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4 min
El infierno
Reales |
23.07.20
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Sinopsis

El despertador suena y retumba. Las paredes grises se funden con la negrura del día aún no amanecido. El obrero levanta levemente la cabeza para comprobar la hora, deseando rascar algún minuto más al día que se cierne sobre él sin ningún remedio. Al salir de la cama se ve aquejado de un dolor de espalda muy fuerte; no se recupera igual de rápido que cuando era joven. Pero el trabajo debe de continuar, da igual como esté un simple peón. El flujo de dinero nunca debe detenerse. Y él se ve obligado a cualquier cosa con tal de poder tener los bienes justos para comer y cubrir los gastos de su hogar.

La luz se prende con un ligero "clic" y los hinchados ojos del obrero no se dignan a cumplir su cometido de mantenerse abiertos. Mientras se lava la cara recuerda que para ese tórrido día de agosto se esperan temperaturas de 45 grados. Trata de gemir, pero el nudo de la garganta se lo impide. El año anterior un compañero suyo murió por un golpe de calor tras una jornada particularmente extenuante. Desde entonces él va con miedo a trabajar. La juventud ya no es una de sus virtudes y teme llevar su cuerpo a un límite superior a sus fuerzas. Además, esa jornada la debía completar en una obra a casi una hora de su casa en coche. El viaje se le va a hacer largo bajo el joven sol matutino. El obrero se viste con su mono azul y se siente con más fuerzas. Las botas, viejas y raídas, dejan ver el calcetín por algunos agujeros. Por lo menos los pies se airearán y no le sudarán tanto. Pequeños consuelos. El obrero es capaz de ver variantes positivas en el infierno de su trabajo; infierno en temperatura y en dureza. Todo por un sueldo miserable. Se cree con el cielo ganado tras el sufrimiento. Que todo tendrá su recompensa. Lleva años esperando.

Las llaves giran en sus dedos, creando círculos perfectos invisibles que se pierden en la limpia mañana. El efímero movimiento se ve interrumpido al llegar el obrero ante su viejo coche. Decenas de palomas han hechos sus necesidades encima del vehículo durante la noche. El obrero cree que eso le dará buena suerte. Se monta y el olor a ambientador le embriaga las fosas nasales y se siente más despierto. Pone rumbo al infierno, a su infierno particular, al de todos los días aunque sea en lugares distintos. Se ha acostumbrado tanto a él que se ha hecho amigo del Demonio. De vez en cuando, el presidente de su constructora pasa a observar cómo trabajan y le generan dinero sus cientos de empleados. Si ve holgazanear a alguno le increpa sin pudor ni recato delante de sus compañeros. Tras ello, se coloca bien la corbata y continua caminando por la gravilla y el polvo, manchándose sus pantalones y mocasines. El obrero mantiene una amistad cordial con él, a pesar de todo. Charlan de vez en cuando y se dan a conocer pequeños detalles de su vida privada.

La carretera está oscura y el obrero da varias cabezadas por culpa del sueño. Baja las ventanillas y deja entrar el aire. Sabe que al menor descuido su vida se perdería de camino a su pesadilla. Poco le importaría a su empresa. Contratarían a otro peón. Quizá hasta consiguieran que cobrara algo menos que él. Su muerte sería hasta positiva para el bolsillo de alguno.

Logra mantenerse despierto y llega a la obra. Varias montañas de tierra le reciben. Alguno de sus compañeros esperan con el peto fosforescente y fumando. Sueñan con salir de allí. Nunca lo lograrán. El obrero aparca el coche. Suspira. Al terminar su jornada se preparará lasaña. Es un trabajo extra pero merece la pena para darse una buena cena. Eso sí, el atracón debe ser moderado pues al día siguiente debe estar en el mismo lugar a la misma hora. El infierno no concede descansos ni excepciones. Necesita sudor para engrasar la máquina y que unos pocos se beneficien de ello.

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Graduado en Periodismo por la UPV/EHU. Intento de escritor. Intento de periodista.

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