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15 min
El imperio más gris de todos
Terror |
13.10.20
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Sinopsis

Relato de terror/suspenso en parte inspirado en una pesadilla tenida hace un año, y escrito para un taller de lectura como un ejercicio.

Cuando caminé sobre la triste avenida, el olor acre de algunas cáscaras de fruta podrida que se descomponían en uno de  los sucios contenedores de basura de un rincón se mezcló con el del humo corrupto que escupian los últimos automóviles quizás sobre la Tierra. 

Aquello confundió mi mente. Estaba transitando entre los últimos resquicios de la vida futurista y moderna, a la vez que el aroma ruin de la podredumbre más baja se asomaba en mis fosas nasales. En otras palabras, me encontraba a mitad de camino, entre el declive de la vida avanzada y tecnológica con la que todos habían soñado alguna vez en el pasado, y el apocalipsis. Pero no habìa de ser un final catastrófico y bello, como muchas veces lo pintábamos, no. En vez de aquello, se iba a convertir en un fin horroroso y lento, uno que respirariamos de manera flemática, viendo a nuestros congéneres morir de formas espantosas, a medida que contemplabamos nuestros grandes edificios caerse hasta quedar completamente vacíos.

La única luz de esperanza que quedaba es que todavía había signos de movimiento, transformados en pavorosos jadeos de estrès, presenciando escapadas angustiantes de los grandes y feos bloques grises. 

Tambièn, me hallaba ya a mitad de camino hacia una de estas edificaciones. En todo el mundo, se habìan convertido en las únicas todavía encendidas, en los últimos reminiscentes de vida. Por todo ello, no sabía si me encontraba esperanzado o completamente arrobado, insensible de todo lo que me pudiera ofrecer la urbe en esa mañana nublada y gélida.

Un sentimiento salió al fin, cuando mis ojos quedaron llorosos, y pude ver el agua cristalina ocupando mis ojos. Me dio vergüenza mostrarme así ante un vagabundo que, inundado de costras en el rostro, volteo a mirarme extrañado. 

A mi paso entre aquellas lánguidas calles, miré mi reflejo en los charcos que se habían formado por la lluvia. Notè a un hombre de altura promedio, agachado, con una chaqueta de color beige, de cabello lacio y a medio peinar, y ya completamente apagado. 

La vista de los enormes edificios que no habìan sido terminados de construir me infundió algo de esperanza. Porque eso significaba que el final ya se había prolongado demasiado, y que pronto terminaríamos de sufrir. Por tanto, de aquí en adelante levante mi cabeza y caminé un poco menos deprimido.

Debajo de un enorme puente se escondía lo que no quería ver. Cadáveres hace poco abandonados me miraban con sus ojos vacíos, mientras la piel de sus cuerpos relucía descompuesta y de un tono totalmente ajeno al natural. Los gases fètidos se desprendían de las pústulas ensangrentadas y llenas de bacterias en sus brazos y cara. Y acompañando a algunas madres, los bebès se miraban como con el llanto congelado, como si la muerte negra los hubiera sorprendido en el acto, para asesinarlos de repente.

Al menos había sido benevolente, pero eso no la hacía menos terrible. Aquella peste los mataba a todos casi siempre en el alumbramiento, porque era transmitida a los recién nacidos y atacaba rápidamente sus sistemas. Casi siempre venían a este mundo obstruidos de sus ojos, y con las llagas, aquellas horribles llagas. De la misma manera, los adultos suscumbìan, aunque de una manera menos fulminante. 

Se había vuelto resistente, y se había convertido en un problema de talla global e incontrolable. Contemplaba, al principio, con cierto horror, como los grandes imperios plomizos que tanto había rehuido se desplomaban de pronto  y a un ritmo inesperado, y como nadie podía hacer nada para detenerlo.

Pero ahora permanecía impasible ante todo el espanto, como si mis emociones hubieran quedado para siempre entumecidas. De mis ojos querían fluir làgrimas, pero nunca terminaban de hacerlo, y mis manos no salìan nunca de los bolsillos de mi abrigo.

Querìa hablar conmigo mismo como de costumbre, pero no podìa lograrlo. Algo me impedía entablar una conversaciòn natural con cualquiera, y algo me mantenìa siempre quedo y palidecido. 

Ni siquiera ante la exposiciòn màs violenta de la muerte mi cuerpo se estremecìa. De manera que seguì caminado a pasos enmudecidos, desconectado del mundo exterior, mientras mi sombra invisible ignoraba a las víctimas sobre el pavimento y los refugios de cartòn. 

Unos pocos habìan tenido suerte de morir en el hospital, que era a donde me dirigìa. Eso era porque estas personas tenían la dignidad de ocupar una estancia en alguno de los pisos, gracias a los pocos familiares y seres queridos que todavìa les quedaban y les recordaban, para despedirse de ellos. 

Pero estos servicios ya no se daban abastecimiento, por lo que tambièn se les habìa ido de las manos. Centenas de cuerpos eran sacados todos los días. Pero solo unas pocas almas entraban, de manera que en ocasiones había cierto equilibrio. De todas formas, la agitación y los llantos se respiraban dentro de ellos a diario. 

La mañana que yo entré fue uno de esos días pacíficos. Los enfermeros arrastraban con velocidad las camillas de aquì para allà, y en la entrada, los vehìculos policiacos y sus luces ya no tenìan efecto sobre mi. 

Los cristales azules y que dejaban ver los pasillos principales del gran edificio a lo lejos le conferìan un aspecto todavìa màs sombrìo y mortecino. Siempre detesté esa pulcritud que querìan reflejar con sus colores blancos y monótonos, junto a las enormes filas de personas extenuadas y durmiendo en los pisos. Siempre temí que yo tuviera que pasar por algo así.

El escalofrìo recorriò mi cuerpo indiferente cuando puse un pie dentro de sus lìmites. Me quedé unos segundos inmòvil, como preguntándome si realmente iba a inmiscuirme dentro de todo ese ambiente. 

Incrèdulo, avancè mientras todavìa escuchaba algunos dèbiles sonidos de automòviles en movimiento. La maquinal sinfonìa dio paso a una de sollozos y llantos inconsolables. Eso lo percibí justo antes de subir los primeros escalones hacia el segundo piso. Los guardias me esculcaron, mientras di un vistazo detràs de mi, para mirar la escena màs funesta que iba a presenciar en meses. Serìa, sin embargo, el último contacto con seres vivientes que iba a tener. En los plàsticos asientos naranjas, personas tristes y abatidas dormìan abrigadas, como esperando solamente por el aviso de la muerte de sus idènticos. 

¿Por què lo harían? Recorrí con la vista a cada una de ellas, junto a unos pocos niñitos, y me había quedado tan arrobado mirando, que no me di cuenta cuando los vigilantes me dieron la orden de subir.

A medida que mi mano recorrìa el frìo metal lustroso del pasamanos de las escaleras, supe que esa iba a ser la última piel que tocarìa.  Los lloros se acrecentaron cuando por fin estuve en la segunda planta. Aquello por fin me espantó, sacándome por un momento del estadìo de congelamiento en que me encontraba. Porque distinguí las palabras de algunos de esos plañidos, y porque transitè por en medio de algunas de las habitaciones. Y porque esos lamentos se sentìan realmente, mezclàndose en una algarabìa de tensiòn despedida por el personal de la clínica, junto a los uniformes y molestos llamados de los teléfonos.

Algunas enfermeras se abrieron paso para quitarme del camino, porque me había quedado obnubilado de nuevo, justo en medio de todo aquel caos de color azul. ¿En quièn me habìa convertido, para no salir nunca de mi escondite, y darme cuenta de la situaciòn que a cada minuto estaba sucediendo en las urbes? ¿Què clase de ser indiferente era, para ignorarlo todo, y solo quedarme atontado de repente, estorbando la senda de los auxiliadores de vidas?

No habìa querido salir por cobardìa, y porque sabìa que todo aquello serìa desgastante y horrible para mì. Pero cuando vi a esas personas en el piso de abajo, aguardando para el final, y cuando notè las últimas señales de vida… supe que tal vez, probablemente, valìa la pena. Para ellos, porque yo siempre había sido un ermitaño, y porque sabìa que nunca iba a enfrentarme a los problemas, hasta que alguien o algo me obligara a hacerlo. O porque hubiera algo demasiado importante o vital de por medio, como lo que estaba a un lado de mi, en uno de los cuartos, y que no quería voltear a mirar.

Cuando por fin lo hice, presencié una vez más a la muerte, pero esta vez en ejecución y a unos pocos metros frente a mi vista.  Mi vulnerabilidad estaba solo protegida por una estèril puerta de cristal, desde donde observaba. Mi limitada perspectiva no me dejó escuchar con claridad, como aquella mujer, destinada a la muerte, daba luz, contaminada por la enfermedad, con los mèdicos socorriendole en el proceso. Cuando miré a la criatura, la cual había venido sin vida, mi mano tocó el cristal en un afàn por ir y hacer frente.

Casi sin darme cuenta, las lágrimas por fin habìan salido de mis cuencas derruidas por el estupor. Mi rostro se arrugó para dar paso a un llanto sincero, pero silencioso. Mi nariz se sacudió, y todo mis músculos se aflojaron. Me sorprendì de que mi gimoteo fuera distinto al de todos allì, tan pusilánime, tan secreto. 

Cubrí mi cara, otra vez, por alguna razón inentendible. Seguìa teniendo vergüenza, pese a toda la situación, de que todo mundo mirara lo desprotegido que estaba, despuès de haberlo escondido por tanto tiempo, y que explotara de pronto; aunque desde el principio nadie me hubiera visto.

Así que escapé de allí, arrepentido de haberme infiltrado, porque desde el principio sabía lo que iba a ver. No me importò nada màs, ni las personas que habìa visto antes, ni los mèdicos, ni los automòviles. Solo quedaba ya regresar a donde antes, a volverme a esconder. 

Mis zapatos hollaron el sucio piso de concreto de vuelta al puente donde los muertos desplegaban hondos huecos pestilentes para la autopista, y mis làgrimas se dispersaron como llovizna entre los restos que los vagos sacaban de los basureros y que para ellos eran todavìa ùtiles. 

No puse antenciòn a las grandes pantallas que, alzando sus voces, daban noticias siempre catastróficas para todo el mundo. Yo ya sabía lo que estaba pasando, y lo que iba a suceder. No necesitaba volver a mirar esas crudas y asquerosas imágenes, plagadas de pánico. Todo lo que quería hacer era escapar de todos, de las edificaciones colapsadas y a medio terminar,  como si me persiguieran. No quise volver a mirar la descomposición y la decadencia, en medio de la cual la rutina se rehusaba a morir. 

Mientras corría, veía solo una tenue cortina de agua transparente sobre mis cristalinos, y que no terminaba de brotar. Finalmente, había sido presa de mis emociones, luego de un largo, largo tiempo. 

A medida que me alejaba de todo aquello, la sensación de persecución se había calmado. Habìa llegado al lugar donde antes me había parado, temprano, a los límites de la metrópoli. Desde lejos, una vista aùn màs deprimente se asomaba entre los escombros. Trozos de concreto y madera, como ruinas que yacían bajo mis pies, dificultando mi paso. El viento gèlido soplaba ahora entre las feas plantas y mi cuerpo huesudo, Comencé a temblar, resistiendo el impulso de detenerme a mirar.

Una leve ventisca quiso aparecer, azotando con fuerza los restos de vidrio roto en las ventanas de algunos edificios todavía en pie, pero abondados. El sonido que producía era espeluznante, pero el frío no me permitía concentrarme para reflexionar.

Cubrí mis sienes con la bufanda que llevaba escondida en el bolsillo interior de mi chaqueta, y mis instintos de supervivencia me impulsaron a andar cada vez más rápido. 

Era yo contra la furiosa corriente, que ahora arrastraba sucio polvo y hierbas, en medio de un día grisáceo, sin nada más que la muerte por ofrecer.

¿Por què todos seguìan temiendole tanto? ¿No era acaso el fin de los sufrimientos  para todas estas personas? No me detuve a pensar demasiado, porque la fuerte rafaga congelò tambièn mis pensamientos y mis làgrimas. 

Mis piernas atormentadas por el frío y el cansancio me llevaron hacia un lugar menos poblado por la destrucción, hacía un campo abierto cubierto de pastizal gris, más seguro, aunque no menos sombrío. 

Un poco más allá, una solitaria casita como una sombra gris se veía, con los pastos agitándose ahora en medio de una leve lluvia. Caminando hacia allà, ya nada esperanzado, sentì nuevamente el calor recorriendo mi cuerpo. Ahora me detenía frente al camino que llevaba a la puerta, hacia mi hogar, desde donde estaba a salvo de las hórridas vistas de cualquier ciudad apagada, de todo edificio gigante que interrumpiera la vista.

Ninguna persona existía aquí, y mi jardìn, todo seco, ahora estaba reemplazado por las viles matas amarillas que de lejos parecían oscuras. La puerta, toda desgastada, de un color que antes había sido verde oscuro, me daba la bienvenida a medida que empleaba las llaves para entrar.

Entrè, para encontrar mi domicilio todavìa en orden, desahuciado por los años, y en total silencio. La penumbra del dìa nublado se dejaba entrever entre todos los rincones. En la mesa y en la alacena, unos cuantos víveres, y en los sillones, no había nadie. 

Las ventanas ya estaban rotas, aunque reforzadas con pedazos de madera para ahuyentar a los curiosos y a las tormentas. Las cortinas me servìan para darme màs seguridad todavìa. Me gustaba quitarlas a veces, pero ahora, esta vez, ocluí todas las ventanas con ellas.

El color púrpura oscuro invadió toda la casa, y me fui a esconder en la sala. Allí, las sombras eran todavía más evidentes. Me metí allí cuando no quería que nadie me molestara, o cuando sentía que mi existencia se veía amenazada.

Descansè mi cuerpo derrotado sobre el pequeño sofà. Tomè el control remoto de la mesita de al lado, suspirè y encendì la televisiòn. Solo unos cuantos canales se veían, pero era de todos modos inutil, porque en todos ellos se daban los mismo informes de desgracia todos los días, distorsionados por los sonidos de estàtica.

No sentí ninguna emoción. Solamente, despuès de haber cerrado la puerta, despuès de haber tapado todas las ventanas, y despuès de haberme quitado la chaqueta, reflexionè. 

Esas fachadas de concreto, duras y filosas, iluminadas por luces tenues, ese pasamanos glacial que había tocado, y ese cristal transparente… siempre habìan tenido un efecto mayor en mì, mayor incluso al de la muerte y la adversidad mismas, a tal punto que, nunca jamàs, me habìa atrevido a salir.

Siempre había juzgado a ese mundo exterior, de ser cruel y feroz, monótono y vulgar, pero nunca me había detenido a mirar a esas personas. Ellos solamente estaban dentro de ese insensible imperio, no porque ellas querían, sino por mera supervivencia. Y eso se había dado a relucir a un grado superlativo con lo que ahora estaba pasando. 

Siempre preferí presenciar todas aquellas malas noticias desde mi cómoda alcoba, guarecido en las sombras, mirando la pequeña pantalla en lugar de esas colosales proyecciones que se daban en las capitales, que al fin y al cabo, eran lo mismo; asumiendo que todo andaba mal. Pero nunca quise salir a enfrentarlo, porque tenía miedo, desde aquella vez, cuando mis emociones quedaron contraìdas por ello; hasta que esto pasó. 

Pero si algo llegué a comprender a la perfecciòn, fue a la necesidad de esas personas de seguir allì, en pie, en medio de tanta calamidad, pese a todo. Nunca entendì sus lamentos y sus rostros llenos de pena, junto a sus queridos familiares que habìan pasado de este mundo, por què no buscaban la muerte como salida final; solo hasta que decidì salir y enfrentarme, esa mañana, yendo hacia el hospital, para verlos a ellos, ella y él bebè, a los mìos, sucumbir ante la muerte misma. 

 

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Soy el escritor transparente. Tengo 21 años de edad.

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