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9 min
El intruso
Terror |
06.08.18
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  • 59
Sinopsis

                                                                      EL INTRUSO

 

              Una de las cosas que más me irritan es perder objetos dentro de mi casa, justo antes de salir, sobre todo las llaves, la billetera o los documentos. Me hacen perder minutos preciosos que después tengo que recuperar corriendo por la calle para alcanzar el autobús.  En varias oportunidades  me ha pasado de tener que irme de mi casa sin alguna de estas entidades preciadas  y sufrir sus terribles consecuencias.

                 Sin embargo, últimamente no es esto lo que más me preocupaba,  ya que con el tiempo he aprendido a prevenir los hechos y los he minimizado al máximo, sino que he descubierto que me está o fallando la memoria, o directamente tengo un intruso en mi casa que insistentemente  me cambia las cosas de lugar.  Me inclino por la primera de las hipótesis, la más lógica, la más acorde a mi edad y la que  no contradice mi historial de objetos perdidos en mi hogar.

             Todo comenzó no mucho tiempo atrás, con desapariciones insignificantes, como vasos, cacerolas  o simplemente  artículos de limpieza que aún  no he podido localizar a ciencia cierta.  Quizás los he tirado y no lo recuerde, o también quizás los he perdido y punto .En este caso lo que me está fallando es la memoria y lo mas atinado es que consulte a un médico. Pero no todo parece tan sencillo. Han sucedido otros hechos inexplicables que abonan la segunda teoría, la del intruso.

                 Para comprobar la segunda teoría me armé un plan de acción sencillo que consistió en hacerme un pequeño inventario  de objetos,  muebles y  adornos antes de salir a la calle. Lo llevé  a cabo sacando fotos de todas las habitaciones, armarios y cajones. Lo hice antes de un viaje corto que tuve en el comienzo de la primavera; las conclusiones fueron determinantes, cuando retorné encontré todo  fuera de lugar,  cambiado a propósito  por alguien que evidentemente tenía mis llaves,  conocía mi departamento por dentro y estaba buscando algo. Lo llamativo del caso es que no me habían robado nada, el hecho  parecía suscribirse  a  una rara maniobra intimidatoria sin una causa aparente.

             Lo primero  fue descartar a mis vecinos, la mayoría ancianas incapaces de violar una propiedad  y menos  de tener una copia de mis llaves. Nadie tenía una copia y ese era  el punto de partida de mi investigación. ¿Cómo se apropiaron  de mis llaves, sabiendo además que yo moraba  solo en esta propiedad  hacía solamente seis meses? ¿Cómo sabían mis movimientos,  mis horarios y mis costumbres? Evidentemente el intruso me conocía y además  era un experto  y sabía cómo abrir mi puerta sin una llave.

                  Resuelto el tema de las llaves, ahora solamente me restaba atraparlo y para eso me idee   un sistema  fácil de cámaras que puse en algunas habitaciones, las más concurridas. Estas cámaras eran muy pequeñas y estaban conectadas a mi computadora. Una estaba en mi dormitorio  y otra en el living  de frente al pasillo de entrada. Antes de usarlas las probé un domingo a la tarde y las calibré  para lograr una mayor nitidez. Las imágenes eran un poco difusas pero funcionaban a la perfección.

                      Al otro día las conecté  antes de partir y me cercioré  de que estuvieran grabando. Dejé algunas luces prendidas por si el intruso entraba a la tardecita, saqué  fotos de los cajones  y roperos y me marché  ansioso a esperar mi regreso a la noche.  Ese lunes  fue más complicado de lo común y volví muy tarde. Abrí la puerta  como si estuviera entrando a una casa ajena  o a una casa ocupada. Deduje  a simple vista que estaba  todo en  orden, los  muebles, la cama, ropero y demás;  las camaritas seguían grabando,  me pude ver  reflejado en una de ellas  cuando me acerqué  a desconectarla. Luego me dirigí a mi computadora y rebobiné  el día entero de grabación. Eran muchas horas, opté  por pasarla en cámara rápida. Y fue justo a mitad de camino que lo vi entrando a mi casa por la camarita del living; únicamente se veía una silueta, era casi de noche, no pude distinguir su cara, pero lo vi revolviendo mis cajones   y armarios en la otra cámara como buscando algo. Ahora tenía la prueba irrefutable de su presencia, la demonstración de mi teoría; pensé en acudir a la policía, pero…  ¿para denunciar qué cosa,  si no había ningún faltante?

                Desistí de inmediato de pedir ayuda para resolver este misterio. No tenia prueba ninguna, ni identificación del  sospechoso, ni nada, haría un papelón en la comisaria, pensarían que estaba loco o algo por el estilo. Revisé  minuciosamente cajones y armarios, estaban revueltos  pero  no faltaba nada, o  mejor dicho, casi nada, porque descubrí  después, que había un faltante y era nada menos que un cuchillo de plata que había comprado en un pueblo del interior. El cuchillo yo  lo había dejado dentro de un cajón por si tenía que usarlo  como un arma de defensa. No tenía mucho filo, pero  así y todo  era una tranquilidad saber que estaba allí. ¿Esto era lo que buscaba el hombre, todo este movimiento por un simple cuchillo? 

             El intruso, sin embargo ahora poseía un arma y esto era peligroso,  tanto para mí como para terceras personas.  Se me ocurrió  poner más cerrojos  a la puerta, una segunda llave que pensé era la solución. Con eso logré que se alejara, al menos,  por un período, que se redujo   cuando el misterioso hombre descifró  la combinación de la segunda llave y la camarita lo registró  nuevamente, pero ya no buscando el cuchillo, sino que se lo veía de un lado para el otro hablando  en solitario o con alguien que no pude verle bien  la cara. Ahora eran dos las personas que violaban mi hogar y eso era imperdonable. Se los advertía a veces discutiendo, pero el sonido de mi equipo no me  permitió distinguir el contenido de la conversación.

          A lo largo del tiempo esta historia del intruso derivó  en una rutina que me resultó  a veces hasta  divertida; esperaba ansioso terminar mi jornada en la oficina para irme a mi casa  a ver en qué  andaría la historia del intruso y su  misteriosa compañera. Hasta  que un día, esas conversaciones se transformaron en acaloradas discusiones de las que yo  sin querer me hacia partícipe. Discusiones que terminaban  generalmente con violencia, lo que me puso en alerta de que algo raro estaba pasando frente a mis narices. No podía permitir que eso sucediese en mi propia casa.

            Los insultos y cachetazos pasaban desapercibidos para los vecinos pero no para mí; los gritos de ella  eran muy agudos y desgarradores,  solo les ponía fin el intruso tapándole  la boca y  atándola sobre la cama con una cuerda que creí reconocer. Los abusos ocurrían con ella atada a mi cama y siempre a la misma hora. Decidí ponerle fin a esta tortura llamando a la policía pero no fue necesario, ya que una tarde cuando entré  a mi casa y prendí  la computadora y rebobiné  la cinta, vi que el intruso  la mató  con el cuchillo de plata y descartó  el cuerpo sin que nadie, ni siquiera los vecinos se enterasen de nada. Evidentemente  se trataba del trabajo de un verdadero profesional.

           Se produjo un largo silencio en mi casa por mucho tiempo y mi vida  retornó a  la normalidad. El intruso no había dejado ningún rastro de su paso por mi casa y menos de la mujer,    a la que  tampoco  pude reconocer. Las cintas las volví a ver una y otra vez  sin poder sacar ninguna conclusión, las imágenes no me permitieron distinguir ningún rostro y el sonido era muy precario, apenas  diferencié  algunas palabras de la mujer pidiendo clemencia. No obstante, debo confesar, que eché de menos  a las cintas,  a ese momento tan esperado de la noche, a esas imágenes perturbadoras,  a su desenlace fatal.

         El intruso desapareció pero me dejó  algunas inquietudes intrigantes. ¿Qué haría yo de aquí  en más con las grabaciones? ¿Debería hacer la denuncia o quedarme así y convertirme quizás a la larga, en un encubridor? Tampoco  podía caer en la inocencia de creer que yo no tenía algo que ver, los hechos ocurrieron en mi casa, en mi propia cama y sin forzar mi cerradura. Alguien en algún momento se aparecerá preguntando por el paradero de la mujer. Yo lo sabía  y tenía que estar preparado para ese momento.

              Momento que no se hizo esperar, porque a los pocos días  sonó mi timbre  un sábado a la mañana. Recuerdo que hacía mucho frio y  estaba muy nublado y una vecina se quejaba de que no andaba la calefacción. Era la policía buscando el paradero de una mujer desaparecida y que según sus contactos ella había estado en mi casa. Yo negué en todo momento conocerla, lo cual era cierto,  pero supuse según la breve  descripción física que podría ser la mujer del intruso. El policía traía una orden de allanamiento al que accedí sin ofrecer resistencia.

                 Examinó  toda mi casa sin encontrar  nada que le sirviera a su investigación, salvo por  las camaritas que por un descuido  yo las había dejado olvidadas y enchufadas. Las  trató  de conectar a la computadora para ver su contenido,  pero fue en vano, porque el intruso, como pude observar luego yo en la cinta, no se lo permitió.

                

              .

           

                 

              

           

 

       

 

                 

           

            

           

                   

              

 

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