cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

42 min
El ídolo de piedra
Suspense |
28.01.17
  • 4
  • 0
  • 1863
Sinopsis

A veces, no conviene despreciar lo que cuentan las viejas leyendas...

       

Samuel Barlow, más conocido como el tío Sam, cenaba plácidamente en la espaciosa cocina de su nuevo hogar. Su abuelo materno le había dejado en herencia la vieja casona rural, enclavada en plena comarca del Bierzo leonés.

Su madre, María Castañeda, había emigrado a Irlanda a principios de los años 50. Allí, y a los dos meses de conocerlo, se había casado con Peter Barlow, el típico irlandés pelirrojo, buen bebedor, juerguista y fanfarrón. Un año más tarde, en una fría y ventosa noche de marzo, venía al mundo Samuel Barlow Castañeda. Además del fuego de su cabellera, que enmarcaba un rostro pecoso de marcadas facciones, su elevada estatura y su complexión robusta,  el pequeño Samuel heredó de su padre su hedonismo vitalista, una habilidad natural para disfrutar de los placeres de la buena vida. Por su parte, su madre le legó la innata capacidad para el trabajo sacrificado y, especialmente, el recuerdo, siempre presente, de la lejana tierra de sus ancestros españoles.

Por ello, desde los primeros años como profesor en la Universidad de Dublín, Samuel Barlow aprovechaba todos los periodos vacacionales para viajar a tierras castellanas y pasar unos días en casa de sus abuelos. La potente gastronomía, los días soleados y azules, y el singular paisaje y paisanaje reanimaban su cuerpo y su espíritu, un tanto alicaídos por la sempiterna bruma y los días grises de la monótona campiña irlandesa.

Samuel Barlow, más conocido como el tío Sam, cortó dos generosas rebanadas y se preparó un descomunal bocadillo de jamón serrano. El pan de centeno, moreno y crujiente, horneado con sus propias manos, constituía un auténtico manjar de dioses. Es posible que hubiera alimentos mejores, pero, al día de hoy, Samuel los desconocía.

Finalizada la opípara comida, se levantó y contempló el campo segado a través de la ventana de la centenaria edificación. Se trataba de una robusta casa de labranza que se erguía solitaria en medio de la planicie castellana. Se hallaba rodeada por más de cuatro hectáreas de finca. Por detrás y hacia los lados crecían plantaciones de manzanos y cerezos. Todo el frente hacia el Oeste estaba consagrado al cultivo del centeno. Antes de la llegada de Samuel era un campo baldío, una especie de sabana de juguete con altas hierbas amarillentas, matorrales y arbustos espinosos. Los rebaños de cabras y ovejas, y también los corzos y las liebres, habían evitado que la sabana degenerara en selva.

El caserío heredado por Samuel recordaba una gigantesca barcaza, varada en medio de un mar dorado en perpetua calma. Muy lejos, hacia el Norte, se erguían, altísimas y violáceas, las montañas de la cordillera, como un tsunami apocalíptico dispuesto a engullir todo lo que se le pusiera por delante. Recordó, con los ojos húmedos por la emoción, cuando, siendo niño, su madre le hablaba de inmensas llanuras amarillas y montañas tan altas que parecían acariciar el cielo. El pequeño Samuel soñaba con regresar algún día a la tierra de sus antepasados, mientras contemplaba con aire melancólico las aburridas colinas irlandesas.

El pueblo más cercano se encontraba a unos 5 km. en la misma dirección que el imponente oleaje montañés. Algunas columnas de humo, perfilándose contra la silueta oscura de los picos, delataban su presencia en esta apacible mañana de agosto.

Hacía ahora un año que Samuel Barlow había llegado desde su Irlanda natal hasta estas tierras leonesas para hacerse cargo de la heredad del abuelo. Ya jubilado de su trabajo en la Universidad y recién divorciado, había recibido la noticia como un don llovido del cielo y sin pérdida de tiempo dejó atrás la verde campiña irlandesa para echar raíces en la árida meseta castellana.

En un par de meses ya había acondicionado la casa y roturado la finca de alrededor. A principios de año sembró una hectárea de centeno. La tierra baldía, tras el largo periodo de descanso, había dado excelente fruto y la cosecha resultó excepcional.

Asomado al amplio ventanal, el irlandés contemplaba satisfecho la planicie cubierta de rastrojos. Al final de la misma, hacia el Oeste, y recortándose contra las suaves estibaciones boscosas de los Montes de León, un pequeño montículo, de unos diez metros de alto por veinticinco de diámetro, rompía la plana monotonía del relieve. En su cima se levantaba un imponente farallón calizo de casi cinco metros de altura. A su vera encontramos un bosquecillo de encinas, una mancha de verdor resaltando entre la palidez del campo leonés.

El tío Sam recordó la soberbia estampa que la finca ofrecía a finales de julio, como una inmensa alfombra mágica. Dócil, dejaba que el viento del Sur peinara sus ondas erizadas. La gran roca emergía como un centinela, ojo avizor en medio de la marea viva. Las espigas, prietas y robustas, se combaban vencidas por el peso como si ejecutaran una graciosa reverencia idolatrando la descollante presencia de aquel menhir natural. Talmente parecía que el humilde centeno, aleccionado por la tierra donde crecía, estuviera al tanto de la tenebrosa leyenda protagonizada por la gran roca y el campo que la cobijaba.

Al profesor Barlow se la había contado un vecino del pueblo, conocido como Romasanta por su supuesto lejano parentesco con el célebre hombre lobo de Allariz, de lo que solía alardear a menudo. El hombre pasaba por ser el sabio local, versado en la cultura y tradiciones de la comarca.

Al parecer, la descomunal piedra blanca, había oficiado como altar de sacrificios durante la época romana, e incluso antes, y durante la Edad Media había sido lugar habitual de celebración de aquelarres. Todas las brujas de varias millas a la redonda se reunían en las noches de Luna llena para danzar desnudas en arrebatada orgía y celebrar sangrientos rituales en honor a Belial, príncipe de los infiernos, el demonio del vicio y la depravación por excelencia, dedicado en exclusiva y a tiempo completo a la corrupción de las almas.

Incluso le hablaron de ciertos símbolos esotéricos grabados en la lisa superficie de la piedra. El tío Sam la había inspeccionado minuciosamente pero no descubrió ningún dibujo extraño que pudiera atribuirse a la mano del hombre, dejando aparte las estrías naturales de la gran roca.

Sea como fuere, a la finca a los pies del montículo se la conoce desde tiempos inmemoriales como “El Campo del Diablo”. La leyenda termina advirtiendo al incauto que se atreva a trabajar la parcela del demonio, pues se arriesga a desatar la ira del temible Belial.

Divertido y picado en su curiosidad por el rocambolesco asunto, Samuel Barlow decidió investigar más a fondo sobre la supuesta maldición. Se asesoró con Romasanta y  el entusiasta erudito le entregó un libro de su colección particular, publicado a principios de siglo por un reputado historiador de entonces. La voluminosa obra en cuestión, profusamente ilustrada, y con la tremebunda imagen de un espeluznante demonio en la portada, recogía un centenar de antiguas leyendas de Castilla. La que hacía referencia a su campo de centeno llevaba por título “El altar del príncipe de las tinieblas”. Sin escatimar en detalles escabrosos, relataba el sangriento historial de la gran roca caliza convertida en fetiche de culto, al menos desde los tiempos de Cristo. En los años más oscuros de la Edad Media vivió su época de mayor esplendor con la celebración de los aquelarres satánicos en honor de Belial.

Por lo visto, el príncipe de las tinieblas gustaba de aparecer levitando sobre la gran roca, reclamando su ración habitual de sangre de doncella virgen. El rey de la perversión y la amoralidad consideraba de su propiedad las tierras de alrededor y amenazaba seriamente a quién se atreviera a adueñarse de ellas y explotarlas en beneficio propio. Según parece, la aterradora maldición les fue revelada al coro de rendidas admiradoras, en una noche en que la gran bacanal alcanzó niveles supremos de locura colectiva.

A grandes rasgos, proclamaba que aquél que osara perturbar el descanso de Belial recibiría el más terrible castigo jamás imaginado por mente humana. El fuego del infierno caería sobre él y abrasaría sus miembros hasta consumirlos. Espantosas visiones lo acosarían sin tregua, día y noche. Insectos del Averno penetrarían en sus carnes y correrían bajo su piel hasta hacerlo enloquecer. Fuerzas poderosas e invisibles al ojo humano zarandearían su cuerpo indefenso como si fuera un muñeco de trapo.

En definitiva, pensó el tío Sam, se describían los lugares comunes de una posesión diabólica, aderezada con algunos detalles singulares que reflejaban la desbordante imaginación de aquellos que habían inventado semejantes patrañas, y la supina estupidez o ingenuidad de los que creían en ellas.

Aunque de familia católica y criado en una tierra cuna de grandes leyendas, Samuel no era nada supersticioso, así que no cejó en su empeño por sembrar el “Campo del Diablo”, ni tan siquiera cuando le contaron que aquellos que lo habían intentado antes, todos sin excepción, padecieron desgracias sin cuento. La ruina y el infortunio se habían abatido sobre ellos y sus familiares, y algunos murieron en extrañas y terroríficas circunstancias.

Al principio, el irlandés creyó que le tomaban el pelo. Cuando cayó en la cuenta de que hablaban en serio, se rio en sus propias narices y se fue, dejándolos con dos palmos de las mismas, harto ya de oír sandeces.

Una sonrisa de irónica suficiencia asomó a su rostro mientras rememoraba los detalles de la esperpéntica historia. Aferrado a la recia baranda de hierro, observaba complacido las bandadas de tórtolas y codornices correteando entre los rastrojos de la mies a la búsqueda ansiosa de los granos caídos y olvidados.

Desdeñando, pues, la ira temible del lascivo Belial, a mediados de noviembre Samuel roturó el “Campo del Diablo” volteando la tierra oscura hacia el limpio cielo leonés. Llegada la época de la siembra, esparció los granos de centeno, venteándolos generosamente sobre los surcos rectos y estrechos.

Su abuelo materno había muerto a la edad de 103 años. Un día le había revelado que el secreto de su longevidad consistía en respirar aire puro, beber buen vino, alguna copa ocasional de orujo, especialmente en las crudas mañanas de invierno, y, por encima de todo, comer alimentos sanos, no contaminados por el demonio de la industria. De la huerta a la mesa, ése era su lema favorito. Buenas verduras, frutas y hortalizas, las mejores truchas del río, cerdos y terneros criados en casa, y todo acompañado por el omnipresente pan de centeno. Despreciaba el pan de trigo, por ser cosa de ricos y señoritos. A mí dadme el pan moreno y amargo, solía decir, noble y humilde como nuestra tierra.

Así que, Samuel no lo dudó un segundo. Consagraría la finca de su abuelo a producir el pan que a él tanto le gustaba y al que atribuía en buena medida su extraordinaria longevidad. Y además, como homenaje a la memoria de su antepasado benefactor, realizaría todo el proceso de siembra, siega y mayado según los métodos tradicionales, los mismos que el abuelo Antón había usado durante seis décadas largas.

A principios de agosto, contrató una cuadrilla de segadores que hoz en mano y cuerno de afilar al cinto abatieron las espigas maduras y las dispusieron en brazadas o “maollos”. Samuel trabajó como el que más aunque, eso sí, con más voluntad que acierto. Los lugareños, partidarios de sistemas de recolección más modernos, se burlaron de aquel “irlandés, medio loco”. Las chanzas y chascarrillos se sucedieron en las casas y tabernas. Al tío Sam no le importó en absoluto. Les hizo el mismo caso que antes había hecho a la leyenda del demonio Belial.

El “irlandés loco” siguió a lo suyo. Las brazadas de centeno fueron amarradas con el garrote y amontonadas en pequeños montículos o “moreneiros”. Durante unos días, “El Campo del Diablo” tomó la apariencia de un singular camping con un centenar de pequeñas tiendas doradas diseminadas sobre su superficie. Los “moreneiros” fueron transportados hasta la era en un carro del país, esqueleto de madera y ruedas de clavos, tirado por una yunta de bueyes.

Los parroquianos redoblaron sus chanzas. Algunos turistas tomaron fotos y grabaron vídeos, desconcertados y admirados ante una estampa que parecía extraída del túnel del tiempo.

Sobre las losas de la era el centeno quedó amontonado en dos enormes “medas”. La parte más complicada de todo el proceso, aún más que conseguir las yuntas de bueyes, fue localizar y poner en funcionamiento una máquina de mayar casi prehistórica, una de las primeras que funcionaron en la comarca, allá por los años 60.

Samuel Barlow organizó “La Gran Fiesta de la Mayega”. La anunciada verbena, precedida de churrascada y vino de la tierra, junto con todo el despliegue mediático que provocó el extraordinario evento, logró vencer las reticencias de los vecinos y consiguió que la gran mayoría participara entusiásticamente en la ancestral faena de separar el grano de la paja. Tanto fue así que, al final, se reunió en la era más gente de la necesaria y algunos en vez de ayudar entorpecían el ritmo de trabajo.

Los más ágiles y atrevidos se disputaban el honor de trepar a la cima de las “medas” y arrojar los “maollos” sobre la boca de la máquina principal. El antiquísimo artefacto funcionaba conectado por una enorme polea con un motor exterior e independiente que pesaba sus buenos quintales. Un par de mozos vigorosos, tras denodados esfuerzos, lograron arrancarlo tirando de la gigantesca correa de trasmisión. Emulando mejores tiempos, traqueteó atronador con renovada furia juvenil y despertó los engranajes largamente aletargados. Hambrienta e implacable, la máquina de museo engulló y trituró las brazadas de centeno que paisanos avezados cebaban sin pausa. Vertiginosa cascada va colmando los sacos que los mozos arrían al hombro hasta el desván de la casona para vaciarlos en descomunales arcones de madera. Al final de la jornada, tres cofres colosales de cuatro metros de largo por dos de ancho rebosan llenos hasta los bordes. Tras muchas fatigas, el preciado tesoro se encuentra a buen recaudo.

En la era, ciega y pincha la ventisca de la “puxa”, engordando las dunas blancas que crecen y se multiplican. La paja de centeno, ya sin grano, es acarreada en apurados “feixes” y se va arracimando en torno a la vara del pajar que por la zona de Galicia llaman “payeira”. Algunos granos salen disparados como perdigones y acribillan las pieles quemadas y rebozadas en polvo.

Y al final de la jornada, pan, sardinas y buen vino tinto para reponer las fuerzas. Con las primeras estrellas estallan los voladores y comienzan a sonar la gaita y el acordeón. La hormiga se vuelve cigarra. La gente canta, come, bebe y baila. La tierra descansa. Se terminó la faena.

A finales de setiembre las muelas de piedra de un gigante quijotesco trituraron el grano y, sin más dilación, unos días después, Samuel coció la primera “fornada”. Una veintena de robustas hogazas emergieron a través de las fauces candentes del pétreo dragón y reposaron sobre la imponente artesa que ocupaba la mitad de la vieja cocina de lareira. El irlandés las contempló con la misma cara de orgullo y satisfacción que un padre primerizo delante de su recién alumbrado retoño.

Esto había sucedido hace quince días y durante estas dos últimas semanas el pan de centeno había estado presente en las 4 comidas diarias de Samuel Barlow Castañeda.

Mientras continuaba asomado al balcón recordando las muy gratas peripecias de los últimos meses, se dijo que debía reducir la ingesta del delicioso maná no fuera que llegara a hartarle y provocarle repugnancia, lo cual significaría, sin duda, una espantosa desdicha.

Había caído la noche sobre el campo. A la derecha, hacia el Norte, en lontananza, se divisaban los enjambres de luces anaranjadas delatores de la ubicación de los poblados, los más próximos en los lindes de la llanura y el resto desparramados por las lomas cercanas y las más alejadas montañas. Al frente, hacia el Oeste, los rescoldos de claridad moribunda rompían la oscura uniformidad del firmamento. Ladró un perro en la lejanía. Más cerca, se oyó el gañido atemorizante de una raposa a la busca del diario sustento. Una pareja de chotacabras discutía con calor en el bosquecillo de encinas. Emergió inquietante el grave ulular de la lechuza como queriendo terciar en la disputa. Cantaban animadamente los grillos y croaban las ranas en la charca del bosque. Algún que otro sapo, vagabundo entre los rastrojos, quiso sumarse también al cacofónico concierto. Soplaba una ligera brisa, inusualmente cálida.

Samuel Barlow se encontraba maravillosamente bien. No recordaba cuando había experimentado tal estado de plenitud y bienestar. Sentía su cuerpo eléctrico, pletórico de energía, y su mente lúcida y despierta, con todos los sentidos alerta, como el tigre acechando a su presa.

Ebrio de dicha, aspiró profundamente, llenando sus pulmones y su cabeza con los aromas y sonidos de las tinieblas campesinas. Cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, respingó sobresaltado, se los restregó y volvió a mirar. Aquello seguía allí.

Un insólito resplandor flotaba sobre las encinas a un centenar de metros de distancia. Una extraña lengua de fuego destellaba con intensidad fluctuante. Tomando como referencia la masa oscura de los árboles, Samuel le calculó unos tres metros de alto por uno y medio de ancho.

De repente, la singular figura luminosa descendió hasta el nivel del suelo, se desplazó velozmente hacia la izquierda, trepó al montículo y se encaramó en lo alto de la gran roca caliza. Allí se quedó levitando como una aparición mariana. Samuel recordó la leyenda. Parecía dudoso que la Virgen María se hubiera aliado con Belial. Raudo, corrió a buscar los prismáticos.

Cuando regresó, la extraña luz había desaparecido. Perplejo, permaneció un buen rato inmóvil, asomado al balcón y rascándose la cabeza. Tratando de hallar una explicación racional, un baile de inciertas conjeturas desfilaron por su mente: los OVNIS de J. J. Benítez, una versión castellana a escala de la aurora boreal, o, en definitiva, cualquier vulgar fenómeno óptico de naturaleza desconocida para alguien como él, pero que sin duda cualquier experto lograría explicar de manera satisfactoria. Decidió que a la mañana siguiente iría a investigar.

Tras una noche de insomnio, se levantó con las primeras luces del alba y se tomó un café bien cargado. Convenientemente abrigado, salió a la fresca mañana de setiembre y comenzó a caminar a través del campo rumbo al montículo y la gran piedra caliza.

Había pasado una noche inquieta, perseguido por legiones de brujas y demonios que volaban montados en lenguas de fuego. Mientras surcaba el “Campo del Diablo” recordó un libro que había leído en su época universitaria. Se trataba del célebre “El guardián entre el centeno” de Salinger. Dejando aparte la personalidad sicótica y bipolar del neurótico Holden Caulfield, su pasaje favorito era aquél que daba título al libro. En el mismo aparecían unos niños jugando, confiados, en un campo de centeno situado al borde de un precipicio. El protagonista confiesa que su mayor deseo sería consagrar su existencia a proteger a esos niños, ejerciendo como guardián entre el centeno.

Samuel se detuvo y miró al ídolo de piedra situado a una treintena de metros. Se le antojó, más que nunca, un frío e impasible centinela vigilando para que nadie profanara sus dominios. El irlandés pensó que, a veces, el guionista del Gran Teatro del Mundo se aburría y decidía sorprendernos con inesperados giros argumentales.

Sonrió irónicamente y meneó con desdén la pelirroja cabeza. Por fin alcanzó la gran roca. No halló ningún rastro ni resto material alguno que pudiera explicar el insólito fenómeno nocturno. Desde lo alto del montículo oteó las tierras a su alrededor. La elevación, aunque modesta, permitía dominar una amplia panorámica al hallarse en medio de una extensa llanura.

El sol remontaba el horizonte de lomas y comenzaba su ascenso hacia el cénit. Ávida de luz, la gran roca blanca destelló con fuerza haciéndose visible en muchas millas a la redonda. Formidable en su esplendor, en lo alto de la montaña de juguete, descollaba como un singular faro a la vera del mar de rastrojos. En ese momento, Samuel comprendió la razón de todo el esotérico magnetismo que el altar pétreo había irradiado desde la más remota antigüedad.

La vieja casona rural, su nuevo y flamante hogar, también resplandecía magnífica. Los primeros rayos matutinos calentaban su poderosa espalda y perfilaban su mole compacta. Se trataba de una edificación pesada y maciza con muros de piedra de más de un metro de espesor y robustas vigas de oscuro roble gallego. Sobre una superficie de unas 6 áreas, se levantaban dos plantas y el  desván, con una cubierta de pizarra a cuatro aguas. En la vasta fachada se abrían cuatro amplios ventanales, dos en cada piso, y en medio de ambos dos balcones con un generoso voladizo y sendas barandas de hierro artísticamente labradas.

Sobre el recio portalón de entrada resalta un escudo heráldico esculpido en la piedra que remite a antepasados de rancio abolengo. Avalaba esto último la capilla adosada, privilegio de las familias más pudientes, y los amplios edificios anexos destinados a cuadras y granero.

En las primeras residían al día de hoy cuatro vacas con sus respectivos terneros, dos caballos, un cerdo y varias gallinas y conejos. Una pequeña granja que Samuel mantenía para dar uso a las instalaciones y porque sabía que al abuelo le hubiera gustado que la hacienda de los Castañeda continuara criando animales, algo que había hecho en los últimos 300 años. El tío Sam había contratado a un mozo del pueblo para que cuidara del ganado. Su mujer lo ayudaba ocasionalmente y se ocupaba de las faenas de la casa.

La exploración del bosquecillo de encinas arrojó los mismos desalentadores resultados. Discurrió sondear discretamente a los lugareños por si alguien había visto algo. De momento, contagiado por el espléndido día y el sol radiante, se despreocupó del asunto y emprendió el camino de regreso.

Al llegar delante de la puerta de entrada oyó a Pedro, el obrero, trajinando en los establos. Lucía, su mujer, solía venir más tarde, alrededor de media mañana.

Durante esa jornada comenzó a cumplir su propósito de consumir menos pan de centeno. Aun así, al terminar de cenar comprobó, sorprendido, que a lo largo del día se había ventilado casi una hogaza entera. Sin duda, no le resultaría nada fácil abandonar su pantagruélica adicción.

A las tres de la madrugada se despertó bruscamente con el corazón martilleando en su pecho y la frente perlada de sudor. Había tenido otra espantosa pesadilla. En su sueño veía de nuevo la extraña luz desde el balcón y decidía ir a su encuentro en mitad de la noche. Al llegar junto al ídolo de piedra, Belial surgía de detrás de la roca y se abalanzaba sobre él.

Su gigantesco cuerpo era un delirante híbrido con cuernos negros y cortos, rabo rojo terminado en punta de flecha, patas de cabra provistas de colosales pezuñas, enormes garras de uñas gruesas y curvadas, y una gigantesca boca de lamprea o tiburón armada con varias hileras de afilados dientes. Samuel despertó justo en el momento en que el engendro del Averno se disponía a devorarlo.

De repente, a Samuel Barlow lo asaltó la súbita y aterradora certeza de no hallarse solo en la habitación. Incluso antes de verla, sintió la instintiva repugnancia y la opresiva angustia provocadas por la ominosa criatura que rondaba su lecho.

Acostumbraba a dormir con la ventana abierta porque aborrecía la oscuridad. Pues bien, cuando despertó, se sorprendió de que la habitación se hallara sumida en la más absoluta tiniebla. Instintivamente, miró hacia el ventanal y entonces comprendió el porqué de la ausencia total de luz. Un enorme bulto negro bloqueaba por completo la entrada de los rayos de la Luna.

Samuel sintió un frío intenso. Bajo su piel erizada correteaban legiones de imaginarias hormigas. Antes de que lograra reaccionar, la colosal presencia sombría se apartó de la ventana y se desplazó hasta los pies de la cama. Los rayos liberados bañaron la imposible presencia delatando sus rasgos bestiales y amenazantes. El tío Sam no recordaba haber sentido tanto miedo en toda su vida. Un grito estrangulado quedó atascado en su garganta. Manoteando con frenesí le dio al interruptor.

Allí no había nada, ni demonio, ni presencia sobrenatural alguna. Se levantó y miró debajo de la cama y dentro de los armarios. Nada ni nadie. Estaba sólo en la estancia. Se desplomó sobre el sofá y respiró hondo, tratando de calmar su alocado corazón. Cuando al fin logró tranquilizarse en parte, reflexionó sobre la tremenda experiencia, llegando a la tranquilizadora conclusión de que debía tratarse de eso que los expertos llaman “rescoldos del sueño”. Según había leído en alguna parte, los estudiosos del tema hablaban de un estado intermedio entre el sueño y la vigilia, donde las imágenes y sonidos de las pesadillas sobreviven durante breves momentos hasta que conseguimos despertarnos del todo.

Pero la explicación no acababa de convencerle del todo. Además, estaba el inexplicable incidente del resplandor que lo había importunado la noche anterior. Otra vez recordó la leyenda, maldiciendo la hora en que se la habían contado. Por un momento, se arrepintió de haber roturado el “Campo del Diablo”.

Sin embargo, a la hora del desayuno, retomando su habitual dosis de pan de centeno, se rio de sus estúpidos temores atribuyéndolos a la desafortunada confluencia de varios factores, cimentados sobre la absurda sugestión provocada por cuentos ridículos y un incidente de origen desconocido pero que, a buen  seguro, obedecería a causas perfectamente naturales.

Esa noche no tuvo pesadillas y durmió de un tirón. Cuando despertó, bastante más tarde de lo que tenía por costumbre, se sintió extrañamente cansado. Notaba el cuerpo como entumecido y desagradables hormigueos recorriendo sus brazos y piernas. Algunos pequeños músculos parecían haber cobrado vida propia y se estremecían regularmente con espasmos intermitentes de variable intensidad. Eran especialmente molestos los localizados en el párpado izquierdo y la comisura de los labios.

La depresión y la congoja se abatieron sobre Samuel Barlow y todo él fue presa de la más angustiosa e inexplicable melancolía. Creyendo haber contraído algún extraño virus, se asustó de veras al verse en tal estado de penosa postración. Consiguió levantarse haciendo un supremo esfuerzo y llamó a Lucía que ya andaba, desde hacía un buen rato, trasteando por la casa. La chica se inquietó al ver su rostro macilento y alarmado, y corrió a las cuadras a avisar a su marido.

El irlandés, normalmente sano como un roble, confesó que se encontraba enfermo y les pidió que avisaran a un médico. Lucía, viendo su estado de nervios, le preparó una tila bien cargada. Mientras se la tomada, aguardando la llegada del galeno, el tío Sam relató a la atribulada pareja los singulares acontecimientos de los últimos días, comenzando por la extraña luz nocturna y terminando con el aterrador fantasma en su habitación.

Cuando llegó el doctor, un tipo joven y risueño, desbordante de vitalidad y buen humor, Samuel le repitió, punto por punto, su extraordinario relato. Mientras lo contaba, cayó en la cuenta, espantado, de que lo había expuesto relacionando la visión del insólito resplandor con las posteriores pesadillas y alucinaciones y el malestar físico y espiritual que ahora lo aquejaba. Sin pretenderlo, estaba dando pábulo a la leyenda del demonio, porque tal vez en el fondo de su subconsciente ya había establecido hacía tiempo la demencial e inverosímil conexión.

El doctor Montemar, abrumado al principio por lo inusual del caso, se repuso con presteza y tomó las riendas de la situación, encarando el asunto con la elemental lógica científica que le habían inculcado en la facultad.  Después de tranquilizar a Samuel sobre el posible origen de su supuesta enfermedad asegurándole que, sin duda, obedecía a causas perfectamente naturales, el joven médico lo interrogó a fondo sobre su historial clínico, sus rutinas vitales, sus hábitos alimentarios, sus problemas y preocupaciones más acuciantes y hasta sobre sus manías, fobias y creencias. El irlandés trató de responder con la mayor sinceridad posible sin escatimar detalle que pudiera arrojar algo de luz sobre su tenebrosa dolencia.

A continuación, el competente galeno procedió a un exhaustivo examen físico del paciente, que arrojó algunos resultados significativos. El tío Sam tenía el pulso acelerado, alrededor de las 90 pulsaciones por minuto, la presión arterial bastante elevada y unas décimas de fiebre.

Todo ello unido al entumecimiento y la sensación de hormigueo en brazos y piernas, junto con los calambres intermitentes en los párpados y la comisura de los labios, y aderezado con las recientes pesadillas y alucinaciones, componía un cuadro clínico ciertamente complejo y desconcertante. El doctor Montemar se mostró perplejo y sumamente intrigado.

Se trataba, eso parecía evidente, de algún mal que afectaba al correcto funcionamiento del sistema nervioso, pero de momento se veía incapaz de concretar más. Así que, sin querer arriesgarse a emitir un dictamen incierto, decidió ser honesto con su angustiado paciente y confesarle que necesitaba investigar y reflexionar sobre el caso.

Se despidió, finalmente, recetándole tranquilizantes y somníferos, asegurándole que en un plazo no superior a 24 horas estaría en condiciones de emitir un diagnóstico certero y poner remedio a su mal. Samuel Barlow se quedó algo más animado, reconfortado por las palabras del doctor Montemar.

Pero, a la noche, las pesadillas retornaron con más fuerza que nunca. De nada sirvieron la tila y los somníferos. El tío Sam se despertó gritando a las dos de la madrugada. Unos segundos antes, él era la ofrenda, estaba a punto de ser sacrificado en el aquelarre. La caterva de brujas adoradoras de Belial lo había amarrado a la Piedra del Diablo sobre una pira de leña de las cercanas encinas, le habían prendido fuego y se habían puesto a danzar, desnudas y enloquecidas, a su alrededor.

El irlandés se despertó justo cuando las voraces llamas comenzaban a engullir sus piernas. La sensación de quemazón era insoportablemente real. Ya despierto del todo, continuaba sintiendo el calor abrasador en brazos y piernas, como si un devastador fuego interior lo estuviera consumiendo lentamente. Encendió la luz y enseguida se arrepintió de haberlo hecho.

Una enorme rata negra se encontraba sentada a los pies de la cama. El repugnante animal permanecía inmóvil, escrutándolo con insoportable fijeza. Le arrojó un libro pero, increíblemente, erró el tiro. La rata no se inmutó. Los ojillos crueles continuaron taladrándolo con malévola intensidad. El tío Sam recordó haber leído alguna historia en la que el demonio se presentaba con la forma de la bestia. Normalmente sentía predilección por las más repulsivas.

Samuel se levantó de un salto y se aproximó a la rata, blandiendo un crucifijo de plata de respetable tamaño que había pertenecido a su abuela. El animal retrocedió rechinando los dientes y se escabulló a una velocidad prodigiosa desapareciendo a través de la ventana. El hecho de que ésta se hallara firmemente cerrada no supuso mayor obstáculo para ella.

El profesor jubilado permaneció largo rato de pie, mirando incrédulo la ventana, con el crucifijo ferozmente apretado dentro del puño, preguntándose  si realmente estaba despierto o aún seguía soñando.

El horrible dolor ardiente que seguía torturando sus miembros lo sacó de dudas. Miró sus brazos y piernas esperando que el humo y luego las llamas surgieran de ellos en cualquier momento. Volvió a gritar, medio enloquecido por el infernal tormento. Nunca se creyó capaz de resistir tanto dolor sin desmayarse. A las voces, acudió Pedro, que se había quedado a dormir esa noche.

El joven encontró a su amo tirado en el suelo, presa de violentas convulsiones, mientras vociferaba con sonidos roncos e inarticulados. El fornido mocetón se acordó de la película “El Exorcista”. En ese momento lamentó profundamente haberla visto.

Afortunadamente, los violentos espasmos cesaron enseguida y de forma súbita. Pedro lo ayudó a levantarse y lo acomodó en el sofá. Samuel, con el rostro horriblemente pálido y los ojos hundidos y extraviados, le contó que el fuego del infierno había comenzado a devorar su cuerpo. Sollozando amargamente, le confesó que daría lo que fuera por poder retroceder en el tiempo y regresar al momento en que jamás había oído hablar del maldito “Campo del Diablo”. Declaró lamentar con toda su alma que la vida no fuera un texto de Word para deshacer los cambios y dejar todo como estaba al principio. En un momento dado, el tío Sam bajó la voz y tras pedirle al estupefacto lugareño que se acercase le susurró al oído que nunca se le ocurriera despreciar el poder de las viejas leyendas.

Pedro, creyendo que su amo había perdido la razón por completo, dijo que iba a llamar al médico, que era lo que tenía que haber hecho hacía un buen rato. Samuel, con una sonrisa desmayada y la mirada del hombre que ha perdido toda esperanza, le rogó que mejor avisara al cura, que el mal que lo consumía no era de este mundo ni estaba sujeto a las leyes del hombre. Y después de decir esto, recogió bruscamente las piernas farfullando algo sobre las tarántulas que correteaban por el suelo de la habitación.

Cuando Pedro se hubo ido, el tío Sam se levantó de un brinco, corrió al baño, se desnudó y se metió bajo el chorro de agua helada de la ducha. Después se frotó el cuerpo con agua de colonia y alcohol hasta enrojecer la piel. Media hora más tarde, reposaba de nuevo en el sillón del dormitorio. El agua fría y las friegas habían aliviado considerablemente la sensación de ardor en brazos y piernas. Por primera vez en las últimas 48 horas se sintió razonablemente bien. Habían desaparecido el molesto entumecimiento y el hormigueo bajo la piel, y los calambres se habían reducido al mínimo. La inesperada ola de bienestar hizo que renacieran sus apagados ánimos y que recobrara las esperanzas perdidas sobre la curación de su mal.

Es posible, discurrió Samuel Barlow, que después de todo se hubiera dejado llevar por la maldita sugestión. Sin duda, algún virus extraño, pero totalmente terrenal, había debilitado su organismo y la dichosa leyenda había exacerbado sus sentidos. Nada del otro mundo, nada que no se pudiera curar. Con el nuevo día vería las cosas de otra forma y olvidaría esta ridícula pesadilla.

Casi llorando de alivio y emoción, se levantó y salió al balcón. El aire frío de la noche leonesa ensanchó sus pulmones, despejó su cabeza y vivificó su mortificado espíritu. Su mirada, de nuevo ilusionada, reptó por el “Campo del Diablo” y se detuvo sobre el ídolo de piedra que brillaba intensamente bajo la luz de la Luna llena.

Súbitamente, una gigantesca lengua de fuego hizo su aparición flotando sobre el monolito. A Samuel le resultó aterradoramente familiar. Ahí había comenzado todo. Nada había cambiado, pensó, todo está perdido.

El fantasmal resplandor latía espasmódicamente, acentuando y menguando su brillo azulado. El tío Sam, completamente petrificado, observó con incredulidad y pavor como la estela del demonio se acercaba hasta él a una velocidad inverosímil, hasta situarse, levitando, a unos 5 metros escasos de su posición y a la misma altura. En el interior de la llama acertó a distinguir una horrenda forma que recordaba vagamente a una especie de humanoide parido por la malsana imaginación de alguna mente enfermiza.

Samuel aulló de puro terror y también de dolor. El fuego invisible abrasaba de nuevo sus brazos y piernas, y las hormigas del diablo volvían a correr bajo su piel. No tardaron en retornar los calambres.

El inenarrable ser se aproximó un poco más hasta rozar la baranda de hierro del balcón. En ese momento abrió los ojos y miró fijamente a Samuel. Sus aguzadas facciones le recordaron a la gigantesca rata de antes. El demonio alzó una garra y lo señaló acusadoramente, dictando la inapelable sentencia. Aquello fue la puntilla para el pobre tío Sam. Su fatigado corazón, incapaz de bombear el enorme caudal de sangre requerido y trabajando a alta presión, comenzó a fallar y terminó por detenerse, literalmente reventado. Samuel se llevó las manos al pecho, lanzó un agónico grito y se desplomó sobre las frías losas del balcón.

Como si de una película barata se tratara, en ese momento irrumpieron en la habitación el doctor y el cura, acompañados por Pedro y Lucía junto con media docena de parroquianos. Montemar se abalanzó sobre el cuerpo caído, le tomó el pulso y comenzó a aplicarle un enérgico masaje cardíaco. Sus desesperados esfuerzos resultaron estériles. Al cabo de un rato bastante largo, el joven médico se dio por vencido y se levantó meneando tristemente la cabeza. Condoliéndose sinceramente, explicó que un par de contratiempos de última hora le habían impedido acudir antes. Se mostró visiblemente afectado por el trágico final de su paciente.

La mayoría de los testigos presentes recordaba a Samuel Barlow como un hombre de nobles facciones, rebosantes de vitalidad y animadas por perpetua y franca sonrisa. Por todo ello, les costó reconocer a su amigo y vecino en aquel rostro deforme y agarrotado, ferozmente crispado en un rictus de intenso terror. En la salvaje expresión de sus ojos, desmesuradamente abiertos, se condensaba toda la desventura y el espanto del mundo.

Como un condenado a las puertas del infierno, relataría más tarde Romasanta a quien quisiera escucharle; añadía, ya de paso y aprovechando la inercia favorable, que el retraso del médico no era casualidad, que nunca había que subestimar el poder y las malas artes del demonio.

El sacerdote le cerró piadosamente los párpados y le administró los últimos sacramentos. A continuación, con voz grave y solemne, pronunció unas cuantas frases en latín y regó abundantemente la habitación con agua bendita. Pedro sufrió otro flash back y otra vez deploró haber contemplado a la niña del cuello vuelto gritándole obscenidades al padre Karras.

El pariente del hombre lobo, con tanto atrevimiento como poca vergüenza, le espetó al cura que mejor sería que se ahorrara el bautizo. Al irlandés ya no le serviría de nada. Según Romasanta, Belial había vuelto para cobrarse cumplida venganza de aquél que había osado roturar sus tierras. El tío Sam no debió haber echado en saco roto la leyenda, él ya se lo había advertido.

A continuación, el erudito cronista oficioso local, viendo que nadie le replicaba, continuó imparable, orgulloso, al parecer, de que el dramático suceso corroborara sus fantásticas y macabras teorías. Explicó que Pedro le había informado de los pormenores del caso detallándole cumplidamente todos los síntomas de la dolencia de Samuel. Haciendo caso omiso de la mueca de fastidio del aludido, aseguró, con una sonrisa de suficiencia y los ojos chispeantes de satisfacción, que éste era un caso clarísimo de posesión demoniaca y que la maldición de Belial, de la que algunos se habían burlado siempre, se había cumplido al pie de la letra.

Allí estaba todo, señaló exultante. El fuego del Averno que abrasaba los miembros, los insectos correteando bajo la piel, las espantosas visiones atormentándolo día y noche, y las fuerzas invisibles zarandeándolo como un muñeco de trapo.  Vaya, más claro ni el agua de las nieves del Himalaya, concluyó; remató, apostillando, que a ver quién tenía ahora las santas narices de negar la rotunda evidencia y que muchos listillos tendrían que tragarse sus obscenas chanzas.

En este punto, el doctor Montemar, con los ojos húmedos de emoción y endureciendo el ceño, tomó la palabra y declaró que después de investigar y reflexionar seriamente sobre el asunto, había llegado a la conclusión de que, en efecto, y con escaso margen para la duda, aquello sido obra de un demonio, el demonio que moraba entre el centeno.

Todos los rostros se giraron hacia él, sorprendidos y espantados. Lo último que esperaban oír era que un hombre culto, que tenía la ciencia por bandera, apoyara la fantástica y aterradora versión del viejo historiador aficionado. El miedo y la congoja se adueñaron de todos los presentes. Algunos miraron recelosos a su alrededor temiendo que Belial hiciera de nuevo acto de presencia para recoger alguna cosa que hubiera dejado olvidada.

A continuación, el doctor Montemar repasó de nuevo las singulares características del mal de Samuel, coincidiendo básicamente con la exposición del erudito local, aunque, eso sí, utilizando una terminología más científica y respetando escrupulosamente el acontecer cronológico de los heterogéneos síntomas. Comenzó, pues, hablando de las visiones y pesadillas, continuó con la sensación de entumecimiento general, los hormigueos bajo la piel, el estado de apatía y melancólica depresión, los dolorosos calambres, la insoportable quemazón en brazos y piernas, y, finalmente, las convulsiones epilépticas.

Aquí hizo una pausa valorativa para estudiar a su rendido y expectante auditorio, echó una significativa mirada a todos los rostros, alucinados la mayoría, babeante de placer el del veterano cronista, y, exhibiendo de pronto una amplia y misteriosa sonrisa, se dispuso a continuar.

—Pues sí, señores, —argumentó —aquí está todo, punto por punto, se trata de un caso de libro. Un caso clarísimo de posesión demoniaca, como muy bien sentenció aquí el experto en leyendas locales.

Romasanta, a punto de levitar, reventaba de dicha por todos los poros. Su rostro de hurón, pálido de ordinario, ardía rubicundo, al borde de la apoplejía. Montemar continuó remedando sus palabras.

—Más claro y diáfano que el agua del Himalaya, en efecto, y aún del Polo Norte si me apuran. Aunque ustedes no me crean y me tilden de loco, les reitero que en este punto estoy completamente de acuerdo con nuestro sabio local, aquí presente. A Samuel Belial lo mató un demonio.

Alzó la mano para silenciar el coro de asombrados murmullos y prosiguió implacable.

—Sí, señores, un demonio. Ese fue el causante de todos los males que aquejaron a nuestro amigo “el irlandés” y que, finalmente, terminaron por provocarle el infarto fatal. Romasanta está firmemente convencido de que ese diablo homicida responde al nombre de Belial. Ahora bien, habiendo llegado hasta aquí, amigos míos, permítanme que disienta sobre la verdadera identidad de nuestro asesino.

Nueva pausa. Los ojos no parpadean. Las respiraciones son retenidas. Las almas en vilo, tiemblan de emoción. El aire denso, casi sólido, oprime los corazones. La tensión se acerca al paroxismo. Romasanta comienza a desinflarse y a mudar de color. Montemar paladea la expectación que gravita sobre su persona y retoma el hilo de su brillante exposición.

—El demonio que mató a nuestro amigo y vecino no fue el famoso Belial, a la sazón uno de los ángeles caídos más importantes. No, nuestro criminal es un demonio mucho más modesto e insignificante, si bien infinitamente más letal que el cacareado príncipe del Averno. Su nombre científico es claviceps púrpurea pero vulgarmente se le conoce como cornezuelo del centeno.

Con estudiado y teatral ademán, extrajo un folio plastificado y lo arrojó sobre la mesa. Todos se arracimaron a su alrededor.

Mostraba la foto, aumentada varias veces, de una hermosa espiga de centeno infectada por un par de feos y diminutos cuernecillos, negros como el carbón.

—Se trata de un hongo extraordinariamente tóxico—explicó Montemar—responsable de un número considerable de muertes desde la más remota antigüedad. Vamos, prácticamente, desde que el hombre aprendió a cultivar el centeno. Interrogué a Samuel sobre sus costumbres gastronómicas y me confesó que en las últimas tres semanas consumía pan de centeno en grandes cantidades, hasta el punto de constituir, literalmente, la base de su alimentación. A instancias mías, Pedro, aquí presente, inspeccionó los arcones donde se guarda el grano y el resultado de sus pesquisas confirmó definitivamente mis sospechas.

El aludido confirmó las palabras del doctor afirmando que tras una minuciosa inspección ocular de los arcones había detectado la presencia del temible cornezuelo. Uniendo la acción a la palabra, introdujo la mano en el bolso de su chaqueta y arrojó un puñado de los funestos apéndices sobre la foto del doctor.

Los presentes se acercaron a mirarlos, aunque se abstuvieron de tocarlos. La turbadora estampa del diminuto asesino imponía respeto. Algunos, incluso, retrocedieron instintivamente, como si realmente tuvieran delante los cuernecillos de algún diablillo olvidadizo y éste pudiera venir a por ellos en cualquier momento.

Montemar tomó de nuevo la palabra para declarar que los efectos de la intoxicación por cornezuelo coincidían, punto por punto, con los síntomas que presentaba Samuel. Como una imagen y su reflejo, recalcó, y añadió que podían comprobarlo, si así lo deseaban, en un manual de micología o en cualquier enciclopedia que se precie.

Mientras recogía la foto y los ejemplares de cornezuelo, las pruebas del “delito” y las armas del “crimen”, remató su brillante narración del caso explicando que el hongo claviceps purpúrea tenía unos efectos absolutamente devastadores sobre el sistema nervioso y era, además, un potente vasoconstrictor, lo cual explicaba también los altos índices de presión arterial que había arrojado el análisis del infortunado irlandés.

A modo de epílogo, informó el doctor que el ergotismo, nombre con el que se conoce el mal del cornezuelo, solía ensañarse con las familias pobres por ser las que consumían el pan de centeno. Comer pan de trigo era un privilegio que sólo podían permitirse las clases más ricas.

Y así terminó la infausta aventura del irlandés Samuel Barlow por tierras castellano leonesas. “El Campo del Diablo” volvió a quedar baldío y tendrían que transcurrir muchos años antes de que alguien se atreviera a roturarlo de nuevo, si es que tal cosa volvía a acontecer alguna vez.

Algunos de los lugareños, especialmente los más viejos, convenientemente aleccionados por un Romasanta que había visto como le chafaban su bonita leyenda, declararon no creerse en absoluto las extraordinarias y sesudas explicaciones que les había brindado el doctor Montemar. Aquel sabihondo matasanos podía decir lo que quisiera, pero desde entonces en adelante, y siempre que transitaban cerca de la gran piedra blanca que se erguía en lo alto del montículo, procuraban no aproximarse demasiado y hacer el mínimo ruido posible.

A tenor de los últimos acontecimientos, había quedado fehacientemente demostrado que el diablo Belial era un tipo muy celoso de sus dominios. Y si querías disfrutar de una larga y venturosa vida, en ningún caso era aconsejable perturbar su sueño, pues el flamante príncipe de las tinieblas acostumbraba a despertarse con un humor de mil demonios.

 

                                         FIN

 

 

 

 

 

 

  

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 121
  • 4.55
  • 137

Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta