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17 min
El guardián del bosque
Varios |
02.06.16
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Sinopsis

Relato con el que concursé en la semifinal del torneo de escritores del mismo título. Felicitar a nuestro compañero Purple que compitió conmigo y nos ha brindado algunos de los mejores relatos del torneo. Igualmente felicitar a Paco Castelao y Ana Madrigal, que se midieron en una semifinal digna de los mejores.

Me crie entre verdes prados y rumorosos bosques. Adoro decírselo a todo el que me pregunta, pero en realidad siempre fui una niña de ciudad. Sin embargo en la época estival mi familia pasaba largas temporadas en la escondida aldea donde vivían mis abuelos. Se encuentra ésta al norte de la península Ibérica, en la Sierra de Ancares que delimita la frontera entre las comunidades de Galicia, Castilla León y Asturias. Es una región montañosa de difícil acceso cuyos valles se ven salpicados por pequeñas aldeas y los montes son hogar de sauces y alisos, de robles melojos o albares y robustos carballos, de arces, mostajos, acebos, avellanos y esbeltos abedules, y un sinfín de especies que pintan de verde sus laderas.

En mi niñez, llegar hasta el lugar suponía un viaje de varias horas por carreteras sinuosas y mal asfaltadas. Aún hoy en día quien se adentra en estas tierras parece sumergirse en un mundo aparte en el que el tiempo se ralentiza. Una vez allí la civilización se torna un recuerdo nebuloso, como si tan sólo hubiera existido alguna vez en sueños. El día dura más de veinticuatro horas y los problemas son arrebatados por el viento en un descuido. Los pasos se acomodan sobre una alfombra de hierba y hojarasca, el trino de los pájaros es un susurro que no cesa y la luz del sol juega al escondite entre las copas de los árboles. Sólo el motor renqueante de algún tractor pone la nota disonante al cantar de un riachuelo o el quedo mugido de las vacas.

Mis abuelos vivían en una palloza. Es ésta una construcción de planta circular con techo cónico de paja, típica de esos lugares. Todo el interior es una única habitación donde se cocina y se desarrolla la vida familiar. Un artesonado de madera al que se accede por una escalera hace las veces de segunda planta y allí suelen colocarse las camas, sin más intimidad que algún cortinón entre ellas en el mejor de los casos. Pasar unas semanas en aquella reliquia de otros tiempos ciertamente tenía su encanto.

El abuelo Ramón era un hombre de altura considerable y porte imponente, con unas manos que a mí se me antojaban enormes, curtidas como estaban en las labores del campo. Antía, mi abuela, era por el contrario una mujer menuda de huesos anchos. Llevaba siempre el pelo recogido en una trenza que le serpenteaba a lo largo de la espalda, y el cabello, aún con el paso de los años, se resistía a perder su tono cobrizo. Me habían bautizado con su nombre en honor a ella y yo no podía estar más orgullosa de la melódica musicalidad de esas tres sílabas. 

Recuerdo las noches al calor de la lumbre, cuando la familia cenaba junto al hogar. Me gustaba contemplar la danza de la llama sobre los troncos apilados, funambulista multicolor que impregnaba el aire y nos hería los ojos de hollín. Un candil mediado de aceite trataba de arrebatarle el protagonismo, aun cuando su llama estática no era sino un pobre sucedáneo de la bailarina pelirroja. Tras la cena y envueltos en el sosegado abrazo de la penumbra, mis primos y yo escuchábamos las historias del abuelo que salían de su garganta con una voz avejentada por los años. Recuerdo también aquella noche.

La noche en que mi curiosidad infantil pudo más que la prudencia, porque un niño sabe mucho de lo primero, pero nada de lo segundo.

— Abuelo, ¡cuéntanos por qué nadie va al Bosque! — le dije sobornándolo con aquella sonrisa que sabía lo desarmaba.

El abuelo Ramón me devolvió el gesto, como si fuese un espejo estriado de arrugas en el que yo misma me estuviese contemplando. Acarició con una de sus manazas mi melena, pelirroja como la bailarina, y me recordó susurrando que yo era su pequeña Husfreya. Porque el abuelo, a pesar de haber vivido toda su existencia casi en el mismo lugar y no haber ido al colegio más de un lustro, era una rara avis que se entretenía leyendo todo libro que cayera en sus manos y si no tenía ninguno lo hacía traer por encargo a cualquier buhonero que frecuentase la zona. El abuelo sabía mucho de un mundo que apenas sí había pisado. Decía que yo contaba con ancestros entre las gentes del norte, en alusión al color de mi cabello, y me lo recordaba cada vez que tenía ocasión con aquel apelativo cariñoso. Mis tías lo miraron con cara de reproche. 

Pero si algo tenía claro el abuelo era que en su casa él decía la última palabra. Prendió la pipa sin prisas, conocedor de que en aquel lugar el tiempo goza de la virtud de la paciencia, y tras exhalar la primera bocanada se nos quedó mirando.

— Ya es momento de que sepáis algunas cosas sobre El Bosque — sentenció.

El Bosque, así en mayúsculas, era en realidad un paraje conocido como A Fraga do Cerro, situado a un par de kilómetros pasando la última casa, en dirección a las montañas. Al pie de la ladera serpenteaba un camino que lo cruzaba, estableciendo una extraña relación de amor y odio con el río pues tan pronto se le acercaba como se adentraba en la floresta. El Bosque era una zona poco frecuentada por los aldeanos. El Bosque era el único dueño de sus secretos. Y ningún lugareño osaría jamás penetrar en él una vez que el sol se hubiese puesto.

<< Hace muchos años, al comienzo de la Guerra Civil, una partida de sublevados llegó hasta el pueblo de Cervantes — comenzó a relatar — Se dirigían hacia el este, pero tuvieron tiempo de realizar algunas detenciones de rojos, como ellos los llamaban, por indicación del cura. Esto incluía desde maestros a políticos republicanos, o incluso aquellos cuya virtud religiosa pudiera ponerse en duda. Un maestro llamado Bieito Ramírez, conocido por su activismo sindicalista, fue alertado por un amigo que tenía en la Guardia Civil y consiguió escapar al monte. A falta de la presa, los Nacionales detuvieron a su prometida y junto con el resto de cautivos los llevaron lejos del pueblo, hasta la Fraga do Cerro. Aquellos hombres no querían testigos de lo que iban a hacer. No había que ser muy listo para suponer que ninguno volvería con vida.

El maestro Bieito, que seguía los acontecimientos desde la distancia, fue informado de la suerte que había sufrido su novia y en un intento desesperado por salvarle la vida corrió tras la partida, armado con una escopeta de caza y algunos cartuchos. Los sublevados condujeron a los reos hasta una casa abandonada que hay en el interior de la fraga, donde se dispusieron a fusilarlos frente a una de las paredes. El maestro llegó al lugar cuando el pelotón estaba preparado.

Realizando algunos disparos logró abatir a un par de captores. En la refriega algunos de los detenidos lograron huir. Otros no tuvieron tanta suerte. Su prometida fue alcanzada y quedó tendida en el camino. Bieito corrió en su ayuda, la tomó en brazos y se empapó de su sangre, pero nada podía hacerse. Maldijo a los asesinos a voz en grito antes de que a él también le dispararan. Los muertos fueron enterrados en una fosa común junto a la casa. No tardaron en producirse fenómenos inexplicables en el lugar.

Por las noches se oían gritos que helaban la sangre, decían algunos que del propio Bieito. A veces se escuchaba también el llanto de una mujer. Se llegó a hablar de la desaparición de algunas gentes que intentaron atravesar la fraga después de caer el sol. El lugar pasó a ser un sitio maldito y al pobre Maestro asesinado se lo empezó a conocer como El Guardián del Bosque. Nadie desde entonces se acerca a la fraga de noche, y pocos son los que se atreven a hacerlo durante el día>>

Escuchamos el relato conteniendo la respiración. Confieso que a pesar de que era tan solo una niña fui bastante escéptica respecto a parte de la historia. Empezaba a darme cuenta que en aquellas tierras aisladas las antiguas leyendas tenían para los lugareños visos de realidad y aunque sentía gran respeto por el abuelo, lo supuse demasiado crédulo con ese tipo de supercherías.

A veces sueño con detener el tiempo. Pero siempre que lo he intentado se ha reído de mí. Nos hicimos mayores y perdimos la inocencia. El mundo la fue perdiendo con nosotros a la par que crecíamos. Terminé los estudios en Historia del Arte y recién licenciada fui a pasar la Semana Santa con los ya ancianos abuelos. Llevé conmigo a mi perro Sam, que desde hacía tiempo se había convertido en un inseparable compañero. Años después de haber escuchado la leyenda del Guardián del Bosque jamás pensé que ella volvería a buscarme. Pero hay días que te marcan para toda la vida. Y esa Semana Santa yo iba a vivir uno de ellos.

Había salido con Sam a dar un paseo, hacía un tiempo agradable aunque comenzaban a levantarse a lo lejos algunas nubes que presagiaban tormenta. Aquella hubiera sido una tarde como cualquier otra si no fuera porque sin darme cuenta había llegado hasta las lindes de la Fraga do Cerro. Y a Sam no se le ocurrió una idea mejor que meterse en ella persiguiendo un cervatillo.

El sol comenzaba a ponerse y las nubes se espesaban. Y yo tenía que decidir si daba media vuelta o me internaba en la floresta a buscar a Sam.

 

 

Al comienzo el sendero era ancho y el cielo se podía vislumbrar entre las copas de los árboles, pero pronto la maleza comenzó a tomar sus lindes. Se palpaba el abandono y la falta de uso. El techo de hojas sobre mi cabeza se hizo más denso. Gritaba llamando a mi perro a cada poco, al principio con la voz contenida, como si temiera que alguien, o algo, pudiera oírme. Como no obtuve respuesta dejé de lado los miedos y me sorprendí ante la desesperación de mis alaridos. El sol se había ocultado tras las lomas y a cada minuto la luz disminuía. Empecé a sentir frío y me arrebujé en la chaqueta. Maldije por lo bajo al peludo que tan alegremente me había abandonado. No era un comportamiento habitual en él, siempre tan pendiente de mis señales, pero aquella tarde nada parecía ser habitual. Había en el bosque un silencio extraño, tan sólo roto por el murmullo de los árboles bailando al son del viento. Me percaté que no se escuchaba el trino de los pájaros. La soledad me pesaba en el alma. Pensé que de estar buscando a muchas de las personas que conocía hubiera dado media vuelta. Pero no podía dejar allí a Sam. A él no.

Echaba en falta algo con que iluminar el camino, llevaba un tiempo andando y la vuelta en medio de la oscuridad se me antojaba complicada. El cielo se había cubierto al fin y sentí caer algunas gotas golpeándome el rostro. Una nebulosa de negras sombras conformaba el horizonte. El olor de la tierra húmeda comenzó a impregnarlo todo. Agradecí al menos que alguno de mis sentidos se mantuviese ocupado, eso me hacía parecer viva en aquel paraje desolado. Fue entonces cuando advertí algo junto al sendero.

Apenas pude atisbar la construcción entre la lluvia, que comenzaba a tornarse aguacero. Me acerqué, se trataba de una casucha medio derruida y rodeada de maleza. El techo estaba caído en algunas zonas y hacia uno de sus costados se apreciaba un muro que a duras penas se mantenía en pie. Briznas de musgo salpicaban una de las paredes exteriores, la que debía estar expuesta más directamente a la lluvia. Y entonces, como si de una aparición fantasmal se tratase, vi a Sam plantado frente a la fachada, gruñéndole a la nada. 

Al llegar a su altura lo abracé como se abraza a un amor al que no se ve en mucho tiempo. Temblaba. El animal se afanó en lamerme el rostro a la vez que agitaba la cola. Ahora que lo había recuperado debía pensar en cuál sería el siguiente paso. Casi era noche y la lluvia arreciaba, teníamos que resguardarnos en el interior de la casa. Sam se resistió al principio, por algún motivo la edificación no le gustaba. Pero acabó aceptando ante la tozudez de su dueña. El interior estaba en tan mal estado como cabía esperar.

Multitud de cascotes tapizaban el suelo y los hierbajos crecían por doquier. Recordé que esa mañana le había acercado el mechero al abuelo para prender su pipa, olvidé devolverlo a su sitio y debía permanecer aún en mi bolsillo. Hubo suerte, el encendedor me permitió caminar con mayor seguridad. Hacia la parte de atrás las habitaciones se hallaban a cubierto y en mejores condiciones. Pude reunir algunas ramas y no sin esfuerzo logré encender un fuego entre unas piedras. Desnudé mi cuerpo de cintura para arriba. La camiseta dejó caer un pequeño aguacero cuando la retorcí entre las manos. Tenía que resignarme a pasar allí la noche, sólo esperaba que mis abuelos no se preocupasen demasiado. Me recosté junto a la fogata con Sam tendido sobre las rodillas, hasta que me venció el sueño. Desperté cuando escuché un alarido.

Tardé un par de segundos en recordar donde estaba. Conseguí enfocar la vista hacia el dintel de la puerta y pude apreciar una luminiscencia procedente de la estancia contigua. Oí unos pasos acercándose, la sangre se me heló en las venas. Sam gruñía a mis pies enseñando los dientes. En el umbral se materializó una figura alta y desgarbada, tenía una mata de cabello rubio y la piel de un pálido mortecino. Las ropas parecían desgastadas y sucias. Una de sus manos despedía un haz de luz que se proyectaba en mi dirección. Instintivamente me agaché y tomé una piedra, aunque no estaba segura de que fuera a servirme de algo frente a aquella presencia fantasmagórica. Fijé la mirada en su rostro. Entonces se le dibujó una expresión bobalicona y se me quedó mirando. No lo hacía en dirección a mi cara.

Bajé la vista. Lo primero que aprecié fueron mis pechos desnudos. Me había dormido sin vestirme. Sentí enrojecer las mejillas. Como movida por un resorte me tapé con los brazos y la piedra que sujetaba cayó al suelo, lastimándome un pie. Escuché una carcajada estridente. El muchacho había apuntado la linterna hacia abajo en un gesto de decoro, pero no pudo evitar que la risa lo asaltara. Lo miré, todavía con los brazos cruzados sobre el pecho. Y no pude resistirme a acompañarlo en sus carcajadas.

Resultó que el chaval era un solitario estudiante inglés que había decidido pasar los festivos realizando senderismo en el lugar más perdido que pudo encontrar. La tormenta lo sorprendió en mitad de la floresta y se resguardó en la casa, donde se produjo el fortuito encuentro. Al adentrarse en la edificación tropezó con unas piedras, maldiciendo en voz alta. Ese sonido había sido el que me despertó. Pasamos la noche charlando animadamente y al día siguiente lo invité a comer en casa de mis abuelos. Se quedó hasta el final de las fiestas.

Aquella fue la primera vez, pero no la última, que coincidí con el inglés. El destino quiso juntarnos de nuevo al poco tiempo. Yo no creía en casualidades ni en supercherías. Pero desde ese día tuve que replantearme muchas cosas. 

 

 

— Abuela Antía, ¡cuéntanos otra vez el cuento del Guardián del Bosque!

La pequeña Iria no podía contener las ansias por escuchar de nuevo aquella historia. Sentada en un taburete miraba embelesada a su abuela, que más que una mujer anciana le parecía una bruja de las buenas. Ésta se quitó las gafas y cerró el libro que sujetaba entre sus manos.

— ¿Otra vez, mi niña? Por hoy es suficiente. Ya es hora de que vayáis a la cama.

— Pero, ¿Qué pasó con el espíritu del maestro, sigue todavía en el bosque? — esta vez fue Elizabeth quien quiso saber más.

— Sí, ¿Qué pasó con él? — insistió Álvaro, que siendo el mayor se sentía en la obligación de decir la última palabra.

La abuela pidió calma levantando las palmas de ambas manos. Lanzó una sonrisa al vacío, que se repartió a partes iguales entre las tres criaturas. Se llenó los pulmones con el aire impregnado en el hollín que perfumaba la estancia antes de responder. Aunque era tarde no había prisa, los niños estaban de vacaciones y, en aquel lugar, el tiempo presumía de ser paciente.

— Si hubo alguna vez un espíritu en El Bosque, ahora descansará en paz en algún lugar más adecuado. Nadie volvió a hablar de alaridos en la noche ni misteriosas desapariciones desde aquello. La anciana Remedios, A Meiga, dice que su alma obtuvo por fin la paz desde que nació el amor en el mismo lugar en que un día se mató a dos enamorados. Dice también que aquel encuentro no fue casualidad. Pero no debemos creer en todo lo que nos cuentan.

— Pues yo creo que es una historia muy bonita — afirmó Elisabeth, que se distraía contemplando el baile de la llama en el hogar.

— Sí que lo es — concedió la abuela, mientras con una mano le acariciaba su cabello del color del fuego.

— No hagáis caso a la abuela. Ella es la primera que cree en todas esas cosas, aunque no le guste reconocerlo.

El abuelo soltó una carcajada tras pronunciar la frase. A pesar de que habían transcurrido muchos años todavía conservaba aquel acento británico del que le era imposible despegarse. A veces echaba de menos la tierra de sus ancestros. Pero cuando contemplaba a Antía y la recordaba como la primera vez, con sus mejillas coloradas y las manos cubriéndole los pechos desnudos, todo atisbo de nostalgia desaparecía. Al echar la vista atrás tenía que admitir que le había tocado vivir una vida plena junto a ella.

Y todo tenía que agradecérselo al Guardián del Bosque.

   

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  • Buen relato
    Enhorabuena, Lucio, por tu arrollador triunfo en la Semifinal. Para mí, saber que eras tú el ganador me ha supuesto una gran alegría a la par que una enorme sorpresa: estaba firmemente convencido de que tu relato era el C. El relato B no me cuadraba con tu estilo, aunque delatara a un escritor de gran capacidad narrativa con oficio y talento. Celebro que la gente no haya hecho caso de mi acerada y extensa crítica. Esta vez, a diferencia del anterior Torneo, has tenido un camino más difícil para llegar a la Final, con el doble de rivales que yo. Así que nada, amigo Voreno, volvemos ha encontrarnos en la Final. Salud y Suerte.
    Lucio, ¿desde el torneo ya no has escrito más?
    Poco que añadir a lo que te puse en el blog (creo que poco a poco dejaré de comentar en la página, prefiero el blog como medio). Pero me reitero por si alguien no lo ha leído y sólo mira los comentarios, "Te va a sorprender. Una montaña rusa, con emoción, misterio y sorpresas magníficamente hilvanadas. Lo que hace aquí el autor es de una inteligencia literaria inusitada". Enhorabuena, crack.
    Salvo porque mi gusto es así con los géneros y finales, es un relato excelente.
    Gracias Paco y Mari por vuestros comentarios, un placer recibir vuestra visita.
    En mi humilde opinión, uno de los mejores relatos del Torneo, y uno de los mejores, Lucio, que tú has escrito ultimamente; y eso es mucho decir, considerando la altura literaria de tus historias. Has creado una historia redonda, una de ésas que a mí me gustaría haber escrito. De magistral se puede calificación la recreación del ambiente y los escenarios, especialmente en el caso del bosque y la vieja cocina de lareira. Evocas con entrañable poderío las viejas y entrañables costumbres de las aldeas y sus ancianos moradores, aquellos que son ejemplo de historia viva. Yo le sugerí el título a Horacio por lo que celebro que las Musas te fueran propicias para desarrollarlo. Enhorabuena.
    Muchas gracias a todos por vuestra visita a mi relato y sobre todo por comentar, que es lo que de verdad se lleva uno de la página. Un abrazo a todos.
    Enorme
    Una maravilla recrear una historia es ese paraíso natural. La diversidad rica y nutrida por tu prosa, hacen que te envuelvan en sus entornos. Bellísimos paisajes y excelente narración. Me ha fascinado. Un saludo Lucio.
  • Relato con el que concursé en la semifinal del torneo de escritores del mismo título. Felicitar a nuestro compañero Purple que compitió conmigo y nos ha brindado algunos de los mejores relatos del torneo. Igualmente felicitar a Paco Castelao y Ana Madrigal, que se midieron en una semifinal digna de los mejores.

    Versión revisada y corregida del relato para el Torne de Escritores, Duelo 29: "Elige un arma"

    Relato para el torneo de escritores, duelo 24 "Él ya sabía"

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