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20 min
El gen Montoya.
Drama |
06.10.14
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Sinopsis

Crónica de una herencia genética violenta.

Yo no soy temperamental. El temperamento es otra cosa. Temperamental es un jugador de fútbol que no filtra los insultos hacia el árbitro o el rival cuando las pulsaciones acusan más de 150; temperamental es la novia celosa a la que no le importa montar una escena a los gritos frente a una multitud en el cine, porque el boludo del novio pispeó un culo sin el suficiente disimulo; temperamental es el que grita hasta quedarse sin voz, el que se pone rojo como un tomate y parece que va a estallar, el que pierde los estribos y deja los modales de lado, pero siempre sin pasar a mayores. Lo mío no es un tema de temperamento, sino más bien una predisposición genética inevitable. Llámesele brote o explosión a esa herencia irremediable que llevo en la sangre y que impredeciblemente detona el accionar vehemente en mi persona. De rara, extrañísima ocurrencia, aunque peligrosa. Hace no mucho, sin ir más lejos, maté a una persona.

No es ni siquiera herencia directa. Yo debo tener de Montoya un licuado 25%, como mucho. El otro 75% se reparte entre 2 apellidos moderadamente virtuosos y un tercero un tanto impreciso, dirimido entre dos posibilidades que datan de mitos ancestrales, allá por no sé qué década, cuando un bisabuelo ignoto dijo haber cambiado su nombre al inmigrar. Un cuarto de mi total nada más, que a los efectos del caso y con estricta referencia a esa cualidad reprochable de los Montoya, debe reducirse aun más, hasta alcanzar un pequeño y seguramente despreciable porcentaje escabullido entre esos 25 puntos porcentuales; una minúscula, improbable y pérfida porción de mi genética que aleatoriamente aliena mi conducta hacia límites inimaginables.

No voy a reparar en los Montoya, no sólo porque no sea una casta particularmente ejemplar, sino porque tampoco considero que corresponda. Aun así, y sólo para argumentar mi defensa, me permitiré aclarar que los Montoya no son asesinos por naturaleza, sino víctimas generacionales que sufren mutaciones irracionales en el carácter. Se les salta la cadena, como suele decirse en la jerga callejera; una cualidad sin dudas peligrosa, pero esporádica. De tanto en tanto, algún Montoya comete una irracionalidad a la que difícilmente pueda llamársele crimen, al menos según términos legales. La imputabilidad de los Montoya, si acaso existiera, a mi criterio debiera siempre ser culposa. Después de todo, ¿qué delito observable hay en portar un apellido que desgraciadamente altera el carácter de un ser humano en contadas ocasiones? ¿Hay intención de los Montoya de reaccionar de la forma en que lo hacen, cuando lo hacen? ¿Pueden elegir los Montoya entre proceder violentamente o simplemente quedarse en el molde? ¿Disciernen, los Montoya? ¿Acaso alguien se preguntó si los Montoya están en plena capacidad de elegir, cuando la circunstancias lo exigen?

Hay que ver a los Montoya, hoscos y torpes, chabacanos y emocionales, pero también inocentes como niños. Hay que verlos, chorreando mucosidades y mirando al horizonte con el labio inferior colgando, mientras sólo dios sabe en qué piensan, aunque mi sospecha inmediata, el intento premonitorio de un simple mortal, es que seguramente se trate de un pensamiento lascivo. Hay que verlos comer, atascándose con el bolo alimenticio empujado a presión a través de sus tubos digestivos, arrojándose sobre la mesa, lanzando manotazos desesperados como si se tratara de la primera o última comida en mucho tiempo, pero en realidad fuera tan sólo una más de las ocho que tienen al día. Habría que verlos coger, a los Montoya, por desagradable que suene, seguramente sudorosos y pestilentes, montados sobre el cuerpo lindero, gimiendo como porcinos mientras embocan sus órganos reproductivos con movimientos animales. Porque eso son, los Montoya, a simple vista parecen humanos, pero hablan, comen y cogen como animales, y por lo tanto, seguramente no piensen. Entonces, si verdaderamente no piensan, ¿cuánta responsabilidad puede asignárseles, me pregunto yo?

Los Montoya no premeditan sus acciones. Los Montoya, de hecho, ni siquiera saben el significado de la palabra premeditar; comen cuando tienen hambre, cogen cuando están calientes y cuando se les salta la cadena, cagan a trompadas al que se les ponga delante, con los correspondientes agravantes según el caso. Mi caso, por ejemplo, puede parecer o sonar agravado, no legal sino físicamente. Ya perdí la cuenta de la cantidad veces que el psiquiatra o perito judicial —como le llama mi abogado— me ha preguntado si recuerdo la cantidad de golpes que le asesté a la víctima. Los Montoya, en el instintivo trámite de romperle la cara a puñetes a alguien, no andan contando los golpes, y yo, que no soy un Montoya pero que ocasionalmente termino comportándome como uno, tampoco. Sinceramente no recuerdo cuántas piñas le metí, pero está claro que fueron suficientes.

Los hechos son confusos cuando hurgo en mi memoria, y no digo esto sólo porque el abogado me lo haya aconsejado, que efectivamente lo hizo, sino porque así lo recuerdo. Si me remonto a los inicios del incidente e intento reconstruirlo, las imágenes me explotan en la cabeza como los flashes de esas cámaras de fotos viejas que de vez en cuando se ven en las películas. ¡Paf!, un flash que me encandila, una lámpara rota, y el negativo borroso en el fondo de mi mente desvaneciéndose de a poco. El psiquiatra dice que es normal en este tipo de circunstancias, que el inconsciente se niega a recapitular lo sucedido y que con el tiempo puedo volver a recordar o no lo que pasó. El abogado, con notable entusiasmo, me dice que esto es lo mejor que nos puede pasar —porque él habla en plural, como si fuéramos un dúo en riesgo de caer en cana—, y que la causa parece estar bien encaminada. ¿Y qué es bien encaminada?, me pregunto yo, y le pregunto a él también, porque la verdad es que no entiendo nada, y él primero me contesta con una serie de términos técnicos que no hacen más que agravar mi confusión; habla de la carátula, de la figura jurídica, de los atenuantes, y cuando finalmente logra leer el despiste en mi rostro, termina diciendo: le tenemos que vender al juez que obraste bajo emoción violenta. Entonces yo le explico, o intento explicarle, que la violencia a la que se refiere tiene una razón, un origen genético y no temperamental, y él asiente con la cabeza y asegura que ya sabe, pero yo sospecho que ni siquiera me ha escuchado. Le digo, le repito, me explayo, me tomo muchos minutos para describir a los Montoya, y él asiente de nuevo, traga saliva, me dice que sí, que me cree, pero que no existe jurisprudencia acerca de atenuantes genéticos y que legalmente no le puedo echar la culpa de mis actos a mis ancestros. No sé si me toma el pelo o habla en serio, pero no se ríe al decirlo. Sigamos por este rumbo, que vamos bien, agrega.

Seguimos el rumbo, entonces. Lo digo en plural, pero en realidad el único que tiene que seguir el rumbo soy yo. Me encamino por el sendero que aconseja el abogado, no sólo porque vamos bien, sino porque el juez lo impone. Porque cuando alguien está en una situación procesal delicada, como me dijo el letrado que efectivamente estoy yo, el que marca el camino es el juez y nosotros lo seguimos; insiste en que somos nosotros los que lo seguimos, pero él no viene conmigo. Yo tengo que ir solito por la senda que indica el juez, porque voy bien, pero fundamentalmente porque no me queda otra; porque el dueño de mi destino desde que pasó lo que pasó y hasta que pase lo que pase, ya no soy más yo, sino el juez. Él dice adónde ir, cómo y cuándo, y yo voy. No chisto, no pongo cara de culo, no hago declaraciones a los periodistas —si los hubiera— ni al entrar ni al salir del lugar al que me manden. ¿Y qué dice el juez? Dice que vaya al psiquiatra, la cantidad de veces que hagan falta, porque el perito considera que son necesarias muchas sesiones hasta dar con el tornillo que quedó medio suelto. Evidentemente tengo la cabeza demasiado grande como para que me la recorra en un par de horas nada más, y mi abogado dice que es normal, que los peritos lo único que quieren es facturar, y que a nosotros nos viene bien, porque nos da tiempo. Yo no sé cómo utilizar ese tiempo, pero por lo visto nos sirve a los dos. 

No me molesta ir al psiquiatra. Sí me jode tener que hacerme el mudito a la entrada y a la salida, cuando los periodistas se aglutinan y forman una avalancha humana para asfixiarme con preguntas que, aun si el abogado me permitiera contestar, no sabría cómo. La más común es ¿por qué?, como si yo supiera la respuesta. A veces me dan ganas de decirles que vayan a preguntarle al psiquiatra, que es el que anota las respuestas en un cuaderno que sujeta con recelo, como si estuviéramos jugando a las cartas y él buscara evitar que yo le espíe su juego. Igual no puedo decir nada. Me gustaría decirles también que se vayan a la recalcada concha de sus madres, que para qué mierda quieren saber el porqué, pero el abogado, que también es consejero en estos aspectos mediáticos de mi delicada situación procesal, me prohibió terminantemente abrir la boca.

Para abrir la boca está la terapia. El juez, el abogado y hasta el mismo psiquiatra le llaman “peritaje”, pero para mí es terapia convencional. Yo llego al consultorio, me siento en el sillón y me entrego mentalmente al especialista; que él disponga de mi entreverado cerebro y haga las preguntas que juzgue pertinentes. Yo, de cualquier manera, contesto las que puedo. Del suceso, por ejemplo, por enésima vez debo responder que no me acuerdo y que no hay forma de reconstruir la cuenta de los golpes que le propiné a la víctima. Sé lo que pasó mayormente porque me lo contaron. Intentar repasar los detalles termina en nada más que una serie de fotografías instantáneas desvaneciéndose en mi memoria. ¡Paf! Otro flash, la lamparita que estalla y las sombras devorándose las imágenes confusas. Se alejan de mí, se pierden; otra vez la completa oscuridad.

Todo negro, sólo penumbras en los recodos de mi memoria. Por eso, cuando me preguntan por qué —porque el psiquiatra también me pregunta por qué—, no sé qué contestar y termino recurriendo a la genética. No es que quiera echarles la culpa a los Montoya, es que no tengo alternativa. El psiquiatra dice que no tiene nada que ver, que la emoción violenta no es hereditaria. Lo dice desde su podio, al otro lado del escritorio, con la seguridad intacta de un profesional y el tono inalterable de un intelectual. Lo dice con su voz de locutor radial, modulando como corresponde, moviendo los labios en cámara lenta para que yo entienda. Eso no tiene nada que ver, repite, y acompaña sus palabras con un ademán desinteresado. Después me dice que quiere probar con algo nuevo, algo que no puede ser catalogado como peritaje ni como terapia convencional. Algo poco ortodoxo, pero que ayuda. Algo que aparentemente puede liberarme de la represión memorial a la que me somete el inconsciente.

Hipnosis, dice, y al principio me cago de risa. Lo imagino mirándome fijo a los ojos, apuntándome con los dedos, murmurando “tenés sueño, los párpados te pesan…” Él aguarda a que mi risa se consuma. Espera inmutable, parco, sin siquiera pestañear. Entonces me doy cuenta de que lo dijo en serio y siento un poco de vergüenza. Me pongo colorado y corro la vista; primero me miro los pies, después al costado. La verdad es que no sé dónde mierda fijar los ojos, pero a él no quiero mirarlo, no en ese preciso momento. ¿Qué te causa gracia?, pregunta. Y yo, que no sé qué carajo me causó gracia, ahora me siento un pelotudo y no le contesto. El silencio incomoda aún más. De repente tengo una reminiscencia del pasado, una fugaz evocación de cuando era pibe y me mandaba una cagada de esas que excedían la cuota de condescendencia maternal; entonces me callaba y me hacía el boludo, o en realidad trataba de hacerme el boludo, pero nunca funcionaba. Nada detenía la ira de mi madre cuando me pasaba de la raya. La piña de la vieja era infalible. A veces demoraba más, a veces menos, pero siempre aterrizaba sobre mi cara, en cualquiera de los dos mejillas. Una sola, certera, y extremadamente violenta cachetada de revés, de esas que sacuden las ideas e invitan a meditar causas. 

La piña esta vez no llega. Yo la espero con disimulo, pero no viene. En esas fracciones de minuto en que me estuve haciendo el gil, el desentendido, imaginé al doctor arrebatándose sobre el escritorio; especulé con su brazo acortando las distancias que nos separan a una velocidad que descarta cualquier reacción de mi parte. Luego el impacto: nudillo contra cachete, hueso contra hueso, algún crujido apenas audible y mi rostro dando la vuelta, tirando de mi cuerpo a través del cuello, que también cruje. Quizás haya algo de sangre, pensé, pero no, fue todo una fantasía. La reprimenda no llegó y no va a llegar nunca, porque el psiquiatra es de métodos más civilizados, y sobre todo, porque no es mi vieja. Mi vieja, que en paz de descanse, tenía mucho de Montoya, por no decir demasiado. Una mitad, sin ir más lejos. Ser medio Montoya es como ir por la vida con un transformador en la cabeza que tiene los cables pelados: la sinapsis de supedita exclusivamente a que esos delgados conductores eléctricos eviten el contacto, el lamentable cortocircuito.

Y a falta de represalia, un metrónomo. Aún callado, sin retomar la conversación, el doctor de repente desaparece de mi vista y se escabulle debajo de su escritorio, abre y cierra cajones y vuelve a aparecer sujetando el artefacto. Yo nunca había visto uno de ésos. Estira la mano y lo dispone justo frente a mí. Esto es un metrónomo, dice, lo usan los músicos para no perder el compás. Me mira, lo miro, los dos miramos el metrónomo. Es un aparato piramidal forrado en madera con un péndulo en el medio. Quiero que cierres los ojos, continúa, te relajes y te concentres solamente en el ritmo que marca el metrónomo; culmina las palabras con un gesto manual sugestivo, como si requiriera mi reacción inmediata a su pedido. Me acomodo en el sillón lo mejor que puedo, apoyo los brazos en los respaldares laterales y echo la cabeza hacia atrás. Cerrá los ojos, repite. El tic tac comienza apenas caen mis párpados. Solamente concentrate en escuchar el metrónomo… Intentá no pensar en nada…

Tic tac, tic tac. Difícil no pensar en nada. El sonido es monótono, aburrido y hueco. Por más que intente, no puedo evitar acordarme de mi abuela. Ella no tenía un metrónomo, sino un reloj despertador destartalado que a pesar de no tener un nombre sofisticado sonaba exactamente igual. Me obligaba a dormir la siesta todas las tardes, torturándome silenciosa y lentamente con el compás de aquel viejo reloj. Mi abuela era una Montoya de pura cepa, y pobre de mí si no me hacía el dormido. Aprendí a los golpes a cerrar los ojos y aplastar el cachete sobre el colchón; me llevó quizás dos o tres tremendas zurras respetar su voluntad septuagenaria de descansar luego del almuerzo.

¿Y qué pasó con tu abuela? ¿Qué pasó? Pasó que se murió, le tocó como tarde o temprano nos toca a todos. De tantas ganas que tenía de dormir la siesta, la vieja un día se acostó y nunca más se despertó. Los Montoya, por más locos que sean, viven y mueren como todos los demás. ¿A vos te parece que los Montoya se creen superiores a los demás? Superiores no sé, tal vez no sea la palabra. Los Montoya creen que pueden atropellar el mundo delante de ellos sin consecuencias. Y eso te molesta… Sí, claro que me molesta. ¿Por qué? Porque uno no puede andar por la vida violando los derechos de los demás. Cuando decís uno, te referís a un Montoya… Me refiero a uno cualquiera. A uno mismo, por ejemplo… Sí, a uno mismo también. A vos no te gusta violar los derechos de los demás. No, claro que no. Pero aun así, el gen Montoya de vez en cuando te manipula. Exacto. Y cuando eso sucede, no podés hacer nada. No, quisiera poder, pero no puedo. Pierdo el control, como si de repente me desconectaran el cerebro del cuerpo y éste respondiera sólo a los influjos cinéticos de la adrenalina. Como la última vez… Sí, como la última vez… ¿Te acordás de la última vez?

Las imágenes van y vienen como diapositivas, pero tengo que ordenarlas nada más. Primero el calor, el ahogo, el fastidio de un intenso día de trabajo derretido en un traje que pesa una tonelada de sudor. Después la avenida Córdoba a las seis de la tarde; los autos asfixiándose en un congestionamiento sin horizonte; los bocinazos, los gritos, el limpiavidrios tirado encima de mi auto con la clara intención de extorsionarme. Una hora hasta Villa Pueyrredón. Llego tarde y no es gratuito, la recriminación es casi instantánea. ¡Paf! La luz brillante me encandila, la imagen queda estática encuadrando su gesto de fastidio y luego se aleja de mi memoria hasta desaparecer por completo. Pierdo la noción del tiempo entre recuerdo y recuerdo. No puedo precisar la situación en su totalidad, sólo fragmentos, palabras y emociones. Agravios, frustración y bronca, mucha bronca. Tanta bronca, que pierdo los estribos. ¡Paf! Su rostro iracundo, sus enormes ojos devorándome con odio. ¡Pum! Mi mano cruzándole la cara de derecha a izquierda. Otro crujido de lamparita, otro flash. Su cara ensangrentada, su expresión desmoronándose del miedo como presagio del futuro devenir. Mi puño repitiendo la trayectoria, una y otra vez; mis nudillos chocando contra su piel, ese colchoncito de carne que golpe tras golpe cede amortiguación, endureciendo el punto de impacto. Más crujidos, pero no de luces rotas esta vez, sino de huesos; sus facciones se astillan y se fragmentan en pedacitos irrecuperables. Sigo envistiendo contra el cráneo deshecho, arrodillado sobre su vientre, encharcado en líquidos y sedimentos viscosos. Un último fogonazo, la incandescencia final que me ilumina la memoria, enmarcando el instante en una foto mental despiadada. La veo irse, aunque no sea ella, sino el desfigurado recuerdo de su rostro angelical, aquél que amé, que odié y que arrebaté de belleza de una vez y para siempre. Se aleja de mí en un recuadro imaginario, se ensombrece, se diluye en mis sentidos hasta que el negro lo cubre todo.

El tic tac ya no se oye. Cuando vuelvo en sí, agitado y estupefacto, me doy cuenta de que el compás hipnótico del metrónomo ha cedido al silencio. Volteo hacia un lado y encuentro mi brazo derecho en alto, a la espera de la próxima orden inconsciente. Demoro un instante en ubicarme en tiempo y espacio. Dos líneas rojas surcándome el antebrazo me sustraen la atención, descienden desde del puño y tras atravesar la muñeca, caen rápidamente para confluir en el codo flexionado. Veo la gota formarse, engordar y finalmente desprenderse de la piel. Se estrella sobre mi muslo. Le sigue otra, y luego otra; para el tiempo en que noto que mis rodillas se hunden en el tórax del cadáver, mi pantalón ya está empapado en sangre.

Me levanto de un salto y miro alrededor. A escasos centímetros de mis dedos trémulos, sobre el escritorio, veo un paquete abierto de cigarrillos y un encendedor. Son de la misma marca que solía fumar yo, hace ya más de cinco años. Media década sin tocar un pucho y vas a dejarte llevar por el vicio ahora… ¿Vas a sucumbir como un Montoya a los bajos instintos y tirar a la basura tanto sacrificio? Voy a hacer lo que se me cante los huevos. Manoteo el atado de cigarrillos y enciendo uno. Doy una calada infinita, de esas que inexplicablemente se sienten bien en el cuerpo, como si los pulmones se llenaran de oxígeno en vez de veneno. El placer es efímero, de cualquier manera. De repente, un leve cosquilleo en la garganta interrumpe la succión y me atraganto con el humo en una regurgitación que me revuelve las tripas. Me retuerzo entre tosidos como un adolescente que ha dado su primera pitada, contrayendo el vientre y encogiendo la postura. Agachado, todavía intentando recuperar el aliento, penetro la nube tóxica con la vista y resisto el ardor hasta que por fin se dispersa. Recién entonces diviso al psiquiatra, recostado e inerte, con su semblante esculpido según el molde de mis nudillos.

Cierro los ojos para contener las lágrimas. El sentimiento de culpa que se experimenta al fumar luego de tanto tiempo es verdaderamente insoportable. Al final, uno termina sintiéndose mal por un cigarrillo de mierda. Es aquí y ahora, precisamente en este tipo de circunstancias, cuando caigo en la cuenta de quién soy en verdad y puedo por fin diferenciarme, apelar al distingo que me reconoce como individuo único e irrepetible, de espíritu sensible y conciencia escrupulosa. Esta pesadumbre, la congoja que súbitamente me invade, es testigo insoslayable de mi casta. Yo no soy un Montoya, y aquí queda demostrado. Un verdadero Montoya, uno de raza pura, fumaría sin remordimientos.

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