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5 min
El hombre de la azotea.
Amor |
05.03.17
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Sinopsis

El estaba ahí, inmóvil, era una especie de sujeto macilento con mirada perdida en el horizonte, pero al subir las escaleras, me di cuenta que no era nada parecido a lo que había pensado.

Una tarde mientras el cielo se caía a pedazos me encontraba sentado en el comedor de mi casa haciendo mi tarea, la habitación tiene un gran cancel que da hacia el patio, me gustaba estar en ella durante la tarde, pues siempre me ha parecido fascinante ver al mundo teñirse con otro color al llover.

Sobre la mesa estaban mis libretas, mi vieja compañera, una hermosa pipa de madera repleta de tabaco al rojo vivo, pero sin menor duda lo que completaba mi espacio de trabajo era una menuda florecilla de cabezuela dorada, sépalos blancos y aroma a petricor. Mis manos avanzaron sobre el papel como sombras que corren durante la noche para hacer notar su presencia en la soledad de algún hogar. En un santiamén mis obligaciones terminaron, cerré mi libreta, y comencé a fumar repantigado sobre mi silla.

Los minutos corrieron enfrene de mis ojos perdidos en los movimientos caprichosos del humo, la mano con la que sostenía mi pipa se entibió,  eso fue agradable, pues el clima se tornaba frío, la lluvia estaba cerca.
Salí de mi encierro, escapé del silencio, desee respirar al mundo que había intentado describir en mis notas.
Parado sobre la esterilla inhalé el perfume del viento, sentí a la brisa entrar por mis poros y al frío crispar cada centímetro de mi piel... momentos después no fue la dulzura del clima o las mercedes de mis sentidos los que volcaron mi estómago, sino un alarido.

"¡Aaaaaa!" 
"¡Aaaááááááááááá!"

Mi mente se nubló. Todo se calló. La ventolera paró. Mis ojos cruzaron el patio como el escupitajo de un cañón: en la azotea vi a un hombre sentado mirando los colores enroscados de la tarde.

-¡Mirad a mi amada! Está tan cerca que puedo verla, escucharla, mas no puedo tocarla. ¿Acaso puede existir un peor infierno?

-¡Oiga! ¿Qué hace en mi azotea? No es una almena en la que pueda pasear o es este caso lamentarse. Bajé ahora o lo bajo a tiros.
-¡Cuidado tonto! ¿Acaso no vez que esa flor bajo tus pies es perfecta para mi amada dorada?

En este punto de la conversación miré la planta que se me indicaba: no tenía nada de especial, estaba rodeada por pasto amarillento, y mucilaginosos hongos en sus hojas, aunque, un dato que no puedo omitir es el color beige de sus pétalos.

El hombre dejó de representarme una amenaza, es decir, qué tan peligroso podría ser un hombre cuya debilidad era una planta. Me interesé de inmediato en la apariencia de mi visitante: entre cerré mis ojos y mi sorpresa fue grande cuando me percaté que su cuerpo lo conformaba un montón de latas de pintura.

-¿Quién eres? -Pregunté con los ojos entornados.
-¿Mi nombre...? No conozco mi nombre buen señor.
-¿Qué busca? -Inquirí. 
-La paz.
-¿Acaso allá arriba la encuentra?
-¡No! Ella está allá y yo aquí, ¿cómo se supone que pueda entregarme al sueño eterno?
-Pues vaya por ella, aquí no la alcanzará nunca.
-¿Podría traerme esa flor?

Hice lo que me pidió, cogí la flor, busqué mi escalera y fui con aquel ser. Al estar a pocos pasos de éste aprecie la manera tan rara de moverse, sus movimientos denotaban un inmensurable dolor, fatiga, desazón.

-Aquí está lo que me pides... tengo curiosidad... ¿Qué cosa eres? ¿Acaso un robot? ¿O un producto de mi imaginación?

-Puede que sea ambos -Resopló la endeble pila de latas.
-¿Qué es lo que lo detiene? 
-Mi cuerpo y mi mente -Arguyo el hombre mientras me señalaba su desvencijada presencia. Pero ya es tiempo de qué esto se acabe, han pasado años... ya no es lo mismo, aprenda bien esto, en el amor o los negocios es necesario mantener y aumentar o todo se caerá. Gracias por su ayuda, Es momento que parta.

Al final de la última sílaba el hombre empezó a desintegrarse en forma de pequeños pétalos de colores,  en poco mi derredor estaba cubierto por infinidad de puntos amarillos con olor a miel: el viento que traía consigo a la lluvia se llevó las virutas de oro que flotaban a mi alrededor, las vi volar durante unos minutos, pero al mismo tiempo que el sol cayó y la lluvia se precipitó se me perdieron de vista.

Cuando sentí los primeros pellizcos de la lluvia me alegré, extendí mis brazos y la recibí como a una vieja amiga. Bajé con cuidado de la azotea, me resguarde de la llovizna en mi comedor; voltee hacía atrás, ahí estaba mi flor dándole luz a mi oscuro estudio, me compadecí de ella; abrí las ventanas: las cortinas volaron, se estremecieron y rugieron como olas en alta mar.

Me senté junto a mi compañera, apagué la pipa, y disfruté ver la huida del humo por la ventana

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