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3 min
El hombre del bar.
Reales |
05.02.07
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Sinopsis

Es una noche singular, de esas de luna y niebla. He sido arrastrado sin querer por el azar por las calles de mi ciudad anónima. Me he recreado en los silencios, en los ruidos de los coches, intentando no chocar con personas demasiado ocupadas consigo mismas como para prestar atención al resto de gente que transita, casi siempre con bolsas, casi siempre con prisas.

Desamparado por el clima, y demasiado cansado cómo para seguir andando y fumando, he buscado un bar, pero no uno cualquiera, no uno de esos oscuros, sin ventilación, con
música demasiado alta y sin espacio apenas para estar, ni siquiera de pie. No me siento con fuerzas para cohabitar con jóvenes que gastan su vida con formas de ocio vacías. Encontarlo me ha costado menos de lo que pensaba, es un local que ocupa una fachada no muy luminosa, en unca calle no muy transitada, los cristales translúcidos me llaman, y sin pensarlo mucho más, entro antes de que el frío desgaste mi garganta.

No sé cuanto tiempo llevo en este bar de luces ténues y ambiente de humo y murmullos, es una de esas noches en que el güisqui entra mejor que el agua tras un maratón. Mi güisqui, una leve música de piano acompañada de una voz rasgada susurrándome desde los altavoces y yo. Allá a lo lejos, el camarero me mira interrogante, apostando consigo mismo cuántos más de estos podré tomarme antes de caer al suelo, los ojos se me empañan, será el humo del cigarrillo, me digo, como si a estas alturas fuese capaz de engañarme.

Maldita sea, siempre acabo igual, acordándome de tí y de que ya no volverás.

Aunque no me he fijado todavía, una chica a mi espalda no deja de mirarme, escrutándome, sabiendo que voy a ser su presa, en sus ojos se refleja la confianza de quién siempre consigue lo que se propone. Armas de mujer, no es que sean muy sútiles, pero el hombre es débil y a veces la soledad te da una tregua de esas que se desvanecen al amancer.

Se ha sentado a mi lado, ha pedido otro vaso de güisqui, fuma un cigarrillo y me mira. Yo le devuelvo la mirada.

Alzo mi vaso ancho y bebo, disfrutando cada sorbo de mi alcohólica bebida hasta acabar con todo el contenido, saludo a la chica con una leve inclinación de cabeza, dejo algunos billetes arrugados en la barra de madera, me levanto y me voy.

Esta noche la quiero para mí y mis recuerdos, si de verdad esa chica me quiere como presa, que me busque la próxima vez. Si es que hay una próxima vez.

FIN.
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