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3 min
El gorro ignorado en la puerta del supermercado
Reales |
21.05.13
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Sinopsis

Un gorro negro, probablemente de alguna promoción caducada de desodorantes. A lo sumo de algún vendedor ambulante al que un día compró. Ese gorro, acompañado por un periódico desprestigiado, aguarda paciente durante todo el día a las puertas de un supermercado. Siempre con esa sonrisa que contrasta con el color de su piel.

Da igual la hora por la que salgas de la estación de metro de Embajadores, la imagen siempre es la misma: politoxicómanos merodeando en la plaza, buscando su enésima cunda que les lleve a su particular paraíso. Eso es a simple vista, superficialmente. Si te fijas más allá de las luces de los semáforos y te aíslas momentáneamente del tráfico reinante, podrás contemplar un gorro.

Un gorro negro, probablemente de alguna promoción caducada de desodorantes. A lo sumo de algún vendedor ambulante al que un día compró. Ese gorro, acompañado por un periódico desprestigiado, aguarda paciente durante todo el día a las puertas de un supermercado. Siempre con esa sonrisa que contrasta con el color de su piel.

Quizá él no lo sepa, pero por su lado pasan diariamente cientos de estudiantes, buscando un título universitario que les permita tener un gran sueldo y les convierta en personas formadas y repletas de conocimientos.

Sin embargo, es difícil que recuerde caras, porque muchos días esos estudiantes se quedan durmiendo en sus camas, infectadas de desidia y pereza, embadurnadas por la calefacción y podridas de conformismo. Esos mismos que en un futuro irán a la compra con sus hijos y les explicarán que ese hombre no es más que un inmigrante sin papeles que vende un periódico que no sirve para nada. Como mucho, le echarán unos céntimos y les explicarán a sus discípulos que eso es caridad, empatía y solidaridad, cuando en realidad estarán ocultando un sentimiento de culpabilidad tremendo.

Porque ese vendedor de noticias sin aparente interés no captará la atención de casi nadie, pero es un ejemplo de constancia, de valentía, de rigor al estar de pie más de doce horas al día. Sin familia, sin amigos, sin trabajo, sin dinero, sin futuro... pero con valores. Unos valores en peligro de extinción por creernos que por ser europeos, hablar idiomas y tener el carné de conducir somos de primera clase. Cuando somos más inhumanos, rehusamos el contacto con desconocidos y nos autocomplacemos al depositar una miseria en sus manos.

Sin duda, alguien debería manifestarse para que las personas volvamos a ser personas, para que los auriculares dejen de ser aislantes sociales y la televisión un bálsamo reparador de conciencias. Y para que, por supuesto, le den su título universitario. De licenciado en constancia, simpatía y valentía.

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  • La sociedad camina por unos derroteros en los que cualquier persona, sin se inmigrante puede encontrarse en esa situación, desgraciadamente. Un día que perdí el monedero, y el bolso, ya no me acuerdo muy bien cómo lo recuperé, empezaron a entrarme sudores fríos porque me parecía que iba atener que pedir una limosna para llamar por teléfono a casa, o para comprar un billete de bus y regresar. Cierto es pues que se precisa cierta valentía, como tú dices, para extender día tras día la mano. Créeme, por unos instantes lo pasé muy mal, y me imagino que siempre se pasará algo mal , o bastante mal, aunque lleves tiempo extendiendo la mano. Un abrazo.
  • Un gorro negro, probablemente de alguna promoción caducada de desodorantes. A lo sumo de algún vendedor ambulante al que un día compró. Ese gorro, acompañado por un periódico desprestigiado, aguarda paciente durante todo el día a las puertas de un supermercado. Siempre con esa sonrisa que contrasta con el color de su piel.

    Cuando quieres decirle a alguien que vas a esperar el tiempo que sea necesario, un mensaje privado se te queda demasiado grande. Cuando no eres tú quien la deja, ni ella a ti, sino que os dejan, vuelve a resurgir esa extraña sensación, que me hace sentir la persona más inútil del mundo. Por no poder ser feliz contigo, pero por poder regalarme instantes de felicidad cada vez que el calendario pasa página y me doy cuenta de que, por unas veinticuatro horas de margen, he sido más rápido que mi volátil impaciencia.

    Nadie se quema por abrir el grifo del agua caliente, ni nadie se moja por encender una cerilla húmeda. Ahora es el momento para, dejando correr el agua y bajo la luz que ofrece un fósforo, pensar si merece la pena seguir contando el tiempo en fines de semana o en fines de año. O si lo prefieres: en nocheviejas o en viejas noches.

    Cuando la luna ya no acuna al enamorado, cuando los martes y trece te cuentan que se han separado, cuando los portales denuncian al desamparado.

    Dejé de contar los días en el calendario, las llamadas perdidas y los mensajes guardados en el borrador de mi móvil. Dejé de contar también los cigarrillos que fumaba al día, y las cervezas que me bebía cuando la noche del viernes acudía a mí, sedienta de recuerdos que estallar entre los botellines vacíos.

    Enamoro y me enamoran, en ese tierno juego del quizá. Reinvento la más bella historia de amor, la de una adolescencia enterrada a base de un cemento desilusionante. Sí, sí, sí. Aquí estoy yo de nuevo, a merced de un destino que parece impreciso, que me arranca de la desidia de un nuevo otoño. Recorro sin anuncios las etapas de un principio que parecía no tener fin, de un sentimiento que no tuvo tiempo para encontrar sitio.

    Quizá me hubiese quedado demasiado obsoleto; quizá ya no se manden mensajes de texto y se utilice el whatsapp; quizá ya no se hagan llamadas perdidas, sino se manden zumbidos por alguna nueva red social; quizá la noria en la que monté yo haya sido reconvertida en una turbina de última generación que gira demasiado rápido como para diferenciar la felicidad de la tristeza.

    Lo que no sabe es que podrá quemar las formas, pero el fondo siempre estará mojado.

    La vida es dar cariño y recogerlo elevado a la máxima potencia. La vida es brindar con una botella de la que no sabes cuánto queda. La vida es un cheque en blanco sin posibilidad de devolución. La vida es injusta, fruto de una lotería cósmica que no encontramos en el teletexto. La vida es de todo menos lo que debería ser. La vida es. La vida.

    Eso de la tercera persona es algo más a tener en cuenta en la sintaxis de la vida. El separar el sujeto del predicado es fácil; lo complicado es decirle a alguien que ha pasado de ser un complemento directo a un circunstancial de modo, qué sé yo.

Proyecto de escritor melancólico sobre cualquier folio en blanco.

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