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8 min
El gazpacho
Varios |
26.08.13
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Sinopsis

Fresco, apetitoso, con un toque de dolor y una pizca de amargura

        Solamente quería romper el hielo. No quería mostrarme egocéntrico ni nada de eso, no. Quizá fuera por ocultar mis inseguridades ante tan nueva situación, quizá por eso, decidí que lo mejor sería que el gazpacho lo hiciera yo ...

Conocer a los padres de tu novia en su apartamento de verano fue mala idea. Ella ya me había puesto en antecedentes sobre él y os aseguro que empecé con el pie izquierdo. De la madre poco puedo decir, bueno, sí, se portó como una santa conmigo pero ella no era la portadora de mis temores, sino él. Medio siglo de edad, protector como ninguno y desquiciádamente religioso, en fin, el típico suegro que todos ansiamos tener. Recuerdo que llegamos a la hora prevista, las cuatro de la tarde. Teníamos más de trescientos kilómetros de distancia y a pesar de sus distracciones por querer parar en cualquier area de servicio para calmar sus calenturas, yo me mostré firme y quise respetar el horario de llegada cual militar volviendo de permiso. La puntualidad era mi mejor as, incluso en largas distancias y sin ningún tipo de gps a bordo.

Al llegar al párking del apartamento ahí estaba él, con una sonrisa fotogénica deseando abrazarnos, eso pensé yo. Creo que fueron cinco minutos lo que duraron los besos y arrumacos a su querida hija ignorando por completo mi presencia. Sólo hacía dos semanas que no la veía ¡no era para tanto coño!. Salió la madre, feliz pero sin tanto teatro barato y se dignó a presentarse mientras me cogía una de las mil mochilas de su hija. En su beso noté la siceridad, sobretodo por la tímida caricia que me hizo en la mejilla, cosa que él presenció evidentemente. Por fin llegó el momento y nuestras caras se miraron. Fui hacia él y mostré fírmemente mi mano mostrando todo mi respeto. En aquél apretón lo entendí todo. Me miraba con una forzada sonrisa y apretaba mi mano como el último clavo al que te aferras antes de caer. Su mirada me dijo: " es mía, nunca lo olvides".

— Las cuatro y cinco ... eres puntual ... me gusta ... — las cuatro en punto, capullo, pensé yo. Aquello de tenerme ahí esperando como un tonto mientras mostraba su "amor" a su hija realmente me incomodó.

— Un placer conocerle — sonreí — soy muy puntual es verdad, es mi mayor defecto — añadí queriendo ser gracioso.

— Virtud hijo, eso es una virtud — creo que no llegó a la segunda virtud y ya me había girado la cara.

Ella tenía razón, sí era para tanto. Sabía que cualquier patinazo iba a ser motivo para mi no aprovación ¡Qué difícil fue, joder! El resto de la tarde fue más o menos tranquila. Creo que él se molestó un poco al saber que no cenaríamos con ellos, pero la madre se mostró defensora y lo convenció rápidamente. Por fin bajé la guardia y me relajé un poco. Esa noche fue bonita, lo recuerdo. Cenamos en el puerto de Peñíscola, paseamos por la orilla como buenos enamorados y acabamos aparcando en alguna cala perdida de Castellón para culminar nuestro enamoramiento. Regresamos al apartamento y yo en mi desquicie personal imaginaba que estaría esperándonos con algún tipo de arma o similar, pero nada. El dulce hombre dormía como un niño. Ya se había encargado de situarme en la habitación más lejana que había en aquél bonito dúplex.

Ocho en punto de la mañana del Domingo. Soñaba con unas preciosas sirenas varadas en la orilla, que jugueteában con su cola mientras me miraban coquetas. ¿Qué es es ruido? parece como una sierra eléctrica ... se ha colado en mi sueño ... ¿qué es?. Era él, levantando a mala ostia la persiana de mi habitación mientras canturreaba: Buenos días ... ¡venga dormilón que hay que ir a misa! ... ¿Cómo? ¿a misa? ... aquello no me lo esperaba a mis venticuatro años de edad. Siempre he respetado todas las creencias de la gente y jamás me mostré incoherente, pero, ¿cómo? Para qué narices dije que no ...

Miraba fíjamente la puerta de la iglesia desde la terracita donde degustaba aquella cerveza fresquita y saboreaba mi tabaco de liar. Su reacción no fue de enfado, no, fue de decepción y hasta pena diría. Sintió pena por mi, o por mi alma, jamás lo sabré. Ese día decidí que debía romper el hielo y mostrarme agradecido con ellos por haberme invitado. Ese día decidí que el gazpacho lo haría yo.

La primera reacción fue de una enorme felicidad de todos ¡Va a hacer gazpacho, qué bien! decía él. Sólo era gazpacho, no era para tanto, pero que cada cual lo celebre como quiera. ¡Qué ingenuo fui! Seleccionaba los mejores tomates para poder impresionarlos cuando escuché pasos en la cocina, sabía que era él. Había llegado el momento y yo solito me metí en la boca del lobo. Estoy casi seguro que antes de entrar a la cocina, miró a su mujer e hijos y con la mirada les dijo que aquello iba a ser una reunión privada, de hombre a hombre.

— ¡Qué buena idea has tenido con lo del gazpacho! voy a ser tu pinche — aquél tono me acojonó como si me estubiera hablando el mismísimo diablo. Yo sabía que ella estaría en la ventana del baño, que daba a la galería, para escuchar el veredicto — ¿te pelo los pepinos? — preguntó muy metido en el papel.

— Vale, con dos será suficiente — contesté mientras trataba de disimular mis manos temblorosas.

— Oye, por cierto, sois muy amigos mi hija y tú ¿verdad? — aquél cambio de tema me certificó que el toro ya había entrado y estaba a punto de pillarme.

— ¿Amigos? yo diría que más que amigos somos pareja. Llevamos juntos cinco meses, señor, y la quiero mucho — aquella mierda, aunque era mi verdadera mierda, no me sirvió de nada. Escuché el ruido del cuchillo golpear el mármol con intensidad y por fin me miró.

— ¿Y ... respetas a mi hija? — desgraciadamente el gazpacho se interrumpió. Fue cómplice de un cruce de miradas, un desafío mejor dicho.

— ¡Por supuesto que la respeto señor! siempre lo he hecho y siempre lo haré — mis nervios ya habían tomado el control. No podía creer aquella situación.

— Ya me entiendes a qué clase de respeto me refiero — ahí sí que se mostró desafiante. Tardé en contestar un largo minuto mientras jugueteaba con el alma troceada del gazpacho aún por hacer. Me armé de valor y por fin le miré.

— Si se refiere a si tenemos relaciones sexuales, pues sí, las tenemos pero dudo que eso signifique que le haya faltado al respeto — bueno en verdad la frase se interrumpió en "las tenemos". Luego vino un ¿cómo? ¿que qué? ¿en mi casa? tiró el cuchillo al suelo enloquecido. Su rostro mostraba haber llegado a la cólera pero al ser un hombre reprimido lloró, caminó hacia mi y me dijo:

— ¡Vete de mi casa ...! —

Respeté sus deseos y al abrir la puerta todos aguardaban espectantes como quién ve una obra teatral. El hermano pequeño reía a carcajadas, la hermana que le seguía lloraba de pena, imagino, la madre mostró su mayor enfado pero no hacia mi sino hacia su marido y ella lloraba de felicidad. Quizá para ella superé la triste prueba que tantas veces me había contado. Nunca lo sabré ... meses después me fue infiel y se retrató a sí misma. Cogí mis cosas ignorando el deseo de muchos por que no me fuera, me metí en el coche y durante trescientos larguísimos kilómetros pensé en aquél gazpacho. A pesar de mi virtud de hacer un sabroso gazpacho, sin duda, aqué fue el peor de mi vida.

 

 

 

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