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7 min
EL INFIERNO PARADISIACO
Humor |
04.12.18
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  • 87
Sinopsis

Un hombre se muere, y cuando va a la otra vida descubre que no es como se la habían descrito.

Aquella mañana de un lunes cualquiera Martín García poco antes de salir de su casa para ir a la oficina, sufrió un fatídico infarto de miocardio y cayó fulminado al suelo.

Entonces insólitamente su alma, o su energía - como se prefiera llamarlo-  en la que iba implícito un psiquismo emocional y vió ante sí como en un retablo, o una aleluya todos los actos significativos de la vida que había dejado atrás tanto buenos como malos. Pues él no había sido ningún santo, pero tampoco un malvado. En todo caso había sido un hombre muy corriente que unas veces - las más- se había equivocado con sus semejantes, y otras pocas había acertado.

Seguidamente para el asombro de Martín éste se halló en el interior de un lujoso vestíbulo de un edificio que tenía las paredes de cristal a través de las cuales se vislumbraban cromáticas flores de distintos colores, y le atendió una recepcionista de edad indefinida.

- Vaya... Ahora llega usted en un mal momento señor García - le dijo la recepcionista consultando un ordenador futurista-. Estamos saturados de personal. Mire. Vaya a la planta baja llamada por los humanos "infierno", y cuando podamos ya le llamaremos para que vuelva aquí.

-¡Pero mujer! ¿Por qué tengo que ir ahora al infierno si yo nunca he sido una mala persona? ¡Vaya mierda de organización celestial! - se quejó Martín con toda la razón-. Y San Pedro ¿dónde está?

- Usted no se preocupe que ya sabemos quién es. En cuanto al "jefe" ahora está muy ocupado y no le puede atender.

Martín oteó con la mirada el interior de un departamento que tenía la puerta entornada que había en aquel recinto y vió a un  sujeto de mediana edad, con una raída barba entrecana; de cabeza cuadrada, y con una expresión huraña. Si aquel hombre era San Pedro no se parecía en nada a las imágines de aspecto venerable que mostraban las iglesias.

Al recién llegado le bajaron en una especie de ascensor a un inusitado espacio en la planta baja que era un lugar muy diferente del tenebroso "infierno" que solían describir los religiosos.

En realidad se trataba de una confortable estancia animada por una música melódica en la habían varias mesitas que eran peceras de colores, junto a las cuales habían unos mullidos divanes. Y en un ángulo de dicha sala se hallaba el bar atendido por solícitos camareros.

A Martín le dio la sensación que más que encontrarse en el MÁS ALLÁ que estaba en un PUB (una especie de bar musical) de su ciudad.

Martín se acercó deslumbrado por aquel señorial  y lúdico ambiente a la barra del bar, y un joven camarero le preguntó lo usual:

- ¿Qué desea tomar el señor?

- No sé... ¿Qué me recomienda usted? - respondió indeciso Martín.

- Usted es un hombre distinguido. Se ve enseguida. Le serviré un wisky "Chivas" de doce años de antiguedad. - le dijo el camarero.

- Pero esto es muy caro - repuso el cliente que no dejaba de sorprenderse.

- Calle. Invita la Casa. No faltaría más.

- Muchas gracias. Es usted muy amable.

Tan pronto como Martín empezó a padalear aquel delicioso néctar que no tardó en achisparle, se le acercó una guapa mujer morena que tenía una tan penetrante como vivaz mirada, la cual se presentó con una familiaridad afectiva que invitaba a liarse con ella. Aquella espontanedad femenina a nuestro amigo le llamó poderosamente la atención porque él venía de un rincón del planeta donde las mujeres tenían fama de ser ariscas, eran poco dadas a la cordialidad con los varones; razón por la cual  al hombre le había costado un gran esfuerzo poder ligar.

- Hola. Me llamo Anabel. Tú eres nuevo aquí ¿verdad? - inquirió la chica con una tintineante voz.

- Yo... yo... ¡Ejem! Me llamo Martín. Y sí acabo de llegar - respondió él bastante turbado por el encuentro con aquella dama-. ¡Que mentiras nos contaban los frailes de mi escuela sobre el MÁS ALLÁ! ¿Qué sabían ellos? - expresó de pronto en un arranque de sinceridad-. Aquellos tipejos no eran más que unos seres pusilánimes y envidiosos que nos querían amedrentar para tenernos dominados. ¡Pero conmigo dieron con un hueso duro de roer! Ellos han sido los únicos responsables de que la gente se haya vuelto agnóstica y descreída.

- Sí. Eso es verdad. Oye. ¿Sabes que eres un hombre muy interesante, y muy inteligente? Lo digo en serio. A mí me gustan los tipos que tengan una personalidad fuerte. Que trengan su propio criterio y no se dejen manipular por nadie.

En el acto la autoestima de martín subió como la espuma del cava, y sacó pecho ya que se sentía exultante de felicidad.

- Yo no quiero perderte - prosiguió Anabel-. Quiero ser tu fiel compañera.

Martín estaba pasmado; fuera de sí puesto que nadie se le había ofrecido con tanta generosidad.

- Sí. Me consta viendo tu estilo que nadie te ha sabido comprender como realmente eres, ni amar de verdad. En cambio conmigo siempre tendrás un apoyo incondicional para todo, y no te pondré ninguna pega. Además aquí podrás dar satisfacción a cualquier deseo existencial que tengas, y que en la Tierra no has podido realizar - le dijo aquella beldad.

Dicho aquello ambos se besaron ardientemente en la boca sin ninguna reverva.

Anabel tomó de la mano a aquel visitante y se lo llevó a una vistosa "suite" en la que había una atractiva camarera rubia parecida a la cantante Madona en sus mejores tiempos, haciendo la cama que asimismo desbordaba simpatía por todos sus poros, por lo que Martín igualmente se sintió atraído sexualmente por aquella mujer.

- Martín. Quiero que sepas que yo no soy celosa. Si en algún momento deseas acostarte con la camarera, puedes hacerlo sin complejos, porque aquí esto no tiene la menor importancia. Sé muy bien que los hombres por naturaleza tendéis a la poligamia, y por tanto no te haré ningún reproche - le anunció Anabel a su acompañante.

La pareja estuvo retozando unos minutos en la cama envueltos en una dicha indescriptible. Mas cuando estaban en el punto más álgido Martín recibió la orden de regresar al "cielo" porque su puesto allí ya estaba reservado.

El hombre con gran fastidio no tuvo más remedio que obedecer, y en un santiamén se vió de nuevo en aquel extraño edificio de cristal.

Sin embargo en dicho lugar a Martín lo recibieron con frialdad. Además el malcarado y puritano San Pedro que no admitía bromas de nadie no le inspiraba confianza alguna. Por otro lado los seres angélicos que encima eran del género neutro se pasaban las horas tocando el arpa con un aire bucólico subidos en una nube, y eso era todo.

De manera que a Martín aquel ambiente se le antojó que era sumamente insulso y aburrido. En consecuencia decidió volver al "infierno" para estar junto a Anabel.

Lo chocante fue que cuando llegó allí aquel magnífico bar estaba cerrado, así como aquella estupenda sala que estaba vacía de personal le produjo una desolación infinita. Y cuando Martín se cruzó con Anabel ésta se mostró esquiva, y muy antipática con él.

Entonces Martín abrió una puerta que había en aquel departamento para poder escapar y se le cayó encima un montón de excremento. Abrió otra puerta y una llamarada de fuego lo dejó casi chamuscado.

Desconcertado se fue a ver al diablo-conserje y le preguntó:

- ¿Qué está pasando? ¿Por qué esta zona era antes un lugar tan agradable donde te prometían una serie de cosas, y ahora es tan feo y tan horrible?

- ¿No lo sabe? Es que cuando usted llegó aquí habían ELECCIONES GENERALES- le respondió el diablo-conserje con chanza.

Y Martín se dejó caer vendido en un sillón.

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