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4 min
El hospital
Terror |
10.08.17
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Sinopsis

La noche es muy larga, pero...

Durante dos semanas había estado tumbado en la cama, pensando en mi miserable vida, sin intentar comprender cómo, o el por qué, del principio de insalubridad mental que me destrozaba con el pasar de las horas, de forma irremediable. La penumbra era norma en aquel cuartucho llamado habitación de hospital, y obviamente, iba unido a la depresión que se apoderaba de mi cuerpo y mente. La condenada se hacía más notoria a medida que las horas aniquilaban cualquier esperanza que se atreviese a florecer en mi maltrecho corazón. A la izquierda, un camastro vacío desde unos días, en el cual dormía Jesús... o había dormido, hasta que nos abandonó. Como todos hacen, o, mejor dicho, como todos haremos.

Podría atreverme a decir que la ciudad, al igual que yo, dormía o lo intentaba, pero desde luego no era así. Apenas podía vislumbrar la calle por la ventana que se encontraba al lado del camastro vacío, por ende, me abrigaba entre los pliegues de mi manta, hundiéndome en la cama e intentando, de la forma más vulgar, evadirme en mis propias penumbras. Esas mismas que eran incapaces de tapar la sensación de que jamás iba a escapar de lo que padecía.

A mano derecha, desde mi posición, estaba la puerta de entrada al cuarto. Por ella entraban ruidos lejanos, pero no el ajetreo que se sobreentiende que hay en un hospital. Pasos, puertas cerrándose hasta altas horas de la madrugada y voces secas y tenebrosas. Intenté levantarme de la cama, pero... ¡Maldición! No podía. No era capaz. Mis brazos estaban pegados al cuerpo y apenas podía dar una orden de movimiento a los dedos.

No muy lejos de donde estaba, un extraño sonido gutural llamó mi atención. Una respiración ronca, agitada... un estertor de muerte. Intenté gritar, pero algo me presionaba el pecho ¿Miedo? No estaba demasiado seguro, pero me empezó a doler con más intensidad.

Haciendo un gran esfuerzo, viré mis ojos hacia la cama donde había dormido Jesús, pero allí no había nada... salvo la sábana agitándose de forma extraña. Como si fuese víctima de un ataque epiléptico o algo parecido. Comenzó a levantarse, a inflarse y a formar la silueta de un cuerpo humano, que se alzó dos metros en el aire.

Cerré mis ojos con fuerza. Si era un puñetero sueño, mejor despertar ya mismo.

Fui incapaz de evitar el roce de esa 'cosa' al acercarse al lateral de mi cama. La respiración me soplaba a los oídos, sin poder evitarlo, grité con todas mis fuerzas.

⸺¡AYUDA! ¡AYUDAAAA!

⸺Cálmese, Señor Fernández, Cálmese.

Abrí los ojos y observé como las luces de la habitación estaban encendidas, la doctora y la enfermera a mi lado intentaban tranquilizarme. No pude mover mis manos, estaban atadas a dos correas con los barrotes de la cama, mientras la enfermera que me había intentado calmar sin éxito, me inyectaba un extraño líquido que comenzó a lograr lo que ella no pudo con su voz.

El calmante comenzó a apaciguarme, mientras la doctora se acercó, con calma y paciencia, para explicarme la situación. Otra vez.

No recordaba que estaba internado en aquel hospital por sufrir un desorden del sueño desde hacía más de cuatro años, cuatro largos años allí atado sin ningún resultado aparente. Son mi mente jugándome malas pasadas cada noche, retorciendo mis sentidos en la oscuridad, abnegada a la pasividad reinante en un cerebro maltrecho.

Busqué la cama donde Jesús me había abandonado, pero no había nada. La habitación era individual, no cabía otra cama allí. Pero... Dios santo. En el suelo, al pie del camastro, una sábana blanquecina se agitaba inquieta.

Aparté la mirada y cerré mis ojos, el calmante tomó el control de mi ser, y me volví a fundir con la oscuridad de la habitación para dejarme poseer por el eterno sueño.

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