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3 min
El joven que quería ser ladrón
Humor |
23.02.20
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Sinopsis

Dice una canción de Rubén Blades: Si naces para martillo del cielo te caen los clavos.

Con un porro en la boca, Goyo, de catorce años, se hacía el importante delante de los tres amiguetes escapados del instituto. Les decía que él iba a ser ladrón de profesión y que tendría su propia banda de delincuentes. Y para demostrarles que lo decía en serio, se acercó a una chica que miraba un móvil y de un tirón se lo arrancó de las manos. Huyó a toda velocidad. La pandilla lo siguió gozando de la aventura. Atrás quedó la chica gritando ¡Al ladrón!

Cuando alcanzó lo alto de una loma, esperó a sus compinches. Riendo satisfecho les mostró el móvil robado. Era un modelo caro. De pronto el teléfono empezó a zumbar y le brincó entre las manos. Goyo dio un traspiés, y como si alguno de los chicos lo hubiera empujado, rodó sin control pendiente abajo. En el fondo del barranco había una gran tunera en su máxima floración. Las púas que decoraban las pencas brillaban como halos de oro a la luz del sol. El impacto de su cuerpo contra la tunera fue acompañado de un terrible grito de dolor. Un centenar de gigantescas manos erizadas de espinas, lo abrazaron. Entonces vio cómo las afiladas garras de un monstruo se estiraron para apresarlo por el cuello, y del tronco de la tunera surgía su propio retrato en forma de cabeza de lagarto con largos y afilados colmillos y la boca babeante.

Con el cuerpo acribillado por las púas y el miedo en el alma subió a cuatro patas la ladera. Sus amigos se desternillaban de risa. Señaló al fondo del barranco diciéndoles que allí había un monstruo. Abajo sólo había una tunera. Se arrancó varias espinas de los pómulos. Cuando vieron acercarse a la chica del móvil acompañada de un policía, la pandilla se dispersó y lo dejaron solo. Goyo, sin separar los ojos del fondo del barranco, devolvió el móvil a su dueña diciéndole que todo había sido por una apuesta con los amigos. Y el policía le recriminó que si no estudiaba y era buen chico, se convertiría en un monstruo.

Cuando Goyo, el jefe de la banda de ladrones más buscada por la Interpol, acabó de contar la historia de su primer robo, los hombres aplaudieron, estallaron en carcajadas y brindaron por su líder con un buen vaso de wkisky.

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