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58 min
EL GOLPE
Históricos |
15.04.19
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Sinopsis

Año 1945. El ejército rojo ha entrado en la Prusia Oriental. En el frente occidental ha fracasado la contraofensiva de las Ardenas. Los bombardeos aliados han vuelto sobre ciudades y fábricas alemanas tras el paréntesis de Normandía, dejando en mínimos la producción de la industria arnamentística, pero… Alemania consigue la bomba. ¿Podrá darle la vuelta al curso de la guerra?

A las 9:35 h de la mañana se recibe un teletipo en la Cancillería del Reich. Viene con el último cifrado de 7 ruedas de Enigma que Londres todavía no ha podido descifrar y tiene el nombre-clave Ludendorff, el general más capaz del ejército del Káiser en la Primera Guerra Mundial. Se lo llevan con urgencia a Hitler, que todavía duerme en el búnker. Su ayudante personal duda en despertarlo, pues todo lo que se recibe son malas noticias, el Fuhrer está bajo los efectos de fuertes drogas para poder descansar, y se levanta siempre de pésimo humor. No obstante lo despierta. Cuando se espera el estallido de ira de Hitler al leer el mensaje, éste cae en una especie de melancolía, un ensimismamiento que dura varios minutos hasta que reacciona.

 

— llame inmediatamente al Sr Goebbels, y que localicen a Himmler y a Speer con la mayor urgencia.

 

Una hora más tarde están ya reunidos el Führer, el ministro de propaganda y el huraño jefe de las SS. A pesar del peligro a ser derribado, se ha  enviado un avión a Dusseldorf a recoger al ministro de armamento, que hace su aparición apenas otra hora después. Speer es el único al que Hitler ha enviado una copia del teletipo. Una vez toma asiento, el Führer le dice con palabras suaves, utilizando su nombre de pila, cosa que jamás había hecho.

 

— Albert,  explíqueles a estos caballeros qué es Ludendorff.

 

Con diligencia el ministro saca de su portafolio unas carpetas rojas, el color del alto secreto.

 

— en el invierno de 1941, cuando el avance hacia Moscú fue detenido, se decidió crear una base secreta en el norte de Noruega. Fueron enviados discretamente para construirla 30.000 prisioneros rusos cuidadosamente escogidos. Se encontraban bajo la vigilancia de fuerzas de la Wehrmacht, fuera del control de las SS. Estaban bien tratados, bien alimentados y trabajaban con turnos exigentes pero razonables. La base tendría unas dimensiones enormes, se construiría totalmente bajo tierra, y se mantuvo el secreto gracias a un férreo control de la población civil. Antes de la ofensiva del verano de 1942 estaba prácticamente finalizada. Después de que los ingleses volaran la fábrica de agua pesada les hicimos creer que cancelábamos la operación, pero Heisenberg y su equipo se trasladaban en secreto a Ludendorff. 

 

Speer hizo una pausa  y mirando fijamente a Himmler dijo:

 

— lo hicieron  sin los comisarios científicos del partido, y se le autorizó a llevarse antiguos colaboradores suyos y otras personas de reconocida valía aunque eran de raza judía. Avanzó más en tres meses que dos años con Diebner, el inútil y fanático director del Kaiser-Wilhelm-Institut.

 

Himmler se levantó airado.

 

— Mein Führer, esto es... intolerable.

 

Un Adolf Hitler anormalmente tranquilo y sosegado le dijo.

 

— querido Heinrich, queremos ganar esta guerra?

 

— claro Mein Führer, pero no saboteados y traicionados por esa... chusma.

 

— por favor, cálmese, y deje terminar al Sr Speer. 

 

Este prosiguió.

 

— pues lo han logrado. Eso es que viene a decir el mensaje recibido desde Ludendorff. Tenemos ahora mismo tres bombas atómicas listas para ser usadas.

 

Tras un ruidoso silencio, intervino Goebbels.

 

— no se ha hecho ningún ensayo? Funcionarán seguro?

 

Los tres quedaron mirando al Führer.

 

— no hay tiempo de probaturas caballeros– intervino Hitler. El momento es ahora. Les he mandado llamar porque quiero que trabajen juntos en un plan para darle la vuelta a la situación. Son Vdes. las únicas personas capaces de hacerlo y gozan de mi total confianza. Ese plan debe contemplar obligatoriamente la detención de Martin Bormann y todos sus gauleiters. Hay que descabezar esa banda de cobardes y traidores. Las SS se encargarán de sus funciones, ayudada por aquellos que se hayan comportado decentemente.

 

— pero Mein Führer...

 

— Sr Himmler, pospongamos el programa de exterminio. Habrá tiempo de reaunudarlo si ganamos esta guerra. Todos sus ingentes recursos deben destinarse a este fin prioritario: organizar a la población alemana, ayudarla a recobrar la moral y cambiar el concepto que tiene de nosotros.

 

Un Goebbels escéptico habló.

 

— Pero Mein Führer, donde podemos tirar esas bombas?  Quiero decir, donde producirían un impacto tal que consiguieran darle la vuelta a la marcha de la guerra?

 

De nuevo fue Speer quien intervino.

 

— antes de la toma de  Peenemünde, Von Braun hizo trasladar varios cohetes V2 con el material necesario para perfeccionar su precisión y alcance, desmontados tornillo a tornillo, y metidos en cajas de material de abrigo con destino Noruega. Además, hacía tiempo que todo el desarrollo del X9, una versión mejorada del V2, se había trasladado a Ludendorff. Von Braun y su equipo llevan meses trabajando en ello. Tres de esos cohetes y sus rampas de lanzamiento están ya operativos con sus cabezas nucleares pudiendo alcanzar cualquier objetivo situado a 750 km, con una precisión de más o menos 25 km a la redonda.

 

Hitler mostraba un semblante muy distinto al que exhibía en las últimas semanas: tranquilo, conciliador y nada eufórico a pesar de las grandes noticias. Se levantó.

 

— caballeros, confío totalmente en Vds, y por el sacrificio que va a suponer, especialmente en Vd  querido Heinrich. De la actitud de los sucesores de esa pandilla de aprovechados va a depender mucho nuestro destino inmediato. A trabajar. Mañana a las ocho de la mañana espero que tengamos un plan esbozado. Me voy a dar una ducha, y si los yanquis nos lo permiten Eva y yo daremos un paseo por la Unter den Linden. Bueno, lo que queda de ella— rubricó con una sonrisa.

 

Nunca antes lo había visto así Speer, ni siquiera cuando le mostraba las maquetas de la futura capital del Reich de los mil años.

 

El 27 de Marzo a las tres de la madrugada, tras un viaje de más de 1.300 kilómetros, un convoy terrestre fuertemente defendido y con apoyo aéreo llegó al punto escogido, un lugar desértico 200 km más al sur de la frontera de Finlandia. Tras los preparativos y bajo una limpia noche estrellada, un cohete V2 modificado salió de su rampa móvil de lanzamiento hacia su blanco, situado exactamente a 647 km, demasiado cerca del límite de alcance. En el búnker de la Cancillería solo cabía esperar. En un poco más de una hora tendría que haber llegado a su destino. Las noticias tardarían algo más. Heinrich Himmler repasaba listas de aquellos dirigentes del partido en que podría confiar. Albert Speer dibujaba esquemas sobre mapas del frente del este. Los rusos hacía tiempo que pisaban la sagrada tierra alemana. Si el plan funcionaba había que conocer de forma exacta toda una serie de depósitos de aprovisionamiento. Guderian, rehabilitado por Hitler, estaba al llegar para coordinar las acciones de lo que quedaba de la  Wehrmacht. Joseph Goebbels ultimaba el discurso que iba a pronunciar en cuanto se confirmara el éxito del lanzamiento. Adolf Hitler, muy tranquilo, hojeaba los partes de guerra que le pasaba diariamente el OKW.

 

El teléfono sonó. Había pasado una hora y cincuenta y seis minutos. Tal como estaba ya establecido Himmler lo contestó. Tras asentir varias veces con la cabeza colgó.

 

— El Centro de comunicaciones de las waffen SS destinadas en Hungría han detectado el corte de toda señal entre el mando del ejército rojo y Moscú.

 

No hubo conato alguno de triunfalismo. Quedaban muchos pasos para llegar al objetivo final. El teletipo volvió a escupir otro mensaje. Esta vez de Londres. Venía también codificado con la máquina Enigma de 7 ruedas  que Turing todavía no podía descifrar. Una vez fue legible se le pasó al Führer.

 

— caballeros, hemos logrado el primer objetivo. Los estados mayores aliados en Londres están registrando una actividad frenética. No hay noticias de las embajadas en Moscú. Los asesores y oficiales de enlace del ejército rojo han desaparecido. Parece que se encuentran en una reunión secreta, lejos de los ingleses y norteamericanos. Esto confirma que Moscú ha sido barrida del mapa. Le toca el turno a nuestro segundo blanco.

 

Una hora y media más tarde, observadores de la división de montaña de la Wehrmacht divisaban el hongo atómico sobre el puerto ruso de Murmansk situado cerca del cabo Norte, la única entrada de aprovisionamiento a la Unión Soviética desde los Estados Unidos, en virtud de la Ley de Préstamo y Arriendo.

 

A las diez de la mañana, el ministro de  propaganda del Reich Joseph Goebbels pronunciaba un discurso a toda la nación. Con su estilo característico anunció: 

 

– Alemania tiene desde hoy la bomba atómica. Stalin y todo su gobierno, así como su ciudad se han volatilizado, y la principal entrada de material y alimentos a la Unión Soviética ha seguido su misma suerte. Desde ahora, el ejército rojo tiene 24 h para detener su avance, y 72 para empezar su retirada fuera de las fronteras del Reich. Cualquier incumplimiento de esas dos condiciones supondrá que una nueva bomba caerá sobre el alma de la Rusia Imperial: Leningrado, la antigua San Petersburgo. El resto de ejércitos que están  invadiendo la sagrada tierra de Alemania deberían pensar en iniciar la retirada. Londres o París se encuentran también a nuestro alcance.

 

Este discurso llegó a todos los confines del mundo. El SHAEF, estado mayor aliado reunido con urgencia en su sede en Reims, se vio inmediatamente sacudido por fuertes divisiones. Por primera vez fue invitado De Gaulle. Tanto él como Montgomery se opusieron a la propuesta de  norteamericanos, canadienses y australianos de olvidarse del acuerdo político con Moscú para que fuera el ejército Rojo el primero en entrar en Berlín, y lanzar una ofensiva con todas las fuerzas disponibles. En plena discusión llegó la confirmación de que Stalin estaba desaparecido, y que las unidades de vanguardia del ejército del mariscal Zhukov se habían detenido. No se llegó a ningún acuerdo. 

 

Eisenhower se puso en contacto con el presidente Roosewelt, ya  enfermo, el cual, muy afectado con lo sucedido con Stalin, al que guardaba mucha más simpatía que al premier británico, le remitió al general Marshall jefe supremo de las Fuerzas Armadas norteamericanas. Este le sugirió que se reuniera con los mandos norteamericanos y que le presentara alternativas. Esa misma noche tuvo lugar ese encuentro. Estaban Spaatz, responsable de la VIII fuerza aérea; Bradley, Hodges, Gerow y Patton, de las fuerzas terrestres, y Maxwell Taylor y James M. Gavin, jefes de la 101.ª y 82 Divisiones Aerotransportadas. Ike, muy serio tomo la palabra: 

 

— me acaba de comunicar Monty que ha recibido instrucciones de Londres. No participarán en ninguna operación ofensiva. Tampoco las fuerzas de la Commonwealt, así que...

 

— estamos solos — afirmó Bradley.

 

— valientes ratas. Venimos a salvarles el culo y al primer contratiempo se cagan encima. Y me espero lo peor con los franchutes. Me han dicho mis oficiales de enlace que la II DB está llena de corrillos y rumores. Cuando uno de los nuestros se acerca a una reunión enmudecen, cuando no le expulsan, diciéndole que es sólo para franceses. 

 

Quien así habló fue Patton, muy enfurecido. Tomo la palabra Eisenhower.

 

— bien, analicemos la situación. Ahora mismo se trata de establecer una estrategia para ofrecérsela al presidente. Creo que el estará de acuerdo en que no hemos venido hasta aquí para volver a casa con el rabo entre las piernas, así que vamos a ver cómo acabamos con estos malditos nazis de una vez por todas, y deprisa, porque si los rusos se retiran, no tardarán en enviar tropas desde el frente oriental, así que a trabajar. Spaatz, quiero saber de cuantos aviones, combustible y reservas disponemos, incluyendo los prestados al resto de los aliados. Tome los hombres que necesite pero quiero un control total sobre nuestro material. Voy a reunirme con inteligencia.

 

Las órdenes del gobierno británico fueron recibidas por las tropas con gran decepción y desconcierto. Los escoceses, australianos y canadienses querían seguir junto a los americanos pero finalmente las unidades escocesas obedecieron. No así australianos, canadienses, polacos, belgas, holandeses y de otros países que, abiertamente hicieron caso omiso y se reorganizaron junto con las fuerzas americanas de Simpson y Hodges, encuadradas originalmente a las órdenes de Montgomery.

 

Mientras esto ocurría en el frente aliado, en Berlín, tenía lugar otra reunión entre Guderian, von Manstein y Dietrich, el nuevo gabinete de guerra que sustituía al OKW, el Oberkommando de la Wehrmacht. Jodl y Keitel habían sido relevados y enviados a coordinar el traslado del enorme contingente de tropas alemanas estacionado en Noruega desde el inicio de la guerra. El objetivo era reorganizar lo que quedaba del antaño poderoso ejército alemán. Hitler preparaba una serie de condiciones adicionales con los responsables del ejército rojo. Ya habían iniciado la retirada, pero no podrían llevar consigo los centros de abastecimiento, combustible, municiones, artillería pesada, blindados y todo aquello que fuera susceptible de utilización militar. Una parte importante de camiones studebacker procedentes de los Estados Unidos fue también requisado para la vuelta de los refugiados de Prusia Oriental. Por orden directa del Führer no hubo represalias, salvo a muchos guardas del Partido nazi a los que la gente odiaba casi tanto como a los rusos. En su tren especial y a pesar del estado de la red ferroviaria, se reuniría lo antes posible con el Mariscal Zhukov con el fin de formalizar el final de las hostilidades. Lo harían en Dresden, una joya del barroco arrasada por los bombarderos aliados apenas un mes antes. Aunque Zhukov no tenía representatividad alguna, dado el vacío de poder, se consideró obligado a asistir por su indiscutible autoridad moral. Había otros fines, claro. Desaparecido el zar rojo y la mayor parte de los miembros del Politburó, el futuro de la Unión Soviética era una incógnita. Era pública y notoria su rivalidad con Konev, el otro victorioso mariscal, rivalidad que gustaba de alentar Stalin. Además, también el Mariscal Antonov y el alto estado mayor, la Stavka, se habían desintegrado con la bomba. Si a esto sumamos el deseo de cambio político mayoritariamente reinante en las filas del Ejército Rojo, tras la desastrosa reacción ante el ataque alemán de 1941, podemos concluir que Zhukov tenía fundados motivos para asumir la representación del ejército rojo y, en definitiva, de la URSS. Tres días después tuvo lugar el encuentro. Hitler acudió con su inseparable Speer y con Von Manstein, buen conocedor del frente oriental. Al Mariscal ruso le acompañaba un hombre calvo y regordete, con pinta de campesino. Era el comisario político responsable  de la defensa de Stalingrado: Nikita Kruschev, nuevo hombre fuerte de la URSS, elegido "in pectore" por los miembros del Politburó que se encontraban ausentes de Moscú aquel fatídico día. Kruschev, un héroe de la crucial victoria en Stalingrado, tenía sus propias ideas para la posguerra: ganar tiempo para el proyecto Borodino, el equivalente al Manhattan, del que Rusia estaba puntualmente informada por los espías infiltrados. Ahora mismo todos los acuerdos firmados por Stalin con las potencias occidentales eran papel mojado. Yalta había pasado a la historia, y tenía que entenderse con Alemania al menor coste posible. 

 

Las delegaciones se encontraron en la estación. Hitler con una educación exquisita pidió a los rusos dar un paseo por la destruida ciudad. Speer, arquitecto de profesión y buen conocedor de la historia del arte, fue explicando los monumentos en ruinas a sus acompañantes. Hitler, visiblemente emocionado, derramó más de una lágrima. Los rusos estaban desconcertados. Acababa de borrar del mapa una perla del arte eslavo y amenazaba con hacer lo mismo con la antigua San Petersburgo y lloraba... 

 

Para Hitler ahora el problema eran los Estados Unidos. La RSHA le tenía informado de la espantada del Reino Unido, aterrorizado por la posibilidad de que Londres y otras ciudades inglesas siguieran la misma suerte que Moscú. Hitler ya era consciente del valor y resolución de los jóvenes  americanos y su capacidad para el combate. Desplazar divisiones bien pertrechadas al oeste lo más rápidamente posible era algo fundamental para el desarrollo favorable del conflicto. Además tenía que asegurarse de nuevo el petróleo de Plöesti y la neutralidad de la resistencia en la prevista vuelta de las divisiones inmovilizadas en Grecia, Albania y Yugoeslavia, resistencia que se encontraba muy mayoritariamente bajo el control total del partido comunista.

 

Hitler fue especialmente generoso. Permitió a los rusos conservar Ukrania  (Kruschev era ukraniano), Bielorusia, parte de los Estados Bálticos, y una zona de Polonia. Las compensaciones de guerra serían objeto de acuerdos posteriores. En cambio tuvieron que devolver los territorios arrancados a Finlandia. De esta forma Hitler pagaba el inmenso favor que permitió a su V2 acercarse a Moscú. Exigió a los rusos generosidad con los prisioneros obligados a trabajar en el programa de armamento. También se comprometió a facilitar ayuda médica para los supervivientes por la radiación, que empresas como Bayer llevaban años investigando por si la bomba hubiera caído sobre Alemania. Los acuerdos provisionales se firmaron tres días después. Hitler tenía asegurada la tranquilidad en el frente del este.

 

Todas las divisiones alemanas, tanto de la Wehrmacht como de las SS iniciaron el camino hacia Brno en Checoslovaquia, centro de concentración e importante nido de comunicaciones, donde ingentes cantidades de combustible y pertrechos abandonadas por el ejército ruso debían trasladarse hacia el frente occidental. Partían de los Balcanes, Grecia, Hungría, Rumanía, de las bolsas atrapadas en los Estados Bálticos y de parte de la Prusia oriental que todavía resistía. Plöesti, abandonada por las fuerzas soviéticas, sería desde nuevo operativa. Aunque sufrió nuevos bombardeos de la octava fuerza Aérea, el suministro se restableció. La población civil volvía a sus casas, abandonadas por la brutal ofensiva del ejército rojo. Ordenadamente las fueron ocupando. Ya nunca seria lo mismo.

 

Mientras tanto, Eisenhower, informado por su inteligencia militar que manejaba datos facilitados desde el mismísimo proyecto Manhattan, intentó convencer a las autoridades políticas, científicas y militares británicas de la casi imposibilidad de que Alemania dispusiera de más bombas atómicas. Roosewelt era incapaz de articular diez frases seguidas, así que le correspondió al vicepresidente Truman la tarea de intentarlo con Winston Churchill, también sin resultados. Eisenhower se resignó y reaccionó con diligencia. A toda prisa ordenó trasladar todo su Estado Mayor a Estrasburgo, que había sido liberado en noviembre. Allí se encontraban estacionadas las fuerzas francesas libres, pertrechadas con material enteramente estadounidense, material que pensaba recuperar. Repasó el plan elaborado por los estados mayores de Gerow, Patton y Bradley. Tardarían unos días en reagrupar al grueso de los ejércitos para atacar Berlín con tres puntas de lanza. Habían varias cabezas de puente en el Rhin y en el Elba muy consolidadas que iban a permitir el paso fluido de las fuerzas acorazadas. La única oposición, ya bastante debilitada, era el grupo de ejércitos centro del  Feldmarschall Walter Model. Los dos ejércitos norteamericanos I y IX, atacarían al norte. A pesar de su poderío y superioridad, en realidad eran de distracción. La verdadera punta de ariete correspondía al III ejército de Patton, que se encontraba ya muy cerca de la frontera checa, y era la que según el plan, alcanzaría Berlín en apenas tres días siguiendo la Autobahnn que enlazaba Munich y Leizpig con Berlín. El ataque estaba previsto para el día 10 de abril. Pero lo más audaz, que Marshall y Truman aprobaron a regañadientes, era el desembarco de las divisiones aerotransportadas 82 y 101, que caerían en el mismo centro de Berlín, acción que se llevaría a cabo en cuanto la infraestructura aérea de transporte lo permitiera. En cuanto los C-47 y los planeadores despegaran de sus bases en Inglaterra y Francia, las fuerzas terrestres serían puntualmente informadas para actuar en total coordinación.

 

Spaatz había ordenado sellar las bases de la VIII fuerza Aérea donde todavía se encontraban gran parte de los B-17 y B-24, así como aquellas donde se concentraban los equipos de abastecimiento y manutención. No había tenido ningún problema, pero en Washington se recibió una protesta formal de Whitehall por lo que consideraban acción unilateral del antiguo aliado. Roosewelt, en uno de sus ya escasos momentos de lucidez, respondió recordando a Churchill que todavía estaban en guerra con Japón, y que el ejército británico dependía enteramente de los Estados Unidos para mantenerse en Birmania y conservar la India. Ahí se acabó la resistencia. A partir de entonces, toda la operación de trasladar al puerto de Amberes la línea de transporte de material de guerra desde América se llevó a cabo sin problemas.

 

Los oficiales de enlace rusos habían desaparecido hacia mucho tiempo con lo que Eisenhower no tenia ni idea de los movimientos de tropas que estaban teniendo lugar en la Europa central, así que ordenó salidas masivas de aviones de reconocimiento fuera del alcance de la Luftwaffe, que hacía tiempo que apenas daba señales de vida.

 

La antiguamente todopoderosa fuerza aérea nazi era una sombra ya muy desdibujada. La desgraciada operación Bodenplatte del día de Año Nuevo fue su golpe de gracia. Menos de 100 aparatos quedaban operativos, pero sin apenas municiones ni menos todavía combustible. Los protocolos adicionales al acuerdo con Kruschev permitieron recuperar un buen número de pilotos capturados o derribados en la ofensiva soviética, entre ellos a Hartmann, el as de ases de la Luftwaffe. También algunos sturmovik que se encontraban casualmente en aeropuertos habilitados en suelo alemán fueron requisados. Ya no quedaban cadenas de producción en las fábricas de aviones, y volver a hacerlas operativas iba a costar un esfuerzo sobrehumano, y todo eso contando con que los bombardeos no se repitieran. 

 

El mando de bombarderos aliado pensaba que las fábricas de armamento habían llegado a su fin o, al menos, eso creían los alemanes, dada la cruenta campaña de los últimos meses sobre ciudades. Hitler, en una de sus reuniones con su gabinete de crisis, había ordenado detener a su antaño número dos, el jefe de la Luftwaffe Herman Göring. Fue destituido de todos sus cargos y encarcelado junto a Bormann en la Prinz Albrechtrasse, la sede de la Gestapo En su sustitución puso al jefe de cazas, Adolf Galland, un hombre de acción. Veterano de la legión Cóndor, gozaba de una gran experiencia, amén de una indiscutible autoridad moral. Lo malo es que no había mucho con que poder hacer frente al dominio absoluto del aire de los aliados. Sólo unas pocas escuadrillas de cazas dedicadas a la defensa de los bombardeos quedaban operativas.

 

Mientras tanto en Italia, el VIII ejército británico era un caos total. Al igual que lo sucedido en Alemania, hubo muchas divisiones que querían seguir hasta la victoria definitiva. Finalmente los polacos de Anders y los neozelandeses de Freyberg se desentendieron de la cadena de mando y se unieron al V ejército del general Mark Clark. Los australianos, a pesar de los esfuerzos ingleses, también les siguieron. Los aviones de reconocimiento de Doolitle que vigilaban las líneas alemanas observaron un discreto repliegue, pero lo que realmente les pareció preocupante fueron los movimientos hacia el norte de grandes cantidades de fuerzas de la Wehrmacht sobretodo desde Yugoeslavia, ante la pasividad de la resistencia de los partisanos de Tito. Las fortalezas B-17 y los liberators B-24 desplazados en Italia y Sicilia bombardearon de inmediato los nudos y redes de comunicaciones, así como los aeropuertos de la Luftwaffe, mientras los bombarderos ligeros B-25, Havocs y Marauders, sin oposición aérea, complicaban a las columnas alemanas el movimiento hacia el Norte. Clark recibió la orden de Marshall de ponerse bajo el mando supremo del SHAAF.

 

Cuando Eisenhower y su estado mayor llegaron a Estrasburgo se encontraron con una actitud más que opositora por parte de varios batallones de la 2DB de Leclerc y del primer ejército francés de Lattre de Tassigny ante la exigencia de devolver el material americano si finalmente desistían de incorporarse al avance aliado, resistencia que duró muy poco cuando la Legión extranjera y otras formaciones coloniales se pusieron claramente del lado de seguir luchando. También se incorporaron a las fuerzas aliadas algunas compañías francesas provenientes de las colonias desoyendo a sus mandos.

 

El Feldmarschall Walter Model, estacionado en la región del Rhur, informó inmediatamente a Berlín de los movimientos observados en el bando aliado. El gabinete de crisis necesitaba con urgencia lo que no tenia: tiempo. Con su habitual claridad se expresó Guderian:

 

– Mein Führer, en el estado en que se encuentran las vías férreas y los nudos de comunicaciones, si los americanos lanzan su ofensiva antes del mes de mayo no podremos pararlos.

 

Hitler mostraba un faz más beatífica de lo que cabía esperar dada la gravedad de la situación. Sólo un enigmático Speer compartía esa tranquilidad. Ante la cara de asombro de Guderian, Manstein y Diedrich, le dijo a su ministro de armamento.

 

— Sr Speer, cuente a estos caballeros qué está pasando en estos momentos en el Atlántico norte.

 

El ministro ya había sacado varios documentos de su cartera de cuero. Consultó su reloj, manipuló su regla de cálculo y extendió una carta marina. Con un lápiz rojo marcó una trayectoria desde Noruega hasta nueva York, y un circulo aproximadamente a mitad de recorrido.

 

— en estos momentos, el buque de la Kriegsmarine Germania se encuentra más o menos en este punto del Atlántico. Pasado mañana, día 12 de abril estará a menos de doscientas millas de la ciudad de Nueva York.

 

— Germania?— Sepp dietrich preguntó. — Jamás había oído ese nombre. 

 

— el Germania es una versión mejorada del malogrado Graff Zeppelin, un portaaeronaves de 28.000 Tm. capaz de navegar a 28 nudos, construido en el astillero subterráneo de Ludendorff. Lleva a bordo una rampa de lanzamiento y dos cohetes V-2 modificados como el que alcanzó Moscú, cada uno de ellos cargado con una bomba nuclear. También lleva 5 nuevos Dorniers 335 de dos motores con un una autonomía de 1000 millas, capaces de transportar una variante de la bomba de menor potencia, pero también menos peso.

 

Speer hizo una pausa.

 

– el Germania navega por el Atlántico norte por rutas no transitadas. Desde que cayó la bomba en Murmansk los convoyes de ayuda americana se han interrumpido. No hay nadie por allí... salvo el Germania.

 

— y los Catalinas de la Guardia costera?

 

– es un riesgo que debemos correr. Los convoyes americanos de suministros se han desviado hacia el puerto de Amberes, más al sur. Ellos creen que hemos perdido la capacidad de hacerles frente en el mar. Ni por asomo nos esperan.

 

Ahora intervino Hitler.

 

— caballeros, la cuestión es que en poco más de 72 h estaremos en posición de lanzar una bomba atómica sobre Washington, y eso significa que ganaremos la guerra.

 

La magnitud de la revelación dejó caer una expresión sombría en militares como Manstein o Guderian, hombres acostumbrados a otro tipo de enfrentamientos. Destruir hasta los cimientos una ciudad de varios millones de habitantes sin que saber desde donde había llegado el golpe era para ellos difícil de entender. Uno de los generales preguntó señalando el mapa.

 

– si Nueva York está aquí y lanzaremos el cohete más o menos desde aquí... Para qué queremos la otra bomba?

 

— para asegurarnos que no habrá respuesta— contestó Speer, señalando un punto de la costa, más al sur de Nueva York.

 

– el plan consiste en pasar por las mismas narices de Norfolk, la base de la Marina americana. Unas 100 millas más al sur se encuentra el cordón costero de Hatteras. Ese será el punto de lanzamiento del V-2 modificado, que tendrá Washington su alcance. Una vez despejada la cubierta tras el lanzamiento, los cinco Dorniers despegaran. Uno de ellos llevará la bomba. Los otros cuatro serán su escolta, equipados como cazas nocturnos. Hasta Oak Ridge hay menos de 600 km. Eso quiere decir que teniendo en cuenta que se trata del avión a pistón más rápido del mundo, ambos artefactos estallarán con una cadencia de más o menos 40 minutos. Los aviones tendrán tiempo de sobra de volver. Los norteamericanos ni sabrán qué ha pasado.

 

— Oak Ridge?

 

– si, es el complejo de laboratorios donde los americanos están construyendo su bomba. Lo llaman Proyecto Manhattan.

 

— y la segunda V-2?

 

— una vez la capital sea borrada del mapa dejaremos un vacío de poder mayor que el que creó la bomba sobre Moscú. El Pentágono, la Casa Blanca, el Congreso, el FBI... todo habrá desaparecido. Eisenhower no tendrá más remedio que capitular ante el ultimátum.

 

— ultimátum?

 

— si no se rinde lanzaremos la segunda V-2 sobre la ciudad de Nueva York.

 

Un opresivo silencio cayó sobre los hombres allí reunidos. Apenas tres días, tres, y todo terminaría. Entonces hizo su aparición un ordenanza con un teletipo urgente recibido en la Cancillería. Se lo dio al Führer. Este lo tomó y lo leyó. Lo dejó sobre la mesa, se quitó las gafas.

 

– caballeros, los americanos acaban de lanzar su ofensiva. Han atravesado el Elba. Han rebasado las defensas de Model. Vienen hacia aquí. Según el Feldmarschall llegarán en tres días.

 

Siguiendo las órdenes de Eisenhower, el general Clark con el V ejército Norteamericano, y con las unidades fieles del antiguo VIII ejército británico atacó la madrugada del 11 de Abril entrando en el valle del Po con el objetivo último de acercarse al máximo a la frontera austríaca. La resistencia comunista italiana  había dejado de hostigar a Kesselsing, pero este y parte de sus fuerzas habían sido trasladados a la defensa de Berlín. La ofensiva tenia que avanzar hacia Milan y crear una base logística para la fuerza aérea de  Doolitle. Desde ahí podría bombardear las comunicaciones hacia el oeste e impedir la llegada de refuerzos que dificultaran la marcha sobre la capital del Reich. Simultáneamente, Bradley y Gerow con el grupo de Ejercitos I y IX atravesaban el Elba desde Magdeburgo, mientras Patton viraba al norte desde el macizo de Harz, casi en la frontera de Checoslovaquia. Si los cálculos sobre las fuerzas alemanas y su capacidad de aguante eran correctos, el 13 de abril estarían en los arrabales de Berlín.

 

Con el fin de cortar de raíz la vuelta de los 400.000 soldados alemanes estacionados en Noruega, las otras fuerzas integrantes del grupo británico de Montgomery, es decir, el I Ejército canadiense, el IX del teniente general William H. Simpson y casi todo el I de Hodges, se dirigían hacia Hamburgo buscando la frontera con Dinamarca. Esta acción fue precedida con intensos bombardeos sobre los nudos de comunicaciones  en el escenario centroeuropeo de la VIII fuerza Aérea desde sus bases en Inglaterra.

 

 

A partir de la noticia de la ofensiva americana la actividad en el búnker fue frenética. Conforme iban llegando noticias del descalabro de Model y la escasa resistencia que podían ofrecer el tercer ejército de Panzer de Manteuffel y el 21° ejército del general Von Tippelskirch a la ofensiva norteamericana , el pesimismo fue invadiendo los rostros de los allí reunidos. La división Panzer de Hoth, muy desabastecida, intentó unirse a frenar al III ejército mecanizado de Patton, una máquina bien engrasada que avanzaba hacia Leizpig, a sólo 157 km. No pudo retrasar el avance. Los escasos King Tiger quedaron pronto inmovilizados por falta de combustible. Y es que los ansiados suministros provenientes del ejército Rojo apenas avanzaban en un atasco infernal de vías de comunicación impracticables por la acción de los bombardeos masivos de los bombarderos medios, de los B-17 y Liberators, que partían sin descanso desde Francia, Inglaterra e Italia.  

 

La Luftwaffe poco podía hacer hostigada por los cazas P-51 y P-38. Por si fuera poco, los cazabombarderos Thunderbolt actuaban a placer con sus cohetes sobre las escasas defensas alemanas. Al finalizar el día llegó la noticia: Patton estaba en Leizpig, a tiro de Berlín. Y dos horas más tarde llegó otra todavía peor: Hamburgo había caído. También una noticia convulsionó a todo el escenario de guerra: Roosewelt había fallecido.

 

La noticia de la muerte del Presidente supuso una gran conmoción para las tropas americanas. Eisenhower estaba muy afectado, aunque las últimas semanas su interlocutor habitual era el jefe supremo de las fuerzas armadas, el general George Marshall. Este fue informado de los avances militares, y le comunicó la próxima presencia en Europa del nuevo presidente Harry Truman. También supo de la inminente operación prevista para el día siguiente que podría decidir el resultado de la guerra en 48 h. En ese momento el Germania se encontraba a una jornada de Nueva York.

 

En el búnker no se descansaba. Guderian, Dietrich y Manstein intentaban organizar el caos, pero amargamente señalaban las escasas posibilidades de los focos de resistencia, esperando que se pudiera aguantar hasta la llegada de refuerzos del este. La Kriegsmarine había conseguido rescatar las fuerzas de la Wehrmacht que habían quedado atrapadas en el istmo de Curtlandia, pero estaban inmersas e impotentes en el caos de las comunicaciones bombardeadas una y otra vez por la omnipresente aviación americana. Al sur de Berlín, unos veinticinco mil hombres de lo que quedaba del IX Ejército de Busse junto a los restos de las divisiones de Wenck, eran la única esperanza para aguantar las 24 horas que necesitaba el Germania. También habían sido desplazados algunos destacamentos extranjeros de las Waffen-SS, escandinavos y franceses: la división Nordland y la Carlomagno. Pero el intento más infructuoso e inmerecido era el del nuevo jefe de la Luftwaffe Adolf Gallandt, que trataba sin éxito de organizar algunas escuadrillas de cazas, pero ya era tarde. La situación era desesperada.

 

Hitler, acompañado de Goebbels, su familia, y sus allegados íntimos, se retiró a las estancias privadas del búnker a esperar acontecimientos. Tenia todavía esperanzas y se encontraba relativamente tranquilo. Eva Braun estaba con él. Magda Goebbels y sus hijos también formaban parte de ese grupo. Contaban con que como muy pronto los americanos llegarían a Postdam a la noche del día siguiente. Todos se fueron a dormir.

 

Hacía casi un mes que Berlín había sido sustituido como objetivo de los bombardeos aliados por lo que quedaba de las factorías energéticas: caucho-buma, benceno, refinerías e industrias de armamento. La fábrica de Messerschmitt al igual que muchas otras que había sido arrasada, estaba abandonada. Eran las 5 de la madrugada y las sirenas volvieron a sonar en la capital del Reich. La población, sorprendida tras tantos días de paz salió de sus casas buscando los refugios y los túneles del metro. Centenares de fortalezas volantes y Liberators volvían a la carga, y la única defensa eran las flaktowers. Estos monstruos de hormigón armado se distribuían por toda la ciudad, pero ante la urgencia de reforzar las defensas del extrarradio de Berlín habían sido desmanteladas en parte.

Pero era una operación de distracción. No cayó ni una sola bomba en Berlín. Los bombarderos pesados pasaron de largo y se dirigieron al este, a machacar de nuevo a los convoyes de aprovisionamiento. Volando en formación tras los bombarderos, pero a más baja altura, estaban los aviones de transporte, los C-47, que empezaron a escupir a los paracaidistas de las Águilas chillonas sobre el mismo centro de la ciudad. Y es que Berlín, a diferencia desde otras ciudades alemanas, tenía amplias zonas libres de edificios que permitían desembarcos aerotransportados. Una de esos amplios espacios era el distrito gubernamental de la Wilheimstrasse, la amplia avenida de la Unter Den Linden, el Reichstag, la Haupbanhoff y, sobretodo el parque  Tiergarden. Si la 101 lograba hacer llegar una relativamente pequeña parte de sus efectivos dentro de esa zona, podría llegar con cierta facilidad a la Cancillería y asegurar sin tomarlo el Sancta Sanctorum del Régimen Nazi. 

 

Y es que, desaparecida la amenaza del Ejército Rojo, precedida por su terrorífico avance en su ofensiva desde el Vistula por tierras de Prusia Oriental, la desmovilización de los ancianos y niños del Volkssturm dejaba a Berlín casi desprotegida. Sólo restaban con muy mermada capacidad operativa la guarnición de defensa del distrito gubernamental al mando del Brigadeführer Wilhelm Mohnke, y una parte de la 18.ª División de Granaderos Acorazados y de la División Panzer Müncheberg, que se encontraba al oeste de la ciudad , en Charlottenbrücke y en la fortaleza de  Spandau.

 

La otra punta de la tenaza no era otra que la 82 Aerotransportada, que, al mismo tiempo que la 101,  caía con sus planeadores cargados de vehículos ligeros al norte y sur de Berlín, en los alrededores de los aeropuertos de Tegel y Tempelhoff, amplios espacios abiertos, paradójicamente, con varios cazas Focke wulf 190 alineados sin una gota de combustible. Su misión era reforzar a la 101 en sus objetivos primarios, y neutralizar la resistencia alemana en Charlottenbrücke y Spandau.

 

Las noticias de que Berlín estaba invadida desde el aire cayó como un jarro de agua helada en el búnker. Cuando se produjo la alarma aérea, tal como era su costumbre, el ministro de armamento Albert Speer se dirigió a la flaktower del Zoo a contemplar el bombardeo. Al comprobar que se trataba de un engaño, volvió pitando en su kubelwagen a la Cancillería. A su entrada en el búnker lo que vio fue el sentimiento generalizado de todos los presentes de que ya nada se podía hacer. Hitler, Eva Braun y la familia Goebbels, así como su círculo íntimo,  se habían encerrado en las estancias privadas. El Führer acababa de conocer por un despacho urgente la deserción del reichsführer Himmler, "der treue Heinrich" tal como lo llamaba Hitler. Himmler había contactado con el conde Bernardotte, embajador de Suecia. Pretendía que intercediera ante los norteamericanos como garante de salvaguardar el orden ante el previsible caos. No tuvo éxito y acabó suicidándose. Hitler estaba profundamente deprimido. Speer por mucho que lo intentó, no pudo entrar a verle por última vez.

 

Varios batallones de la 101 habían caído muy cerca de la flaktower del Zoo. No encontraron demasiada resistencia, y pronto los cañones dobles dejaron de disparar. El parque Tiergarden, convertido en un paisaje muy parecido al de un campo de batalla de la primera guerra Mundial a causa de los bombardeos, pronto se llenó de flores blancas cayendo del cielo con la segunda oleada de paracaidistas. La reunificación con los de la 82ª provenientes de la zona norte tendría lugar al final de la gran avenida que cruzaba el parque: la puerta de Brandeburgo. 

 

Esta división lo tuvo más complicado, ya que muchos planeadores cayeron sobre el lago cercano al aeropuerto de Tegel, y la fortaleza de Spandau les hostigaba con sus piezas de 88 mm. En cambio, en  Tempelhoff no hubo problemas. Incluso algunos C-47 se atrevieron a aterrizar en las mismísimas pistas. Pronto fueron desplegados en jeeps, piezas de artillería ligera y otros vehículos ligeros para apoyar a la 101.

 

Las órdenes de las fuerzas aerotransportadas eran asegurar y cercar el área gubernamental, muy cercana a la puerta de Brandeburgo. El Brigadeführer Wilhelm Mohnke que estaba al mando de la guarnición pero carecía de armamento pesado, pronto se vio superado por los paracaidistas, que se adentraron en la UnterDelLinden y sellaron el perímetro. Sólo había que esperar al  ejercito. No eran conscientes de la importancia que tenía la rapidez en neutralizar a los jerarcas nazis, que impediría la mayor catástrofe de los Estados Unidos.

 

Las luces de la base naval de Norkfold brillaban en la oscuridad desde una noche sin luna. No eran conscientes del peligro. La guerra quedaba demasiado lejos. 5 horas más y el Germania estaría en posición de proceder a asestar su golpe mortal.

La comunicación de que las fuerzas aerotransportadas habían alcanzado sus objetivos llegó al cuartel general del SHAEFF a las 16,55 h. Bradley y Hodges habían encontrado más resistencia que Patton, que se encontraba muy cerca de Postdam, a punto de enlazar con la 82ª. Su único obstáculo eran los restos de 18ª División de Granaderos Acorazados y de la Panzer Müncheberg. Eisenhower esperaba al Presidente Truman y al jefe de estado mayor Marshall tres días después. Entonces, al conocer el temprano éxito de las fuerzas aerotransportadas, tomó una decisión.

 

El capitán de la avanzadilla de reconocimiento consultaba el mapa sentado en su Halftrack. Se había perdido. Sabía que había dejado Postdam a su izquierda. Su sentido de la orientación le decía que tenía que ir "p'arriba", buscando el Norte. No se equivocaba. Su columna tenia orden de volver atrás cuando encontrará algún tipo de resistencia e informar a su comandante, así que siguió adelante. La sorpresa fue encontrarse con un Jeep y tres paracas fumando. Cuando vieron el semioruga le dijeron en inglés.

 

– ya era hora.

 

El capitán no entendió nada.

 

– donde está la Postdamer plas?– preguntó en su macarrónico francés.

 

El coronel Anthony Clement McAuliffe recibió la llamada cuando supervisaba la labor de despejar las cuatro baterías dobles de la terraza de la flaktower.

 

– Nuts? Soy Taylor. Órdenes de Ike. No esperamos a Patton. Refuerza la posición y con todo lo que puedas reunir vete a la Cancillería y cázalos a todos.

 

Por tercera vez Speer intentó ver al Führer sin resultado. Las estancias privadas estaban cerradas a cal y canto. Nada se sabía de lo que estaba ocurriendo allí dentro. Faltaba menos de una hora para que el Germania estuviera en posición de ataque. Dada la inminente llegada de los paracaidistas americanos, había mandado instalar en el búnker la máquina de códigos Enigma. El comandante de la nave, el legendario marino de U-boat Prien, había comunicado que la inminente llegada al punto de lanzamiento se estaba produciendo sin problemas. Ahora era Hitler quien debía dar la orden. Mohnke hacía unos minutos que había subido de nuevo tras anunciar que se habían avistado americanos en la puerta de Brandeburgo. El tiempo era crucial. Speer era el único que permanecía en la sala de juntas del búnker. Dietrich, Guderian y Manstein se encontraban en la Cancillería. De repente la puerta metálica se abrió.

 

Los mapas de que disponían los hombres de la 101 eran muy deficientes. McAuliffe junto al teniente Ronald Speirs, Lewis Nixon y otros soldados de la Compañia Easy, intentaban aclararse por donde seguir. La imponente puerta de Brandeburgo daba paso a una amplia avenida, pero ni rastro del objetivo. La zona estaba desierta. Sin saber qué hacer, el coronel, señalando el fronspicio del monumento, ordenó.

 

– que suban tus hombres ahí arriba, a ver qué coño hay por los alrededores. Según esto debemos estar muy cerca.

 

Una nube de humo salió de la puerta blindada, al aparecer tosiendo Traudl Junge, la secretaria de Hitler. Speer tuvo que sujetarla para que no cayera. La sentó en una silla y mandó traer agua. Una vez medio repuesta exclamó con lágrimas en los ojos:

 

– están todos muertos. Krebs se encargó de todo

 

Se refería al general Krebs, uno de los últimos ayudas de cámara del Führer. Traudl contó lo que habían sido las últimas horas de Adolf Hitler. Obsesionado con la idea de acabar como Mussolini y su novia Clara Petacci colgando boca abajo de una marquesina en una estación de servicio en Milán, estaba dispuesto a que no le cogieran vivo. Eva Braun también quería seguir su suerte. Entonces Hitler comunicó a todos los presentes su intención y la de Eva de contraer matrimonio. Goebbels había llevado a la salita privada del dictador a un tal herr Walter Wagner, oficial del Gau de Berlín que tenía potestad para celebrar una ceremonia de boda por lo civil. Wagner hubo de preguntar tanto al Führer como a Fräulein Braun si eran descendientes de arios en un 100 por 100 y si estaban libres de toda enfermedad hereditaria. El acto no duró más de un par de minutos, tras lo cual se celebró un breve refrigerio, y los recién casados se despidieron de todos los presentes. La secretaria, que no cesaba de sollozar, se refirió a los dos disparos que se oyeron, tras los cuales el general Krebs, acompañado desde otros oficiales, penetró en la salita privada del Führer. Pasada media hora, Krebs regresó. 

 

— Misión cumplida, el cadáver del Führer y de su esposa no serán encontrados jamás. Larguense de aquí cuanto antes.

 

Tras lo cual desapareció por una de las galerías. Una gran explosión llenó de humo toda la zona privada del búnker. Traudl, que había perdido de vista al matrimonio Goebbels y a sus hijos salió todo lo deprisa que pudo de allí, presa de un ataque de nervios hasta que encontró la salida. 

 

El teletipo escupió un mensaje. Descifrado por enigma, se le pasó a Speer.

 

– el Germania en posición de ataque. Esperamos la orden.

 

El cabo Roe y los soldados Wynn, Lesnievsky y Hashey trataban de sujetar la bandera, pero la cubierta de la puerta de Brandeburgo era de dura piedra. El sargento Luz dirigía la difícil operación. Ya que habían subido a buscar por donde paraba la guarida de los nazis, iban a aprovechar para izar la enseña de las barras y estrellas, pero no parecía fácil. El cabo Penkala, que también andaba por allí dio la voz de alarma, justo cuando por fin el mástil se empezaba a encajar.

 

– sargento, blindados al sur.

 

Luz miró con sus prismáticos.

 

— venga hombre, son semiorugas, y de los nuestros.

 

La columna de Halftrack se acercaba desde la Postdamer Platz, e iba directamente hacia ellos. Al ver la bandera amiga sacaron otra. Los de la Easy se quedaron extrañados.

 

– deben ser del tercer ejército.

 

– hay rumanos con Patton? Esa bandera...

 

– no. Estaban con los boches. Seguro que ese cabrón los ha fichado.

 

Los semioruga llegaron a la puerta. El oficial al mando se dirigió a los paracaidistas que les esperaban en el arco central. No le entendíeron y cuchicheó algo  con su conductor. El soldado de la Easy "Tony" García, al oírlo se acercó.

 

– capitán, no se apure. Hablo español.

 

– donde coño está la Cancillería. Tengo órdenes de no volver hasta encontrar alemanes y no he visto ninguno desde hace tres horas. Y allí seguro que encuentro.

 

– mi coronel y sus hombres están por allí. Vaya derechito por esa avenida y gire si puede a la izquierda.

 

El capitán le dio las gracias e hizo un gesto con el brazo. La columna arrancó, atravesaron la puerta de Brandeburgo y enfilaron por la Unter Den Linden.

 

Heinz Guderian llegó sofocado al búnker cuando Speer mandaba un teletipo.

 

– el Führer ha muerto. Aborten la operación. Vuelvan a casa. 

 

El teletipo cifrado salió hacia el Germania. Un minuto después llegó la respuesta.

 

– entendido. Corto y cierro. Volvemos a Ludendorff.

 

Speer le pidió al ayuda de cámara que subiera a la cancillería y bajara unas botellas de Lepanto, un magnífico coñac español. Ante las dudas del subalterno, el ministro de armamento le indicó dónde encontrarlas. Doce minutos después apareció con dos botellas y unas copas de cristal de Bohemia. Speer le regaló una de las botellas y le dijo que se marchara a casa. Después le sirvió una generosa copa a Guderian e hizo lo mismo para él.

 

– bien Heinz, todo ha terminado. Salud.

 

El coronel McAuliffe acompañado de varios de sus hombres hizo su entrada en la sala. Guderian se levantó y le hizo el saludo militar. El americano contestó de la misma forma.

 

El presidente Harry Truman junto a su jefe de Estado Mayor George Marshall, el secretario de estado Averell Harriman y el general Dwight Eisenhower se reunieron el 15 de junio en Helsinky  con el premier Soviético Nikita Kruschev, que venía acompañado por el ministro de Exteriores Molotov y los Mariscales Zhukov y Konev. Fue una primera toma de contacto. Pronto se hizo evidente que los primeros movimientos de revisión de la política Stalinista ya habían comenzado. La desastrosa gestión de Stalin antes y durante la operación Barbarroja y su actitud en prácticamente la totalidad de ls guerra, habían creado un profundo malestar en los cuadros del ejército Rojo. La desaparición del "Vozhd", de Beria, Antonov, la Stavska y toda la camarilla, habían propiciado un sentimiento legítimo del poder que representaba el ejército, y su líder Zhukov era el héroe para esos sufridos soldados y oficiales que hubieran ganado la guerra de no ser por la superioridad tecnológica del enemigo.

 

Ya antes de que la bomba marcase un antes y un después, el deseo de cambio político reinante en las filas del Ejército Rojo había intensificado las sospechas de las autoridades soviéticas. Tanto los oficiales como los soldados rasos manifestaban descaradamente sus críticas al sistema comunista, y los comisarios políticos poca cosa podían hacer salvo comunicarlo a Moscú. Las autoridades rusas temían también las influencias extranjeras, sobre todo desde que sus soldados habían visto las condiciones de vida mucho mejores que había en Alemania. Se hablaba una vez más de la amenaza de actitud «decembrista», en alusión a los jóvenes oficiales que regresaron a Rusia de París tras la derrota de Napoleón, reconociendo que su país seguía estando políticamente muy atrasado. Abandonados en 1941 por unos superiores incompetentes o aterrorizados, los soldados soviéticos habían padecido el hambre y los horrores de una desastrosa dirección de la guerra. Además, el pueblo ruso había sufrido más que ningún otro las desgracias del conflicto. Más de 20 millones de muertos lo atestiguaban, y para el pueblo soviético, su glorioso Ejército Rojo, consciente de su poder e influencia,  estaba dispuesto a hacer todo lo posible para aliviar sus desgracias. Así pues, la dirección del partido comunista estaba atada de pies y manos ante la exigencia de dejar en un segundo plano el internacionalismo socialista en aras de un mejor nivel de vida de la población. Y para eso necesitaban a los norteamericanos.

 

Truman no compartía el idealismo de su predecesor pero era un hombre pragmático y sabía lo que había sufrido el pueblo ruso y cuántas vidas americanas le había ahorrado su sacrificio. Harriman le había puesto al corriente de la actitud de Stalin y de las cesiones de Roosewelt en aras de su proyecto de las Naciones Unidas que debía asegurar la paz en el futuro. Desaparecido el Zar rojo, las cosas se tornaban más fáciles. La inteligencia americana conocía los nuevos aires propiciados por el papel preponderante de las fuerzas armadas que contaban con el respaldo mayoritario de un pueblo ruso extenuado por la guerra. Se trataba pues de superar Yalta, y ofrecer a la URSS otras contrapartidas: una generosa financiación y bienes de equipo para reconstruir un inmenso país asolado por la guerra. A cambio, la coexistencia pacífica y colaboración en un mundo futuro en paz. De la disposición favorable por parte de la actual dirección de la URSS dependería una postguerra que trajera la reconstrucción de una Europa en ruinas, siempre bajo la codirección de la nueva alianza entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

 

La elección de Helsinky tampoco era casualidad. La Unión Soviética había estado en guerra con Finlandia. Los acuerdos firmados con Hitler incluían la devolución de los territorios que esta perdió a favor de aquella, pero en el nuevo escenario mundial tras la victoria estadounidense, donde el mundo iba a ser cosa de dos se imponía cerrar viejas heridas con el poderoso vecino.

 

El encuentro bilateral tenía que dar solución a una serie de temas de vital importancia para el futuro del mundo:

 

El primero de ellos y más acuciante, Estados Unidos estaba en guerra con el imperio japonés. Si la Unión Soviética declarara la guerra a Japón, Truman estaba dispuesto a  que Manchuria y otros territorios se incorporaran a la URSS. A cambio esta ejercería su influencia sobre los comunistas chinos intercediendo en su conflicto con Chiang Kai Shek.

 

La desnazificación de Alemania y otros países con partidos colaboracionistas como Hungría, Rumanía o Bélgica debía llevarse a cabo extirpando ese cáncer de raíz. Y los juicios para depurar los crímenes de guerra comenzarían sin esperar al fin de las hostilidades, e incorporarían, ademas de la URSS, Canadá, Nueva Zelanda y Australia, a aquellos países que más habían sufrido el horror nacionalsocialista, como Polonia, Bélgica, Grecia, Yugoslavia o Checoslovaquia. Alemania estaba ocupada militarmente por la potencia vencedora, los Estados Unidos de América, y esperaba contar con la URSS y otros países como Polonia para colaborar en esa tarea. Quedaban excluidos por decisión de los Estados Unidos, tanto Gran Bretaña como Francia. Se llevaría a cabo un control total sobre personas, empresas y entidades de todo tipo. El objetivo era una nueva Alemania que dejara de ser un peligro para Europa y el mundo.

 

Polonia era otra cuestión que dilucidar. Todo había comenzado al ser invadida por Alemania primero, y por URSS después. El gobierno provisional de Polonia huyó a Londres para seguir luchando. En estos momentos había abandonado Londres tras la defección del Reino Unido en continuar la guerra, y se había trasladado a Aquisgran, una de las escasas ciudades alemanas que no había sido destruida por los bombarderos aliados, con el propósito de regresar cuanto antes a su tierra. Por expreso deseo del presidente Truman se había incorporado al igual que otros países a la conferencia bilateral. En Varsovia, Stalin había formado un gobierno títere. Polonia se encontraba todavía ocupada por el ejército soviético, ya que Hitler había exigido sólo la retirada del Reich. Era un asunto espinoso que habría de incluir las futuras fronteras de Polonia, parte de la cual había sido ocupada por los rusos en 1939 en virtud del pacto germanosoviético. Y lo mismo podría decirse de una gran parte de la Europa central. Rumanía, Hungría y Checoslovaquia, seguían ocupadas.

 

El horror de los campos de exterminio y la depuración de responsabilidades debía alcanzar, no sólo a los jerarcas nazis y la totalidad de la cadena ejecutora, sino a la población civil cómplice. La práctica extendida de obligar a los habitantes adultos de las ciudades cercanas a ver con sus propios ojos lo que se había estado haciendo al lado de sus casas, y a colaborar en las labores de limpieza y ayuda, debía extenderse a todo el pueblo alemán.

 

Pero el ejército rojo estaba agotado, y más todavía los millones de prisioneros y mano de obra forzada enviada a las fábricas, minas e infraestructuras del Reich. Vivos Stalin, Beria, la NKVD y la línea dura del ejército, su futuro hubiera sido muy incierto, pero las circunstancias eran ahora diferentes. Todos querían volver a casa.

 

Y se daba una extraña paradoja. Los Estados Unidos habían entrado en guerra por la agresión japonesa a Pearl Harbor, pero había sido Hitler quien les declaró la guerra. El Presidente Roosewelt deseaba una paz duradera bajo el auspicio de su gran apuesta, la organización de Naciones Unidas, y contaba —o creía contar– con Stalin para ese fin. Desaparecidos ambos mandatarios, Truman bajo ningún concepto deseaba convertir a los Estados Unidos en el gendarme de Europa, y aunque tenía sus dudas al respecto no le quedaba otra opción que el sueño de Roosewelt. Contaba con convencer a la URSS para que esa tarea fuera de interés común.

 

A pesar de los esfuerzos de gran Bretaña y Francia de formar parte de la conferencia bajo el supuesto derecho de tratarse de algún modo de potencias vencedoras, tanto los Estados Unidos como las URSS se negaron en redondo. Es más, se les advirtió que en los próximos años y patrocinado por ambos países, iba a procederse a un profundo proceso de descolonización que llevaría a sus últimas consecuencias el derecho de autodeterminación, incluso de territorios en disputa dentro de la misma Europa. La entente de los dos grandes funcionaba perfectamente a ese nivel.

 

Se llegó a acuerdos en relativamente poco tiempo. Tanto la delegación de alto nivel americana como la soviética  debían volver con la mayor premura posible a sus países, pues había asuntos que requerían su presencia, aunque por razones distintas. Después veremos el porqué. En adelante ya se encargarían los grupos negociadores para concretarlos.

 

El gobierno provisional polaco volvió a Varsovia una semana después de que Truman regresará a Washington, bajo los auspicios y protección del ejército Rojo que inició ordenadamente la retirada. Al igual que en Checoslovaquia, Rumanía, Hungría, Bulgaria, Yugoslavia, Albania y los Estados Bálticos, se celebrarían elecciones donde concurrirían los partidos comunistas en igualdad de condiciones, muy a pesar de Tito y del gobierno títere impuesto por Stalin en Polonia. Ese fue el trago más amargo para muchos comunistas soviéticos que veían en Yalta la confirmación de lo que era un hecho "de facto": una gran área de influencia con gobiernos controlados por la URSS. Estados Unidos, desafiando a Italia y a Francia, apoyó sin fisuras el derecho de los comunistas a unas elecciones libres que ingleses y franceses pretendían dificultar.

 

La delimitación de fronteras era también un tema espinoso, sobretodo en el caso de Polonia. Existían territorios en disputa con la URSS y con Alemania. La línea occidental fue fijada por los ríos Oder-Neisse. Eso suponía que amplias regiones de la Prusia Oriental pasaban a formar parte de Polonia. La delegación alemana que asistía en calidad de oyente representada por personalidades perseguidas por el nazismo entre las que se encontraban demócrata-cristianos como Konrad Adenauer o socialistas como Willy Brandt tuvieron que aceptar impotentes estos amargos pactos. También Polonia tuvo que ceder. Se llegó a un acuerdo de circunstancias con los territorios limítrofes con Rusia, buscando superar para siempre el conflicto entre ambos países por ese motivo.

 

Los dos grandes acordaron también iniciar cuanto antes el proceso de desnazificación, que iría a la par con los juicios por crímenes de guerra. Estos se celebrarían en Nuremberg, ciudad icónica del Nacionalsocialismo. Al contrario que la erradicación del nazismo que recayó en las autoridades militares de las fuerzas de ocupación, para Nuremberg se incorporaron jueces de la sociedad civil, evitando los de la jurisdicción militar. Estados Unidos y los aliados que continuaron hasta la victoria final, incluyendo a países ocupados como Polonia, Bélgica, Holanda, Dinamarca o Noruega, y claro está, la URSS, aportaron juristas voluntarios para ese macroproceso. Los resultados son conocidos. El caso más llamativo fue el de Albert Speer, ministro de armamento y, por tanto, responsable de la importación de la mano de obra forzosa que el Reich necesitaba, que evitó la pena de muerte. Y es que los interrogatorios a que fue sometido revelaron que las contradicciones entre una mente privilegiada, un hombre creyente, y una enfermiza fascinación por Adolf Hitler, produjeron un insano caldo de cultivo para unas decisiones que hubieran sido impensables en otras circunstancias. Se dice que salvó su vida a pesar de reconocer todo aquello por lo que se le acusaba. Tuvieron que ser otros los que le defendieron aportando pruebas de un sin fin de arriesgadas maniobras en defensa de la Alemania que nacería tras la derrota. También se dice que colaboró activamente desde la cárcel con las fuerzas de ocupación en la ardua y difícil tarea de la desnazificación, así como la progresiva implantación de una nueva administración civil que en un futuro se hiciera cargo de la nueva Alemania.

 

Qué ocurrió en el mundo tras esos acuerdos?

 

Estados Unidos hizo explotar el 16 de julio una bomba atómica en Alamogordo, en el desierto de Nevada. El 6 de Agosto, el Enola Gay, un bombardero B-29, lanzó una bomba sobre Hiroshima. El 8 de agosto Rusia declaró la guerra a Japón, entrando en Manchuria e invadiendo las Islas Kuriles. El 9 de agosto cayó la segunda bomba atómica sobre Nagasaki. El 15 de Agosto, el imperio Japonés se rindió incondicionalmente.

 

Ante la desesperación de Francia, los territorios de Alsacia, Lorena, además de El Sarre, ocupados por fuerzas estadounidenses, celebraron referéndums que arrojaron la muy mayoritaria voluntad de sus habitantes para seguir siendo alemanes. Lo mismo ocurrió en las zonas fronterizas entre Italia y Austria. Trieste siguió formando parte de Italia.

 

Los procesos descolonizadores se iniciaron en Africa y Asia: Indochina, Indonesia, la India, Argelia, El Congo Belga, Líbano, Palestina... y otros más, fueron incorporándose como naciones libres, bajo el auspicio de la recién creada Organización de Naciones Unidas. El proceso siguió con territorios en régimen de protectorado, como Egipto, Marruecos, Filipinas. Incluso con enclaves mucho más pequeños como Gibraltar, Ceuta, Melilla, Macao o Hong Kong. Las consecuencias fueron en muchos casos nefastas, como se vio después. Los  países africanos o de Oriente Medio en su mayoría tenían fronteras artificiales, y los conflictos tribales pronto harían su aparición. En otros casos como Rhodesia o Sudáfrica, abandonar por la fuerza las políticas de apartheid, supuso también graves disturbios. Era un proceso tan difícil y doloroso como necesario.

 

El último vestigio de fascismo en Europa, el General Franco, estaba en el punto de mira. Los aliados le dieron un ultimátum. O dimitía o una fuerza armada compuesta por más de 25.000 voluntarios antifascistas entre los que se encontraban antiguos brigadistas y miembros españoles del ejército aliado, bien pertrechadas logísticamente, con armamento moderno, apoyo aéreo y naval, invadiría la península. Las fuerzas armadas nacionales, sin la presencia de los nazis e italianos, poco podían hacer. Franco se exilió a Barranquilla, Colombia. De ahí nació la canción: 

 

"se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla..."

 

Se celebraron elecciones libres bajo la supervisión de Naciones Unidas tras un referéndum sobre la forma de gobierno que deseaban los españoles, que se decantó por el regreso de la Monarquia. Dn Juan de Borbón, el Conde de Barcelona, volvió a España, al igual que los exiliados republicanos. Los presos políticos fueron liberados. Las elecciones fueron ganadas por una coalición de partidos moderados que incluía a políticos republicanos de varias tendencias. Los comunistas y anarquistas quedaron en franca minoría tras el partido socialista, liderado por Fernando de los Ríos e Indalecio Prieto, que colaboró activamente como principal fuerza de la oposición en la redacción de una nueva constitución que, en lo posible, restañara las heridas de la guerra civil y abriera paso a la reconciliación de los españoles. El gobierno de Oliveira Salazar en Portugal siguió la misma suerte, a la par que Angola y Mozambique iniciaban también su proceso descolonizador.

 

El Plan Marshall, llamado así por el flamante nuevo secretario de Estado, el general George Marshall, tenía la denominación oficial de European Recovery Program, ERP, y fue la respuesta de los Estados Unidos para la reconstrucción de Europa. El plan estuvo en funcionamiento durante cuatro años desde abril de 1948. Los objetivos eran, no solo la reconstrucción, sino también eliminar barreras al comercio, modernizar la industria europea y hacer próspero de nuevo al continente. La URSS fue especialmente favorecida por el plan, y a través del puerto de Vladivostok y un modernizado Transiberiano fluyeron bienes de equipo para reconstruir la maltrecha economía Soviética. Norteamérica fue generosa con el Reino Unido y, Francia, que también fueron beneficiarias de la ayuda norteamericana.

 

Y qué ocurrió con el Germania? Pues arribó sin problemas a la base de Ludendorff. El comandante de la nave descargó los artefactos nucleares y los cohetes, esperando la llegada de los americanos. Los científicos e ingenieros así como todo el material se trasladó a los Estados Unidos y se abandonó la base, que quedó al cuidado del gobierno noruego. A finales del siglo XX la convirtió en Parque Temático.

 

El 22 de Agosto de 1949, la Unión Soviética hizo estallar una bomba atómica en Semipalatinsk, mucho antes de lo que esperaban los Norteamericanos. Este fatal error de cálculo se agravó al saber que desde Stalin, la URSS tenía espías dentro del mismísimo Proyecto Manhattan, cuya información fue decisiva en la construcción de la RDS-1, una copia de la "Fat Man", primera bomba americana. El suceso produjo una gran conmoción en los Estados Unidos y en Europa. Meses antes, el 23 de mayo, se había creado la República Federal de Alemania, que no había sentado nada bien a Kruschev. Al convertirse la URSS en potencia nuclear, el destino del mundo cambió para siempre.

 

VERSIÓN COMPLETA CON IMÁGENES Y MAPAS:

 

https://gabrielledeld.files.wordpress.com/2019/02/el-golpe.pdf

 

 

 

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