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6 min
El hostigador
Drama |
17.03.22
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Sinopsis

Kuzma corría a través de los campos de los bosques del norte. Buscaba comida, bayas, setas, conejos y todo aquello de lo que se pudiese alimentar. Amanecía en aquellos bosques gélidos y solitarios; no era la primera vez que iba de caza, pero esta vez sí sentía una tensión distinta. Se había alejado un poco del silo que se había construido a seis metros bajo tierra. Allí guardaba cuatro unidades de C90 anticarros, un AK74 y decenas de cajas con munición 5,45. Poca ropa, algunos libros, un par de depósitos de agua y una fotografía familiar, con un rosario colgando de ella, colgada en alguna pared de tierra.

Kuzma recuerda a su abuelo con el que tantas veces recorrió estos bosques, de caza o de simple excursión.

-Kuzma, los árboles nos protegen, los arbustos y los matorrales nos protegen. Pero somos hombres y nuestra actitud es la que nos delata. Recuerda que, cuando corras por los bosques has de pensar en ser un lobo. Camina como un lobo, caza como un lobo, huele como un lobo. Sólo entonces estarás en absoluta comunión con la naturaleza. El hombre hace siglos que abandono los bosques, y sólo cuando encuentres tu lugar entre estos parajes, serás uno con el bosque. Y si algún día has de huir de algo o de alguien, huye y adéntrate en los bosques y sé el lobo que tienes en tu interior, que aúlla bajo la luna llena.

Kuzma había encontrado champiñones, moras y una codorniz. Miró alrededor suyo todo aquel bosque abandonado y pensó en regresar al silo. Pero antes hizo un pequeño agujero en el suelo y desplumó a la codorniz. Le cortó las patas y la cabeza y la fue dejando lista para asarla de noche en una hoguera. Luego tapó el agujero que contenía las plumas y algunos restos del ave y huyó. Sabía cuál era el camino que tenía que tomar para regresar al silo, pero lo que más le preocupaba era dejar huellas de su paso por aquellas tierras. Caminaba pisando hojas secas sin hacer demasiada presión y sin tocar ramas bajas. En poco tiempo habría llegado al silo.

De regreso, se abrió camino entre unos matorrales y dio a un claro de hierba verde y alta que brillaba bajo el sol del invierno. Esa misma noche estaría otra vez cubierto de nieve si el frío volvía a traer los copos de regreso a la tierra. Y allí pensó en Inha.

Cuando era pequeño jugaba con ella en unos bosques parecidos. Corrían juntos, se peleaban juntos, reían juntos. El padre de Inha siempre le había dicho a su padre que, cuando fuesen mayores, se casarían. Inha sonreía avergonzada y Kuzma no sabía qué decir. Siguieron corriendo por los bosques, por las praderas verdes en primavera y un día, desaparecieron el uno del otro. Jamás la volvió a ver, pero siempre le venía a la cabeza, cuando un haz de luz, un bosque silencioso o una sonrisa le recordaban a ella. ¿Qué habría sido de aquella niña de ojos azul firmamento, de pose incierta y sonrisa curativa? Cuando se quiso dar cuenta estaba en medio del claro, con la hierba cubriéndole hasta la rodilla y bajo un silencio difícil de explicar o de escribir. Se sintió extraño y continuó caminando.

Al rato llegó a las inmediaciones del silo, hizo un círculo con unas piedras, echó algo de leña y le prendió fuego. Ensartó el cuerpo de la codorniz en un palo que se apoyaba sobre otros dos que había clavado en el suelo, justo encima del fuego. Y mientras su alimento se iba cocinando, se sentó y con un poco de agua limpió las moras y los champiñones, para luego cortarlos a trozos sobre una hoja verde.

Fue girando y girando la codorniz y al rato ya estaba hecha. Cogió el palo en el que estaba ensartada, se levantó, se bajó los pantalones y orinó sobre el fuego hasta casi apagarlo; luego echó tierra encima con sus botas. Se volvió a sentar y comió; sin prisa, pero vigilante. En unas horas el sol se pondría y empezaría su misión. Leyendo unas cartas el otro día, había recordado a su instructor. Intentaba recordar su rostro, pero no acababa de ver con claridad su cara. Sin embargo su voz seguía presente.

-Soldado, no olvide cuál es su misión. Usted es un hostigador. Eso ha de tenerlo muy claro. Su única misión es hostigar y nada ni nadie le debe apartar de ese objetivo. Busque al enemigo, localícelo y luego dele caza. Busque unidades separadas o pequeños grupos con algún herido entre sus filas. Valore la situación y busque una salida rápida una vez haya terminado la misión. No mate a más de tres o cuatro soldados. No se deje llevar por el odio o la ira. Debe tener presente que el objetivo es hostigar y causar bajas, pero sobre todo provocar daño moral al enemigo. Que sientan que en cualquier momento pueden morir, que duden siempre. Luego aléjese de ellos, para volver al cabo de unas horas cuando sus ánimos ya se hayan sosegado y mate a un par de objetivos más. Su finalidad ha de ser hacer humano al soldado y crearle miedos. Más importante que matar a cien hombres es desmoralizar a mil. Piense en ello.

Y pensaba en ello mientras escupía los huesos de la codorniz. Se comió la última mora, separó las piedras que habían limitado el fuego y tapo las cenizas con tierra hasta dejar el lugar como si nada antes hubiese pasado.

El sol empezaba a caer, más hacia el este, en los bosques de la frontera podría encontrar a sus objetivos de aquella noche. Abrió la tapa que daba al silo y se introdujo en él. Bajo pensando en cuántas bajas causaría hoy y de qué modo iba atacarles.

 

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