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23 min
El hombre que destruyó mi vida
Terror |
19.08.20
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Sinopsis

Su nombre es José, el hijo de puta más grande del mundo.
Lo nuestro empezó muy lindo, como película romántica. Yo tenía 16, él 18. En ese entonces mi mamá no tenía trabajo, así que tuve que ayudarla un poco. Lo único que yo sabía hacer era cantar, así que me armé de valor y me aventuré en los vagones del metro de la Ciudad de México. Siempre fui muy alta, eso me ayudó a parecer mayor desde muy niña. No es por presumir pero siempre fui muy bonita. Mi cabello largo hasta la cintura, castaño natural. Mi piel blanca en un país de morenas me hacía resaltar, además de la altura. De cara era muy linda, claro que sí; como mi madre y mi abuela.
Entonces, un día cantaba yo en el metro y se me acercó un muchacho muy guapo y varonil. Me esperó a que terminara de cantar, me habló mientras cambiaba de vagones y me dio 100 pesos. Nunca nadie me había dado tanto dinero. Por lo general se reciben 1 o 5 pesos, a veces 10 y casi nunca 20; pero 100 es demasiado. Yo sabía que lo hacía para conquistarme porque un muchacho de esa edad no trabaja y no tiene dinero. Fue un gesto atrevido, impulsivo y casi romántico, muy al estilo de José.
 Después de darme el dinero inventó que estaba interesado en la música y el canto. No le creí pero accedí a darle mi correo electrónico para mandarle los datos de mi profesor de canto. Esa misma tarde me escribió. Al día siguiente también, para rectificar que fuera mi correo y por último dos semanas después. Yo no le contesté porque no tenía casa, en ese entonces vivíamos en un hotel. Mi mamá no tenía trabajo y no teníamos teléfono. Me daba terror que me invitara a salir y me acompañara hasta la puerta del hotel, qué pensaría de mí.
Meses después mi vida no se estabilizó. La verdad es que he tenido una vida muy rara y triste desde pequeña: el abandono de mi padre y la enfermedad de mi mamá. Tenía la ilusión de que todo cambiara de pronto pero no, mi vida sería siempre un drama. Así que me armé de valor y le escribí yo a él. Era muy hombre, no como los coreanos de ahora que parecen mujeres y se maquillan. José traía barba de tres días, vello en brazos y pecho. Tenía cuerpo como de gorila, espalda ancha y músculos grandes por hacer deportes, no de gimnasio. Tenía el cabello rizado un poco largo, como león, y arracadas en la cara. El piercing que más me gustó fue el de su ceja, era un pico grueso y largo, como un cuerno. Tenía un punto en la nariz del lado izquierdo y una arracada del lado derecho, igual en los labios. Lo que más me atraía de él era su confianza, no tenía miedo ni pena de nada. Por eso lo busqué.
Su respuesta llegó de inmediato y me emocioné mucho. Sonaba muy contento y entusiasmado, había perdido toda esperanza de volver a contactarme y de pronto le escribí, después de tanto tiempo. Quedamos de vernos en el metro Allende, la estación más cercana a mi “Hotel Premium Centenario”. Fuimos a tomar un café y platicamos mucho. Nos volvimos a ver y a los cinco minutos me calló con un beso y me informó que ya éramos novios. No me pidió que fuera su novia, solo me besó y dio por hecho que yo quería lo mismo. Había tenido novios antes que él, pero en la secundaria, y más que novios éramos amigos que solo se veían en la escuela. Con el comenzaría mi vida de mujer. Yo quería saber sus expectativas y también necesitaba dejarle claro mis límites pero no me dio oportunidad de exponer mi caso. Los siguientes 30 minutos su lengua estaba en mi garganta y sus manos en mi espalda. Nunca me habían besado así. Cuando nos detuvimos para descansar y tomar aire yo estaba en shock. Hablo mucho pero en ese momento me quedé callada. Me dijo no sé qué y antes de poder responderle ya me estaba manoseando y lamiendo de nuevo.
Olvidé que me daba pena vivir en un hotel de mala muerte y lo dejé acompañarme hasta la puerta. Hablamos por teléfono al día siguiente y no me preguntó las razones de mi estancia en el Premium Centenario. No le importaba mi vida, solo quería conocerme y tocarme, que alivio. Un día me llevó a su casa, vivía en un departamento muy bonito en la colonia Portales. Su mamá estaba sana y trabajaba, y su hermana era una niña bien. Después de comer nos encerramos en su cuarto a ver una película, pero justo después del título ya estaba encima de mí, mordiéndome el cuello y apretándome las nalgas. Por un momento pensé que me quitaría mi virginidad esa tarde pero no, solo quería lamerme la vagina. Cuando me lo dijo me asusté mucho y me ofendí, lo sentí como un insulto. No dije nada y antes de decirle que no, me explicó que nunca lo había hecho pero que tenía muchas ganas de experimentar eso conmigo, pero no ese día porque estaba su madre en casa. Solo me apretó las nalgas y me lamió el cuello.
La última vez que lo vi me regaló una tanga roja y me pidió que se la modelara la próxima vez que nos viéramos. Tuve que ponerle un alto. Le dije que yo nunca había usado ropa interior así y que nadie me había lamido la vagina. Le dije que íbamos muy rápido, que yo necesitaba tiempo y que él debía de ser menos impulsivo y elegir mejor sus palabras. No me escuchó, o no le importó. Me preguntó acerca del tipo de calzones que usaba y se atrevió a jalarme el pantalón para echar un vistazo. Estaba muy confundida pues era mi novio pero todavía era un desconocido. Yo tenía 16 y el casi 18 pero actuaba como un hombre con más experiencia.
Le di vueltas al asunto toda la noche y me preparé para ser lengüeteada en nuestra próxima cita, modelando el diminuto pedazo de tela que me obsequió. Tristemente ese día nunca llegó porque tuvimos la discusión más absurda por teléfono. Cuando la administración del hotel me pasó su llamada la línea se cortó. Pensé que no quería hablar conmigo y él pensó que yo no estaba, así que ese día me quedé esperándolo pero no llegó. Nos gritamos por teléfono, o creo que solo grité yo, y él me colgó. Jamás me volvió hablar ni yo a él. Fue una mezcla de orgullo y vergüenza lo que me impidió llamarle.
José encendió en mí una chispa que no pude apagar. Los dos años siguientes tuve otros novios pero ninguno tenía la urgencia de manosearme como él. Ninguno me lamió ni trató de ver qué tipo de calzones traía puestos. Me quedé virgen y comparando los majestuosos besos de José con los tristes intentos de mis novios siguientes. Pensé que me volvería monja y que moriría triste y frustrada cuando un buen día sucedió un milagro. Caminaba por la avenida División del Norte cuando vi mi camión en la otra esquina, parado en el semáforo en rojo. Me entro una urgencia inexplicable de alcanzarlo, no sé por qué. No llevaba prisa, no había necesidad alguna de correr pero logré subirme justo antes del verde. Me desparramé en el asiento y mientras recuperaba el aliento vi de reojo que una persona se sentó junto a mí, en un camión casi vacío. Quería robarme o ligarme.
Yo era una mujer de la calle, cantaba en el metro y los camiones, me la pasaba más tiempo afuera que en casa, y estaba acostumbrada a protegerme de una infinidad de barbajanes de todo tipo. Ya estaba enderezándome para hablarle en voz alta o de plano darle una bofetada cuando me doy cuenta que era José. Me hice chiquita y sonreí como estúpida. Me dijo “te ves hermosa”, no se disculpó por nada, no le dio pena, no pensó dos veces en hablarme; simplemente se sentó junto a mí y me dijo lo primero que le vino a la mente. Así es él, no se da cuenta de las cosas, o no le importa. Es como un cavernícola en tiempos modernos.
Sonreía como una estúpida, no pude ser más obvia ni fácil. Le dije que sí a todo lo que me dijo y sonreía como tarada; recordar sus besos me tenía mareada y con el corazón a mil por hora. Intercambiamos teléfonos y quedamos de vernos al día siguiente. Se disculpó por no buscarme y yo me disculpé por gritarle, cada uno explicó su versión y no sé en qué momento comenzamos a besarnos. El mesero tuvo que interrumpirnos dos veces, una para dejar la comida en la mesa y la segunda para pedirnos que le bajáramos dos rayitas a nuestra calentura.
Esta vez ni siquiera me avisó que ya éramos novios, solo me manoseó a su gusto y me veía cuando quería. Por mí estaba bien, él estudiaba la universidad y entrenaba volibol y boxeo. Él hacía la tarea y sudaba mientras yo me quedaba en casa viendo la tele o ayudando a veces a mi madre, creía que solo él tenía derecho a decir cuándo y a qué hora nos veríamos.
¡Por fin se me hizo! Me lamió mi flor y fue mejor de lo que esperaba. Él ya no era virgen y tenía mucha experiencia en esos asuntos, pudo guiarme paso a paso en el proceso. Primero me llevó a cenar, luego me lleno de besos, me acarició con ternura, me quitó los pantalones y la blusa, lamió mis piernas y luego mi flor. Lo hizo como un animal sediento pero fue romántico. Me sentí deseada y querida. Ya estaba lista para que me penetrara pero no quiso. Mi profesor dictaminó que el proceso era delicado y requería cierta preparación y paciencia. La siguiente vez me metió los dedos al mismo tiempo que la lengua, luego solo con los dedos.
Yo no insistí en hacerlo, ni siquiera se lo pedí una vez, simplemente me dejé llevar en su locura. Todo era perfecto, no sabía que la vida podía ser tan hermosa y placentera. Me llevaba con su familia y amigos, el manejaba el coche de su madre y me dedeaba mientras manejaba. Pensé que eso solo pasaba en las películas pornográficas pero José era una bestia caliente, no estaba satisfecho si no lograba excitarme cada 5 minutos, sea donde sea. Qué alegría, dios mío. Conocí por primera vez diferentes tipos de orgasmo, comencé a conocer una parte de mí que no sabía que existía. Hasta que decidió que ya estaba lista para ser penetrada. Hicimos el amor y fue maravilloso. No me dolió, ni siquiera un poco, supongo que fue gracias a que calentó el horno antes de cocinar. Hacíamos el amor cada que nos veíamos, en su casa o en la mía. Fueron los meses más bonitos de mi vida pero así como empezó terminó.
Un día, de la nada, terminó conmigo. Me dijo que había tenido una especie de intercambio sexual con su asesor de tesis y que estaba confundido. No podíamos ser amigos, ni siquiera hablar por teléfono muy de vez en cuando; era necesario terminar cualquier tipo de relación conmigo en ese momento. Le grité como nunca le había gritado a nadie, y fue en un parque, con muchos testigos. Me sentí basura. Estaba furiosa y destruida. Quería dejar de vivir. Entré en la depresión más profunda y no pude salir. Pensé varias veces en el suicidio pero no tuve el valor.
Una noche, me marcó. Yo no podía dormir desde que terminamos, pero pensé que estaba soñando. Quería verme, fue por mí y me llevó a su casa. Mientras me embestía por detrás me di cuenta que no era un sueño. Accedió a ser amigos y amantes, pero nada formal. Me vi obligada a aceptar sus términos porque estaba completamente enamorada de él. Además me hice adicta a su cuerpo. Creo que lo que más me enredó fue su gentileza, siempre estaba ahí cuando más lo necesitaba. Si mi madre enfermaba nos llevaba al hospital, si yo necesitaba que me acompañara o me recogiera de algún lugar, él iba. De mala gana y a regañadientes pero iba, y era el único de mis amigos con el que podía contar incondicionalmente. Era el verdugo más tierno.
Aquella extraña relación se fue deformando cada vez más, me humillaba con sus palabras, sus actos y hasta en la cama. Era demasiado extremo en todo. Yo lloraba pero él no se conmovía ni siquiera un poquito. Ahora pienso que mi sufrimiento era un combustible para él, y una droga para mí. Un día me dijo que no podía verme como su igual porque yo no estudiaba ni trabajaba; que él no podía tener una pareja así. Pero no todo fue malo, me alentó a estudiar la universidad, casi me obligó. También me impulsó a trabajar con alguien que no fuera mi madre. Quería que estudiara, que conociera más gente y que viviera más. Si lo lograba, la recompensa sería él, por fin podríamos estar juntos sin condiciones.
Yo traté y casi lo logró pero la última vez que lo vi me confesó que había conocido al amor de su vida, que se habían ido de viaje y que habían rentado un departamento juntos por un mes. La muy perra era japonesa y no vivía en México, no entendí si todavía estaba con él, el impacto de la noticia me derrumbó. Dejamos de vernos un rato y la siguiente vez que salimos me pidió que fuera su novia. Me explicó como conoció a la otra y aseguró que ella había regresado a Japón, que aquello había terminado. Le entró una súbita urgencia por una relación formal y la única pendeja para aceptarlo fui yo. Aunque sabía bien que el encanto no duraría, decidí vivir en ese espejismo un par de días. No duró ni una semana cuando me pidió tiempo y espacio. Dijo que yo lo asfixiaba. No me dolió terminar con él, de nuevo. Esta vez no me dolió, de hecho yo era la que en realidad necesitaba alejarme de él.
Me enteré por amigos que se fue a vivir a Japón con el amor de su vida y me dio mucha tristeza. Era oficial que nuestra historia terminaba. Me deprimí varios meses, lo superé y tuve un novio 3 años seguidos, fue una relación normal pero yo decidí terminar. Estuve sola y luego tuve otro novio. Un día que nos peleamos se me ocurrió escribirle a José. Tenía 3 años de casado y era feliz, que envidia. Nos escribimos mucho y gracias a la distancia no pudimos tocarnos. Por primera vez conocí al José de verdad, al que habla y piensa, no al conejo sin sentimientos. José se volvió una especie de diario y confidente, solo nos escribíamos por correo, jamás hablamos. Nos tardamos varias semanas en arreglar nuestro pasado, en entendernos mutuamente y en perdonarnos.
Resultó ser un mentiroso, cobarde y mujeriego. Nunca tuvo nada sexual con su asesor, fue mentira. Dijo que era la única forma de terminar conmigo y poder andar con otra vieja. Yo no lo asfixié, conoció a otra. Me confesó todas sus fechorías y yo lo perdoné por que las cosas buenas que hizo por mí tenían más peso. Además ya estaba casado y yo tenía novio. Hasta que un día me dijo que regresaba a vivir a México, con su esposa.
Pensé que me la iba a presentar y que seríamos amigas, o que un día la calentura nos ganaría y ahora sería yo la amante que se esconde debajo de la cama, pero no. Vivió en México 3 años y solo lo vi tres veces. Una vez para tomarnos una cerveza, un año después para acompañarlo al hospital porque se rompió la rodilla y no había nadie que lo llevara, y la última vez para ir al cine, con la pierna rota. Casi no hablamos por teléfono tampoco. Luego regresó a Japón y ni siquiera pudimos despedirnos. Al regresar a Japón nos comunicamos más, creo que fue porque allá está solo, sin familia ni amigos, ahí sí le dan ganas de hablar conmigo, que risa.
Cambié de novio y empecé a vivir con él, pero su familia no me quería y el me dejó claro desde el principio que no quería casarse. Tuve muchos problemas con él y José siempre me escuchó y me apoyó. Me dio buenos consejos y me ayudó a conseguir el valor para dejarlo. Y en eso me propone matrimonio. Nos casamos y le envié a José una invitación a Japón pero no vino a la boda, dijo que no era correcto. Me fui de luna a Japón pero José no quiso verme (sí, yo elegí el destino), dijo que sería muy peligroso juntarnos los cuatro, pues su esposa no sabía quién era yo. Yo a todos mis novios les hablé de José, era casi mi tarjeta de presentación, que idiota.
Enrique, mi marido, es el hombre perfecto. Es judío y su familia tiene mucho dinero. Estudio en el extranjero, es rubio de ojos azules y soy lo que más quiere en el mundo. Con él conocí la felicidad verdadera. Pero cuando tuvimos una hija todo cambió. Le dio miedo ser padre y se alejó física y sentimentalmente de mí. Busco pretextos para irse muy seguido de viajes de negocios. Se limitaba a mandarme dinero y mensajes cortísimos. José siempre estuvo ahí para consolarme, por correo electrónico. En el ámbito sexual, Enrique es como un ratoncito juguetón y tierno, desde la primera vez me fue difícil dejar de compararlo con mi oso insaciable.
Y un día, así sin más, José me dice por teléfono “te amo”.  Primero me dio risa, luego me confundí, me dio miedo y terminé por endulzarme con sus palabras. Le dije que yo también lo amo, que es mi alma gemela y que cada que hago el amor con alguien pienso en él. Él me dijo que fui su mejor sexo, el mejor acostón de los centenares que tuvo, y a la única que todavía le habla porque la quiere. No sé cuál de los dos es más imbécil (bueno, sí lo sé pero no lo quiero decir). Empezamos una especie de romance telefónico, prohibido y divertido, hasta que yo volví a ser la de siempre. Me dio un ataque de celos por su esposa, le grité, lo insulté y le pedí que nunca más me buscara. José obedeció.
Pasaron varios meses y nada, hasta que no pude aguantarme las ganas un año después. Me disculpé por las groserías, le agradecí todo lo bueno que siempre hizo por mí y me despedí con cariño. Le dije que no era necesario que me respondiera, solo quería que me escuchara. Me contestó en menos de una hora, un correo larguísimo. Por enésima vez reanudamos el contacto pero esta vez fue diferente. Ahora era yo a la que ya no le importaba el mundo. Acepté ser su amante, su instrumento, lo que él quisiera, cuándo el quisiera. Encarné mi papel en su enfermo juego, expandí mis alas y volé en su locura.
Él se sorprendió muchísimo, se asustó un poco. Yo por fin había entendido y aceptado que siempre sería él mi número uno, en orden y calidad. Mi primera vez y la mejor, así de simple. El hijo de puta planeo un viaje a México y yo me emocioné muchísimo. Me pidió que fuera por el al aeropuerto y que estuviéramos juntos todos los días a escondidas de su familia y de la mía. Yo tenía a la bebé pero la podía dejar con cualquiera de las abuelas, mi marido se la pasaba de viaje y me tenía muy descuidada. José decía que quería a su esposa, pero que me quería más a mí. Qué solo yo lo conocía a profundidad y desde sus 17 años.
Nos vimos, nos besamos, me llevó a una fiesta con sus amigos y me tragué su semen en el estacionamiento, pero no pudimos revolcarnos porque la fiesta era en su honor, así que debía de regresar pronto. A mí ya nada me importaba, ni siquiera lo que pudiera pensar mi hija; yo hubiera aceptado que cumpliera su fantasía de penetrarme por el ano ahí mismo, junto a los botes de basura en un rincón grasiento. Tuvimos que aguantarnos las ganas hasta el día siguiente.
De camino al hotel, el tarado me ofreció dinero para la gasolina y lo rechacé, le dije que era mi amigo y que yo manejaba con gusto, no por hacerle un favor. Me pagó el dinero de la cena porque él había prometido llevarme a cenar y después me preguntó “¿Y cuánto por la mamada?”. Algo dentro de mí explotó y me partió a la mitad. “¿Crees que soy tu puta? Yo iba a hacerte el amor porque te quiero, no por dinero…” Lejos de disculparse por su insulto se ofendió. Dijo que yo no tenía sentido del humor y mientras me explicaba porque estaba mal le escupí en la cara. “!Bájate de mi coche perra!” le grité al oído y lo jale de las greñas. Le abrí yo la puerta y lo empujé. “No se te ocurra escribirme otra vez EN TU PUTA VIDA” le grité con todas mis fuerzas. Nunca me había enojado tanto, con ninguna de sus groserías, y eso que me hizo varias peores.
Lo que sucedió después es difícil contar. Mi marido se dio cuenta de mi infidelidad por los sentimientos entre nosotros. Me conoce, sabía que estaba muy deprimida y que fingía estar bien. Nunca me preguntó nada y no le di motivos para dudar de mí pero yo sabía que él lo sabía, pero no hizo nada al respecto. Habrá sido su culpa por abandonarme desde el embarazo. Cambié mucho desde ese día. Perdí mi alegría, a duras penas era mi hija lo único que me mantenía de pie. Me sentía como una prostituta despreciada. Sentí que le fallé a mi bebé, a mi marido y sobre todo a mí. Me dio coraje nunca haber podido controlarlo yo a él ni hacerlo sufrir ni siquiera tantito. Me dolió perderlo, me sentí ridícula… fue terrible toda la mezcla de errores y emociones. Pero soy muy fuerte, soy como el fénix que renace más fuerte. Lo superé y lo olvidé, por fin. Mi hija creció, mi relación con mi esposo mejoró y fuimos una familia feliz. No hubo ningún problema en años, salvo la muerte de mi madre. Mi marido hizo mucho dinero y pudimos viajar por todo el mundo. Tuvimos la vida que todos quieren.

21 años después
 La nena se fue de intercambio a España dos semestres y regresó muy cambiada. Siempre fue muy educada, linda, inteligente y madura para su edad. Es todo lo que yo no pude ser. Se parece mucho a mí, pero creo que es más bonita. Me extraña que no fuera tan noviera como yo, en eso sí somos muy distintas. Nunca había tenido serios problemas con ella hasta hoy. Después de tanto insistirle nos presentó a su pareja. Pensamos que llevaban solo unas semanas viviendo juntos pero resulta que vivieron juntos en España, estuvieron los dos semestres en el mismo departamento y ahora quieren formalizar lo suyo con boda y toda la cosa. Lo conoció el primer semestre en la universidad y desde el segundo son novios pero lo ocultó por tres años, se lo tenía bien guardadito. Hoy nos enteramos porque no le quedó de otra. Nos juntamos en un restaurante, no lo quiso traer a la casa, ya desde ahí se me hizo muy raro. Pensó que si nos explicaba antes de que él tipo llegara lo tomaríamos con más calma, qué equivocada estaba. En cuanto su papá se enteró que el abuelo este le lleva 20 años, casi le da un ataque al corazón. En ningún momento pensó que fuera broma porque la nena no bromea. Cuando lo vio, su papá se paró de la silla y se salió del restaurante a tomar aire. Creo que fue más el susto que el enojo lo que lo obligó a salir. Yo me quedé calladita y sentada. ¿Cómo explicarle a mi bebé que perdimos la virginidad con el mismo hombre?

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Mexicano viviendo en Japón, gozando de mis dulces 16 (por segunda vez), godin deprimido, rapero frustrado, comediante serio, escritor (bastante malo [maligno, no mediocre]{creo}) Antes escribía puro terror, pero estos últimos años me ha entrado un calorcito que me obliga a escribir puras cosas cachondas, aunque de vez en cuando se me sale el demonio. Solía estar muy activo en esta red pero me cambié de trabajo. Ahora gano mucho dinero pero casi no tengo tiempo libre. También me dio por dibujar más que escribir, casi todos los días dibujo. Checa mi instagran: orashiosensei

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