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3 min
El hombre que vivía dentro de un reloj.
Fantasía |
23.09.07
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Sinopsis

El hombre que vivía dentro de un reloj.

Ángel “princeso”.


¡Menos mal que el reloj no tenía segundero! Pues, sino cada minuto tendría que apartarse y dejarlo pasar.
      La esfera era blanca y los números romanos. A veces se acostaba en el palote superior que formaba las tres. Otras veces, se acurrucaba entre la V y el primer palote de las ocho. Algunas ocasiones se daba una vueltecita completa sujeto a la manecilla de los minutos. Tardaba una hora en dar toda la vuelta. ¡Era divertido ver el mundo desde las XII!
      Tenía un problema: cuando estaba nervioso le costaba mucho conciliar el sueño (recordaba que cuando era un chico normal, durante el verano se acostaba en el suelo, estaba un poco más fresco); nervioso no podía dormir con el permanente “tic -tac” y el sonido de las ruedecillas al girar.
En cambio, otras ocasiones ese “tic – tac” le servía de relajación, se dormía plácidamente recordando que llevaba el reloj en la muñeca de la mano izquierda, cuando era un hombre normal.
      Ahora, todo era obtuso, incierto; desagradable, algunas ocasiones; confuso, el actual dueño del reloj lo portaba en la muñeca de la mano derecha.
      Nuestro pequeñísimo personaje gastaba bromas muy pesadas al actual dueño del reloj: lo atrasaba, lo adelantaba; incluso, en una ocasión paró la manecilla del minutero, dejando solamente avanzar la de las horas.
      Lo que más le gustaba era cuando le daban cuerda. Ese “ric – rac, ric – rac”, que, apenas, duraba un ratito, le entusiasmaba. Por esa razón, cuando el hombre que vivía en el reloj, se sentía deprimido, paraba el mecanismo para que le dieran cuerda “ric – rac, ric – rac...”. ¿Qué tendría ese “ric – rac” que tanto le gustaba?
      Con el paso del tiempo su vida se hacía monótona y aburrida. Le dio por pensar. Se pasaba las horas muertas pensando y pensando. Tanto pensaba que llegó a creer que viviendo en el interior del reloj dominaría el tiempo.
      Se hizo amigo de varios minutos. Pero, con tan mala suerte, que pasaban muy pronto. Las horas, duraban un poco más, sesenta veces más; pero, también, se iban una tras otra.
      Se hizo amigo de algunos días, pero se marchaban y luego tardaban meses, o un año en volver, y cuando volvían casi no se acordaban de lo que habían comentado antes.
      Una vez, tras un gran golpe y una enorme sacudida, de un lado para otro, la esfera se rompió (fue una caída tremenda hacia el suelo). El hombre que vivía en el reloj con la cabeza atontada, y aún dándole vueltas, vio una fisura en la esfera blanca, miró a través de ella vio la maquinaria interna del reloj: ruedas dentadas dando vueltas hacia un lado y hacia otro, muelles que se estiraban y se encogían, ¡rubíes tan grandes como su cabeza! (bueno, tan pequeños como su cabeza).
      Aquella fábrica de tiempo era un mundo nuevo, era de donde procedían los ruidos, que unas veces le adormecían y otras lo atormentaban. Era un nuevo espacio, un poco más oscuro, pero nuevo para descubrir nuevas sensaciones y nuevos juegos con el tiempo. ¡Por fin sabría cómo se mide el tiempo!


ángel "princeso".

Septiembre de 1998.      
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