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18 min
El General
Varios |
01.08.20
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Sinopsis

Shhhcatacumfff

 P. me lo dijo con su cara agallegada, cejuda. “¡La gente pregunta!”. “¿Qué cosa, pregunta?”, le contesté. “¡Quién votó al General!”. Según me dijo, la noticia estaba instalada en los diarios y canales zonales de su barrio. Se golpeaba el pecho, altivo. “Mi abuelo estaría orgulloso”. La vieja historia. “Tu abuelo no es Mengele”. “Sí, lo es; es que se cambió el apellido cuando entró al país y se puso Migueletes”. Esa era su historia. No le creía. ¡Nadie le creía! ¿Y los rasgos arios? No le importaba, andaba por la vida diciendo que era nieto de Mengele. La gente se reía, algunos lo miraban serio. A nadie le importaba lo que dijera, para todos, era una broma. 

Pero el voto no fue broma. Titulares en el canal zonal: “¡Golpe a la democracia!”. En la escuela estaban indignados, un pro militar había entrado a sus instalaciones. El presidente de mesa decía sospechar de algunos personajes que le parecían posibles “nazis”. Podía dibujar un identikit de cada uno. Es más, fue lo que hizo sin que nadie se lo pidiera. Los presentó a las autoridades. Los rasgos no eran muy claros, todos tenían caras de asesinos seriales. P. me mostraba los dibujos y reía a carcajadas. Le pregunté si le daba miedo de que la policía estuviera investigando. Me dijo que no, abriendo los brazos, sonriendo.

Es que P. tenía muchos amigos de las fuerzas. Recuerdo un cumpleaños suyo, azul, verde y caqui; ¡memorable! ¡tiros al aire! ¡Ohhhh, qué espectáculo! Nunca lo voy a olvidar. Parecían fuegos artificiales. Los techos de las casas, ¡ladrillo, chapa, losa! ¡fulguraban! ¡Y cómo sonaba el fogueo!, en lucha con los ladridos de los perros de P. que saltaban, volaban, se chocaban entre sí, se enroscaban entre las piernas de los tiradores, que apuntaban a las estrellas, ¡no, qué digo!, ¡a la mismísima luna! ¡Pium, pium!, sonaban las cuarenta y cinco, las veintidós, las nueve milímetros. Balas de goma, que rebotaban en la medianera y volvían. Un herido, dos, y seguían, desde el suelo, al cielo, los heridos, con el índice nervioso, apretando. Estrépito, aullidos, botellas rotas, que reemplazaban las balas, porque ya quedaban pocas. Y P., enloquecido, disparando un arma de verdad. “¿Que el psicoqué?, ¿que el psicoqué?, ¡yo le voy a dar!”, gritaba, con la remera pura agua, que le caía por debajo de las rodillas, trastornado, con los ojitos rotos.

Al rato, luces rojas, luces azules. Entraban por la ventana en la oscuridad del hogar. Las luces nos coloreaban los cuerpos. El ruido, el fuego, los disparos, una llamada, o varias, denuncia…”en esa casa…”, y la alarma en el cuartel, en la comisaría. Camiones de bomberos, patrulleros, rompiendo los sonidos de las calles, presurosos. Hasta el frente de la casa de P. Los invitados, en silencio. Los perros, babeantes y callados. ¡Y entraron!. Sin aviso, rompieron la puerta, con un tronco, brum, brum. Ahí estaban, ahí estábamos. “¿De qué se trata ésto?”, preguntaron. Se les explicó. Los motivos de la reunión, y la celebración. Los de azul, salieron, hacia sus patrullas. Volvieron a entrar, con armas, municiones ¡y se reanudó el espectáculo! Inolvidable fue aquello.

Varias veces le pregunté a P. por qué nunca se hizo policía o militar. Me dijo que se había anotado para policía pero el psico físico le había dado mal. Una lástima porque tenía toda la potestad para entrar a la institución. Aparte, tenía todo un estilo, ¡un guardarropa indicado! Borceguíes, camperas de cuero y de las fuerzas aéreas, con los parches y símbolos correspondientes. ¡Pantalones de fajina! Había que verlo bajar de la moto cuando llegaba al trabajo, camuflado, y con sus Ray Ban de aviador. Como no tenía permiso para portar armas de verdad, coleccionaba réplicas. Era su hobbie. Un día trajo un rifle al trabajo. Nunca entendí nada de armas, pero me gustaba verlas. Me dejó disparar. Era un sabio en el manejo de armas, explicaba muy bien cómo debía ser la postura corporal y los cuidados que había que tener. Un día, para divertirnos, y practicar, nos pusimos a buscar una rata en el taller. Sabíamos que había, muchas veces encontrábamos restos, deposiciones, arrocito quemado. ¡Y dimos con una! Fue una persecución intensa. El roedor tenía muy claro cómo escaparse. Se metía detrás de los rollos de tela. Parecía imposible sacarlo de ahí. Sin embargo, P., disparaba esos perdigones que la hacían abandonar el escondite. En ningún lugar, la rata, se sentía segura. P. la acorralaba, la arrinconaba, se sentía el placer que emanaba, ¡energía de asesino!, ¡killer!, ¡jugaba con el animal! Y cuando la rata comenzaba a sentirse vencida, agotada, la lastimaba. Nunca disparaba a matar. Lo tenía claro. La agonía posterior, el chillido, la muerte. Con los borceguíes, la aplastaba. Las tripas se salían; la rata era como un pomo lleno de mermelada roja. Luego, escoba y pala, bolsa de basura y de inmediato a la calle. Las mujeres del taller, odiaban este juego. ¡Berreaban!, se quejaban del olor y de que siempre tenían que limpiar la pegatina sanguinolenta que dejaba la rata aplastada.

P. era el tesorero de mi trabajo. Se sentaba en su silla, dejaba alguna de sus réplicas sobre el escritorio y contaba el dinero. Serio, concentrado. Luego, esperaba a que alguien fuera a pedirle efectivo. Lo medía. Hombre, mujer, no le importaba. Intimidaba. Menos a mi socia, que lo quería afuera. Ella prefería no cruzarse con P. Me reprochaba lo del arma en el escritorio. También varias cosas más que le molestaban de P. Pero con las armas, era sensible. Le explicaba que era una réplica. Me decía que no entendía por qué tenía que llevar un arma ni por qué tenía que dar esa imagen de psicópata. P., sin mi apoyo, no hubiese durado nada en mi trabajo.

Lo del voto al General era todo un drama. Los Puros se hicieron visibles, y comenzaron a pedir justicia. Decían que ese voto era antidemocrático. P. me traía novedades todos los días. ¡Se divertía! En realidad, era un tema barrial, no trascendía las pocas cuadras del municipio. A la mayoría de los vecinos les importaba bastante poco. Pero P. decía que los Puros, en la unidad básica, se reunían seguido a charlar cómo seguir con el asunto. De algo estaban seguros, el maniático vivía dentro de los límites del municipio. Pertenecía a la comunidad. Se mezclaba con los ciudadanos. ¡Era un peligro! Había que investigar. Había que denunciar. ¿Pero a quién? P. disfrutaba a carcajadas. Sobre todo porque a la policía, no le importaba. ¡A nadie le importaba! “Asunto terminado, mejor olvidarlo, ¿por qué seguir con este circo?”, se ufanaba P. Esperaba que el manantial corriera, que todo se diluyera en la nada. 

Sin embargo, un día, los Puros tocaron el timbre de su casa. Me llamó por teléfono, nervioso y me preguntó qué le convenía hacer. Le dije que lo mejor era no llegar tarde al trabajo, que se los sacara de encima y listo. Pero no fue así, en vez de hacerse el desentendido, les dio conversación. Según me contó después, eran tres hombre y una mujer. Le hacían preguntas personales, le pidieron el número de documento, ¡él se los dio!, nombre, apellido ¡y les contó la historia de Mengele! La reacción de los Puros, según P., fue el silencio. Dieron las gracias y se fueron.

“Los Puros, si tenían sospechas, ¡ya no tienen más! ¡Te van a ir a buscar!”. Así le dije. No le importó. “Voy a hablar con Pecho de Acero”, fue su respuesta, y me pareció una pésima idea. Pecho de Acero era un motoquero de la zona, a veces le pedíamos sus servicios para entregar mercadería. Le recomendé a P. que no contara con Pecho de Acero ni con nadie. No debía provocar. Pero no me quiso escuchar. Llamó a Pecho de Acero. Se encerraron en la oficina. Mi socia, detestaba a Pecho de Acero, cuando lo veía se ponía un dedo en la boca simulando una arcada, pero la realidad es que Pecho de Acero estaba siempre disponible para los viajes y, aparte, ¡cargaba la moto como si fuera un camión! No le importaba, llevaba cajas enormes, ¡de a dos, de a tres, de a cuatro! ¡multitud de cajas! ¡torres de cajas! Nunca nos fallaba. Lo único malo era que su moto no quería vivir más. La arreglaba él mismo. Pero nunca quedaba bien del todo. A veces, yo le prestaba dinero para que la llevara a un mecánico. Pero la verdad es que esa moto no daba más. Era como un caballo viejo, estropeado, de esos que van por la calle, con el sulky cargado, al tope, soportando el latigazo y el ¡iiijaaaa! del conductor del carro. Algunas de esas bestias deciden morir en medio del trajín. Se abandonan y mueren en la calle, en el asfalto, sin importar el tráfico. La moto de Pecho, parecía querer cumplir ese destino. Pero como buen occidental, su dueño le negaba la muerte.

Llamó a Pecho de Acero, se encerraron en la oficina. Escuchaba risas, el trac trac de las armas, y luego, momentos de silencio. Yo respetaba su encuentro, no me quería meter. Mi socia, al enterarse de la reunión, entró  y les dijo de todo. ¡Se puso furiosa!. Golpeaba el piso, a taconazos. Del piso de madera, el parquet, saltaban astillas. ¡En el escritorio había varias réplicas de armas y de dos escopetas! No podía calmarla, trataba de explicarle, pero no quiso saber nada, se fue, frenética, a los gritos, ¡pidiendo que se fueran ya del taller! Y echándome la culpa a mí de todo, ¡de todo!.

Le dije a P. que no viniera por unos días. Le iba a decir a mi socia que lo había suspendido. Lo mismo hice con Pecho de Acero. Por unos días no lo iba a llamar. Los dos, se fueron tranquilos.

Al otro día, me fui a la casa de P. Le dije a mi socia que por un tiempo no iba a ir a trabajar.

Con P. estaba Pecho de Acero. “Lo necesito para cuando vengan los Puros”, se justificaba. También estaba la hermana de P., Polola.

Mi amistad con P. comenzó cuando yo era un adolescente, por un amigo en común. En esa época, nos juntábamos en la casa de P. Vivía su padre, que nos agasajaba, siempre, con pizzas de roquefort. ¡Eran exquisitas! Tomábamos cervezas a granel. El padre, siempre contando chistes. Eran muy buenos, de verdad. El hombre, era un mago, siempre tenía chistes nuevos. P., también contaba chistes. En las reuniones, cumpleaños, fiestas, celebraciones, daba espectáculo. Podía estar una hora, dos horas, contando chistes. La gente formaba una platea, estallaban, gritaban, pedían otro, ¡reían y se abrazaban! Pero con el tiempo, la amargura tomó el espíritu de P. Se convirtió en un hombre apesadumbrado, de tristeza crónica. Dejó de contar chistes y comenzó a quejarse de todo. No más chistes, ni cuentos. Nada. Sí a las historias oscuras, con comentarios ácidos, irónicos, cínicos. Comenzó con la historia de Mengele, incorporada en esa época suya. El suicidio, tema corriente. Nos reíamos, claro. Lo estimulábamos a matarse. Pero todo quedaba en dichos. Vimos cómo perdía su trabajo. Y fuimos testigos de su derrumbe moral. Frecuentaba travestis menores de edad. Estuvo de novio con uno, llamado Maxime. Le decíamos Maxi pero se enojaba. Realmente era una mujer, o una adolescente, o una niña. No sé, era muy joven. P. decía que la edad estaba fuera de la ley. Parecía que la cosa iba en serio. Los padres de P. adoraban a Maxime. Se quedaba a dormir, seguido. A veces salía con Polola, “salida de chicas”, decían, y paseaban por las calles de William Morris. Pero se terminó. Maxime lo dejó. Le dijo que ya no lo amaba. Tuvimos que contener a nuestro amigo. Ese fue un golpe importante. Vivió como un espectro. Se había convertido en una persona de no confiar. Por un tiempo, dejé de verlo. Era mi amigo, pero me hacía mal estar con él. No me gusta alimentar las penas de nadie...

No me voy a extender más en la biografía de P., porque el tiempo le trajo cambios. ¡Claro que sí! Profundos cambios. De esos que a uno lo dejan sin palabras. ¡Boquiabierto! No quiero arrogarme triunfos que no son míos. Pero tuve algo que ver en la vida nueva de P.  En su peor momento, le ofrecí venir a mi trabajo. En esa época trabajaba de seguridad en una tosquera, en San Miguel, de noche. Según él, veía fantasmas. La pasaba mal con los residentes de la zona que apedreaban su garita. A veces iban en grupo y la sacudían, ¡con él adentro! Luego de eso iba a sufrir de vértigo de por vida. Conociendo la situación, lo invité a trabajar a mi fábrica. Aceptó enseguida. 

Ahí estábamos. P., Pecho de Acero, Polola y yo. Esperando a los Puros. Expectantes de algo que no teníamos motivos para creer que fuera a suceder. Los Puros, a su manera, son gente ocupada. Historia política, literatura comprometida, filosofía social. Discípulos socráticos. Razón y Verdad. Sacerdotes. 

¡Gandhi! Era un caso. Emblema de los Puros. En su época los Puros no existían. Él fue el primero sin saberlo. Se proclamaba a sí mismo como Justo. Algunos lo llamaban así, Justo. Pasó a llamarse Justo Gandhi. Como mi madre, que se llama Justa. Pero no tiene nada que ver con Gandhi. Gandhi tenía su púlpito, la terraza de su casa. Desde allí, a los gritos, a garganta pelada, carne viva, profesaba por un mundo nuevo. Por un mundo de buenos. Pero ya contaré sobre Gandhi, porque lo he conocido bien. A él y su tropa, como los llamaba. En túnica, por las calles de Haedo, ¡como Sosthene!, en trance...alimentados a base de Guaymallén...

En la casa de P. la espera nos agotaba. Es cierto que al principio todo era risa. Imaginar la llegada de los Puros y las mil formas de deshacerse de ellos, una diversión. ¡Pero no llegaban! ¡Ni rastros! Entonces, el aburrimiento. Los excesos. Polola y Pecho de Acero, amorío. Se fue dando. Compartíamos todos el mismo espacio. Bajo un mismo techo, con tanta gente, la promiscuidad, es normal. P. se indignaba. Polola y Pecho de Acero, desaparecían, en la habitación de P., dueño de la cama doble plaza del hogar. El confort, sobre todo. Con P. dormíamos en el comedor, cerca de la ventana. Cada uno en una bolsa de dormir, ¡de campamento! Bajo nuestras cabezas, la almohada y un fusil. El mío, un Sturmgewehr. Esa casa era un arsenal de armas trucadas. Los perdigones, por el piso. Las cajas se desarmaban solas y uno se encontraba esas bolitas negras bien pequeñas, como caquita de conejo, por todos lados. No se aplastaban, se adherían a la piel. Porque todos andábamos descalzos. Pecho de Acero, descalzo y desnudo. No tenía escrúpulos. Estaba siempre listo para encerrarse con Polola que, mientras tanto, en sus descansos, comía a boca llena. ¡Puro goce! Polola tumbada en la cama, rolliza, devorando a su hombre, pidiendo más, mientras masticaba el alimento que su amante le llevaba en una bandeja de té. Varias veces, al ir al baño, los espiaba por la puerta a medio cerrar. Era un espectáculo y no me lo iba a perder. Pecho de Acero se esforzaba, con las piernas, empujando, trabajando los gemelos, arrastrando las sábanas mugrientas, para entrar al cuerpo de Polola, que gritaba, ¡y gritaba! Me masturbaba mientras hacía de mirón. Era todo lo que tenía. 

Los días pasaban. La llegada de los Puros, parecía inminente, pero nunca llegaban. ¿Cuánto más había que esperar? Había perdido la noción del tiempo. No salíamos a la calle. La ansiedad nos devoraba, como Polola a Pecho de Acero. Esos dos, ya se habían olvidado de los Puros. Pecho de Acero ni preguntaba si necesitábamos ayuda con las guardias. Por las noches nos turnábamos con P., por si los Puros se animaban a avanzar en la oscuridad. Pero nos dormíamos. 

La casa comenzó a oler mal. Mugre. El piso, manchado, pegajoso. Todo el tiempo se nos caían restos de comida o bebida. Comíamos o tomábamos con displicencia. Aburrimiento. Los cuerpos flojos, desganados y tensionados a la vez. Hastío. Polola y Pecho de Acero, dormían. No se buscaban más. No se los escuchaba en su ritual. Nadie se bañaba. Sudor avinagrado. Desde el baño, olor cloacal. Nuestros estómagos, expelían, aligeraban, en continuo. A veces había discusiones por la espera. Polola se tomaba mucho tiempo. Un día P. le pateo la puerta. Pecho de Acero lo tomó del cuello. Comenzaron a empujarse. Se insultaron, escupieron, y se revolcaron un poco por el suelo. Pecho de Acero desnudo, encima de P., comenzó a golpearlo. Polola, salió rugiendo del baño, furiosa contra su hermano y le dijo que no se metiera con Pecho. Desde entonces, las cosas se pusieron turbias entre P. y Polola.

P. estaba indignado. Aparte de los Puros, ahora tenía dos nuevos enemigos. ¿Cómo pensaba defender su casa - fortaleza? ¿Cómo pensaba deshacerse de Pecho de Acero? Sin dudas, el motoquero, se sentía muy holgado viviendo en la casa de P. Claro, era la casa de Polola también, que había desautorizado a su propio hermano. P. era un fantasma como los de la tosquera de San Miguel. Su cuerpo, estresado, comenzaba a manifestarse. En el ojo derecho le había salido un orzuelo. Justo en su ojo hábil, el que usaba para apuntar. Me sentía preocupado. Los Puros tenían ventaja sobre nosotros. Nuestra derrota era moral. Los Puros, siempre envalentonados. Seres convencidos de lo que dicen y hacen. Lo mejor era rendirse. Tenía escondida una sábana blanca para cuando ellos llegaran.

Pero nunca llegaron. Pasaron varios días. Yo me sentía descompuesto, con diarrea. No iba al baño. Subía a la terraza y me quedaba sentado, en cuclillas, sobre la rejilla, soportando el calvario ardoroso que mis tripas me enviaban, enojadas por el maltrato de malos alimentos, bebidas gaseosas y nervios inútiles. Contaba las baldosas naranjas, de bordes negros, dispares, olfateando mi propia fetidez, que me provocaba cierto placer animal, que me hacía sentir un poco vivo. Me ayudaba a pensar, cada tanto, en que debía irme. Porque era necesario que me fuera de ese lugar. Abandonar a mi amigo, que a esa altura tenía un ojo cerrado por un bulto blanco, lleno de pus, lo que le desfiguraba el rostro y lo hacía cada vez menos pariente de Mengele que si lo hubiese visto, habría hurgado, con su escalpelo, profundo y quizás le habría cambiado un ojo por otro o un pie por una mano, y vaya uno a saber cuántas cosas atroces más…

Me limpié con una hoja de un árbol inmenso, que crecía en la vereda, y que llegaba con su copa hasta la terraza, que me miraba desde arriba, como lo que era, un patético ser,acuclillado y entregado al bienestar de la decisión tomada: irme de esa casa.

 
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