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7 min
El Hombre Del Traje Gris.
Varios |
06.03.18
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Sinopsis

*Algunas frases (incluyendo el título) están inspiradas en canciones de Joaquín Sabina*

La pequeña de la familia llegaba siempre de noche, ya fuese por que trabajaba hasta tarde o por que salía para relajarse después de un duro día.
En esas salidas nocturnas frecuentaba pubs o locales tranquilos donde poder charlar, compadecerse de sus problemas, reír y sentir con él.
Llevaba un año saliendo con aquel muchacho de ojos risueños, junto a él se veía capaz de conquistar el mundo. 
Él conseguía apretar botones que ella no sabía que existían, conseguía otorgarle algo que nunca, nadie, le había podido dar: seguridad. No solo se sentía segura cuando estaba a su lado, sino que también comenzaba a sentirse segura de sí misma por primera vez.
Él le daba el valor que se merecía, no permitía comparaciones ni la dejaba pensar que estaba por debajo de los zapatos de alguien.
A pesar de ser tan diferentes como el día y la noche, como el Ying y el Yang, se querían. Sentían esa conexión que provocaba chispas cuando sus pieles se rozaban.
Ella era alta y esbelta, peculiar cuando vestía aquellos trajes con corbatas robadas de su padre y se calzaba aquellas botas con plataforma. Sus ojos del color del café iban pintados con sombras negras y rímel, sus labios con un rojo del color de la sangre. Fumaba los cigarros con el alboroto característico Delos ochenta.
Su melena parecía una nube esponjosa y negra, compuesta por rizos perfectos. Era seguidora de grupos inconformistas como Depeche Mode y poetas atormentados como Joaquín Sabina.
Él era más bajo que ella, su melena había sido cortada en sus años de mili y aún la sentía como si de un miembro fantasma se tratase. 
Sus vestimentas eran simples, definidas por camisas de cuadros, vaqueros y unas John Smith negras que le recordaban a mantener los pies en la Tierra. Era seguidor de grupos revolucionarios como U2 y de personas experimentadas como Platero y Tú.
Aquella noche era como otra cualquiera. La pequeña de la familia volvía de estar con aquel muchacho de ojos risueños con una sonrisa enamorada, pero a medida que subía las escaleras hasta la tercera planta esa sonrisa se iba transformando en una mueca sin expresión ni significado. Prefería no tenerla al entrar en casa ya que el ambiente nunca era el adecuado.
Al introducir la llave en la cerradura y girarla sintió como el peso del mundo estaba sobre sus hombros.
La casa estaba en completo silencio, sólo se escuchaba las voces distorsionadas de la televisión.
Cruzó el umbral de la puerta del salón, donde se encontraba su madre viendo la televisión. Su padre, en cambio, se encontraba en la cama y la única hermana con la que compartía habitación no estaba en casa.
La pequeña de la familia saludó a su madre con serenidad y se dirigió a su habitación al final del pasillo antes de que el peso del mundo la clavase en el suelo.
Allí, cerrando la puerta tras ella, se desvistió y puso cómoda; cogió su Walkman con los auriculares de Philips y reprodujo, una noche más, "El Hombre del Traje Gris" de Joaquín Sabina.
Se tumbó en la cama y cerró los ojos dejando que las lágrimas humediecesen y aquemasen sus mejillas.
Todos los días, todas las noches, desde que tiene memoria, son así.
Existían tres posibilidades: la primera, aquella en la que su padre se encontraba en la cama y su madre en el salón; la segunda, aquella en la que su madre se encontraba en la cama y su padre en el salón; y la tercera, aquella en la que sus padres discutían y las verdades más falsas salían a la luz.
En esos momentos lo que más deseaba era evadirse en mundo de rimas e historias, de esperanzas marcadas en una partitura.
La mayoría de esas noches se quedaba dormida con esa melodía y el rostro marcado por el rastro de las lágrimas saladas, y aquella noche no iba a ser diferente a las demás.
Se quedó dormida, acurrucada en un rincón de la cama, escuchado la desgarrada y desgastada voz de aquel poeta.
A las cuatro de la madrugada la pequeña de la familia se despertó. Decidió parar la cinta y quitarse los auriculares, dejándolos en la mesilla de noche. 
Cuando se volvió encontró frente a ella un hombre. Por la impresión se sobresaltó y ahogo un grito para no llamar la atención de nadie.
La penumbra de la noche no le permitía ver el rostro de aquel hombre, cuya silueta de iba acercando poco a poco a su cama hasta sentarse a sus pies.
Entonces ella se incorporó y se acomodó en un rincón.
— ¿Quién eres? — se atrevió a preguntar entre susurros.
— Soy el hombre del traje gris. — respondió aquel hombre con la voz ronca. Sacó un mechero del bolsillo interior de su chaqueta y posó un cigarro en sus labios. La luz naranja y cálida de la llama iluminó su rostro por un momento, marcado por un mapa de arrugas.
—Dime,— dijo aquel hombre mientras soltaba el humo — ¿qué te sucede?
La pequeña de la familia no sabía que responder. ¿Qué le sucedía? En realidad le sucedía de todo, pero no tenía tiempo suficiente para explicarlo.
¿Cómo iba a explicar que al entrar en casa se sentía más pequeña de lo que ya era, que creía estar por debajo del mundo y pensaba que no era suficiente para nadie ni para ella misma? 
¿Cómo iba a explicar la impotencia y tristeza que la golpeaba de pronto?
¿Cuánto tiempo le llevaría explicar eso, cuánto debería malgastar?
Así que agachó la cabeza y musitó un "nada".
— ¿Nada? — preguntó aquel hombre. No la creía y ella lo sabía. No puede mentir a los demás e intentar ser creíble cuando ni siquiera ella se lo cree. —¿Cómo no va a pasarte nada si sientes que te han robado el mes de Abril? ¿Si no paras de preguntarte porqué a ti?
¿Por qué te lo preguntas, princesa? Eres joven, los diecinueve están marcados en ti en el modo en como mueves tus caderas. A mí me marca el tiempo, mi rostro ya no es lo que era. Mis manos tiemblan y mis labios tartamudean, ya no inspiran el humo como antes ni saborean los licores como solían hacer. Tengo motivos para preguntar porqué me robaron el mes de Abril, pero tú, ¿qué motivos tienes?
La pequeña no respondió y simplemente observó cómo fumaba otra calada.
— Voy a decirte algo princesa. Nunca silencies tu voz porque puede que un día ya sea demasiado tarde para alzarla. No tomes licores ni pastillas para no dormir si quieres vivir cien años, no vivas como yo. No te creas que te mereces besos en la frente cuando eres como Eva cuando toma el sol y no olvides que el universo es más ancho que tus caderas. No hay amor que no mate ni muera mas que el propio.
En ese instante se despertó sobresaltada y desorientada. Vio que aún tenía los auriculares puestos y el Walkman encendido y entonces comprendió que todo había sido un sueño.
Dejó el Walkman y los auriculares encima de la mesilla de noche y se levantó para ir a trabajar.
No paraba de pensar en el el hombre del traje gris, en su elegancia, en su sabiduría y en el sentimiento de calidez y seguridad que le transmitía.
Cuando salió del piso la pequeña de la familia ya no sé sentía tan pequeña. Y por primera vez salió con la esperanza y la certeza de que ese día sería diferente, de que el resto de días serían diferentes.

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