie podía dudar que fuese verdadero. Todas las mañanas, asomado desde la ventana de su oficina en el hotel, Manuel les veía cómo montaban sendos caballos y marchaban a cabalgar por los alrededores del pueblo, y algunas veces también les veía volver al mediodía, la hora del almuerzo, con las caras llenas de sol y las bocas colmadas de besos. Aunque en ese tiempo salió de paseo con ella alguna tarde, cuando Alexandre mantenía largas reuniones con sus ingenieros, e incluso una única vez la hizo suya junto al río, Manuel sabía perfectamente que la había perdido, quizá para siempre; pero mientras tanto callaba y simulaba indiferencia, con la idiota ocurrencia de que su silencio podía favorecer que María Ángeles olvidara a su amante francés.

A finales del mes de agosto Alexandre recibió un telegrama de París, remitido por el Haut Commandement de l'État-Major Général de l'Armée Française en el que se le comunicaba que el alto mando había ordenado su movilización inmediata para que ingresara sin demora en el cursillo para futuros oficiales que se impartía en la academia militar general, y se incorporara luego a un regimiento como oficial del arma de ingenieros. Desde que tuvo noticia de que había estallado la guerra, él y sus colegas aguardaban el llamamiento de movilización. María Ángeles preparó una maleta y se despidió de su madre, ‘Adiós mamá, me voy con Alexandre, no podemos esperar, nos casaremos en cuanto lleguemos a París, te lo prometo. Nos escribiremos. Te quiero mamá’.

Una gata tricolor, seguida de dos mininos que atendían a su reclamo, surgió de la boca de la escalera, se acercó a María Ángeles y comenzó a frotarse concienzudamente contra sus pies, con movimientos suaves y amistosos. Después se echó a un lado y lamiéndose, y lamiendo al tiempo a sus crías cuando se acercaban, se dispuso a recibir el calor que templara su sinuosa figura. A pesar de que los dos cachorros hacían amagos de trepar por sus piernas, María Ángeles no se inmutó por su presencia y prosiguió estatuaria, perdida en su rezo solar. El día anterior Jacqueline visitó la casa vacía de su hermano Alexandre, para comprobar que todo estaba en orden, y encontró en el buzón una carta con matasellos de España dirigida a María Ángeles. Era de su madre, ‘querida hija mía, te añoro más que nunca porque siento que se me acaba el tiempo’, pero la advertía que, si no podía hacerlo inmediatamente, no se preocupara de venir a visitarla, porque ella comprendía la dificultad de la distancia y las complicaciones de aquellos tiempos perversos que les había tocado vivir. El mal que la vencía no era muy doloroso, pero la retenía postrada en un cansancio infinito que la impedía moverse. Le escribió que en Riaza y en otros lugares estaba muriendo gran cantidad de gente a causa del virus de la gripe de aquel año, que se había presentado violentísimo y de una mortandad desconocida, y se hablaba de que algunas localidades habían quedado sin vecinos vivos en un par de semanas desde que se declaró el primer caso de gripe entre ellos. Se sabía que estaba extendido por todas partes, que no conocía fronteras ni edades ni sexos ni fortunas ni guerras, y que en todas las parroquias se sacaban los santos de procesión para rogar que él les librara del funesto mal; ‘cuídate, te lo ruego’. También hizo algún comentario sobre los vecinos. Manuel se marchó sin dar cuenta de su paradero, después de unos meses en que estuvo mal encarado con todo el mundo, incluida su familia. ‘Ahora sus padres han sabido que, a causa de alguna mala ventura, se alistó voluntario en el ejército francés y lucha en aquella guerra horrible, en algún lugar cerca de París’. Se despidió suplicándola que rezara por ella, ‘como yo rezo por ti. Sé feliz y apréciate’.

‘Es hora de marchar’, se despidió del sol, de las gaviotas, de las nubes que la respetaron, de las mariposas y los gatos, y lentamente recogió la canasta de mimbre y se dirigió a la boca de la escalera. María Ángeles conoció el Hospital de Val de Grace cuando Guillaume cayó herido por aquella esquirla, y le practicaron una trepanación. Durante todas las semanas que estuvo ingresado, allá por la primavera de mil novecientos dieciséis, ni un solo día faltó de su lado, para ayudarle y acompañarle. Sentía que no podía dejar de hacerlo, que era un acto de solidaridad al que estaban obligadas todas las personas decentes. En ese intervalo tuvo ocasión de conocer a todos los demás heridos, alrededor de una treintena, que compartían pabellón con Guillaume. Y cuando le dieron el alta y pudo regresar su domicilio, María Ángeles no pudo dejar de venir a visitar a los demás heridos. Decidió consecuentemente, para ser más útil, apuntarse al curso de enfermeras que se impartía en el mismo Hospital, y de las que tan necesitadas estaban; y a partir de entonces, alternando días y noches, pasaba muchas jornadas en Val de Grace, lavando enfermos, ayudando a los doctores, limpiando habitaciones que serían nuevamente ocupadas por otros recién llegados. En este último verano de mil novecientos dieciocho tuvo lugar una novedad que no pasó desapercibida a nadie. Los heridos de guerra dejaron de ser la mayoría de los hospitalizados, siendo muy pronto sustituidos por una creciente oleada de enfermos de gripe, casi siempre vecinos de localidades cercanas de toda clase y condición, que afrontaban atónitos, con el temor de haber sido abandonados por dios, un mal agresivo y feroz que se llevaba a la tumba a la mitad de ellos en poco más de tres días desde que ingresaran, muriendo varios cientos cada semana solo en Val de Grace. María Ángeles sentía mucha más lástima por estos nuevos desahuciados que por los militares, a fin de cuentas la guerra era cosa de hombres, y sin que nadie se lo pidiera redobló sus jornadas y renunció a los descansos que le correspondían. Los doctores y compañeras que compartían tareas con ella temían que, de tan intensa que era su dedicación, terminara ella enfermando de gripe.  

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  • Me parece que me lié con los dos poetas franceses. "Las flores del mal" es de Baudelaire. El "aire" del final aventó mi desairada confusión. De Apollinaire son los sorprendentes "Caligramas". Cercano al cubismo se le considera el precursor de los movimientos vanguardistas. A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César y a Astérix y los poetas galos lo que de verdad les pertenece. Saludos, de nuevo, y a ver si no demoras tanto la tercera parte.
    La historia mantiene un gran nivel literario de la primera entrega. El relato de una relación tormentosa y apasionada, descrita con un estilo entre romántico y barroco, sobre el trasfondo bélico de la Primera Guerra Mundial y la Gran Epidemia de gripe de 1917 conocida como Gripe Española. Lo mejor, a mi juicio, son las escenas de una María Ángeles idolatrando el Sol en compañía de mariposas y gaviotas, por la fuerza plástica y expresiva. Sin olvidar, como no, al gran Apollinaire, el poeta maldito, con sus flores malvadas y su cráneo trepanado por el obús. Saludos.
  • Son animales de otro mundo.

    Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

    Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

    ¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

    “Código de error” es una expresión del ámbito de la informática. Aparece en los lenguajes de programación más populares cuando surge un fallo de hardware, software, o una entrada de datos incorrecta del usuario, que pueden dar lugar al colapso del sistema. Habitualmente se manifiesta sobre una pantalla de color azul o negro, en la que tras un texto de cifras y letras se descubre la expresión “CÓDIGO DE ERROR” (o “STOP”), seguido de letras mayúsculas, guiones y números, que son las que se corresponden con el concreto mensaje de error en una aplicación específica; aunque no suelen identificar exactamente el fallo en cada supuesto, sí orientan sobre la parte de la estructura donde debe buscarse para dar con él. Lógicamente, el concepto de código de error es extensible a cualquier sistema de lenguaje que pretenda proporcionar satisfacción al usuario, y que contenga, al menos, un codificador, un emisor, y un receptor. En cada sistema de lenguaje el código de error se expresará, cuando aparezca, no con series de números y letras, sino con los elementos propios de su naturaleza y conforme a sus previsiones. El texto del Requerimiento, que era leído a los indios por las tropas españolas poco antes del inicio de cada enfrentamiento, ha sido transcrito en cursiva en el presente relato, y está tomado de las notas complementarias (concretamente la número 31-111) redactadas por José Miguel Martínez Torrejón a la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destruición de las Indias”, publicada en la edición del año dos mil trece de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española de la Lengua, junto con la Editorial Galaxia-Gutenberg, SL, y Círculo de Lectores, SA.

    El título es elocuente, así que aprovecho para felicitar el año próximo a ellas y ellos, deseándoos muchos relatos afortunados (y yo que los lea). Saludos.

    Un homenaje de los butroneros neoyorquinos a su artista y su cuadro más celebrados.

    El amor todo lo puede, a su manera.

    Excusas gloriosas para ocultar pecados horribles; y a veces no nos gusta cómo salimos retratados.

    porque humanos hermanos, y aunque Caín le mató, Abel le acompaña en el infierno y abrazados lamentan su suerte; trata de cómo, en un momento de flaqueza hija de la frustración, los hombres trastornan su vida y fugaces asomos de sensatez no bastan para revertir la tragedia que se abalanza sobre ellos; y enseña también que quien comete una injusticia contra otro aflige a su hermano y deja ver la podredumbre de su alma insolidaria, aviesa y fratricida; pero no vacilen y adéntrense, apresten todos sus cinco sentidos y disfruten de esta obrita que les ofrezco para su complacencia, y acomódense porque la función va a comenzar…¡ya!

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