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9 min
El guerrero
Históricos |
02.11.19
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Sinopsis

La batalla parecía inevitable. Ambos ejércitos estaban dispuestos...

La batalla parecía inevitable. Ambos ejércitos estaban dispuestos. Los jefes, sobre nerviosos corceles, recorrían las escuadras de un lado a otro impartiendo las últimas órdenes a los soldados. Ondeaban al viento las banderas y se alzaban orgullosos los estandartes. Espadas, cascos y escudos refulgían al recibir los rayos del sol. Las tropas coreaban consignas para infundirse ánimos y espantar el miedo. Sonaron las trompetas y ambos ejércitos se pusieron en movimiento. Despacio al principio, como si los hombres intentaran demorar el comienzo de la lucha; todos agrupados, como si temieran perder el cobijo que entre ellos se procuraban.

El campesino, desde la cima de una colina cercana, observaba con pesar los preámbulos de la barbarie. Se preguntó qué pasaría en esos instantes por la mente de aquellos hombres que caminaban hacia la muerte. Muchos de ellos no podrían volver a pensar nunca más porque caerían en el campo de batalla. Volvieron a tronar las trompetas. Fue la señal definitiva para que las huestes se lanzaran vociferando al ataque.

El campesino se dio la vuelta. No quería contemplar la tragedia. Lentamente comenzó a descender la colina por la ladera opuesta, sin poder alejar de su mente negros pensamientos de violencia y muerte. ¿Por qué los hombres se mataban unos a otros? ¿Por qué despreciaban de ese modo el tesoro más valioso que poseían: la vida? Sacudió la cabeza con enfado. Se había alejado bastante de su casa de modo que tendría que dar un largo rodeo para volver a ella. Vivía al otro lado de aquel verde valle que iba esta mañana a teñirse de rojo.

A pesar de la distancia, todavía llegaba a sus oídos el fragor de la batalla: el galope de los caballos, el entrechocar de las espadas, los gritos de euforia o de muerte. Anduvo durante largo rato y los sonidos fueron acallándose poco a poco, hasta que por fin sólo escuchó el canto de los colirrojos y el murmullo de los cipreses azotados por el viento. Pensó en lo agradecida que era la naturaleza y en los hombres que no sabían apreciarla; siempre luchando, sabiendo que quizá mañana una espada más certera les atravesaría el corazón.

Y, de repente, al volver un recodo del camino, apareció ante él.

Estaba recostado sobre una gran piedra manchada con su propia sangre. El casco, con el orgulloso penacho de plumas, descansaba a su lado en el suelo. Las ropas, sucias y rotas; en un costado, una profunda herida de la que manaba abundante sangre. Su mano derecha empuñaba una espada que dejó caer a tierra pasados unos instantes. No muy lejos de él, un caballo tordo mordisqueaba tranquilo la hierba.

El campesino se quedó inmóvil, sin poder apartar sus ojos del herido. De complexión fuerte y mirada fiera, aun desangrándose infundía miedo. Debía ser un gran guerrero. Su espada habría segado muchas vidas en decenas de batallas. Ahora le había tocado a él.

—Ayudadme —musitó—. Ayudadme o moriré.

No pudo decir más antes de perder el sentido.

El campesino se acercó a él y examinó su herida. Aunque no confiaba demasiado en sus habilidades para curar, limpió el profundo tajo lo mejor que pudo e improvisó con su camisa un fuerte vendaje con el que rodeó el costado del guerrero. Presionó con firmeza durante largo rato. Al fin, consiguió que la sangre dejara de manar.

Pasaron muchas horas. El soldado deliraba, dejando escapar iracundas exclamaciones de sus labios y agitándose cual si todavía estuviera combatiendo con el enemigo. El campesino permaneció a su lado, enjugando el sudor que inundaba una y otra vez la frente del herido. Al empezar a caer la noche, el guerrero recobró el conocimiento. Miró con sorpresa al campesino y pareció recordar.

—Gracias. Me has salvado la vida.

—Procurad no moveros, porque de lo contrario la herida volverá a sangrar.

—Siempre estaré en deuda contigo. Pídeme lo que quieras y si está en mi mano ten por seguro que te lo concederé.

—No deseo nada a cambio. He seguido los dictados de mi conciencia y he intentado curaros.

 —De todas formas, nunca podré pagarte lo que has hecho por mí. Vente conmigo. Ahora eres sólo un labrador. Vuelve conmigo al castillo. Hablaré de ti a mi señor y él te recompensará. Quizá con el tiempo te convertirás en un guerrero como yo.

—Perdonadme, pero no quiero ser un guerrero. Prefiero vivir en paz.

Un gesto de sorpresa se reflejó en el rostro del soldado.

—¿Prefieres ser un mísero labrador que un guerrero? No lo entiendo. Dime el porqué. Habla sin temor.

El campesino vaciló unos instantes.

—No comprendo por qué os matáis los unos a los otros. No hay razón que justifique tanta muerte y destrucción. No, no quiero ser un guerrero. Ni siquiera valgo para ello.

El soldado esbozó una leve sonrisa.

—La guerra es necesaria. Luchamos para defender nuestra tierra, nuestras ideas, a nuestro señor. El nos da todo lo que un hombre puede desear: casa, comida, vino, mujeres y riquezas. Nosotros tenemos el deber de defenderle y nos sentimos orgullosos de ello. Aunque nos cueste la vida.

—La vida es todo lo que tenemos. Me gustaría que terminaran todas las batallas y volviera a reinar la paz. Que los hombres resolvieran sus diferencias hablando y no luchando. Que hubiese más comprensión y más justicia. Pero la guerra lo destruye todo convirtiendo el lugar por donde pasa en un infierno.

—Hablas de un mundo imposible, labrador. De una utopía. La guerra nunca dejará de existir. Cierto es que causa destrucción y pobreza. Cierto también que cuando la pobreza es muy grande y las fuerzas de los combatientes se acaban, sobreviene un periodo de paz. Pero esa tregua, antes o después termina. Vuelven a surgir conflictos entre los hombres, vuelven a enconarse los ánimos y a desatarse pasiones. Renace el orgullo y todos se sienten fuertes de nuevo. Y la lucha es inevitable.

 —La guerra no surge por sí sola. La causáis vosotros, los guerreros. Vuestros jefes, que quieren seguir disfrutando de su poder y privilegios. Todos quieren ser los más fuertes. Y, para ello, contratan más soldados. Y no importa que mueran porque buscarán otros, que también darán su vida por conseguir la victoria para su señor. Pero él no baja al campo de batalla, sino que permanece seguro en lo más alto del castillo, embriagado por el poder que posee. Desde allí ve morir a muchos seres, pero son sólo insignificantes peones a su servicio.

—Quizá haya una parte de razón en tus palabras. Pero el mundo es como es y hay que aceptarlo. Siempre ha sido así. Mi abuelo fue un gran guerrero; mi padre, también. De niño, ya sabía yo que también lo sería. Todos mis amigos son soldados. Y los aprecio y admiro por ello. Si yo dejara de ser un guerrero, mi vida perdería todo su sentido. Mi gente me despreciaría y no le faltaría razón.

 La noche se iba tornando fría. El campesino apiló unas cuantas ramas secas y preparó un reconfortante fuego.

—Por muy fuertes que sean los lazos que nos unen a ciertos lugares o personas, a veces merece la pena romperlos. Al principio puede resultar doloroso, pero la vida es muy larga.

—No, labrador. No hay razón para cambiar mi vida. Quisiera que comprendieras que luchamos por una causa noble. Luchamos por las tierras que en justicia nos pertenecen. Y me siento orgulloso de poner mi espada al servicio de esa causa y de mi señor.

—Quizá tus enemigos piensen lo mismo que tú. También creerán que esas tierras son suyas, que su causa es noble y que vosotros sois los usurpadores. Las cosas cambian dependiendo del punto de vista del que se las mire. Pero es terrible resolver vuestras disputas mediante las armas.

El tiempo había pasado rápidamente. Ya era noche cerrada. El campesino advirtió que la conversación había debilitado al herido.

 —Será mejor que intentemos dormir. Falta te hace descansar.

Se despertaron con los primeros rayos de sol. El guerrero parecía encontrarse mejor. Sin duda, el descanso le había hecho mucho bien.

 —Por favor, ayúdame a montar. Tengo que volver al castillo.

—Todavía estás muy débil. Puede volver a abrirse la herida.

 —Por favor —insistió—. Será lo último que te pida.

 El campesino acercó la cabalgadura al herido y le ayudó a montar. Ya en la silla, el soldado tendió su mano diestra.

—Gracias por todo lo que has hecho por mí. Si alguna vez me necesitas, no dudes en buscarme. Adiós, labrador. Te deseo lo mejor.

—Buena suerte —respondió el campesino.

Permaneció con la vista fija en el soldado mientras éste se alejaba. A pesar de sus diferencias en el modo de entender la vida, le había cogido un cierto aprecio. Iba ya a volverse para reemprender su camino cuando un rumor creciente de galope de caballos llegó a sus oídos. Unos instantes después, vio una partida de soldados que se dirigían veloces hacia el guerrero herido. Saltó su corazón dentro del pecho. Por los colores que lucían en sus vestimentas los jinetes que llegaban, supo que eran enemigos del soldado. Vio cómo éste desenvainaba su espada y los esperaba impasible. El campesino sabía que con la herida que llevaba en su cuerpo no podía huir; ni tan siquiera luchar contra un hombre sano. El guerrero paró el primer golpe con su espada, pero no pudo evitar que ésta cayera a tierra. El segundo golpe le atravesó el corazón.

 

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