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6 min
El Hombre que Odiaba Septiembre
Drama |
03.09.13
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Sinopsis

"Se recostó y trató de contrarrestar la mala suerte del día con un sueño reponedor, pero cuando estaba a punto de dormirse, se le vino a la cabeza una idea antigua, pero que ahora sin trabajo seria perfecta para pasar el tiempo. Siempre las ideas le llegaban así, casi sin avisar y sin llamarlas, solamente como un relámpago en medio de tanta oscuridad iluminaba los pasatiempos del hombre y le ayudaba, casi como si su mente fuera una amiga, a razonar y sobreponerse a las adversidades del tiempo y la vida"

Ese día se levantó como muchos otros y silenciosamente se dirigió a la ventana para estirarse igual que un gato siamés, no se enteró hasta que abrió los vidrios que afuera cantaban los pájaros alegres melodías  de bienvenida entre los abetos florecidos y resplandecidos por la brisa matinal. Levantó los brazos en señal de saludo al sol, y cuando aspiró el aire libre que se colaba, la sensación que le provocó le hizo retractarse y hacerse casi un ovillo entre raros suspiros de desesperación ahogada. Sus pulmones sintieron la extraña ligereza del aire, el aroma de las flores y mezclada con la fermentación del sol en el suelo y descubrió como todos los años, desde hace 36 consecutivos, que odiaba Septiembre con todas sus fuerzas.

Ni siquiera se irritó, solamente se lamentó de haberse olvidado que comenzaba Septiembre y haber despertado como si fuera otro día, con las mismas costumbres, las mismas vestimentas, y las mismas obstinadas ganas de comenzar la jornada muy temprano.  Se vistió lentamente como si hiciera un ritual igualísimo al de un caballero limpiando su espada  y se lustró los zapatos como sacándole brillo. Afuera, la gente se veía mucho más alegre y sonriente, ya que todos los que caminaban por las calles sobrevivieron a la hambruna y el frio del invierno que sin contemplación ese año había sido más crudo de lo normal.

Horacio Valencia salió desprevenido y con la misma expresión tolerante de siempre. Su chaqueta de twist y sus extraños pantalones pata de elefante causaba las risas discretas de los niños a su paso, pero cuando le cayó el chorro de agua proveniente de una anciana que regaba las magnolias, los niños estallaron en carcajadas y él terminó por descubrir por qué odiaba horriblemente el mes de Septiembre. Quedó empapado, las gotas del agua extrañamente le refrescaron, ya que el calor de la mañana molestaba a cualquier mortal, pero odió esa sensación tanto como odiaba el mes de septiembre.  Ese día llegó tarde a la oficina y por su último retraso terminó despedido y sin salario del mes. Horacio jamás reaccionó mal frente a una situación igual, por lo que recogió sus cosas en una caja desechable y caminó de vuelta a su morada habitual.

Se recostó y trató de contrarrestar la mala suerte del día con un sueño reponedor, pero cuando estaba a punto de dormirse, se le vino a la cabeza una idea antigua, pero que ahora sin trabajo seria perfecta para pasar el tiempo. Siempre las ideas le llegaban así, casi sin avisar y sin llamarlas, solamente como un relámpago en medio de tanta oscuridad iluminaba los pasatiempos del hombre y le ayudaba, casi como si su mente fuera una amiga, a razonar y sobreponerse a las adversidades del tiempo y la vida: Decidió abrir una escuela de Karate y defensa personal para los niños pobres de su barrio, ya que tenía muchos conocimientos de la táctica y estrategia del arte marcial y seria de muy buena ayuda para los niños que siempre eran abusados en el colegio por los mayores.

Ese mismo día se alistaron más de diez niños ansiosos  de aprender. Horacio tuvo poco tiempo para destinar una habitación de su casa y sacar todos los muebles para que quedara una arena limpia donde poder luchar. Al final de la mudanza solo quedaron unas cuantas sillas, un saco de pelea roñoso colgado en el centro y unas barras para poder ejercitar. Los niños ni se inmutaron por la pobreza en que estudiarían, extasiados por la visión de que serian iguales que el gran Bruce Lee o los protagonistas de una fantasiosa película de artes marciales. Solo algunas madres lanzaron el grito en el cielo cuando descubrieron la gran escuela que les había pintado el hombre cuando invitó a los niños y los retiraron ofuscadas mientras el pequeño lloraba y pataleaba agarrado de su brazo.

Así sucedió la gran mayoría de los días, los niños poco a poco se fueron acostumbrando y practicando las nuevas poses y movimientos imitando a los animales.  Para algunos era como una filosofía de vida, la meditación y la práctica que les daba, les requería la concentración de todo un día y gracias a eso, toda su vida la pasarían haciendo lo mismo, aprendiendo y observando la naturaleza de la vida.

Por ese entonces Horacio entrenaba a un joven alumno llamado Daniel, el predilecto del maestro como le decían los demás y era verdad, el hombre lo quería mucho por que descubrió primero que todos, los beneficios y la concentración del Karate. Era rubio y de un porte masculino, mucho más alto que toda la clase junta.  Ese día Horacio lo esperó vestido y con su cinturón negro entallado. Cuando el joven llegó, lo encontró sumido en una oscuridad silenciosa.

-¿Qué pasa maestro?- le preguntó el joven arreglándose el cabello.

-Me han cortado la electricidad.- Susurró el hombre mientras prendía una vela y la dejaba en una mesita cercana.

Comenzaron con unas patadas en la oreja y así sucesivamente a la luz de la vela, casi al atardecer Horacio descubrió que no tenía ningún otro alumno y siguió enseñándole con esmero a aquel joven que representaba al hijo que nunca tuvo.

-Lánzame una patada con todas tus fuerzas, que yo la esquivo- Le dijo al pupilo.

Daniel estiró el pie y lanzó la patada con una fuerza descomunal. Horacio la vio lentamente, como un minutero de un reloj que se le acerca seguro, pero lento. En el último momento se acordó irremediablemente de que era Septiembre y se distrajo mortalmente para recibir la patada que lo desequilibró y lo lanzó directo a la mesita donde estaba puesta la vela que se desplomó encima de las cortinas.

Cuando el incendio comenzó a propagarse y Daniel Salió corriendo buscando ayuda, Horacio simplemente se quedó allí estoico, pensando en por qué odiaba el mes de Septiembre y no halló más que mala suerte y estupideces en su mente, pero en el rincón más oscuro de su corazón, ese rinconcito reservado para las cosas irremediables y silenciosas, que solo la personas más completas saben descubrir y que Horacio no conocía, porque simplemente no conocía su propia alma, se encontraba la respuesta: Más que odiar el mes de Septiembre, más que odiar la vida,  lo que Horacio Valencia odiaba, no era nada más y nada menos que la propia primavera. 

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Sobre mi ...Tengo 16 años, lector voraz y seguidor del terror inimaginable de Poe, Maupassant ....y de los mios propios, Amante del realismo mágico de Allende, Garcia Marquez, y de lo cotidiano mágico que puede llegar a ser la vida, cuando se le mira con ojos de un joven lector.

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