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3 min
EL GATO FELÓN
Fantasía |
12.01.20
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Sinopsis

Érase una vez un gato con largos bigotes y cinco vidas, que se paseaba elegantemente por lo alto de la cerca que separaba los patios entre las casas donde sus amos tenían su vivienda.

De las siete vidas, dos las había gastado ya; una al caer de lo alto de un balcón, cuando se giró en pleno vuelo y aterrizó de cuatro patas y completamente ileso, y la segunda, cuando se metió con su curiosidad en una trampa para mofetas, pero su rapidez e instinto lo salvaron de un mal trago.

Su pelaje, exageradamente llamativo, no tanto por su hermosa melena como por el espléndido color gris perla que la teñía, era motivo de orgullo para el agreste animal, el que, sabiéndolo perfectamente, lo utilizaba para seducir más que para agradar, alimentando así su ego gatuno.

Desde las ventanas, las gatitas vecinas lo miraban pasar más que lo veían, pues siempre hacía el mismo recorrido a la misma hora del día, todos los días de la semana.

Éstas suspiraban al verlo caminar con sus almohadilladas patas sobre tres centímetros de madera a tres metros del suelo; la suficiente altura para poder ser contemplado por sus admiradoras. Se detenía el mismo tiempo en cada visita, ninguna tendría así motivo de queja al compartirlo con las demás, aún cuando ellas eran ajenas a esta situación y se sentían, cada una de ellas, gatas únicas en su vida.

Pero un día, el inteligente gato pisó sin saberlo un largo trozo de valla recién pintada antes de iniciar sus visitas gatunas amorosas. Y ocurrió que cada vez que visitaba una gatita, le dejaba sin darse cuenta la marca de su patita en el lomo. Como volvía a pasar por la cerca recién pintada, repetía la marca en cada pelaje de cada gata enamoriscada.

Y así fue como las gatitas descubrieron su innoble juego al contemplar la marca de su supuesto admirador en los lomos de sus congéneres hembras del vecindario. Se corrió la voz por el barrio y en ningún hogar con gato se dejaron de oír las carcajadas por la cómica situación.

El gato al percatarse de las risas que provocaba en su comunidad y herido profundamente en su amor propio, salió  corriendo sin prevención, calculó mal el salto y acabó cayendo en una piscina cubierta con una elástica red en un patio vecino. Se enredó en la malla y por más que le quedaran cinco vidas, se ahogó.

Lo sacaron del agua dos días después. 

Las gatitas volvieron otra vez a perseguir ovillos de lana y a subir por las cortinas del salón, mejor que perder su tiempo llorando al engreído y pillado gato felón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  • Gracias, Marcial, cuando empiezo a escribir ni yo sé cómo va a terminar; me alegro de que te haya entretenido. Saludos
    Un cuento muy ameno. Creí que era una fábula. Saludos
    Quizá me pasé esta vez, Jovato, pero es que leí que un escritor tiene que atreverse con cosas nuevas, jeje Besos
    la promiscuidad no pagó esta vez
    Jeje, Francesc... si ligar no tiene nada de malo. Es el engaño lo que enfatizo en el relato... Y no me convencerás, para bañarse en el mar en enero hay que tener una piel muy dura! 😃
    ¡Ah! Me olvidaba. Ahora que es el mes de enero, puedes ir a la playa y echarte al mar. A ver qué pasa jejeje. Lo digo por el otro relato que escribiste en la otra página. Yo a mediados de primavera, como vivo en el Masnou, voy a correr por un Paseo que está junto a la playa hasta el pueblo vecino, y luego me baño en el mar y es fantástico.
    ¡Ooohh! Pobre gato. Me ha hecho muchísima gracia este relato, y francamente Serena, me gusta mucho tu manera de contarlo, y cómo usas el lenguaje. A veces quien se pasa de listo acaba mal. Pero mujer el gato hacía lo que podía para ligar.
    Jajaja! bueno Cantamañanas, déjame pensar... por lo menos media docena... aunque no salieron todas a la calle, por lo que podría haber habido alguna más. Pero es solo un cuento... a menos que te sientas gato...
    ¿Cuantas gatas lucieron la señal inequívoca de vivir la vida esa tarde? Lo pregunto por mi ego humano...
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    Una leyenda cuenta que hace mucho tiempo una joven sacerdotisa del Templo de la Diosa de la Luna se enamoró perdidamente de un peregrino y vivieron su relación oculta a todos durante largo tiempo, hasta que finalmente se descubrió su transgresión. Su amante, en lugar de estar a su lado huyó del lugar dejándola con el corazón roto de desencanto. Ella cayó en desgracia, fue repudiada y expulsada del Templo y de sus tierras circundantes. Nadie la ayudó, excepto una vieja que vivía en compañía de su gato negro, en una pequeña casa de piedra alejada de los caminos, allá en lo más profundo del bosque. La vieja, que era una hechicera oscura, la adoptó como aprendiz. Con el tiempo le transmitió todos sus secretos de magia negra. El que fuera un cándido corazón se había transformado en una maraña de rencor y se protegió rodeándose a sí misma con un hechizo: sus amantes fallecerían después de haber yacido con ella.

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